miércoles, 28 de mayo de 2014

Sonata para piano nº 23, “Appassionata”, de Beethoven: discografía comparada

Motivado por la presencia en España de Ivo Pogorelich interpretando esta obra –espero escucharle el próximo domingo en Úbeda–, he querido realizar un repaso de las grabaciones de la Sonata para piano nº 23 de Beethoven, la “Appassionata”, que he tenido más a mano y para las que he encontrado un poco de tiempo. Perdonará por ello el lector que no aparezcan en estos apuntes nombres tan importantes como los de Edwin Fischer, Sviatoslav Richter, Alfred Brendel o Vladimir Ashkenazy, a los que esperamos dar paso en el futuro en el estudio de alguna otra sonata beethoveniana. En cualquier caso, creemos que los nombres escogidos son lo suficientemente representativos como para dar una idea de las terribles dificultades que entraña esta página.

Supongo que habrá quienes se enojen por el hecho de que Barenboim aparezca en cuatro ocasiones y sea el único artista que alcance las máximas calificaciones. Obviamente no voy a renunciar a mis gustos: soy de la creencia de que el de Buenos Aires es el mayor intérprete beethoveniano conocido al piano, y uno de los más grandes sobre el po. Como sobre ello ya he escrito en numerosas ocasiones (por ejemplo, en este enlace), no es necesario que me repita.

La Appassionata fue compuesta en 1804, y por ende resulta inmediatamente posterior a la Heroica, más o menos contemporáneo del Triple concierto y un poco anterior al Concierto para piano nº 4, a los Cuartetos Razumovsky y a la Cuarta Sinfonía: Beethoven de primera madurez, pues, aunque conviene recordar que frente al teclado nuestro autor había indagado en la senda del pathos romántico mucho antes que en la escritura orquestal, y que por ende ya a estas altura había escrito un buen número de sonatas que pueden considerarse insertas en el nuevo estilo. La que nos ocupa es, en cualquier caso, una de las más queridas por el público.

La obras conste de tres movimientos, de los cuales el segundo consiste en un tema con cuatro variaciones. El tercero, al que se pasa sin solución de continuidad, sigue una estructura sonata que ofrece la posibilidad de incluir una repetición que lo termina haciendo un poco más largo, rondando así en torno a los veinticinco minutos. Estos movimientos son los siguientes:
  • Allegro Assai.
  • Andante con moto-attacca.
  • Allegro, ma non troppo-presto.



1. Backhaus (Decca, 1959). Aunque una introducción más bien pimpante nos hace temer lo peor, lo cierto es que esta interpretación de un Backhaus de cincuenta y dos años, además de estar bastante bien tocada, no solo no cae en desmanes sino que resulta globalmente sensata y musical. Ahora bien, al Allegro Assai, que en sus manos resulta anguloso, incisivo y quizá algo más nervioso de la cuenta, le faltan sensualidad, poesía y sentido humanista que contrasten con los arrebatos pasionales, insuficiencia que se hace aún más evidente en un Andante con moto más bien aséptico. El tercer movimiento, a diferencia del primero, está dicho sin prisas y fraseando con holgura, aunque precisamente por eso aquí se echan en falta electricidad y carácter visionario. Espléndido sonido estereofónico. (7)



2. Rubinstein (RCA, 1963). Por descontado que el mítico maestro polaco hace gala en esta interpretación del pianismo señorial, elegante, lleno de refinamiento viril, siempre natural, en todo momento sensible y jamás afectado que le caracterizan, pero lo cierto es que algo no termina aquí de funcionar. Los movimientos extremos tardan un poco en arrancar hasta conseguir el calor y la fuerza expresiva que demandan, y el segundo, siendo muy bello, ni siquiera llega a levantar realmente el vuelo poético. Hay no solo una relativa –solo eso, relativa– desconexión entre el intérprete y la partitura, e incluso con el universo sonoro beethoveniano, como si Rubinstein estuviera pensando en su querido Chopin antes que en el genio de Bonn. A generar esta impresión puede contribuir, ciertamente, una toma sonora más bien plana y pobre de armónicos, que ni siquiera resulta muy apreciable en SACD. (8)



3. Kempff (DG, 1964). El otras veces –en este repertorio– poco brioso maestro alemán se toma en serio el título de la sonata y ofrece un muy interesante primer movimiento, agitado y apasionado como debe ser, aunque un tanto teatral y de cara a la galería, más ruidoso que sincero. Por desgracia, Kempff vuelve a su línea habitual en el resto de la partitura, lo que no estaría mal en el segundo movimiento si no fuera por la escasez de matices, y desde luego es un disparate en el tercero, que en sus manos suena flácido, indiferente y aburrido hasta decir basta. (6)


  

