lunes, 29 de junio de 2020

Adiós, Felipe

Ayer domingo murió Felipe. Esta es una de sus últimas fotos. Más de veinte años tenía, como una persona de más de cien.


Primero fue oficialmente de mi abuelo, a quien alegró a lo largo de algunos de sus últimos años de vida, pero a quien él quería realmente era a mi madre. Por desgracia, siempre tuvimos que tenerle aquí al lado, en el piso del abuelo, porque su rivalidad con el otro gato de mi madre, más joven y fuerte, era extrema. Le tenía miedo, y se atacaban mutuamente.

Tenía desde hace tiempo problemas con el tracto intestinal. Mi madre le buscó siempre la alimentación adecuada. Ella le tenía un cariño enorme, y en esos once años que yo estuve dando vueltas por Andalucía desplazándome allí donde me enviasen a dar clase, ella estuvo pendiente de todo lo que necesitaba.



Cuando yo regresé a Jerez, y tras un periodo de acostumbramiento -llegó a morderme fuerte en los primeros tiempos al verme como "invasor" de la vivienda del abuelo, que era la suya-, fue mi gatito fiel. Me ha dado algunos momentos de gran felicidad en estos dos últimos años que han sido tan duros para mí, con sus topaítas y búsqueda de caricias (siempre a primera hora de la mañana, y por la noche antes de acostarse). Aunque la mayor parte del tiempo le gustaba estar solo, como a casi todos los gatos. Mientras tanto, yo trabajaba frente al ordenador o escuchaba música. Me acompañó en muchísimas audiciones, bien en el respaldo del sofá, bien sobre mi regazo ronroneando. Últimamente le gustaba dormir en el sofá de al lado.



En las últimas semanas se había debilitado muchísimo. Apenas comía. Le llevamos dos veces a la veterinaria para que le inyectara vitaminas. Desde el jueves apenas podía moverse, pero nos negamos a "dormirlo". Tampoco se quejaba más de lo acostumbrado. Le hemos llevado con brazos a beber agua, a tomar el sol, a apartarlo del sol y a dormir.

El domingo por la mañana estuvo cuarenta y cinco minutos durmiendo en mi regazo, mientras yo escuchaba Beethoven por Du Pré y Barenboim. Llegó incluso a ronronear un poco. Luego tomó un poco el sol y controló un rato la calle desde la terraza, como a él le gustaba. A la hora de comer pegó un maullido y le llevé a beber, pero ya no se pudo tener en pie. Cayó sobre el tazón. Empezó a agonizar; así estuvo durante media hora, con mi madre y conmigo, hasta que finalmente se fue. Resultó muy duro verle morir.

Adiós, mi niño.

sábado, 27 de junio de 2020

Cuando Abbado grabó en Zaragoza y Madrid (¿o no fue él?)

Este disco editado por el sello Claves incluye el Concierto para oboe de Mozart y la Sinfonía concertante de Haydn en interpretaciones de Claudio Abbado y la Orquesta Mozart registradas en Zaragoza y Madrid en marzo de 2013. Pero hay un misterio: quien dirigió la obra de Franz Joseph en aquellos conciertos fue Gustavo Gimeno, que aparece en el libretillo reconocido como director asistente. ¿El disco sale de los ensayos del propio Abbado o es el valenciano quien se encuentra sobre el podio?


El CD –que he escuchado en alta definición a través de Qobuz– se abre con la KV 314. Me ha gustado poquísimo. Este es un Mozart pequeñito, en todos los sentidos. Amable, coqueto y delicado como una porcelana rococó. Frágil, muy frágil. La sonoridad es aérea. La articulación, influida por lo “históricamente informado”, apuesta por la agilidad pero deja muy aparte claroscuros, contrastes y tensiones –estamos en el extremo opuesto a un Harnoncourt, aunque alguno se pueda pensar lo contrario–. Tampoco hay nada de ese particular sentido del equilibrio entre la elegancia y la hondura que caracteriza a las mejores creaciones del neoclasicismo. Abbado y sus chicos apuestan por el hilo musical: todo muy bonito, ausencia de sobresaltos y ninguna necesidad de prestar atención. Ideal para tomar té con pastas. Lucas Macías Navarro –el admirable artista nacido en Valverde del Camino, "Huerva"– toca con exquisita, hermosísima y gélida perfección.

