Cita con la muerte, como en la novela de Agatha Christie: mañana domingo 10 en el Teatro de la Maestranza Joaquín Riquelme tocará, acompañado de Enrique Bagaría, la Sonata para viola de Dimitri Shostakovich. La última creación del compositor soviético, ya saben. Y una de las mejores de su etapa tardía: desmaterialización, esencialidad, fantasmagorías y mucha, muchísima negrura. Las exigencias técnicas y expresivas a la viola son tremendas, aunque también hace falta un pianista que sepa mantener el pulso y destilar todo el nihilismo que la obra rezuma.
Si no la han escuchado nunca, háganlo ahora en el vídeo de Tabea Zimmermann y Lilia Zilberstein que les pongo abajo. Y sí, eso que se escucha en el movimiento conclusivo es una cita el primer movimiento la Sonata para piano nº 14 de Beethoven, esa a la que alguien le puso el título de "Claro de luna" desfigurando el verdadero tema de la obra. La Muerte, por descontado.
1. Bashmet, Richter (Altus, 1985). Claramente es Sviatoslav
Richter quien toma las riendas de esta interpretación, la cual no deja de recordar a
lo que el inmenso maestro ucraniano hacía con Schubert: severidad, concentración
extrema y hondura reflexiva, todo ello aportando un punto de vista
particularmente siniestro (¡qué mano izquierda!) de la partitura. Junto al él,
un joven Bashmet acierta al no recrearse en la belleza sonora y al buscar
intensidad en la expresión, pero carece –de momento– de la emotividad y la
sutileza de la que harán gala otros colegas. A destacar un segundo movimiento particularmente
corrosivo y un tercero lentísimo (17’03’’) y de verdadero escalofrío en el que
Richter que se mueve como pez en el agua de la negrura. La toma de YouTube se
ve lastrada por el sonido monofónico. (9)
2. Imai, Ax. (YouTube, 1989). los primeros compases dejan claro que el enfoque de Emmanuel Ax va a ser muy diferente al de Richter: tempo más rápido, menor densidad, mayor sentido de los contrastes, más espacio para lo que no sea la negrura más nihilista; incluso en los compases finales parece dejar espacio, quién lo diría, para la aceptación serena de la muerte. Es una opción que podrá gustar más o menos, pero que resulta ideal para que Nobuko Imai, muy solvente en lo técnico –hay algún desliz– despliegue un arte eminentemente lírico, emotivo y cercano, que tampoco se desliza hacia el nihilismo sin por ello quedarse en la asepsia. Simplemente, es otra manera de ver las cosas. La filmación, realizada en Tokio, procede de un VHS con problemas. Lástima. (8)
3. Zimmermann, Höll (EMI, 1991). La violista
alemana posee el más impresionante sonido de los solistas aquí enumerados. El
más firme y mejor afinado, el más rico en armónicos, el más auténticamente de
viola. Con él, armada asimismo de una concentración portentosa y de una técnica
colosal (¡qué manera de regular el sonido, qué capacidad para los más
increíblemente minuciosos matices!), construye una interpretación que no quiere
ser particularmente atmosférica. Tampoco pretende ofrecer una lectura lírica, a
pesar de que no renuncia en absoluto a la belleza sonora. Su mirada la pone en
las tensiones y los conflictos que esconden las notas. Conflictos sonoros y
conflictos expresivos. Su fraseo resulta tenso a más no poder a lo largo y
ancho de la partitura, incluyendo un Allegretto que no concibe como relajación;
alcanza clímax de fuerza abrumadora y muy hirientes, pero sin dejarse llevar
por las emociones y sin necesidad de recurrir a lo expresionista. Todo se
desarrolla con naturalidad, hondura y mucha, muchísima sinceridad, concediendo
asimismo considerable espacio para la reflexión humanística sin que esta caiga
en lo compungido o lastimero. Tabea Zimmermann se enfrenta a la muerte con
valentía e incluso orgullo, no con la cabeza baja. Hartmut Höll no necesita las
lentitudes ni la severidad de Richter para destilar toda la negrura que
albergan las notas. Frasea francamente bien y se pliega a las mismas sutilezas
que la solista. (10)
4. Mintz, Postnikova (Erato, 1991). Se puede
echar de menos un sonido más claramente a viola, menos aviolinado por parte de
Mintz. Ahora bien, no se puede superar su recreación en concentración, en
profundidad ni en perfecto equilibrio entre belleza sonora y negrura, aunque es
cierto que Tabea Zimmermann conseguía –y conseguirá– unas tensiones más
marcadas. Mitz camina por un sendero algo diferente. Su primer movimiento,
antes que lacerante, es misterioso, lleno de sutilezas, apuntando claramente a
las fantasmagorías inmateriales de la última sinfonía del autor. El segundo