4. Barenboim (EMI, 1966). Con respecto a Backhaus y Kempff –incluso a Rubinstein. quién lo diría–, el de Buenos Aires es otro mundo tanto sonoro como expresivo. El sonido ahora es mucho más denso, robusto y oscuro, más claramente beethoveniano, y por fin los acordes ominosos de la mano izquierda adquieren el peso adecuado. El fraseo es más natural, también más rico en matices, alcanzándose los picos de tensión gracias no a la mera acumulación de decibelios sino a una planificación minuciosamente calculada, y remansándose estos en pasajes de gran hondura lírica. Esta última, precisamente, singulariza a un Andante con moto que sabe ser extraordinariamente bello, clásico en el mejor de los sentidos, pero también plagado de claroscuros e impregnado de significaciones. El mismo equilibrio de corte apolíneo preside, sorprendentemente, el Allegro ma non troppo final, pero gracias a la plasticidad con que se moldean tensiones y distensiones Barenboim sí consigue, al contrario que Kempff, trasmitir el carácter vehemente, lleno de desasosiego y no poco dramático de la página. En cualquier caso, el maestro profundizará aún más en lo expresivo en sus siguientes grabaciones. (9) 
 


5. Arrau (Philips, 1967). Conociendo las maneras de hacer del inmenso pianista chileno, siempre cálido, humanista y profundamente cantable, podría pensarse que lo mejor su recreación iba a ser el Andante con moto. No es así: aun siendo muy bello, la poesía no termina de aflorar en él como lo hace con Barenboim. Donde Arrau sí da la campanada es, quién lo diría, en un primer movimiento sensacional, inquietante a más no poder, muy gótico, atentísimo al registro más grave del piano, fraseado con enorme concentración y dicho con verdaderos detalles magistrales en lo que a fraseo se refiere, sobre todo en el tratamiento de las transiciones, abordadas por el maestro con una imaginación, una técnica y una intuición musical asombrosas. Irreprochable el tercero, en el punto justo de equilibrio entre el desasosiego y el vuelo lírico. (9)



6. Gulda (Philips-Brilliant, 1967). Bochornosamente, al pianista austríaco lo que le interesa es dejar bien claro que en agilidad digital y gama dinámica no conoce –o en ese momento no conocía– rival alguno, al tiempo que distinguirse de los demás adoptando una postura de presunta objetividad que se aparta conscientemente de todo lo que sea creación de atmósferas, cantabilidad en el fraseo y flexibilidad en la arquitectura. En consecuencia, nos encontramos ante una interpretación dicha con la mayor rapidez que le permiten los dedos y fraseada de manera absolutamente mecánica aunque, eso sí, adornada de ataques de brutalidad en el primer movimiento para simular arrebatos pasionales. No le sirve de nada: todo suena precipitado, insincero, cuadriculado y hasta vulgar, además de pedante. Un horror. (4)



7. Gilels (DG, 1973). Armado de un sonido denso y poderosísimo, de un pulso muy firme en el discurso horizontal, de un autocontrol extraordinario y de un rechazo visceral a cualquier tipo de devaneo sonoro, el pianista de Odessa construye una versión sobria, dramática y rebelde a más no poder, incluso áspera en lo sonoro, en la que no hay lugar para el vuelo lírico y los acordes más fuertes suenan como verdaderos mazazos. Puede que no sea el mejor Beethoven posible, pero resulta acongojante. ¡Qué lástima que nunca completara su integral para Deutsche Grammophon! (9)
 


8. Barenboim (DG, 1981). Aunque obviamente el concepto interpretativo es muy parecido, el de Buenos Aires no se limita a seguir los pasos de su anterior grabación, sino que se aparta un tanto del relativo clasicismo de entonces para indagar en los aspectos más sombríos y visionarios de la partitura. De esta manera, el primer movimiento ha ganado un tanto en intensidad en sus clímax, que suenan ahora más apremiantes y rebeldes. El Andante con moto ha perdido en lirismo; suena ahora más severo, quizá más misterioso, y desde luego más filosófico, culminando con asombrosa electricidad en el acorde desplegado, de carácter interrogativo, que da paso al tercer movimiento. Este suena ahora más arrebatado sin que se pierda, antes al contrario, la riquísima gama de matices –timbres, dinámicas, acentos– que lo alejan de lo puramente virtuosístico; Gilels conseguía mayores dosis de rebeldía e impacto expresivo, pero con Barenboim en enfoque es más plural y los acentos son más ricos.Las tensiones acumuladas terminan concluyendo en un clímax final poderosísimo.  (10)



9. Barenboim (Blu-ray Euroarts, 1983-84). Esta realización densa, oscura, sobria y muy concentrada –mas no ajena al arrebato apasionado que le da título a la sonata– no es sino el trasunto fílmico realizado en Viena de la registrada en París pocos años antes, solo en audio, para DG. Las imágenes, muy hermosas, permiten apreciar mejor la “lucha” entre el pianista y el instrumento a la que se refiere el propio Barenboim en sus escritos en referencia a la interpretación beethoveniana, pero por desgracia la edición en Bly-ray mutila salvajemente por arriba y por abajo los encuadres originales diseñados por el inolvidable Jean-Pierre Ponnelle. Lástima. (10)
 


10. Nikolayeva (Melodiya, 1984). La interpretación en vivo –se escuchan numerosas toses– que ofrece la gran pianista rusa en la Gran sala del Conservatorio de Moscú recuerda no poco a la de su compatriota Gilels, tanto por su sonido poderosísimo y acerado como por su enfoque altamente combativo pero al mismo tiempo sobrio, férreamente controlado, sin apenas espacio para la belleza sonora ni la ensoñación lírica. Pero a Nikolayeva las cosas no le salen tan bien: el primer movimiento resulta algo cuadriculado y más seco de la cuenta, mientras que el segundo, dicho con algo más de rapidez de lo que parecen pedir las notas, le falta poesía humanista. El tercero, por el contrario, es sensacional. (8)



