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Un Tancredi de primera en el Maestranza

Me lo pasé estupendamente el pasado viernes 20 de febrero: con este Tancredi el Maestranza ha demostrado poder estar a la altura de los teatros de primera. Aquí van unos apuntes sobre la función.

Primero. Maravillosa idea hacer este título, por idénticas razones a las que hacen que programar Busoni, Zemlinsky o Schreker sea una idea igualmente estupenda: aquí hay música de mucho interés que todo teatro que aspire a algo más que a llenar butacas tiene la obligación de dar a conocer. Ahora bien, sería un error pensar que es este repertorio belcantista lo que “realmente gusta” al público sevillano: el respetable se mostró mas bien frío -salvando a unos pocos pero muy ruidosos incondicionales de la Devia- a lo largo de la función. Lo dicho, hay que programar más Rossini, como también más de “lo otro”. El público necesita ser educado, le pese a quien le pese.

Segundo. Una preciosidad la propuesta escénica de Yannis Kokkos, una coproducción con otros centros líricos que ya se vio en su momento en el Teatro Real. Ágil, luminosa, colorista, imaginativa -pero sin salidas de tono-, muy respetuosa con la música (¡gran virtud en nuestros días!) y muy inteligente a la hora de plantear una acción basada en el teatro de marionetas, una idea no especialmente original (hace unos años vimos algo parecido en la Maruxa de Francisco López en el Villamarta) pero muy adecuada en una obra que si hoy se abordase desde una perspectiva realista caería en el más absoluto de los ridículos. La dirección de actores podía haber estado un poco más trabajada.

Tercero. Un acierto total contar con la Orquesta de Granada para permitir a la ROSS irse de gira por Europa. Se dice que la formación ha vivido en las últimas temporadas una cierta crisis debido a los cambios de titularidad, pero en su intervención en el foso del Maestranza no se ha notado tal cosa: su empaste, agilidad y musicalidad para el repertorio clásico siguen siendo excepcionales en el panorama español. Y alguno de los solistas (sección de metales, no quiero concretar más) son aplastantemente superiores a los de la Sinfónica de Sevilla. Lástima que la dirección de Maurizio Benini, de muy buen gusto, atenta al equilibrio de planos y acertadísima a la hora de trazar los peculiares “crescendi” rossinianos, careciese de la vitalidad y fuerza dramática deseable.

Cuarto. Las chicas. Triunfo total de Daniela Barcellona. Puede que su voz -hermosísima pero más bien lírica- no sea la más adecuada para Tancredi, pero su dominio del estilo y su musicalidad son excepcionales. No hace falta decir más. La idolatrada Mariella Devia llegó como sustituta -gran cambio a mejor- en el rol de Amenaide. Su instrumento ahora -sesenta años a sus espaldas- vale más bien poco, pero su arte sigue estando ahí… cuando quiere o puede. En el primer acto se mostró muy fría e incluso vocalmente se mojó poco: a veces ni se la oía. En el segundo acto destapó el tarro de las esencias y puco lucirse con una espléndida zona aguda, un notable manejo de la coloratura, un excelente gusto a la hora de ornamentar en los da capo (no como otras que yo me sé) y, sobre todo, un legato de esos para derretirse al instante: su “Di mia vita infelice… No, che il morir non è”, de auténtico infarto, fue una de las cosas más bellas desde el punto de vista vocal que he escuchado en el Maestranza.

Quinto. Los chicos. Un lujo tener a Gregory Kunde como Argirio. Aunque la edad no perdona y la voz se resiente en su emisión, excepción hecha de una zona aguda brillante y poderosa, el estilazo rossiniano y el apasionamiento expresivos nadie se los quita al veterano tenor, a quien por cierto no hubiera estado nada mal tener en el reciente Doktor Faust (en su DVD junto a Thomas Hampson está increíble). Poderoso y eficaz, más que refinado o adecuado al estilo, el Orbazzano de Wojtek Gierlach.

Sexto. Los demás. Me gustó el Roggiero de Alexandra Rivas, y más aún la Isaura de Anna Tobella, que apunta buenísimas formas; ambas son chicas jóvenes y guapas, de bellas voces y artistas prometedoras. El coro (masculino) comenzó menos que regular y fue mejorando hasta completar su labor de manera espléndida. Total, una espléndida noche belcantista.

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