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Axelrod interpreta Debussy y Fauré en Sevilla: "terraza" en el Maestranza, nunca más

Retornando desde la sierra segureña a casa por Semana Santa hice parada en Sevilla para escuchar el programa de abono de la ROSS de ayer Viernes de Dolores, dirigido por un John Alxelrod que, después de obligar al público del Maestranza a escuchar durante dos semanas consecutivas la música de Fazil Say –su Concierto para violín es un bodrio insufrible–, se dignaba a ofrecer una velada con verdaderas obras maestras del repertorio francés: la suite sinfónica de El martirio de San Sebastián y el Réquiem de Fauré.


Disfruté de la primera parte, pues aunque prefiero escuchar la obra completa con narrador, coro y solistas vocales –hace años tuve la oportunidad de ver una memorable producción escenificada con La Fura, Lorin Maazel y Miguel Bosé en Madrid–, siempre es un placer recrearse en las infinitas sugerencias de esta magistral partitura que se graba poco y se toca menos. Axelrod realizó una formidable labor, algo que no esperaba habida cuenta de la falta de sutileza con que este señor dirige otros repertorios: en Debussy hizo gala de refinamiento bien entendido, elevada atención al matiz y un gusto exquisito, además de un perfecto control de los medios a su disposición, en este caso una Sinfónica de Sevilla de muy buen nivel global. Su concentración –algo fundamental en esta música– fue grande. Su dominio del idioma, irreprochable. Solo pondría como pega un final en exceso difuminado y algo blando, sin la emotividad punzante con que recrea el pasaje Daniel Barenboim en su memorable grabación con la Orquesta de París.

El Réquiem de Fauré no lo disfruté, pero aquí la culpa la tuvo una cuestión acústica. O, mejor dicho, la consecuencia de que Axelrod se empeñe en mantener la desafortunada idea que tuvo su predecesor Pedro Halffter de adelantar el escenario restando cuatro filas del patio de butacas. Como mi entrada estaba en la parte delantera de los laterales ("terrazas" es la denominación del teatro), el proscenio se encontraba por detrás de mí, con la consecuencia de escuchar mal a los dos solistas vocales, que parecían cantar desde el otro extremo del recinto. Por si fuera poco, escuchaba al órgano –una Tatiana Postnikova que me pareció poco acertada– en primerísimo término, muy por encima del coro. Semejante desequilibrio de planos sonoros en una música que pide a gritos equilibrio en todos los sentidos me resultó nefasto para la audición.

En cualquier caso, pude intuir una buena labor por parte de Axelrod, de nuevo muy centrado en el estilo y en la expresión, aunque menos certero que en la obra de Debussy en lo que a inspiración se refiere: aquí se quedó corto en emotividad y poesía. Se intuía, allá a lo lejos, una muy buena intervención por parte de la soprano Mary Bevan; el barítono Henk Neven pareció desenvolverse bastante mejor en el Offertorium que en el Libera me, en el que su registro grave se quedó corto. Y muy notable trabajo, finalmente, por parte del Coro de la Asociación de Amigos del Teatro Maestranza y de su director Iñigo Sampil, en una obra exigente en la que las fuerzas corales cobran protagonismo absoluto.

¿Moraleja? Terraza en el Maestranza, nunca más.

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