11. Pollini (DG, 2002). A sus sesenta años de edad, el pianista milanés ofrecía una lección de virtuosismo difícilmente superable: probablemente hasta entonces nunca se había escuchado –más tarde sí, con Lang Lang– una ejecución tan increíblemente nítida como esta, tan milimétricamente planificada y con un sonido que oscila con tanta facilidad de un extremo a otro de la gama dinámica. Todo ello, además, haciendo gala de un fraseo amplio, nada rígido, que alcanza picos de increíble tensión en los clímax y que tampoco conoce precipitaciones ni puntos muertos. Sin embargo, la mente analítica, objetiva y distanciada del maestro no le facilita conectar con el subtexto de la obra, escapándosele entre los dedos el sentido trágico, la sensualidad lírica, el humanismo y la espontaneidad bien entendida que demandan los pentagramas. Ni siquiera su sonido, impresionante, termina de ser beethoveniano. (8)



 
12. Barenboim (DVD EMI y CD Decca, 2005). El de Buenos Aires le da todavía una vuelta de tuerca más a su visión de la obra y, de nuevo con un sonido tan poderoso como flexible, siempre de enorme belleza, consigue una dosis aún mayor (¡todavía!) de arrebato y carácter visionario en el primer movimiento, que suena ahora más apasionado que nunca, mientras que en el segundo parece llegar a una fusión entre los planteamientos de sus anteriores grabaciones, conjugando la cantabilidad de la de los sesenta con la severidad filosófica de los ochenta, y añadiendo un toque de ese sentido de lo amoroso y de lo galante que el maestro parece desarrollar en los últimos años. El tercero, finalmente, acumula las tensiones sin prisas, tomándose su tiempo para paladear las melodías, pero de manera implacable hasta llegar a una coda arrebatadora en la que los dedos apenas pueden materializar la idea verdaderamente “loca” que el artista tiene de este final. Todo ello, y esta es la característica definitoria de esta nueva recreación, haciendo gala de una espontaneidad, una frescura y una inmediatez superiores a la de sus grabaciones anteriores, que parecían más “calculadas”, menos “arrebatadas”, dando la impresión –lógicamente falsa– de que la música fluye en un torbellino de pasiones sin que el artista haya planificado su desarrollo. El abundante ruido del público indica que la toma sonora del CD editado por Decca es exactamente la misma que la del DVD lanzado por EMI, sin arreglos posteriores “de estudio". (10)



13. Brautigam (BIS, 2007). A pesar de todas sus limitaciones, contra las cuales el propio Beethoven fue luchando a lo largo de su vida, el fortepiano ofrece una sonoridad atractiva y reveladora de nuevas posibilidades de la partitura. El problema de esta interpretación no está en el instrumento, sino en el ejecutante, que cae en las mismas trampas que otros artistas de la más consagrada tradición: en el primer movimiento intenta resultar tempestuoso pero lo que termina es siendo histérico, además de cuadriculado. El segundo no le queda del todo mal, pero la poesía se le escapa por completo. Lo que le sale mejor a Brautigam es el tercero, a pesar de estar desgranado con más apresuramiento de la cuenta; eso sí, la cosa se echa a perder en la coda final, rapidísima y meramente virtuosística. Gulda no queda muy lejos, no. (6)



14. Lang Lang (Blu-ray Sony, 2010). Armado de una técnica colosal que incluye un sonido riquísimo y una agilidad fuera de serie, hasta el punto de superar en lo que a ejecución de la partitura se refiere a todos sus colegas, el pianista chino ofrece una versión que se aleja de la atmósfera gótica para ofrecer una visión más fresca y juvenil, de una tensión extrovertida, más que filosófica, y una cantabilidad –el fraseo es siempre flexible, natural– que no resulta agónica sino más bien lírica y contemplativa, aunque no por ello caiga en lo ensoñado ni en lo superficial. Gran recreación, pues, que abre nuevas vías interpretativas. (9)

lunes, 26 de mayo de 2014

Brueggergosman me da la sorpresa

Jamás había escuchado a Measha Brueggergossmann, ni en vivo ni en directo, pero había leído unas cuantas cosas sobre ellas: algunos comentarios muy elogiosos y otros de tremenda agresividad, centrándose estos últimos, sobre todo, en el presunto escaso volumen de su voz en un teatro de ópera. Pues bien, como espero escucharla la semana que viene en el Real haciendo la Antonia y la Giulietta de Los cuentos de Hoffmann, he creído que es el momento oportuno de escuchar este compacto que compré hace tiempo en una tienda de segunda mano de Madrid con nombre de arma de fuego (¿adivinan?). El disco se titula Surprise, lo grabó Deutsche Grammophon en Londres en mayo de 2007 y contiene canciones de cabaret de un tal William Bolcom (n. 1938), de Arnold Schoenberg (tranquilos, no son dodecafónicas) y de Eric Satie. Y me ha parecido magnífico.

Brueggergosman Surprise

No sé aún si la voz de la soprano canadiense –homogénea y esmaltada– se escuchará o no en una sala grande, pero lo que tengo claro es que en este repertorio demuestra un olfato expresivo portentoso. Así, en las Cabaret Songs de Bolcom, muy entroncadas con la música ligera norteamericana pero con un apreciable corte surrealista en los textos, derrocha picardía, desparpajo, humor nada inocente –estas piececitas llenas de atractivo poseen muchos pliegues inquietantes– y enorme intención cuando tiene que recurrir al parlato.