Al oboe del onubense se unen las impecables participaciones del violín de Gregory Ahss, el violonchelo de Kostantin Pfiz y el fagot de Guilhaume Santana para la página de Haydn. Aquí la dirección parece animarse un poco: resulta menos pálida, algo más risueña y atenta al sentido del humor. ¿Se trata de que Abbado sintonizó más con esta página, o lo que ocurre es que nos encontramos ante Gustavo Gimeno? Sea quien sea el que empuña la batuta, el resultado continúa siendo más bien tímido, anémico y aburrido. Un disco a olvidar. O quizá todo lo contrario: sirve para comprobar que una cosa es poseer una enorme técnica y otra muy distinta hacer gran música.

jueves, 25 de junio de 2020

1997, un gran año para Pierrot Lunaire

Vamos a comparar cuatro versiones de esa enorme obra maestra que es el Pierrot Lunaire de Arnold Schoenberg, con la particularidad de que tres de ellas corresponden al mismo año de grabación: 1997. Y de que las tres –bueno, las cuatro– son de enorme nivel.


Comenzamos con una veinte años anterior, de 1977. La registró CBS y en ella Pierre Boulez se ponía al frente de un conjunto de solistas formado nada menos que por (¡agárrense!) Daniel Barenboim, Michel Debost, Antony Pay, Pinchas Zukerman y Lynn Harrell. Este último estuvo quizá un punto menos expresivo que sus colegas, pero todos realizaron una gran labor bajo una dirección depuradísima y exquisita, llena de sutilezas, en el que tanto el lirismo como la ironía están admirablemente reflejadas. No lo están en semejante medida por parte de la mezzo Yvonne Minton, espléndida en lo técnico, quizá algo más cerca del canto que de la declamación, pero necesitada de un punto más de mordacidad y de inflexiones expresivas a la hora de recrear los poemas surrealistas de Albert Giraud.



Saltamos a 1997. Nos vamos con ese particular personaje que es Robert Craft, quien tuvo a su disposición un estupendo equipo de solistas de Nueva York agrupado bajo el nombre de Twentieth Century Classic Ensemble. La recreación, hoy editada por el sello Naxos, terminó siendo interesantísima porque en lugar de buscar una intensidad de corte más o menos expresionista, y desde luego alejándose por completo de cualquier clase de frialdad o intelectualismo, nos descubre la faceta más sensual, misteriosa e incluso acariciadora de esta partitura, que se encuentra recreada  con un desarrolladísimo sentido de la ambigüedad y del misterio. A sus cincuenta y siete años, Anja Silja no ofrece brillo ni atractivo en la voz –reconozcámoslo: ni siquiera en los sesenta su instrumento era hermoso–, pero debe considerarse entre las más grandes intérpretes de esta parte por su pleno dominio de la declamación, sabiendo decir con una enorme variedad expresiva y con todas esas sutiles inflexiones (¡qué inmensa cantante-actriz ha sido esta señora!) que Craft propone desde el podio, todo ello sin acercarse a ese peligro enorme de este papel que es caer en la exageración o el ridículo. Hay que escuchar este registro, sin duda.



Volvemos a Boulez, esta vez al frente de su Ensemble InterContemporain un registro técnicamente soberbio realizado por Deutsche Grammophon. Su  dirección es más claramente expresionista que la de Craft, ofrrece más ángulos y picos de tensión de mayor intensidad, pero al mismo tiempo, y aunque resulte paradójico, resulta más distante que la de su colega musicólogo. Aunque sea un tópico, aquí se puede hablar de frialdad bouleziana, o al menos de un excesivo distanciamiento. La poesía no termina de surgir, como tampoco se perciben esa sensualidad y ese sentido del misterio de la interpretaciones antes comentadas, incluida la del propio compositor francés. El Ensemble InterContemporain, eso sí, es el colmo del virtuosismo y la precisión, y Boulez lo controla con una depuración sonora diríase que insuperable. La solista es Christine Schäfer. Su instrumento es bien distinto al de la Silja –no digamos al de la mezzo Minton–, a quien supera con mucho en belleza vocal y refinamiento canoro, pero de nuevo se queda algo corta ante la variedad expresiva y la riqueza de acentos de su colega: por momentos resulta un pelín lánguida. El registro dio pie a una película de Oliver Herrmann disponible en YouTube.


