sábado, 30 de septiembre de 2023

Carlos Álvarez y José Ramón Encinar defienden Quijotes

No tenía ni idea de que las Quatre Chansons de Don Quichotte de Jacques Ibert y las tres de Don Quichotte à Dulcinée de Maurice Ravel hubieran sido compuestas para al cine. Menos aún de que lo hicieran para la misma película, toda vez que el director Georg Wilhelm Pabst realizara en 1932 el encargo a varios compositores a la vez –el actor protagonista fue nada menos que Feódor Chaliapin–, pero así lo cuenta Yvan Nommick en sus excelentes notas para el disco Quijotes que DG grabó en julio de 2005. ¿Quién ganó? Lo hizo Ibert, porque Ravel se retrasó. A mi modo de ver las tres canciones del vasco-francés, última de las obras que firmó, son globalmente más interesantes que las de su colega, pero la cuarta de las Ibert termina siendo la más hermosa de todas.

De El retablo de Maese Pedro poco hay que decir, salvo que se trata de una enorme maestra del irregular –sí, irregular, se pongan como se pongan algunos– Manuel de Falla.El disco se completa con breve poema sinfónico Una aventura de Don Quijote de Jesús Guridi, segundo premio en un concurso convocado en 1915 por el Círculo de bellas Artes de Madrid al hilo del tercer centenario de la muerte de Cervantes. El primero quedó desierto, probablemente con razón: la página de Guridi está bien escrita y se escucha con enorme agrado, pero se olvida enseguida. Lo siento, pero ni punto de comparación con lo de un tal Richard Strauss.

El malagueño Carlos Álvarez se entrega al cien por cien encarnando a los Quijotes de Ibert, Ravel y Falla. Estupendo Eduardo Santamaría como Maese Pedro, no tanto el niño soprano. José Ramón Encinar realiza una formidable labor, detallista y elegante, defendiendo todas estas partituras y sacando un provecho extraordinario de la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Soberbia la toma sonora. Disco muy recomendable.

viernes, 29 de septiembre de 2023

Bruckner, Sinfonía nº 4, "Romántica": discografía comparada

Anton Bruckner escribió su Sinfonía nº 4, "Romántica" en 1874, pero de momento no la estrenó. Entre 1878 y 1880 realizó una sustancial revisión en la que el cambio fundamental era un Scherzo completamente nuevo, muy distinto del anterior; el antiguo solo puede conocerse en contadas recreaciones discográficas, si bien yo mismo tuve la oportunidad de escuchárselo en directo a Jesús López Cobos. TRas el estreno de esta revisión en 1881 vinieron más modificaciones que han dado lugar a las diferentes ediciones e la partitura que se conocen, pero en esa cuestión no voy a entrar: todas las grabaciones que se comentan a continuación corresponden a la versión revisada, es decir, a la que estamos acostumbrados a escuchar. Quien quiera más información sobre a qué edición corresponde cada registro, puede consultar en este enlace.

 

1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1951). ¿Hasta qué punto puede permitirse un director atentar contra la una arquitectura catedralicia, es decir, de dimensiones colosales y tensiones milimétricamente calculadas, para dejarse llevar por la emoción? Porque si esta es la sinfonía “Romántica”, Furt la hace “ultrarromántica”. Eso sí, desde su muy personal punto de vista: adiós –excepto en el Trío– a la contemplación paisajística, a la sensualidad y al lirismo panteísta, bienvenidos los más tempestuosos conflictos existenciales. Habrá unos cuantos directores que sigan esta línea: sus resultados serán igual de discutibles, pero no tan interesantes, por la sencilla razón de que el mítico maestro alemán dominaba como nadie el arte de la transición, del desarrollo orgánico de una fuerza telúrica que no sale del podio, sino del sonido mismo, y que la batuta no puede sino ir encauzando mediante un enfrentamiento extremo que pone a las tres partes –la música, el director y la orquesta– al borde del precipicio. Que la edición sea la Löwe del estreno –con platillos en el Finale– es lo de menos en medio de semejante torrente de emociones. La toma de este concierto en Stuttgart recoge con suficiente gama dinámica los resultados del encuentro. (8)

 

 

2. Bruno Walter/Sinfónica de Columbia (CBS, 1960). Es esta una hermosa, lírica y contemplativa recreación, dicha con la nobleza propia del Walter anciano, en la que sobresale un primer movimiento admirablemente planificado y materializado. Al Andante le falta un poco más de efusividad y de calidez, aunque se encuentra paladeado con enorme naturalidad. En el Scherzo pincha seriamente un Trío tan suave que llega a irritar, mientras que el Finale arranca más nervioso de la cuenta y no termina de conseguir toda la unidad que necesita el monumental edificio sonoro. La orquesta tampoco es que sea muy allá, la verdad sea dicha. El nuevo reprocesado demuestra que la toma sonora sí que estuvo a la altura. (8)

 

 

3. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1964). No hay sorpresa, tratándose de quien se trata: la arquitectura es tan asombrosa como la ejecución orquestal, pero el enfoque resulta muy discutible por eliminar toda sensualidad y toda atmósfera para limitarse a subrayar los aspectos más escarpados de la página. Eso sí, nada que ver con la elasticidad de Furtwängler: aquí la arquitectura es de una severidad extrema. Quizá demasiado: el primer movimiento resulte aséptico mientras que el segundo, de interesante sabor amargo, esté bien a secas. El Scherzo, lento e interpretado a mala leche, es por el contrario sensacional, con un Trio en absoluto edulcorado pero lleno de cantabilidad. El Finale comienza demasiado rápido, para luego alcanzar unas dosis descomunales de fuerza telúrica y hasta de carácter visionario. A la postre, hay que conocer esta interpretación. (8)