En las del autor de los Gurrelieder, Brueggergossmann ofrece el punto justo de equilibrio entre explicitud sexual y sofisticación, con un punto de picardía muy descarada pero sin confundir a Schönberg con Kurt Weill. En las de Satie, finalmente, derrocha sensualidad, morbidez, ensoñación bien entendida, coquetería muy francesa y enorme vuelo lírico, haciendo plena justicia a unas páginas que son, desde el punto de vista musical, absolutamente maravillosas. ¡Ah! Y cantar, lo que se dice cantar, canta de manera irreprochable.

La Sinfónica de la BBC realiza una formidable labor bajo la batuta de David Roberston, particularmente en las piezas de William Bolcom, que poseen orquestaciones incisivas y a ratos muy originales realizadas ex-profeso para este discos. Las piezas del alemán se ofrecen en orquestación de Patrick Darwin, con la excepción de Der Nachtwandler, que recibe un genial arreglo camerístico del propio compositor. En las piezas de Poulenc que llevan acompañamiento exclusivamente pianístico es Bolcom en persona el que se sienta al teclado, quien a su vez firma la orquestación de la más maravillosa de todas, Je te veux, que cierra el disco.

La toma sonora resulta admirable. Solo un reparo: la maquetación del cuadernillo es deficiente y las notas y los textos no se leen bien. Por lo demás, disco altamente recomendable. Estoy deseando que la Brueggergossmann me lo firme el sábado.

domingo, 25 de mayo de 2014

Pogorelich frente a los Preludios de Chopin

Tras hablar de su Segundo de Chopin, continúo esta miniserie dedicada a Ivo Pogorelich con su registro realizado en septiembre de 1989 para Deutsche Grammophon de esas geniales piezas breves –bueno, con nuestro artista no tan breves– que son los Veinticuatro preludios del compositor polaco. Para enfrentarme a ellos he escuchado primero grabaciones a cargo de otros reputados pianistas, de las que diré algo en otra entrada, y luego me he zambullido en la del croata tomando algunas notas que paso a compartir con ustedes, no sin antes señalar sus dos más importantes características definitorias. Por un lado, la exhibición de una técnica suprema en todos los sentidos. Por otro, una clara voluntad de ser lo más personal posible, aplicando mucha imaginación y asumiendo riesgos, pero distando de convencer en no pocos de los números por una evidente falta de sinceridad expresiva.

Así, en el Preludio nº 1 nos asombra la variedad del colorido que extrae del teclado, pero también apreciamos algún detalle amanerado. Pogorelich recrea de manera admirable la atmósfera siniestra del nº 2 y lo cierra de manera genial. En el nº 3 la agilidad digital resulta pasmosa, pero parece un punto mecánico en comparación, por ejemplo, con lo que hace un Yevgeny Kissin. El nº 4 resulta más estático que doliente. La miríada de colores que despliega el pianista croata en el nº 5 resulta irresistible, pero su final se me antoja algo repipi. El estatismo vuelve en el nº 6, mientras que en el siguiente preludio la lentitud va unida a un fraseo poco natural, incluso un punto pretencioso. Deslumbra la plasticidad asombrosa que extrae del instrumento en el nº 9, cambiando por completo de tercio en el que viene a continuación, donde ofrece tenebrosos trinos en la mano izquierda propios de un verdadero maestro.

Ese mismo carácter de pianista excepcional queda de manifiesto en las cristalinas cascadas de notas del nº 10. Tras la coquetería y el encanto del nº 11, Pogorelich vuelve a decepcionar con el carácter no solo poderoso, sino también algo mecánico y hasta machacón, del preludio que le sigue. En el nº 13 nuestro artista vuelve a confundir la poesía íntima chopiniana con el estatismo y la lentitud, cosa que se olvida pronto gracias al colorido de nuevo variadísimo, pero esta vez tenebroso, del nº 14. El justamente célebre nº 15 llega a irritar por su lentitud y afectación –hay detalles que suenan muy redichos–, si bien resulta difícil sustraerse a los acordes amenazantes de la mano izquierda y a la fuerza que alcanzan sus clímax.

La agilidad del de Belgrado vuelve a quedar de manifiesto en el nº 16, tratado de manera fundamentalmente virtuosística. Tras un ortodoxo e irreprochable Preludio nº 17, nuestro artista parece tomarse demasiado en serio la teatralidad de los implacables acordes del nº 18, que suenan más postizos que sinceros. Tras dejarnos bien claro en el siguiente preludio que nadie como él puede alcanzar semejante claridad, nota a nota, vuelve el exceso de énfasis y la solemnidad algo retórica en el nº 20, cosa que se repite, tras un nº 20 más estático que otra cosa, en un nº 21 en el que se echa de menos ese “balanceo sensual” característico de Chopin. Adecuadamente poderoso y encrespado el nº 22, contrastando bien con la conseguida coquetería del nº 23.