Quedan Giuseppe Sinopoli, Luisa Castellani y un admirable equipo de la Staatskapelle de Dresde que incluye el violonchelo de Jan Vogler, además del piano de Andrea Lucchesini. El registro es de Teldec y hoy se incluye en una caja de ocho compactos editada por Warner a precio de saldo que me parece por completo imprescindible. Entre otras cosas por este Pierrot, el que más me gusta de los cuatro.

Le pongo reparos a Castellani, en parte porque su instrumento presenta menos cuerpo del deseable, en parte porque tiende un poco –como Schäfer– a la languidez, aunque a la postre termina ofreciendo una interpretación de singular atractivo, muy lírica y sutilísima en sus inflexiones, pródiga además en detalles personales muy acertados y que muestran sus especial afinidad por la música contemporánea. Pero lo que me parece increíble es la parte instrumental. No, estos señores no son Barenboim y compañía, ni alcanzan la incomparable perfección del InterContemporain, pero están mejor. ¡Todavía mejor, aunque parezca imposible! Porque tocan estupendamente, porque interpretan con enorme implicación expresiva, porque saben ofrecer una enorme variedad de acentos y, desde luego, porque atienden de manera muy especial a lo que dicen los textos. Obviamente gran parte del mérito corresponde a un Sinopoli que ha sido el director que mejor ha demostrado que la Segunda Escuela de Viena nada tiene de frialdad intelectual si uno sabe hacer las cosas como deben hacerse. Su visión se encuentra muy cercana a la de Craft, es decir, se aleja de las tensiones expresionistas para indagar en todo el potencial surrealista de la página, pero haciéndolo quizá con mayor más variedad expresiva, además de ofreciendo un asombroso tratamiento de las texturas y haciendo que los instrumentistas fraseen con ese particular sentido de lo curvilíneo que caracterizaba su arte directorial. Por si fuera poco, la toma sonora es tan insuperable como la de la última de Boulez. Compren la referida caja, no se arrepentirán.

lunes, 22 de junio de 2020

Las Enigma por Barbirolli

Parece que Warner no avanza, como en una anterior entrada quise suponer, en su lanzamiento en las plataformas de la gran colección de grabaciones de Sir John Barbirolli nuevamente reprocesadas. Quizá nos hagan esperar, o saquen solo una parte. Sería una pena, porque la caja grande de cedés sale carísima. Voy a comentar, en cualquier caso, un disco dedicado a Elgar que el maestro grabó con la Philharmonia Orchestra en 1962, y que sí he podido escuchar a través de Qobuz en alta resolución porque lleva ya ahí unos meses. Trae las Variaciones Enigma y la Obertura Cockaigne, y suena bastante mejor que en el antiguo CD de discreto sonido que aún circula por ahí.


Pero debo decir la verdad: aunque Sir John fue probablemente el más grande recreador de Elgar en el mundo discográfico, quizá no sean estas Enigma su mayor logro. Algunas variaciones podrían alcanzar aún mayor inspiración, e incluso Nimrod resulta tan ardiente que la vehemencia por momentos roza la precipitación. Reparos menores, en cualquier caso, que solo se advierten si comparamos esta interpretación con otras aún mejores, porque Barbirolli rebosa estilo, solidez de trazo, fuerza expresiva y convicción; incluso el habitualmente dramático maestro nos regala enormes dosis de cantabilidad en la exposición del tema y de carácter amoroso en la primera variación, no en balde dedicada a la esposa de Elgar.

No le pongo pegas a la Obertura Cockaigne, aunque he podido comparar con el registro de Barenboim de 1973 y he encontrado que esta interpretación carece del sentido del humor socarrón de la del de Buenos Aires. Ahora bien, la iguala en desparpajo, luminosidad y comunicatividad, y la aventaja en vuelo lírico y elegancia; también quizá en claridad, por no hablar de esa particular “majestuosidad británica” tan necesaria el Elgar, pero al mismo tiempo tan fácil de confundir con lo vacuo e hipertrofiado. La orquesta está sensacional, obviamente con un sonido menos denso y germánico del que obtiene Barenboim con la London Philharmonic.

¿Mis versiones favoritas en CD? Para las Enigma, la de Menuhin con la Royal Philharmonic para Philips de 1985 –la de 1994 con la misma orquesta es peor– y para Cockaigne esta de Barbirolli o la de Tate con la Sinfónica de Londres.

sábado, 20 de junio de 2020

Sobre López Cobos, Moral y Granada

"Corre, pon La 2, López Cobos está destrozando la Segunda de Beethoven", le escribí por WhatsApp hace algunos sábados a un conocido y veterano crítico musical. "He visto un poco y he salido huyendo", me replicó. Hoy le he vuelto a escribir". En La 2, López Cobos sin piedad contra la Pastoral", a lo que me ha contestado: "atroz, es una de las cosas más triviales, atroces y ridículas que he escuchado en mucho tiempo".