 

 

 4. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1970). Le quedaban dos semanas al maestro de Bombay para cumplir los treinta y cuatro. Hay que admirar que a esa edad lograse levantar con semejante solidez un edificio sonoro tan complicado como la Romántica, haciéndolo con una lógica constructiva tan indiscutible, con tan meridiana claridad de planos sonoros, desgranando la partitura con enorme naturalidad y manteniéndose ajeno tanto a blanduras más o menos pastoriles como al nerviosismo. Desdichadamente, ya desde el arranque se evidencia una absoluta desconexión de Mehta con el contenido espiritual de la obra. No es que el resultado sea frío, no es eso. Simplemente, la poesía, la sensualidad y la elevación espiritual no aparecen por ningún lado. Mejor, en cualquier caso, los dos últimos movimientos que los primeros, francamente flojos. (7)

 


5. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1970). La tremenda espectacularidad de los contrastes dinámicos, la opulencia y brillantez de la orquesta y la capacidad para matiz refinado no ocultan que se estemos de una interpretación altamente superficial, bastante insincera, escasa en calado poético e incluso discontinua en las tensiones, incluyendo alguna caída puntual en la blandura. En definitiva, todo un desmadre made in Karajan. A olvidar. (6)

 

 

6. Kubelik/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1971). El maestro checo nos ofrece una interpretación de total ortodoxia y gran sensatez pero, extrañamente, no termina de frasear con la concentración y la magia poética que demanda el primer movimiento, pese al perfecto equilibrio que alcanza entre los aspectos contemplativos y los dramáticos de esta música. Mejor el segundo, expuesto con transparente y nada meliflua belleza. Magníficos en su ortodoxia los otros dos, todo un modelo de fluidez, calidez, naturalidad y sentido de la arquitectura. La orquesta, cosa extraña, no está muy allá, mostrándose los metales bastante inseguros: probablemente se trate de una filmación sin retoques posteriores. Medici TV recorta la imagen a 16:9 y la trasvasa a alta definición, pero el sonido adolece de mucha compresión dinámica. (8)

 

 

7. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1972). Un tanto a la manera de Furtwängler, el joven maestro se decanta por una lectura escarpadísima, extraordinariamente tensa, incandescente y furiosa, que por ende ofrece una imagen muy atractiva de la obra, pero que lleva tan a extremo sus planteamientos que a la postre resulta demasiado unilateral. La arquitectura se resiente de tanto ímpetu, yuxtaponiéndose momentos de gran intensidad sin que se encuentren correctamente planificados los grandes arcos de tensiones. Lo mejor, un Andante que alcanza un clímax muy escarpado. Lo peor, un Scherzo bordea el disparate. La orquesta está fabulosa y responde al cien por cien a las locuras que plantea la batuta. (8)

 

 

8. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1973). Clásica en el mejor de los sentidos, este es la interpretación canónica y referencial de la página, renunciando el maestro a cualquier tipo de personalismo, a la creatividad arriesgada o a subrayar unos aspectos de la partitura por encima de otros para limitarse a trazar con absoluta perfección una arquitectura tan lógica y natural como elegante, clara y bien tensada, así como puramente bruckneriana en su sonoridad. Consigue así albergar con irreprochable equilibrio toda la espiritualidad, el sentido contemplativo, el vuelo lírico, la sensualidad y –por descontado– el drama a veces desgarrador que sobrevuela entre las notas sin renunciar a la más alta dosis de belleza. Particularmente impresionante el Finale, tenso y visionario a más no poder sin necesidad de resultar escarpado ni de perder esa elegancia marmórea tan característica del maestro de Graz. La orquesta, ideal e impresionante. En Blu-ray audio suena de manera admirable. (10)

 

9. Jochum/Staatskapelle de Dresde (EMI, 1975). Toma con amplia gama dinámica en la Lukaskirche de Dresde para una interpretación comprometida y vehemente, amén de irreprochable en el idioma, en la que Jochum se alinea con los maestros que proponen una visión de la página mucho antes dramática que contemplativa. Ello le lleva a flexibilizar el tempo a la manera de un Furtwängler sin importarle la uniformidad de la arquitectura, y he ahí precisamente el problema: el primer movimiento incurre en el nerviosismo, resulta discontinuo y carece de grandeza. Andante amargo y con desazón, intenso más no del todo poético. Bien a secas el Scherzo, dando paso a un Finale en la misma línea que el movimiento inicial, pero más aquilatado en su discurso. Lo metales de la orquesta no son muy allá. (8)

 

 

10. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (Sony, 1979). Este es un Bruckner en la antípoda del que por las mismas fechas –acababa de acceder a la titularidad de la Filarmónica– empezaba a hacer Sergiu Celibidache en la propia ciudad de Múnich. Si el del maestro rumano es ante todo denso y atmosférico, el del checo destaca por su fluidez, su lirismo apolíneo, su carácter luminoso y su ligereza bien entendida. Ligereza, que no superficialidad. No encontramos aquí grandes masas sonoras luchando la una contra la otra en una polifonía cargada de tensiones armónicas, sino un discurso ágil y de perfecta lógica en su planificación en el que se pasa de la concentración contemplativa a lo encrespado con una naturalidad pasmosa –portentoso dominio de las transiciones–, en el que las melodías están cantadas con un humanismo efusivo pero nada agónico –todo lo contrario de Celi– y en el que no hay el menos espacio para la pesadez, como tampoco para lo épico o lo terriblemente trágico, sin que semejante postura conduzca a la merma de tensión interna ni de fuerza expresiva. Kubelik nos ofrece, así, una Romántica bucólica en el mejor de los sentidos, en el punto justo de equilibrio entre el goce juvenil y la contemplación otoñal, holgada en su fraseo, cálido en la sonoridad, perfecto en el empaste polifónico y hermosísima en su canto. Temprana toma digital de amplia gama dinámica –volumen bajo– y buena definición tímbrica, aunque algo escasa de relieve. (9)

 

11. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1980). Grabación de extraordinaria limpieza y nitidez propia de los primeros tiempos digitales de Decca para una interpretación no menos nítida, como era de esperar de una batuta y una orquesta de virtuosismo extraordinarios, pero en la que falla la inspiración de un Sir Georg Solti tan brillante como superficial. El problema no es, como en la interpretación de Barenboim con la propia CSO ocho años anterior, el nerviosismo y el desbordamiento provocados por la incandescencia emanadas desde el podio; aquí todo está bajo férreo control, incluso en un Finale más rápido de la cuenta, pero aun así muy bien trazado. Simplemente, Solti se queda en la superficie y no indaga en el misterio, la poesía, la sensualidad ni la reflexión humanística que anidan en la partitura. Ni siquiera los aspectos escarpados de la misma quedan bien reflejados, porque la brillantez sonora –extrema sin caer en excesos– no posee una idea expresiva detrás, cosa que queda bien de manifiesto en una coda a la que, claramente, le falta grandeza visionaria. (7)

 

 

12. Celibidache/ Filarmónica de Múnich (Euroarts DVD, 1983). Ya hemos dicho algo sobre el concepto del maestro rumano al hablar de Kubelik, su antípoda. Aquí tenemos una típica interpretación celibidachiana de tempi lentísimos –salvando el Scherzo–, extraordinaria claridad polifónica, grandeza sin grandilocuencia y un carácter contemplativo que no elude momentos de verdadera rebeldía. Ahora bien, en esta ocasión no consigue el carácter visionario de sus mejores interpretaciones brucknerianas, lo que no impide que encontremos hallazgos como el Trio del Scherzo, o toda la coda del Finale. (9)

 

 

13. Muti/Filarmónica de Berlín (EMI, 1984). Tiene su morbo que el joven Muti le cogiera la orquesta a Karajan para hacer un repertorio tan asociado al salzburgués. Con ella nos entrega una interpretación tan musculada y poderosa como las suyas, pero muchísimo menos narcisista, menos retórica, más sincera y directa al grano, siempre dentro de una óptica –la esperable en el milanés– en la que los aspectos dramáticos se ponen en primer plano y hay espacio para la blandura ni el preciosismo. Se puede echar de menos una dosis superior de espiritualidad, como también de espíritu contemplativo –si varios directores se pasan de rosca con la sensualidad del Trio, Muti se queda más bien corto–, pero la planificación es tan admirable, y tan soberbia la respuesta orquestal, que no hay más remedio que descubrirse ante el resultado. Toma en la Jesus Christus Kirche no muy allá. (9)

 

 

14. Blomstedt/Sinfónica de San Francisco (Decca, 1988). El maestro sueco-estadounidense suele ser considerado antes como un artesano que como un artista creativo y arriesgado. Con razón, esa es la verdad, pero habría que especificar: su artesanía es de primera calidad. Esta Romántica es un perfecto modelo de sus maneras: equilibrio en la arquitectura –no hay espacio para arrebatos temperamentales–, pulcritud en el trazo, naturalidad en el fraseo y moderación en los aspectos expresivos, todos ello perfectamente atendidos pero sin ese “más allá” de poesía, de reflexión y de conflictos que convierta la audición en esa experiencia especial, por momentos al borde del abismo, que convierten a esta música en una obra maestra. Todo en su sitio, pues, y magníficamente grabado. Ideal para acercarse a la obra, insuficiente para comprenderla en toda su dimensión. (8)

 

 

15. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1988). Otra gran interpretación de Celi plagada de momentos mágicos, como el arranque de los movimientos extremos, plenos de misterio; o la coda del Finale, un prodigio de cómo alcanzar la más increíble mezcla entre transfiguración espiritual y fuerza dramática a través de una increíblemente lógica, minuciosa y amplia construcción de las tensiones. Sin embargo, la comparación con el testimonio que nos dejará Celi al año siguiente relega este registro a un segundo plano. (9)

 

 

16. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Sony, 1989). Ahora Celi se alarga hasta unos increíbles 82’30’’ para ofrecernos una lección magistral de dominio de las más complicadas arquitecturas de tensiones y distensiones, de clarificación las complejas polifonías y de matización de la gama dinámica, todo ello al servicio de una idea expresiva de una elevación poética portentosa –mágico arranque de los dos primeros movimientos–, de un carácter contemplativo que sabe estar lleno de desazón como también de sensualidad –asombroso una vez más el Trío– y de una grandeza incomparable –abrumador clímax del Andante–. En cualquier caso, lo que más le deja a uno con la boca abierta, contradiciendo todos los tópicos sobre el carácter supuestamente espiritual del Bruckner del maestro rumano, es la tremenda fuerza dramática, llena de rabia y hasta de terror, que la batuta imprime a todo el Finale, que arranca abriendo las puertas del mismísimo Infierno y termina en una coda llena de interrogantes. Como único reparo musical, una orquesta que, a pesar de tocar al límite de sus posibilidades, no logra ocultar sus limitaciones. La toma sonora no es la mejor posible, pero ofrece una amplísima gama dinámica que resulta ideal en una obra como esta. (10)