El preludio 24 se cierra, como debe ser, con la adecuada fuerza dramática, pero aún se ha escuchado recreaciones más tempestuosas: pienso ahora en la genial del citado Kissin, aunque quien cierra la obra con acorde verdaderamente abrumadores es una pianista tan apolínea como, quién lo diría, nuestra Alicia de Larrocha.

¿Conclusión? Pogorelich, además de un divo como la copa de un pino, es un tío muy raro.

sábado, 24 de mayo de 2014

Nuevo Bruckner de Barenboim en Peral Music (y II)

(Viene de una entrada anterior.)

La Tercera sinfonía fue una de las cimas del ciclo Bruckner de Barenboim en Chicago, particularmente en sus movimientos extremos. En el que grabó más tarde con la Filarmónica de Berlín, el maestro se superó a sí mismo y nos ofreció uno de sus mayores logros en el mundo bruckneriano, a la altura de la Primera y la Séptima de ese mismo ciclo grabado para Teldec. Tenía por tanto muy difícil Barenboim rebasar semejante listón con este nuevo registro editado por Peral Music vía iTunes. No lo consigue, claro, pero sí que dice cosas nuevas.


Por descontado, el enfoque sigue siendo el mismo que el de sus grabaciones anteriores: encendido, muy dramático y altamente visionario. La diferencia radica en que ahora el carácter apremiante, escarpado hasta rozar el desbordamiento –en apariencia, porque todo estaba siempre bajo control– que convertía la audición de sus anteriores recreaciones en una experiencia límite, muy tensa y agotadora, además de discutible por lo unilateral de sus planteamientos, se ha suavizado para dejar que la música fluya con mayor naturalidad, sin tantas aristas, con una respiración más cantable y abriendo un poco la puerta para dar paso a esos aspectos que ya hemos indicado que son característicos de su nuevo Bruckner: sensualidad tierna y amorosa, carácter contemplativo e incluso espiritualidad; antes humanista que propiamente católica, pero espiritualidad al fin y al cabo.

Personalmente no soy capaz de escoger entre la Tercera de Teldec y esta otra. Sospecho que a los amantes del Barenboim más combativo, por ejemplo a mi amigo Ángel Carrascosa, le gustará un poco más la de antes, mientras que a aquellos que nunca han sido especialmente admiradores de las maneras de hacer del de Buenos Aires les parecerá la nueva más redonda, más ortodoxa, y por ende más indiscutible.

 
¿Tiene esto que ver, como afirma Barenboim en las entrevistas promocionales, con la circunstancia de que la Staatskapelle de Berlín, de sonoridades tornasoladas muy diferentes de la brillantez de Chicago y de la oscuridad de la Berliner Philharmoniker, sea una orquesta de foso acostumbrada a frasear con la cantabilidad que exige la voz humana? Es posible, pero también es cierto que las nuevas maneras encajan con lo que, en otros repertorios y también al piano, estamos descubriendo en el maestro: da la impresión de que el tantas veces rebelde y combativo Barenboim hubiera entrado en un nuevo estadio mental donde el conflicto hubiera dado paso, si no a la reconciliación, sí desde luego a un diálogo más fluido entre opuestos, y también a la posibilidad de admitir que sí, de que con todos sus sinsabores, hay también una enorme dosis de amor y de belleza para contemplar en este mundo.

Unas cuestiones técnicas, para terminar: las tomas sonoras ofrecen cuerpo, equilibrio de planos y amplia gama dinámica, pero a mí me parecen también que son un poco difusas. Nada se dice de dónde y cuándo se realizaron, pero el hecho de que no haya aplausos al final indica que se trata de tomas "de estudio" o, mejor dicho, "arregladas en estudio".

Teniendo en cuenta que Universal Music dijo cuando firmó su exclusiva con Barenboim que editarían en compacto todas las sinfonías de Bruckner con la Staatskapelle de Berlín, y que de hecho llegó a salir la Séptima (que es la misma que anda editada en Blu-Ray), y si añadimos el hecho de que estas ediciones en iTunes están hechas en colaboración precisamente con Universal, he llegado a una hipótesis: sospecho que estas grabaciones iban a salir inicialmente en CD, la citada Séptima vendió mal y el sello le dijo al maestro que se conformase con lanzarlas en iTunes, pero que se cuidarían de ponerlas allí con compresión para que en el futuro, si las descargas son un éxito, sacarlas en soporte físico y obligarnos así a los aficionados a repetir la compra si queremos más calidad. De hecho, ya Barenboim ha anunciado que el recital con Marta Argerich a cuatro manos en Berlín saldrá primero en Peral Music y luego en Deutsche Grammophon. Si mis sospechas se confirman, la actuación de Universal solo se podría calificar como impresentable.


jueves, 22 de mayo de 2014

Música a la segureña: ay, los niños

Por iniciativa de un joven clarinetista que se llama Daniel Broncano –al que no conozco de nada, dicho quede para que no se despierten suspicacias– y siguiendo el método del crowfunding –ya saben, con mucho voluntario pero poquísimo apoyo institucional–, se celebró en la preciosa villa de Segura de la Sierra, a una media hora en coche de donde resido desde hace seis años, la primera edición del festival Música en Segura. Se han ofrecido un total de siete espectáculos, más unas clases magistrales y un concierto pedagógico para chavales de Primaria y Secundaria, este último celebrado en la vecina localidad de Orcera –de donde es oriundo el organizador– y en colaboración con el ayuntamiento local.