Corresponden estas grabaciones, cuyo pase me parece por completo pertinente en este Año Beethoven, a la integral de sinfonías del sordo de Bonn que ofreció el maestro zamorano en un solo día, el 22 de junio de 2013, en el Auditorio Nacional de Madrid al frente de varias orquestas. Toda una proeza física y psicológica, eso parece incuestionable. Pero a tenor de lo escuchado, aquello fue un aquelarre. Miren ustedes, el difunto Jesús López Cobos me merece mucho respeto por su enorme profesionalidad, por su gran capacidad de trabajo y por su –al parecer– exquisitos modales con los músicos. Pero no me lo merece como artista, porque creo que no lo fue. Gran director puede, gran artista no. Le escuché mucho en directo, sobre todo en el Teatro Real. Y salvando unos muy buenos Diálogos de Carmelitas y una magnífica Salomé, todo me pareció aceptable sin más, cuando no aburrido o incluso mediocre. Lejos, muy lejos de lo que debería habérsele exigido por la enorme fortuna que cobró del erario público.

Viene todo esto a cuento porque uno de sus principales apoyos en el teatro madrileño –presuntamente había entrado por recomendación de Gonzalo Alonso, según reivindica este incalificable personaje– fue Antonio Moral, quien estuvo al frente del Real entre 2005 y 2010. Cuando ambos salieron para dar paso a etapa Mortier –muy irregular, pero mejorando de manera muy sustancial la calidad de los cuerpos estables– el referido gestor quiso reivindicar al de Toro desde el CNDM que pasó a presidir con, ente otras cosas, este maratón que ahora se releva en toda su mediocridad artística. Y es en estos días cuando estoy leyendo grandes elogios al señor Moral por la programación que, en medio de las terribles dificultades que todos conocemos y partiendo de algunos compromisos por ese Pablo Heras-Casado que ya no es más que un triste recuerdo, ha preparado para el Festival de Granada.


No me voy a privar de dar mi opinión. El señor Moral es un magnífico gestor, pero con unos gustos sobre interpretación musical que me parecen difíciles de compartir. Su reciente crítica de la Séptima de Beethoven de Petrenko lo deja bien clarito. Creo que hizo una muy pobre labor en el Teatro Real, tanto por su defensa a capa y espada del maestro zamorano como por su desconocimiento de quiénes eran las batutas que podían arreglar las cosas en el foso: Mortier sí que lo conseguiría. Luego Moral realizó una tarea formidable en el CDNM, aunque de nuevo pinchando cada vez que de directores de orquesta se trataba.

Y en cuanto a la programación de Granada, qué quienes que les diga... No sé qué interés pueden tener el Mozart de Andrea Marcon o Josep Pons (¡uf!), ni menos aún el Beethoven de Hengelbrock. Luego sí que hay cosas extraordinarias en la música de cámara y en los recitales, sobresaliendo –para mi gusto– los nombres de Sokolov, de Chamayou –en el repertorio que va a hacer, no sé en otros– y muy por encima de todos, de Daniel Barenboim: ya dije que sus Diabelli del pasado abril me parecen una de las más inconmensurables interpretaciones pianísticas jamás escuchadas de cualquier repertorio para el instrumento. Aunque claro, no deja de resultar paradójico que Moral fuera el fundador de Scherzo, una revista que se ha llevado décadas haciendo el ridículo con un constante ninguneo, sobre todo por parte de Enrique Pérez Adrián y de Arturo Reverter, de todo lo que ha hecho el maestro de Buenos Aires.

Que sí, que la programación está francamente bien para haber sido confeccionada bajo las durísimas condiciones en las que se ha hecho. Pero vale ya de elogios desmedidos a un Antonio Moral que sigue teniendo el mismo gusto musical de siempre. Tal vez ciertos periodistas "comprometidos" que le han dedicado muchísimo espacio en sus medios anden buscando entradas gratis; o agradecerle las muchas notas al programa que Moral les ha encargado durante años desde el CNDM; o tal vez apoyar que haya contratado a una buena cantidad de amigos suyos de la cuerda de tripa, de esos de la ciudad de la Giralda... Aunque tal vez todo sea pura coincidencia.