 

 

17. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1990). Hay aquí belleza sonora a raudales, calidez, sensualidad, contemplación paisajística, inquietud espiritual y grandes dosis de sentido teatral, pero lo cierto es que el maestro milanés no se cree la obra en ningún momento. Todo lo contrario: su enorme técnica se pone al servicio de un evidente narcisismo que le lleva a ofrecer numerosas frases en exceso suaves, languideces varias, contrastes dinámicos tan exagerados como innecesarios y opulencia desatada. La arquitectura se resiente por completo, y el resultado es una lectura tan vistosa, seductora y espectacular como discontinua, trivial e insincera. La toma tampoco ayuda. Por cierto, la interpretación se encuentra filmada y circula por la red. (7)

 

18. Wand//Sinfónica de la NDR (DVD TDK, 1990). No es esta la mejor recreación de quien fue un gran bruckneriano. En el primer movimiento se agradece el enfoque no desatento con los aspectos más escarpados de la música, pero el conjunto resulta nervioso y alcanza poco aliento poético. El Andante, correcto sin más, resulta a la postre aséptico. Solvente el Scherzo, de Trío dulce y hasta naif. El Finale, pese sus desigualdades, sí que alcanza la garra y el carácter visionario deseables. No ayudan ni la calidad de la orquesta ni la acústica de la iglesia en que se realizó la filmación. Hay que esperar para que el maestro nos legue su gran testimonio sobre esta partitura. (7)

 

 

19. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Teldec y Digital Concert Hall, 1992). Recientemente recuperada con imágenes en la Digital Concert Hall, esta es una recreación en la que Barenboim, sin renunciar a lo temperamental del enfoque que había adoptado en Chicago, demuestra hasta qué punto la experiencia wagneriana de los años ochenta le permite desarrollar la habilidad de encauzar las tensiones concibiendo el discurso de manera orgánica, como una única transición plena de lógica arquitectónica. El resultado es así tan ardiente como hermoso, visionario en los clímax pero también muy efusivo, de manera particular en un segundo movimiento que desprende un carácter anhelante muy revelador. A destacar asimismo un Scherzo que él entiende de manera particularmente impetuosa sin caer en la precipitación. ¿Falta algo? Sí: la magia y la profundidad panteísta que el de Buenos Aires sabrá destilar más adelante. (9)

 

 

20. Wand/Filarmónica de Berlín (RCA, 1998). Aunque al igual que su lectura ocho años anterior los resultados van de menos a más, ahora el maestro alemán sí que está a la altura de las circunstancias, quizá no tener que dedicar el tiempo a lidiar con las limitaciones de la orquesta y poder concentrarse en ofrecer “su” versión. ¡Y vaya si lo hace! En los tres primeros movimientos, evitando caer en los riesgos de una visión meramente tempestuosa, se mueve a medio camino entre la naturalidad, la frescura y el lirismo de un Kubelik y la grandeza marmórea de un Böhm, aprovechando siempre la musculada sonoridad de la formación berlinesa y tratándola con un sonido cien por cien bruckneriano, empastadísimo y redondo, muy carnoso en la cuerda y poderosísimo en unos metales de resonancias organísticas. En el Finale logra el milagro de controlar la fuerza telúrica de la música, equilibrar su potencia tanto sonora como expresiva de esta música con una buena dosis de concentración, hondura y grandeza, dando como resultado una de las más imponentes recreaciones discográficas que se recuerdan. Impresionante la toma en vivo. (9)

 

 

21. Rattle/ Filarmónica de Berlín (EMI, 2006). Las primeras grabaciones de Rattle en Berlín intentaron consagrarle como director de gran repertorio, pero en el caso de la Romántica se enfrentaba a un reto considerable: las grabaciones de la orquesta inmediatamente anteriores fueron las espléndidas de Barenboim y Wand. Demasiada competencia. Lo cierto es que les igualó en solidez de la planificación, en naturalidad del arco de tensiones y, sobre todo, en belleza sonora. No así en emotividad: ahí el británico evidencia una cierta falta de conexión con esta música muy exigente también desde el punto de vista expresivo. Hay además alguna frase demasiado bonita en el Andante. El Trío del Scherzo es poquita cosa, mientras que en el Finale vuelve a aparecer una blandura que por momentos (escúchese a partir de 7:40) llega a ser inaceptable. La coda, por el contrario, es espléndida. Toma algo espesa. (8)

 