Llevé a mis alumnos de 1º y 2º de la ESO a una de las dos funciones de este último. A los que quisieron ir, claro, que no fueron muchos. Los resultados fueron muy buenos, aunque también es cierto que la gama de edad era tan amplia –calculo que desde los cuatro años hasta los catorce–, que para unos el espectáculo se quedaba algo “corto” en lo que a “nivel de explicaciones” se refiere y a otros les venía grande; de hecho, hubo niños que se pusieron a corretear por el pasillo como si estuvieran en un cine, algo comprensible porque con semejante edad no está uno hecho para escuchar fragmentos de Mozart y Beethoven. Quizá para la próxima edición se puedan reorientar las sesiones, haciendo una para los más pequeños y otra para los mayores.

Los músicos estuvieron formidables, simpáticos y desenvueltos, cercanos a los chavales, y por ello altamente didácticos. Además tocaron muy bien; personalmente destacaría la formidable actuación de la flautista Rosanna Ter Berg con una breve obra que, supongo, sería la que interpretaba esa misma noche para los adultos, Zoom Tube de un tal Ian Clarke. El propio Broncano, por su parte, lució un fraseo de enorme cantabilidad en el sublime Quinteto para clarinete de Mozart.

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Para mí mismo escogí dos conciertos. El primero fue el que se ofreció el sábado 17 de mayo a la una del mediodía –breve duración, y precio también reducido de 8 euros con respecto a los 20 del resto– en la pequeña capilla del imponente castillo local que perteneciera a la Orden de Santiago. Esperaba que la acústica fuera problemática, pero el ábside gótico-mudéjar –en realidad una reconstrucción reciente debida a Rafael Manzano– hizo de concha acústica y la música nos llegó estupendamente incluso a los que estuvimos en la última fila. Se interpretaron dos obras: el tan delicioso como menor Cuarteto para flauta K. 285 de Mozart y la intrigante Sonata para flauta, viola y arpa de Claude Debussy.

Los intérpretes eran el arpista José Antonio Domené, el Garnati Ensemble –luego hablaré de ellos– y la citada Rosanna Ter Berg, que realizaron una labor irreprochable, ofreciendo lecturas muy bien ejecutadas, centradas en el estilo y rebosantes de musicalidad. Por desgracia, a varias personas se les ocurrió llevar a sus niños pequeños (muy pequeños: creo que los había de tres añitos) y estos se comportaron como tales, molestando a quienes estábamos en la parte de atrás. A mí me fastidiaron la mayor parte del Mozart. Se preguntarán ustedes a quién se le ocurre llevar a esas criaturitas a semejante espectáculo. Pues miren, hubo una madre que en repetidas ocasiones animó –literalmente– a su niña a pegar carreras por medio del pasillo para buscar a otros familiares. No, no les falta a estas personas no es tradición musical, sino sentido común.

Algo parecido me pasó en el segundo concierto al que fui, el de clausura, que se ofreció en la iglesia de los jesuitas –horrenda, pero de nuevo con buena acústica– el domingo 18 de mayo, con nada menos que las Variaciones Golberg en los atriles: resultó simpático que un grupo de chavalillos subieran al escenario armados de clarinetes y flautas  para colaborar en las explicaciones que se dieron sobre la obra bachiana, pero luego estos chicos fueron invitados a escuchar el concierto. ¡Y les ubicaron justo en la fila detrás de la mía! Desde el principio empezaron a hablar –normal, con una música tan dura y sin nadie recordándoles que hay que estar calladitos–, así que tuve que volverme repetidamente para llamarles la atención. Perdí el hilo, claro, porque si hay una obra que exija una concentración absoluta por parte del oyente –no digamos de la de los intérpretes– es esta.

¿Tuvieron que ver estas distracciones, unidas a lo poco acogedor del recinto, con mi problema para entrar en el juego propuesto a la sazón por el Garnati Ensemble, esto es, una peculiar transcripción realizada por ellos mismos para violín, viola y violonchelo de esta cumbre bachiana? Creo que en buena medida así fue, porque esta tarde he escuchado en mi casa el disco grabado por ellos para Sony Classical, esta vez completamente a oscuras y sin distracciones, y he disfrutado mucho más.

Para empezar, el viola Yuval Gotlibovich, el violinista Pablo Martos, el violonchelista Alberto Martos –estos últimos son hermanos y han formando parte de la WEDO de Barenboim– empastan de maravilla y dialogan con perfecto equilibrio polifónico y sabiéndose escuchar el uno al otro. Lo hacen, además, con frescura, vida y mucha comunicatividad, en un discurso que saben sostener perfectamente sin que la monotonía haga acto de presencia.

Ahora bien, a la hora de transcribir las Goldberg y de optar por un enfoque estilístico u otro, existen irregularidades, absolutamente voluntarias, que unas veces  funcionan mejor que otras. Así, la primera mitad de la obra se aborda, en la mayoría de los casos, desde un clasicismo muy sensato en el que solo encuentro reparos en algunos detalles del fraseo aquí y allá: en el disco la audición se realiza con enorme placer. Mas luego la segunda parte arranca (la obertura a la francesa, recuérdese) con una articulación maravillosamente barroca para a partir de ahí empezar un proceso –llamémoslo así– deconstructivo, realizado con mucho riesgo e imaginación, que por momentos fascina, por momentos desconcierta y al llegar a la sublime Variación 25 termina por hacernos pensar que el resultado es muy discutible. Reparos muy personales, en cualquier caso: les recomiendo que, además de echar un vistazo a la filmación que he dejado arriba tomada en el Festival de Segovia, escuchen la grabación completa en Spotify y disfruten de esta singular propuesta de Playing Goldberg.