PD. Yo ya tengo mis entradas para Barenboim, Chamayou y el último concierto de Zimerman. Y pienso escribir lo que me dé la gana, porque nada le debo a nadie.

viernes, 19 de junio de 2020

EMI recupera a Barbirolli: Sibelius y Dvorák

Sir John Barbirolli (1899-1970) fue uno de los más grandes directores del siglo XX. O al menos, de los años sesenta del pasado siglo. Y también de los más infravalorados: nadie duda de su enorme talento, pero todavía no se ha reconocido del todo la increíble altura de casi todas las grabaciones que realizó a lo largo de la última década de su no muy larga carrera. Ello puede tener en parte que ver con las deficiencias de algunas de las tomas realizadas por los ingenieros de EMI, así como por los pobres reprocesados que sufrieron en su trasvase a compacto: ahí está el caso de su Quinta de Mahler con la New Philharmonia, que sonaba regular en CD y ahora lo hace de escándalo tras la recuperación japonesa en SACD.


Parece que EMI por fin se decide a tratar con dignidad el legado del maestro y lanza una caja de nada menos que 109 compactos en reprocesados presuntamente nuevos que nos permitirán escuchar en las mejores condiciones hoy posibles estos testimonios. Pensaba comprármela en cuanto se pusiera a la venta, que ha sido hoy viernes 19 de junio, pero hay un problemilla: 221 euros en Amazon España, 152 más gastos de envío en Amazon Italia. Vamos a dejarlo. Venturosamente, alguna o muchas de esas recuperaciones podrían aparecer en las plataformas de streaming habituales. Este primer día lo han hecho dos, nada menos que a una resolución de 96 kHz, es decir, bastante mejor que en CD. No me he resistito a escucharlas en Qobuz.

Una es su justamente celebrada Segunda de Jean Sibelius. Bueno, la del ciclo para EMI grabada en 1966, porque hay otra cuatro años anterior que comenté aquí mismo hace ya tiempo. Son parecidas. Sir John ofrece lectura abiertamente antirromántica, decididamente en el extremo opuesto a lo que con esta música harán –con insoportables resultados– un Karajan o –de manera por completo genial– un Bernstein. La Orquesta Hallé, que rinde estupendamente, suena con una tímbrica  aristada e incisiva; no hay interés por la belleza sonora en sí misma. El fraseo se encuentra lleno de electricidad y nervio –tremendos zurriagazos en el tercer movimiento– pero sin caer en el nerviosismo y haciendo gala de una perfecta arquitectura, tan implacable en su desarrollo como férreamente controlada. Las melodías están bien cantadas sin ceder lo más mínimo a la dulzura ni a la ensoñación contemplativa. Y la emotividad es tan sobria en los pasajes introvertidos como rebelde, combativa y desgarrada en los más decibélicos. Ni que decir tiene que la grandeza del Finale no resulta en absoluto épica, sino trágica. ¿Y el sonido? Sinceramente, no noto que se trate de una nueva remasterización, aunque el HD resulta apreciable por la "carne", el relieve y la presencia de las frecuencias graves.

De complemento a este primer disco, El cisne de Tuonela. Un Barbirolli audiblemente emocionado –se escuchan a la perfección los mugidos del maestro– ofrece una recreación de una concentración tensa y doliente, de una belleza adecuadamente fría y desolada, en las que los breves clímax, aun evitando la opulencia sinfónica por la que optan otros directores, ofrecen una garra conmovedora. Impresionante.


El otro disco me ha gustado menos: Sinfonia nº 8 de Dvorák y Scherzo Capriccioso del mismo autor, todo ello con la Orquesta Hallé en una grabación original del sello Pye con copyright de 1958: debe de ser de ese mismo año o del anterior. El maestro ofrece un Dvorák que suena a eso, al genial compositor checo, no a una especie de Brahms con toque de Tchaikovky, por mucho que algunos directores hayan hecho auténticas maravillas desde semejante prisma interpretativo. Pero el de Sir John es Dvorák puro de oliva, rústico en el mejor sentido, lleno de frescura de de sabor folclórico, muy decidido y siempre atento a no quedarse en los aspectos más pintorescos de los pentagramas para, por el contrario, sacar a la luz lo mucho que de dramático hay en lo mismo.