22. Thielemann/Filarmónica de Múnich (DVD CMajor, 2008). Hay que admirar en el berlinés su buen lenguaje bruckneriano, su sonoridad adecuadamente organística, su atención al peso de los silencios y a la atmósfera en general, así como su capacidad para ofrecer tanto sensualidad como opulencia trabajando con plasticidad a una orquesta que no es comparable a las mejores en este repertorio. Sin embargo, hay algo que no acaba de funcionar. El maestro apuesta por lentitudes no celibidachianas (67’41’’ frente a 73’09’’, para que nos hagamos una idea) que le plantean problemas a la hora de levantar el edificio y, sobre todo, de otorgar continuidad al mismo. Es precisamente por lo que el primer movimiento parece más un conjunto de secuencias muy bellas yuxtapuestas una detrás de la otra sin alcanzar sentido orgánico. En el Andante la batuta apuesta por la seducción, pero su enfoque resulta en exceso ensimismado, atento antes a la contemplación que a los conflictos dramáticos, desarrollándose sin toda la fluidez deseable, por no decir que con excesiva parsimonia; el gran clímax puede apabullar en lo sonoro, pero no se encuentra del todo bien preparado. El Scherzo está francamente bien, aun echándose de menos garra y extroversión y llegando a ser molesta la blandura con la que Thielemann plantea el Trío. En el Finale se alternan momentos espléndidos con pasajes rebuscados, culminando en una coda majestuosa, pero más externa que verdaderamente visionaria. La toma sonora, en surround auténtico, es soberbia por definición, relieve, gama dinámica y sentido espacial. (7)

 

 

23. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Blu-ray Accentus, 2010). Si sus anteriores registros de esta obra se caracterizaban por su carácter escarpado, incandescente y dramático, esta última lo hace por su naturalidad, lógica constructiva y sentido cantable. Y eso que los tempi no son precisamente ahora más lentos, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que Barenboim domina ahora mucho mejor la planificación de las tensiones y, además, se ha vuelto consciente de que la obra encierra otras facetas expresivas que antes quedaban arrinconadas por su ardor extremo. Podría dar la impresión de que se ha perdido intensidad, pero no es exactamente eso. En realidad, se ha limado la energía que sobraba y se ha planificado de manera más sutil el ascenso a los clímax de tensión. De este modo, y contando con la baza de una orquesta formidable tanto por su belleza sonora como por su adecuación al idioma del compositor –polifonía perfecta, con un idóneo equilibrio entre las familias–, amén de por la musicalidad de la que hace gala, Barenboim ofrece una interpretación perfecta en su concepto que sabe seguir ofreciendo ardor visionario en el clímax del primer movimiento, regusto amargo en el segundo, garra antes dramática que “de caza” en el tercero y grandeza sin retórica en el Finale, pero también una buena dosis de lirismo, sensualidad, elegancia y hasta ensoñación pastoril: escúchese el Trío del Scherzo. Excelente filmación a cargo de Andreas Morell. (10)

 

24. Haitink/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Como era de esperar, el holandés ofrece una interpretación objetiva y poco personal, pero absolutamente portentosa por su arquitectura, de una claridad y una fuerza interna descomunales, al tiempo que atentísima al detalle –absoluto control de las dinámicas, perfecto equilibrio de planos- y de un idioma netamente bruckneriano. Eso sí, en lo expresivo va de menos a más, flojeando el primer movimiento por su relativa falta de vuelo poético. Tampoco el segundo es particularmente emotivo, si bien sus clímax están construidos de manera pasmosa y alcanzan una tensión imponente. Sobrio y viril el Scherzo, contrastando con un Trío sorprendentemente suave –que no blando- y ensoñado. Tremendo el Finale, construido con una grandeza ajena a la retórica y una fuerza controlada a la que resulta imposible resistirse. La enorme calidad de una orquesta adecuada a más no poder termina haciendo que, pese a las relativas desigualdades de la batuta, los resultados alcancen el sobresaliente. (9)

 

25. Janowski/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2017). No necesariamente tener a la orquesta más adecuada del mundo para esta música significa alcanzar grandes resultados. Janowski pincha en dos primeros movimientos gélidos: increíblemente bien planificados, tensos y claros en la polifonía, atentamente matizados en la dinámica, ajenos al preciosismo y al amaneramiento, pero sin alma. Ni vuelo lírico, ni poesía panteísta, ni delectación contemplativa, ni inquietud ante lo desconocido. Todo suena con una perfección aséptica, incapaz de conmover. Mucho mejor el Scherzo, no precisamente efusivo, pero sí vibrante y decidido. El Finale empieza nervioso y apresurado, pasando luego a secciones en las que el maestro hace gala de un fraseo "pastoril" a todas luces inapropiado. Poco a poco se va centrando y logra picos de tensión de admirable incandescencia, siempre beneficiados por el fulgor increíble de unos metales potentísimos y de una cuerda robusta a más no poder. Aun así, el movimiento no logra evitar serias irregularidades en su arquitectura; culmina sin grandeza ni fuerza visionaria. (6)

martes, 26 de septiembre de 2023

Dos versiones cinematográficas de Cementerio de animales (y sus músicas)

Vamos a por otra comparativa. Esta vez no de discos, sino de películas, basadas las dos en la misma novela de terror: Cementerio de animales de Stephen King. Leí esta obra a mediados de los ochenta. Luego descubrí que algunos la consideraban como una de las pocas realmente buenas del prolífico creador, junto con Salem’s Lot y The Shining (El resplandor), que –por pura casualidad– también había leído. El argumento de las dos es el mismo, lógicamente: un padre de familia que se enfrenta a una pérdida irreparable encuentra la posibilidad de resucitar a los muertos, y ya se sabe lo que les ocurre –es el viejo mito de Prometeo, filtrado por el de Frankenstein– a quienes intentan hacer lo que solo los dioses pueden.