En cuanto a Música en Segura, confío en que el proyecto tenga continuidad, encuentre el apoyo institucional que merece –sí, soy de los que piensan que iniciativas como estas deben estar parcialmente costeadas con los impuestos de todos– y vaya a más en las próximas ediciones. Asimismo espero que en el futuro se regule de manera más adecuada la presencia de los niños. Por respeto a los artistas, y también a los asistentes.

martes, 20 de mayo de 2014

Pogorelich destroza el Segundo de Chopin; la Pires le hace justicia

Como espero escuchar a Ivo Pogorelich el domingo 1 de junio en Úbeda –si no cancela–, me he animado a escuchar algunos discos de este señor tan peculiar del que, lo reconozco, tengo poco en mi discoteca. Y he empezado con uno de sus clásicos, el Concierto nº 2 de Chopin grabado junto a Claudio Abbado y la portentosa Sinfónica de Chicago en febrero de 1983 para Deutsche Grammophon. La labor de la batuta me ha gustado bastante: quizá un pelín más nerviosa de la cuenta, pero en conjunto muy fluida, vibrante, entusiasta y con admirables acentos dramáticos en el pasaje anhelante e interrogativo (¡genial Chopin!) del segundo movimiento. Lo del pianista croata, por el contrario, me ha parecido un destrozo.

El procedimiento del artista es de una irritante pedantería: tiene que demostrar que él nos redescubre esta Op. 21 chopiniana, así que se dedica a cambiar todos los acentos sin ton ni son, es decir, sin la menor lógica expresiva, de tal modo que el fraseo resulta desarticulado, cuando no pretencioso o sumamente afectado –silencios eternos sin venir a cuento, pianísimos extremos solo por hacer bonito-, y lejos de servir a la poesía que desprenden los pentagramas. Por si fuera poco, hay muchas frases en los que sustituye los excesos de imaginación por carreritas realizadas solo para demostrarle al personal que sus dedos son los más ágiles del planeta. Lo consigue, claro, pero a costa de que dichos pasajes suenan cuadriculados. Que Pogorelich toque de escándalo, que su gama dinámica sea asombrosa o que haya, justo es reconocerlo, algunos momentos muy bellos, sobre todo en el Larghetto, no justifican semejante cúmulo de despropósitos.

Para valorar más justamente este disco, he vuelto a poner en mi equipo las interpretaciones del Segundo concierto a cargo de De Larrocha/Comissiona (Decca, 1970) y Barenboim/Fisch (Digital Concert Hall, 2009), espléndidas ambas por parte de los solistas, y he escuchado por primera vez la de Olejniczak/Brüggen (DVD Glossa, 2010), interesante por el uso de instrumentos originales, y la Pires/Previn (DG, 1992).

Pires Chopin Previn

Esta última –que me recomendó Ángel Carrascosa– me ha resultado una grata sorpresa, porque no me lo esperaba de esta señora: esta es la mejor Pires posible, la que hace gala de sus virtudes sin caer en ninguno de sus defectos, esto es, la que sabe ofrecer un sonido de enorme belleza, asombrosa exactitud y pasmosa claridad, frasear aunando elegancia, delicadeza e imaginación –memorable como conjuga estos tres ingredientes en el arranque del último movimiento–, equilibrar todos los aspectos expresivos posibles de la pieza y, en definitiva, ofrecer la mejor de las lecturas posibles desde un enfoque mayormente apolíneo, sin resultar blanda, ni preciosista ni en exceso ensoñada; por el contrario, lo hace conservando un punto de sobriedad, distinción y carácter decidido, añadiendo además un suave toque de humor sofisticado –otros artistas, como Barenboim, lo prefieren más rústico y socarrón– que resulta adecuadamente salonesco en el buen sentido del término.

Previn, por su parte, acompaña no solo con la profesionalidad y sensatez en él habituales, sino sintonizando además con el enfoque de la solista, ofreciendo ricos matices poéticos y sabiendo ser viril y decidido cuando las circunstancias lo requieren. Le falta al maestro, quizá, un punto de mayor de intensidad y compromiso, al igual que a la Pires se le podría pedir algo más de sentido humanista, de confesión íntima, de profundidad expresiva en definitiva, que no se termina de intuir en medio de la asombrosa belleza sonora desplegada por la lisboeta. Para alcanzar ese “más allá” hay que acudir, me parece, a la enorme recreación de Daniel Barenboim con Andris Nelsons.