Lo malo es que a la batuta se le va la mano con tanto fuego y tanto carácter combativo, descuidando otras cosas que también albergan las notas, y en grandes cantidades: sensualidad, ensoñación, vuelo lírico y delectación sonora. Del uno al diez, yo le pondría un ocho a los movimientos extremos de la sinfonía, y solo un siete a los centrales. Al Scherzo Capriccioso quizá le pondría el 8'5.

La toma sonora sufre las limitaciones habituales del sello Pye, si bien la restauración en HD permite realizar una audición la mar de digna en la Octava, no tanto en el Scherzo.Y ahora, a ver si asoman la cabeza los peces gordos, es decir, las genialidades que quizá podrían sonar mucho mejor de como ahors alo hacen: el Réquiem de Verdi, el Pelleas de Schönberg, la referida Quinta de Mahlere, Peer Gynt de Grieg, todo su Elgar...

lunes, 8 de junio de 2020

De izquierdas

Yo no soy "antifa", en tanto que reniego del uso de la violencia para defender las ideas.



Pero soy antifascista, porque detesto el culto al líder, la sumisión del individuo ante "la patria", la defensa de "lo propio" frente a la alteridad y la reivindicación de los valores primarios, sean estos individuales o colectivos, como manera de refugiarse en el gregarismo y pensar lo menos posible.

Soy antirracista, porque apelar a presuntas superioridades de unas razas sobre otras no es sino una manera de justificar el más repugnante egoísmo del ser humano y el deseo de ponernos por encima de quienes no son sino nuestros iguales.

Soy antinacionalista, porque me enerva el uso que se suele hacer de las banderas. De cualquier bandera. Y porque sintiéndome plenamente español y plenamente andaluz, también me encuentro identificado con valores que asociamos a otros lugares del mundo. Porque tengo derecho a admirar a Cataluña, a adorar a Inglaterra y a Alemania, o a sentirme como en casa en Italia. Y porque nacer aquí o allí no es más que una casualidad y no te obliga a comportarte de una manera o de otra, a sentir tales cosas ni a tener que amar unos colores determinados.

Soy feminista, porque aun considerando muy desacertadas algunas actitudes puritanas que el movimiento feminista está evidenciando (¡ese lenguaje inclusivo, esa censura de cuentos infantiles!), a lo largo y ancho del planeta son habituales la discriminación, el abuso y la explotación de las mujeres por el simple hecho de su sexo. También en España. Y porque nos encontramos ante una injusticia secular que los seres humanos del siglo XXI no nos podemos permitir.

Soy progay, como decía Rocío Jurado, porque cada uno está en su derecho de amar a quien quiera y tener relaciones con quien le aperezca oportuno mientras no haga daño a nadie. A no a avergonzarse de ello, a no a tener que ocultarlo, a no sentirse mal visto por quienes se incomodan ante algo que su ignorancia no les permite comprender, que la tradición les impide apreciar o que su fuero interior les hace temer.

Soy antiabortista, porque creo que la vida humana es el valor más importante, porque no se puede jugar con ella, y porque ponerse un condón es hoy día barato y fácil, lo que no quita que esté de acuerdo con el recurso al aborto bajo circunstancias determinadas.

Soy laicista, porque considero que la religión en la actualidad debe limitarse a la esfera de lo privado y nadie tiene derecho a inmiscuirse en los comportamientos de los demás apelando a conceptos que, a lo largo de la historia, han sido fruto de las circunstancias del ser humano, no de revelaciones supraterrenales. Y porque el pasado y el presente han demostrado que las teocracias conducen al odio, a la discriminación y al desprecio del otro.

Soy moderadamente animalista, porque creo que quien es capaz de hacer sufrir a los animales solo por placer no puede querer realmente a los otros seres humanos, y que una sociedad que permite ese mismo abuso de los animales sin necesidad alguna no puede ser generosa y solidaria en otros aspectos.

Soy defensor del medio ambiente, porque cada vez que jodemos a la naturaleza nos estamos jodiendo a nosotros mismos, y porque lo hacemos pensando antes en el confort propio antes que en lo que le legamos a las generaciones venideras.