Dos películas, decía. La primera la dirigió Mary Lambert en 1989. En su momento no me gustó. La otra es ya de 2019 y corrió a cargo de dos directores, Kevin Kölsch y Dennis Widmyer. No la vi cuando apareció. Pues bien, en casa he tenido la oportunidad de ver la una y repasar la otra en días consecutivos. Experiencia muy interesante.


He empezado por la más reciente. Me ha gustado solo de manera moderada: el guion funciona con solidez, los actores realizan una buena labor, la fotografía es espléndida y la ambientación está francamente cuidada. Se logra captar, aunque sea de manera parcial, la atmósfera malsana que desprendía la novela de King. Pero creo que la dirección se queda a medias a la hora de indagar en los aspectos más verdaderamente inquietantes del asunto, que son los referidos al sustrato indígena y a las fuerzas malignas que campan a sus anchas en los alrededores del cementerio de animales que da título a la novela y a las películas. Cuando los fallecidos empiezan a volver de sus tumbas –el primero es el gato, espero no hacer spoiler a nadie–, la preocupación de la cámara se centra en crear suspense sobre qué aparecerá o no aparecerá en los pasillos, en los rincones oscuros o detrás de las puertas. Que el final posea mucha más mala leche que el original no termina de arreglar las cosas: la cinta se sigue con interés, a ratos con el alma en vilo, pero no deja huella.


Mediocre la antigua. Muy mediocre. Está mal interpretada por el actor, plano a más no poder, sobre el que recae el peso del drama. Está mal dirigida por la tal Mary Lambert, cosa que queda muy clara comparando con la otra: si no fuera por algún otro picado o contrapicado muy efectista y hasta inconveniente, podría clasificarse el suyo como un rutinario trabajo televisivo en el que la planificación, el montaje, la iluminación y el uso del sonido no tienen la menor fuerza expresiva, limitándose a poner en celuloide lo que hacen los actores con el guion.

Y es que el guion también malo. ¿Saben ustedes quién lo escribió, con la exigencia de que lo respetasen al cien por cien? ¡El propio Stephen King! No es solo que no captura la esencia de su propia novela –la letra sí, obviamente–, sino que incurre en detalles pueriles y errores de bulto que bordean el ridículo. Ya ven, un escritor no tiene por qué ser quien mejor traspase a otro formato la excelencia que sí logra en el original.

Quizá ya se hayan dado ustedes cuenta de adónde quería yo llegar. Efectivamente: ¿quién ha dicho que el propio compositor sea el más capacitado para dirigir su propia obra? A tenor de estas reflexiones, me atrevo a más: ni siquiera tengo claro que su idea global de la interpretación musical sea la más válida. A muchos esta afirmación puede parecerles un disparate, pero insisto en lo de un Stephen King cargándose su propia obra no solo por su incompetencia como guionista, que también, sino por no darse cuenta de las verdaderas potencialidades de la escritura. Igual que eso, creo que las grandes obras musicales tienen hasta cierto punto “vida propia”. Y a mayor grandeza, más posibilidades. ¿Es acaso más verdaderamente mahleriano Bruno Walter que Otto Klemperer, por citar un caso clamoroso de dos maestros dirigiendo de manera magistral pero radicalmente opuesta la obra de quien llegaron a conocer en vida?

Ahí les dejo la reflexión. Pero ya que al final hablamos de música, digamos algo sobre las respectivas bandas sonoras. La de 1989 corría a cargo de Elliot Goldenthal, pero de un Goldenthal joven, aún por formar. Hay sintetizadores y hay orquesta “contemporánea” –estudió con Corigliano–, pero no demasiada inspiración. Y el tema principal se parece en exceso al que el gran Lalo Schifrin compuso para The Amityville Horror en 1979, voces de niños incluidas.

La reciente la ha compuesto Christopher Young, un señor que comenzó en el cine más o menos cuando lo hacía Goldenthal y llegó a deslumbrarnos con las dos primeras entregas de la saga Hellraiser. Luego se ha especializado en el cine de terror. Técnica tiene muchísima. También variedad en el lenguaje musical utilizado –él tampoco escapa a las voces infantiles–, así como –eso es marca de la casa– mucha sutileza en la escritura. Ahora bien, esta música funciona mucho mejor dentro de la película (es de las que “se escucha sin oírse”, es decir, de las que te mueven sin que te pongas a pensar en ella) que de manera independiente. Supongo que, al fin y al cabo, esa es la misión de una buena banda sonora.

Por cierto: mucho más terrorífico el gato de 2019 que el de 1989.

viernes, 22 de septiembre de 2023

Novena de Mahler por Barbirolli

Parece que la discografía comparada de la Novena de Gustav Mahler va a tardar más de lo previsto, así que vaya aquí un aperitivo: la registrada por Sir John Barbirolli al frente de la Filarmónica de Berlín en enero de 1964. Suele decirse que no es tan formidable como la Quinta y la Sexta grabadas también para EMI. Cierto es, pero aun así se trata de una gran interpretación.

Arranca Sir John desconcertándonos con unos innecesarios portamentos, pero a los pocos minutos queda claro que este Mahler va a ser el que podemos esperar del grandísimo director británico: dramático y combativo, adusto en la sonoridad al tiempo que encendido en la expresión, desinteresado por la belleza y dispuesto a hurgar en la llaga. Ahora bien, en el primer movimiento las cosas no terminan de funcionar: el pathos se hace bien presente, pero la peculiar poesía que esta música alberga -melancólica y humana, sin que ello signifique que haya que caer en lo erróneamente contemplativo- no llega a brotar. Tampoco, y eso es más extraño, termina el maestro de analizar como es debido todo el entramado orquestal, y eso que somete a un verdadero tour de forcé a una orquesta a la que hace sonar de manera muy, pero que muy distinta, más áspera y angulosa, de como lo harán Karajan y Abbado en esta misma página.