¡Ah, se me olvidaba! El disco de Pogorelich se completa con una recreación de la Polonesa en Fa sostenido menor op. 44 aplastantemente superior a la del concierto: un poco más nerviosa de la cuenta en las secciones extremas, por momentos al borde de la precipitación, pero llena de fuerza, de carácter, de valentía, de matices tan ricos como (¡esta vez sí!) muy bien traídos, de elegancia distinguida… No parece el mismo pianista. En fin, cosas de divos. Seguiremos informando.

domingo, 18 de mayo de 2014

Rattle aborda a Rachmaninov y Stravinsky bajo el prisma de la sensualidad

Precioso programa ruso el ofrecido el 9 de noviembre de 2012 por la Filarmónica de  Berlin y el Coro de la Radio de Berlín bajo la dirección de los dos Simon, Rattle y Halsey respectivamente, en la Philharmonie de la capital alemana, y filmado por las cámaras del Digital Concert Hall. Programa además muy bien pensado, porque se unen dos piezas sinfónico-corales de dos enormes compositores, en principio antitéticos entre ellos, escritas por las mismas fechas y relacionadas en cierto modo por la importancia que se concede a las campanas, tal y como nos cuenta el propio Rattle en el vídeo introductorio: Las campanas de Rachmaninov y El rey de las estrellas de Stravinsky. Como plato fuerte, y ya sin voces, La consagración de la primavera en su versión revisada de 1947, aunque la obra se escribió más o menos en el mismo momento que las anteriores

El programa se abre con una espléndida recreación de la obra sobre poemas de Edgar Allan Poe. Desde luego no es este un Rachmaninov propiamente ruso, esto es, no muy rústico, ni bronco, ni antes fogoso que meditativo, sino más bien occidentalizado y visto desde ojos antes románticos más que expresionistas, por lo que priman la sensualidad (¡asombrosa!), la calidez, la opulencia sonora y el refinamiento, lo que tiene mucho que ver tanto con la batuta de un Rattle detallista, concentrado y soberbio planificador que parece aquí retomar un tanto el espíritu de Karajan (del mejor Karajan, aunque este apenas dirigiera la música de este autor) como de la sonoridad de una orquesta de sonoridad fascinante, ora poderosa, ora de texturas que rozan el impresionismo, cuajada de solistas que tocan con la expresividad a flor de piel.

En las voces hay algunas desigualdades. El joven tenor Dmitry Popov realiza una buena labor en el primer movimiento, aunque el tremebundo (casi disparatado) despliegue sinfónico-coral diseñado por Rachmaninov termina aplastándole. A Luba Orgonásová ya se le nota la edad, sobre todo en la tirantez del agudo. Admirable por su parte el bajo Mikhail Petrenko en el escalofriante cuarto movimiento. Un diez para el coro.

El rey de las estrellas (Santiago Martín prefiere utilizar en su monografía sobre el compositor el nombre original, Zvezdóliki, que traduce como Rostro de estrella) es una obra corta pero de extrema dificultad –no lo digo yo, lo dijo el compositor– que requiere fuerzas orquestales y corales de gran tamaño virtuosismo extremo. Aquí las hay, obviamente, pero además Rattle y Halsey aciertan por completo a la hora de recrear la atmósfera sacra, estática y visionaria de esta pieza que (lo explica admirablemente Martín en su referido trabajo) apunta por un lado a Debussy y por otro al Stravinsky neoclásico. Sir Simon, que dirige de manera lenta y concentrada, prefiere en cualquier caso atender antes a la sensualidad del primero que a la adustez del segundo, lo que le permite a su vez mirar con el rabillo del ojo a Olivier Messiaen.

La sensualidad vuelve a ser el rasgo distintivo en La consagración de la primavera. Esto no significa, en modo alguno, que Rattle ablande la pieza o que cometa ningún disparate estilístico: el maestro británico también ofrece una buena dosis de incisividad, desasosiego y tensión dramática (algo menos que en su filmación de 2003 para Esto es ritmo y la del Waldbühne de 2009), que llega a ser verdaderamente paroxística en los finales de cada una de las dos partes. Pero lo que llama la atención es la atmósfera embriagadora, cálida, evanescente y por momentos muy erótica que su batuta consigue con su fraseo lleno de naturalidad –nada aquí de sequedad o de intelectualidad stravinskiana– y una batuta que sabe extraer mil colores, de los más suaves a los más ásperos, de una orquesta que parece superarse a sí misma cada día. Cierto es que algunos pasajes concretos podrían alcanzar mayor fiereza o, por el contrario, estar mejor paladeados, pero en contrapartida Sir Simon nos desvela algunas líneas que generalmente pasan desapercibidas y realiza algún que otro considerable hallazgo (impagables las “exhalaciones” de la orquesta al arrancar la segunda parte, que ya estaban en sus anteriores recreaciones pero ahora le salen aún mejor).

El concierto fue en su día transmitido a cines de toda Europa, y hoy puede verse en la Digital Concert Hall de la orquesta. Además, dos de las interpretaciones han sido editadas en compacto (no son exactamente las mismas tomas, porque para el disco se mezclaron tres conciertos) por Warner Classics: Las campanas viene con las Danzas Sinfónicas (las mismas ya comentadas aquí) y Le sacre con la Sinfonía para instrumentos de viento y Apolo y las musas. Ignoro si los CDs suenan con mayor calidad que las filmaciones de la DCH, que lo hacen muy bien pero sin especial relieve ni gama dinámica. A pesar de esta relativa limitación, se disfrutan muchísimo.

Rapsodia española, de Ravel: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN - 29.VIII.2026 A la entrada original del 21 de septiembre de 2015 añado ahora Ormandy en estéreo, Giulini/Philharmonia y Baren...