Soy partidario de medidas moderadas de intervencionismo económico y de medidas nada moderadas de redistribución de la riqueza, porque generalmente quienes se han enriquecido de manera desmesurada lo han hecho a costa del abuso hacia los demás; porque las grandes fortunas tienen más que suficiente para permitirse un extremadamente cómodo tren de vida; porque la mera acumulación de capital no genera riqueza en el sistema capitalista; y porque, en ese mismo sistema, es necesario que toda la masa de la sociedad consuma para garantizar el trabajo, la estabilidad de la producción y la generación de riqueza, como también lo es para mantener una estabilidad social que nos permita conservar y ampliar los derechos, las libertades y las garantías que las generaciones que nos anteceden han ido ganando para nosotros.

Por todo lo dicho soy de izquierdas. Por todas esas creencias lucharé activamente, y espero seguir haciéndolo por mucho tiempo. Y por todas ellas seguiré reivindicando el sentido del humor, la sátira y la “incorrección política” como medio de enfrentarnos a la realidad.

Y por eso estoy suscrito a Mongolia.

viernes, 5 de junio de 2020

¿Vacaciones? ¿Qué vacaciones?

Leo en la prensa la carta de un profesor indignado porque algunos le dicen que los de la enseñanza andamos de vacaciones. Ya pensaba yo que alguien andaría por ahí soltando semejante barbaridad, pero la sospecha previa no ha menguado mi irritación al confirmarlo. ¿Vacaciones? ¿Qué vacaciones?

Miren ustedes, aunque es posible que haya por ahí quienes aprovechen las circunstancias para hacer mutis por el foro, y es seguro que unos cuantos –los más mayores– han visto limitada su capacidad de acción por su desconocimiento de las nuevas tecnologías, puedo asegurarles que yo y la mayoría de los compañeros con los que mantengo contacto estamos trabajando mucho. Muchísimo. Una barbaridad. Con algunas ventajas con respecto a la enseñanza presencial –no tener que lidiar con la disciplina en el aula, sin ir más lejos–, pero también con importantes inconvenientes que a la postre terminan pesando mucho más que aquellas, y que a medida que han pasado las semanas han ido acumulando más y más secuelas no solo psicológicas, que son las más, sino también físicas. Si ustedes son de los que han tenido que practicar el teletrabajo al cien por cien, saben de qué estoy hablando.

Dicho esto, somos unos privilegiados. Mantenemos nuestro sueldo. No tenemos que sufrir la precariedad. Hay demasiadas personas pasándolo muchísimo peor que nosotros, por no hablar de cuantos han tenido que recibir atención médica por el virus o han perdido la vida por su culpa. Pero de ahí a decir que estamos de vacaciones hay una distancia sideral. Insisto en que estoy trabajando más intensamente que nunca, y que es así para la mayoría del colectivo al que pertenezco. Y a pesar de salir muy poco de casa, no tengo tiempo para nada más. Tampoco para la música: esta semana he escuchado muy poca, aunque intento seguir adelante con una comparativa de la Quinta de Mahler que no sé cuándo voy a terminar. Lo que sí sé es que no he podido poner nada para comentarlo en el blog, ni tengo textos guardados en la "nevera" para publicarlos. Vamos, que este blog queda parado hasta que encuentre tiempo entre tantas "vacaciones".


Mi canal de YouTube

martes, 2 de junio de 2020

¡Combate a la extrema derecha! ¡Apoya a Aleix Saló!

Quienes siguen este blog saben bien que me gusta hablar de política y que pienso seguir haciéndolo. Porque es mi espacio privado en el que nadie está obligado a leer. Porque soy firme en mis convicciones. Aun sabiendo que pierdo lectores con ello, y habiéndome visto obligado a cerrar para siempre los comentarios –créanme que lo siento– tras los ataque sufridos por parte del lector “Nemo”, una de esas personas radicalizadas en sus pensamientos que solo es capaz de analizar la realidad desde la visceralidad de sus propias convicciones y tiene la osadía de acusar de sectarismo a quienes intentamos no ya guardar una equidistancia que se nos antoja banal, inútil y hasta ridícula, sino sencillamente distanciarnos de los extremos para realizar un análisis desapasionado de la realidad.


Creo que el principal problema que estamos viviendo en este momento es el ascenso de la extrema derecha. “De los dos extremos”, replicarán muchos, “uno de los cuales ahora comparte el poder en España”. Pues sí, reconoceré yo, con la gran diferencia de que los señores de Podemos, pese a actitudes chulescas varias y errores de bulto, se están mostrando bastante moderaditos para venir de la extrema izquierda. Y porque los valores en los que se está centrando son los de la pluralidad, la tolerancia y la justicia social que tan necesarios resultan en estos momentos de crisis en el que, como era de esperar, los que siempre han tenido menos son los que peor lo están pasando.