Los movimientos centrales, aquí hay no hay sorpresa, son formidables. Barbirolli no necesita distanciarse con la socarronería de un Klemperer: le basta con mantener el punto justo de equilibrio entre visceralidad y control para realizar una lectura descaradamente expresionista en la que, sin renunciar a cierto sentido del humor, no hay lugar para el respiro lúdico. En perfecta coherencia con lo hasta aquí desarrollado, en el Finale la batuta prende fuego a la cuerda increíble de la orquesta berlinesa (¡qué soberbio trabajo el de la remasterización de 2020!) y nos conduce de manera implacable a los grandes clímax para dejarnos con el corazón en un puño. Tras el último, qué cosas, vuelven los portamentos y el maestro no termina de encontrar ese punto de negrura absoluta al que parecía dirigirse.

jueves, 21 de septiembre de 2023

Sinfonía nº 1 de Shostakovich: discografía comparada

Esta entrada se publicó por primera vez el 6 de enero de 2010. Ahora aparece sustancialmente remozada. Quien quiera saber algo más sobre la prodigiosa Primera Sinfonía de Shostakovich, aquí tiene un enlace que podría ser de utilidad. 

Confieso que no estoy contento de cómo ha quedado la comparativa, pero puede ser divertida. Una vez más, insistir en que no se tomen muy en serio esto de las puntuaciones del uno al diez. ¡Como si se pudiera medir realmente algo tan subjetivo como es la interpretación musical!

1. Markevitch/Orquesta de la ORTF (EMI, 1955). El joven Markevitch construye una versión rápida y electrizante. El primer movimiento resulta teatral, animado y humorístico, no especialmente corrosivo aunque tampoco nada naif, sino lleno de intención, a lo que ayuda una tímbrica muy incisiva. El segundo, lleno dinamismo, se precipita y no deja respirar a la música con el sentido atmosférico que debe. El tercero y el cuarto son muy punzantes y poseen una adecuada rebeldía. Impresionantes los timbales antes del final, de un carácter implacable lleno de amenaza. Lástima que la planificación no sea irreprochable y que existan momentos de barullo. (8)

 

2. Martinon/Sinfónica de Londres (RCA-Decca, 1957). El maestro francés, quizá por lo curvilíneo de su fraseo y su sensibilidad para el color, convence sin problemas en un primer movimiento animado, juguetón y con una dosis muy adecuada de ironía, ya que no de sarcasmo, pero se muestra más bien deslavazado en el segundo, cuyo clímax deja bastante que desear. Los otros dos los plantea con intensidad “romántica”, atención a la atmósfera y plena conciencia del subtexto dramático, pero con frecuencia se precipita y no logra dotar de continuidad al discurso. La orquesta tampoco ayuda: los metales no están en plena forma y las trompetas, concretamente, dejan mucho que desear. La toma, estereofónica, es clara y equilibrada en los planos, pero bastante áspera y carente de relieve, mostrándose lastrada por la compresión dinámica. (7)



3. Kurtz/Philharmonia (EMI, 1957). Al frente de una orquesta maravillosa y beneficiándose de una toma de sonido ya estereofónica, el maestro ruso realiza una interpretación objetiva, maravillosamente construida, directa y sin el menor devaneo, y dotada de un elevado sentido teatral. Eso sí, sin ofrecer toda la ironía que debe destilar el primer movimiento, el sentido de lo inquietante y lo misterioso del segundo, la hondura dramática del tercero ni la emotividad del cuarto. (8)



4. Stokowski/ Symphony of the Air (EMI, 1959). Ya desde un agrio y sarcástico comienzo queda claro que el mítico maestro captura a la perfección el espíritu de la obra y va a optar por una lectura poco festiva, con mucha retranca, que se beneficia de su gusto por la tímbrica descarnada, pero que también se ve lastrada por un pulso muy irregular –deplorable el arranque del Scherzo–, por una ejecución un tanto chapucera y por alguna excentricidad marca de la casa. A destacar, en cualquier caso, el carácter particularmente amargo que Stokowski destila en los dos últimos movimientos, así como su alejamiento de la retórica y el triunfalismo. En la toma sonora, estereofónica, se notan demasiado los empalmes. (7) 



5. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (Sony, 1959). Sin ser el precisamente el colmo del riesgo y de la personalidad, sino más bien un artesano de la más absoluta honestidad, Ormandy demuestra una perfecta comprensión de la tempranísima partitura, tanto del componente gamberro y circense de su primera parte –sin llegar al extremo de sarcasmo que más adelante ofrecerá un Rozhdestvensky– como del indisimulado romanticismo de la segunda –sin alcanzar el profundo e intenso pathos de un Bernstein–. Todo ello lo pone en sonido mediante una técnica sin fisuras y una orquesta en estado de gracia. (9)



6. Markevitch/Orquesta Nacional de la ORTF (DVD EMI, 1963). Ocho años después de su registro en audio para EMI, la Radiodifusión Francesa realizó esta filmación de mediocre calidad audiovisual que no solo no mejoró el registro oficial realizado para EMI, sino que dejó más aún en evidencia las limitaciones de la orquesta. Los parámetros interpretativos son prácticamente los mismos. En cualquier caso, resulta impagable contemplar el gesto sobrio y marcial de Markevitch. (7)