movimiento, siendo menos rápido (7’26’’ frente a 6’58’’) que el de Bashmet y
Richter, es francamente expresionista: el ser humano retratado como grotesco y
lastimoso fantoche. En el tercero Mintz se decanta por el lirismo humanista,
como si mirase de reojo a la dirección de las sinfonías realizada por
Rostropovich. Paradójicamente, Viktoria Postnikova parece tomar el sendero de
la otra gran integral, la de su marido Rozhcdestvensky: no se ha escuchado un
piano más negro y escalofriante en esta obra. Es por ella por lo que la versión
sube del nueve al diez. Toma sonora excepcional. (10)
5. Bashmet. Kremer/Kremerata Baltica (DG, 2005). Interesantísimo
el arreglo de Vladimir Mendelssohn para viola y cuerda, con toques muy
shostakovianos de celesta: la negrura de la obra queda aún más en evidencia. La
orquesta funciona de maravilla bajo la dirección de Gidon Kremer, mientras que
Bashmet demuestra que sigue siendo un enorme recreador de la obra. Justo lo que
volverá a hacer al año siguiente en la versión original con piano. (9)
6. Bashmet, Muntyan (YouTube, 2006). Vuelve Bashmet a hacr la obra en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú dos décadas después. Su visión es más intensa que la de 1985, quizá también más variada en la expresión, aunque no está claro si por haber madurado los pentagramas o por no tener al lado a la enorme personalidad de Richter imponiendo sus lentitudes en los tempi y su gravedad en la expresión. Mikhail Muntyan realiza una irreprochable labor –muy incisivo su piano en el segundo movimiento–, pero queda en segundo plano. Lógico, porque la obra pertenece a la viola. El sonido disponible en YouTube, como en la ocasión anterior, es monofónico. (9)
7. Kanka, Klepac (Praga, 2009). Mucha atención: Michal Kanka se atreve a tocar la obra con su violonchelo sin recurrir a la transcripción de Daniel Shafran. Y le sale bien. Otra cosa es el enfoque: emoción que se aparta del histrionismo y el exceso de amargura, hasta el punto de que en el Allegretto central se pueden escuchar ecos folclóricos y en el terrible final el compositor parece despedirse del mundo con serena y hasta consoladora dignidad. No me parece lo adecuado para esta música, aunque entiendo que la visión es plausible y habrá quienes gusten de escuchar esta música así. (8)
8. Meinich, Ashkenazy (Decca, 2015). Primer
movimiento perfecto en el estilo y muy bien trazado, aunque sin mojarse mucho
en las tensiones. El segundo está estupendamente dicho, pero se echa de menos
un enfoque más virulento. En el tercero sobresalen la cantabilidad y el lirismo
con que Ada Meinich y Vladimir Ashkenazy abordan la página, alejándose de las grandes tensiones
y del nihilismo para optar por cierta melancolía espiritual hasta desembocar en
un final muy hermoso. ¿Más consolador de la cuenta? Efectivamente. Como dije
arriba, es una posibilidad que no comparto. (8)
9. Zimmermann, Zilberstein (YouTube, 2024). Han pasado
treinta y tres años desde que Tabea Zimmermann realizara su grabación de
estudio. La tentación de decirlo es grande, así que lo mejor es caer en ella
aun a riesgo de exagerar: esta interpretación es todavía más intensa y
tremenda. Lilia Zilberstein no aporta nada personal, pero acompaña con enorme
propiedad haciendo gala de una mano izquierda muy poderosa y de elevado sentido
de los contrastes. La filmación se realizó con cámara fija y un sonido distante
que no permite percibir como corresponde las infinitas sutilezas de la viola,
pero el testimonio resulta impagable. (10)
10. Tamestit, Kissin (Medici TV, 2025). Arranca la interpretación de manera decepcionante: el violista parisino no posee la firmeza del sonido, la capacidad para generar tensiones ni la inmediatez expresiva de la Zimmermann. Poco a poco se va dando uno cuenta de que las comparaciones son odiosas, y que Tamestit toca francamente bien y sabe lo que tiene entre manos; Kissin le acompaña con un sonido que impresiona, precisión absoluta y toda esa concentración que la música demanda. Bien a secas el Scherzo, con todo en su sitio y sin sacar los pies el plato en lo expresivo, pero sin nada especial. Ni quisiera Kissin se anima a resultar incisivo y a poner acentos. Lo mejor es el movimiento conclusivo: la viola lanza lamentos de dolor que no encuentran respuesta alguna y el piano cierra el círculo nihilista. Por cierto, la noche de hoy sábado Stage+ emite el concierto completo en 4K. (8)







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