No es así en la extrema derecha. La de VOX y también la de un PP que se ha radicalizado de manera muy preocupante en estos últimos meses. Su discurso es el del odio, y en él se han enrocado muchos de sus votantes. Tengo a mi alrededor personas con la que resulta imposible hablar del coronavirus porque no son capaces de salir del mantra difundido por los medios afines a la oposición, que son mayoría y están bien financiados por las mismas fortunas que quieren quitarse a la izquierda de en medio antes de que llegue la subida de impuestos: el gobierno es responsable de las muertes, cometió delito permitiendo las manifestaciones del 8-M y anda conspirando para convertir a España en una suerte de nueva Venezuela. Acusaciones tan ridículas como manipuladoras que son difundidas por cientos de miles de personas que no permiten réplica alguna.



Basta con saber un poquito de historia para reconocer los síntomas. Quienes llevamos ya un tiempo explicando en clase la aparición de los totalitarismos del siglo XX lo hemos repetido muchas veces: la confluencia de circunstancias como las que estamos viviendo suelen cristalizar en los más temibles regímenes políticos, porque crisis implica miedo al cambio, a la pérdida y a las diversas amenazas –reales o imaginarias– que se ciernen en torno a nuestro modo de vida. Y para enfrentarse a esos miedos el ser humano suele encontrar apoyo en análisis superficiales de la realidad que ofrecen soluciones sencillas a problemas complejos, apelen a sentimientos primarios –Dios, Patria, Orden– y permitan sentir el cálido refugio de la pertenencia a un colectivo: lo del YO y el NOSOTROS frente a la alteridad siempre funciona.


No es una cuestión solo de España: miren ustedes los conflictos raciales en EEUU, o cómo están las cosas en Rusia o en Brasil, por no hablar del comunismo aún vigente, del Brexit o de Le Pen. Son manifestaciones del mismo fenómeno, impelidas a acentuarse y radicalizarse más aún por la crisis del coronavirus. Pero ello no impide que en España nos preocupemos sobre todo por lo que está pasando aquí. Resulta terrorífico el éxito que tienen en las redes un tipejo llamado “Spiriman” –médico de Granada que agita a las masas contra la izquierda– o mi paisano Álvaro Ojeda –presunto periodista financiado por el anterior gobierno municipal de Jerez, ahora por Eduardo Inda–. Los dos han convertido el exabrupto de borracho en la barra de un bar en auténtico género fílmico con miles de seguidores. Peor aun es asomarse a las páginas de El Mundo, diario que ha montado una chabacana campaña impropia de cualquier diario serio para derribar a este gobierno cuanto antes, aun a costa de presentar una visión extremadamente sesgada de la realidad: probablemente ni ABC ni La Razón han alcanzado nunca semejante nivel de inmundicia. Y de las declaraciones de la gentuza de VOX qué quieren que les diga. Pero son tercera fuerza política: pueden llegar al poder.


Por eso mismo es más necesario que nunca leer, reflexionar y recurrir al humor, incluso a la sátira, como manera de relajar tensiones y apasionamientos. Y de ahí que quiera hoy recomendarles vivamente la lectura de los libros y el visionado de los vídeos de Aleix Saló, un señor de Barcelona que a mi entender ha conseguido como pocos unir el sentido del humor, la profundidad en el análisis y la capacidad para la crítica y la autocrítica a la hora de analizar la crisis económica de 2008, los problemas de Europa en nuestro mundo progresivamente globalizado y, tras algunos años de silencio creativo, el ascenso de la ultraderecha.

Esta misma mañana he tenido la oportunidad de unirme a su patronazgo –una especie de crowfunding– para que siga haciendo vídeos. Les animo vivamente a ver estos –si es que no los conocen y– y a unirse a un proyecto decididamente útil ahora que estamos al borde (¡claro que a muchos españoles y a algún partido político les gustaría que determinadas fuerzas dieran un golpe de estado!) de perder mucho más de lo que estamos perdiendo con la crisis. Ni más ni menos que la Libertad. La de verdad.

Sonata para viola, de Shostakovich: discografía comparada

Cita con la muerte, como en la novela de Agatha Christie: mañana domingo 10 en el Teatro de la Maestranza Joaquín Riquelme tocará, acompaña...