jueves, 25 de enero de 2018

Tchaikovsky por Klemperer: guardando las distancias

Otto Klemperer grabó las tres últimas sinfonías de Tchaikovsky para EMI al frente de su fabulosa Philharmonia Orchestra: la Sexta en septiembre de 1961, la Quinta en enero de 1963 y la Cuarta pocos días después de esta última. Sensualidad y emotividad a flor de piel son dos de las características más habitualmente asociadas al mundo del compositor. También una cierta dosis de flexibilidad a la hora de plantear la arquitectura. Ninguno de estos conceptos es precisamente afín a las personalísimas maneras de hacer del Klemperer tardío, lo que significa que estas van a ser recreaciones altamente hererodoxas y discutibles. Efectivamente, aunque a veces para bien y a veces para mal. Concretemos.


En la Patética es el primer movimiento el que menos convence: la solidez de su construcción es admirable y no hay espacio alguno para los trucos de cara a la galería, pero una inconveniente frialdad termina imperando. El Allegro con grazia funciona muy bien pese a las insuficiencias derivadas del planteamiento del maestro, resultando muy emotivo al tiempo que por completo ajeno a la melifluidad. Experimento genial el de la marcha, dicha con lentitud, tocada con asombrosa perfección y explicada con meridiana claridad –se oyen muchas cosas que habitualmente pasan inadvertidas–, amén de dicha con la mala leche propia del de Breslau. E impresionante el Adagio lamentoso, severísimo pero de una fuerza dramática abrumadora: solo por él ya hay que escuchar esta interpretación.

La Quinta es la mejor diseccionada que uno se pueda imaginar. No solo se identifican a la perfección las diferentes líneas instrumentales –el dominio de la polifonía es asombroso– y se escuchan todos y cada unos de los detalles de la orquestación, sino que en muchos momentos uno se pregunta si "eso ha estado siempre en la partitura". El edificio sonoro se encuentra construido con una lógica asombrosa: la unidad del trazo es absoluta. Por si fuera poco, la Philharmonia toca con una perfección insultante, con especial mención para su inconfundible grupo de maderas. Ahora bien, desde el punto de vista expresivo el empeño del maestro por resultar antirromántico termina haciendo discutibles los resultados. El primer movimiento se escucha con interés, pero algunas frases decisivas andan muy escasas de calidez, de comunicatividad y de poesía. El segundo guarda en exceso las distancias, lo que no impide tensar de manera admirable sus grandes clímax. El tercero sabe ser elegante sin caer en preciosismos. En el cuarto, finalmente, nos encontramos con otro de los experimentos del maestro, quien se olvida de triunfalismos y nos suelta un “ahora os vais a enterar” de los que hacen historia.

En la Cuarta el primer movimiento resulta severo en exceso y carece de garra, amén de resultar poco emotivo, lo que no le impide resultar impresionante en lo que a construcción arquitectónica se refiere. El segundo, increíblemente bien analizado (¡sensacionales nuevamente las maderas!) da gusto escucharlo tan despojado de sentimentalismo y al mismo tiempo tan bien cantado. El tercero resulta más bien aburrido, y ni siquiera el peculiar sentido del humor del maestro hace su aparición en su sección central para decir algo nuevo. El cuarto decididamente Klemperer no se lo cree, planteándolo no ya carente carácter festivo –así o había hecho en la Quinta–, sino alejado de toda comunicatividad.

En cualquier caso, y por todo lo antedicho, estas versiones hay que conocerlas. Demasiadas cosas admirables hay en ellas como para perdérselas.

3 comentarios:

Nemo dijo...

Pues coincido en todo. Tengo estas versiones desde hace muchos años, y mi valoración general coincide con la suya. Contienen muchas cosas interesantes estas versiones, pero son un tanto excéntricas, y a ratos extrañas. Son el producto de una visión coherente, pero no acaban de funcionar porque el enfoque es ajeno al espíritu del autor. Hay algo que no acaba de encajar con naturalidad, por decirlo de algún modo.

Para estas sinfonías quiero recordar la recomendación del autor del blog, que no conocía, y que me sorprendieron muy gratamente: Rostropovich. También me han gustado siempre mucho las versiones de Böhm, excelentes (severas también, pero menos radicales que las de Klemperer). Las de Bernstein son también muy radicales: un hiperromanticismo muy amanerado. Sé que tienen seguidores pero se podría decir en general lo mismo que de Klemperer, pero hacia el otro extremo.

Recomiendo conocer -y disfrutar- del placer intelectual de escuchar las versiones de Celibidache, quien plantea algo parecido a Klemperer, pero aún más extremado. Sigue sin ser idiomático, pero creo que el experimento es llevado más al límite y tiene aún más interés. Otra recomendación personal (hablo del grupo 4, 5 y 6): Solti. Sus versiones son magníficas, un poco en la línea de Böhm, severas, analíticas, pero con las características propias de este gran director literalista: energía e impulso combinados con detalles y claridad. Si admitimos cosas exageradas y caprichosas como Bernstein, ¿por qué no Stokowski? Tiene una Cuarta que es una montaña rusa (Vanguard), una Quinta ampulosa y colorista (Decca) y una Sexta seria, densa y muy bien tocada (RCA).

No incluyo en la lista a Mravinsky o a Markevich porque no tengo sus grabaciones y las recuerdo mal. En todo caso forman parte de los idiomáticos, en teoría, pero severos en el enfoque. Recuerdo mejores las de Markevich, y un poco decepcionantes (siendo buenas) las de Mravinsky. Creo que lo mejor con este enfoque "ruso" es Rostropovich. Desconozco las de Rozhdestvensky, por ejemplo.

Versiones sueltas hay muchas, supongo. Pero en las Cuartas anoto Szell (enfoque severo y literalista, analítico, en la línea de un Solti) y Abbado (grabación de sus primeros tiempos, yo diría que muy romántica)

Mazeppa dijo...
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