7. Ancerl/Orquesta Filarmónica Checa (Supraphon, 1964). El director checo acierta con una interpretación fresca y juvenil, desprejuiciada, extrovertida y muy sincera. El primer movimiento le sale especialmente animado y bullicioso, ofreciendo una acertada tímbrica incisiva, aunque quizá sea un poco más risueño de la cuenta y por momentos roce lo pimpante. Muy animado y dinámico el segundo, si bien no rehuye lo inquietante. Abiertamente rebelde –más que nihilista– el Lento, y de gran sentido de la teatralidad pero sin asomo de retórica el final, cuya tímbrica áspera y tratamiento dramático resultan muy acertados. (9) 



8. Kondrashin/Filarmónica de Moscú (Melodiya, 1972). Evidenciando su contrastada afinidad con la música del autor, el gran director ruso ofrece en su pionera integral una interpretación tensa y corrosiva, de clímax hirientes y rebeldes, atenta tanto al sarcasmo como al dramatismo, que podría ganar aún en refinamiento y paladear mejor el –aun así, intenso– tercer movimiento. Magnífico el final, frenético y nada triunfalista. (9)



9. Rozhdestvensky/State Academy Symphony Orchestra of the URSS (Brilliant, 1976). Aunque en su integral obtendrá resultado más convincentes, por ofrecer un trazo más cuidado y una mejor planificación global, el marido de la Postnikova ofrece ya una interpretación ácida, tensa y corrosiva, que no mira al pasado romántico sino al futuro Shostakovich expresionista. El Allegretto es juguetón pero albergando mucha mala leche. El Allegro que le sigue resulta aristado, no del todo gótico. El tercer movimiento es muy negro y doliente, mientras que el cuarto sabe ser antes frenético que triunfalista. Lástima que a veces haya algo de confusión y que la grabación, más bien pobre, desequilibre los planos sonoros. (9)


10. Solti/Sinfónica de Chicago (Blu-Ray Cmajor, 1977). En uno de los primeros acercamientos del maestro al universo del autor de La nariz, Solti nos ofrece una interpretación rápida, bulliciosa y chispeante, dicha con claridad y virtuosismo extremos por parte de una orquesta y una batuta de técnica insuperables, trazada con la adecuada electricidad interna y sin la menor concesión al efectismo, pero un tanto limitada en lo expresivo al no mirar más que a la etapa gamberra, extrovertida y humorística del Shostakovich juvenil –a veces parece que estamos escuchando la banda sonora de una cinta de animación– y, por ende, a desentenderse de la atmósfera inquitante y el pathos no poco romántico que subyacen en la partitura. Dicho de otra manera: espléndidos los movimientos iniciales, desaprovechados los dos últimos. La toma sonora podría haber sido mucho mejor. (7)

 

11. Haitink/Filarmónica de Londres (Decca, 1980). Siempre objetivo y un tanto distanciado, el holandés ofrece una gran versión en su conjunto, pero a la que le falta chispa y sentido del humor –carencia habitual de Haitink– en el segundo movimiento. El resto es sólido y ofrece un acertado dramatismo, manteniendo la tensión en todo momento. Excelente prestación orquestal, si bien la toma sonora no es la mejor del globalmente admirable ciclo grabado por Decca. (9)



12. Rozhdestvensky/Sinfónica del Ministerio de Cultura de la URSS (Melodiya, 1983). Resulta francamente difícil superar esta modélica lectura, sarcástica y juguetona pero también altamente dramática, trufada con algún detalle personal algo discutible pero llena de fuerza. Sería aún más disfrutable con una orquesta de primera fila y con una toma sonora a la altura de las circunstancias. Bochornoso que toda esta imprescindible integral se encuentra hoy por hoy descatalogada. (10)



13. Kurt Sanderling/Sinfónica de Berlín (Berlin Classics, 1983). El gran maestro alemán nos ofrece una visión marcadamente gótica y sombría, pero no sólo en los dos últimos movimientos, excepcionales por su dramatismo, su pathos, su sinceridad y su alejamiento de la falsa retórica, sino también en los dos primeros: la jovialidad se sustituye por el carácter ominoso, al tiempo que en el segundo movimiento –que de manera incomprensible arranca sin fuerza alguna– explora como ningún otro lo ha hecho la vertiente turbia e inquietante de su segundo tema. Ideal para quien desee bucear en los aspectos más dolientes de esta música sin hacerlo desde una óptica expresionista. (9)


 
14. Neeme Järvi/Nacional de Escocia (Chandos, 1984). No sé si será porque en la primera mitad de los ochenta el director estonio aún no había sucumbido a la grabación compulsiva de discos, pero lo cierto es que sorprende escuchar al tantas veces pedestre y rutinario Neeme Järvi una Primera de Shostakovich así, no solo bien trazada y dicha con convicción, sino además muy comprometida en un enfoque que desdeña todo lo que de festivo y juguetón pueda rastrearse en la obra para decantarse por subrayar los aspectos más incisivos, sombríos y amargos de la partitura. Sobran cierta blandenguería en el solo de violonchelo anterior a la coda y la tendencia a acumular decibelios en los clímax. Le ayuda una toma sonora que, además de poseer una admirable transparencia, posee una amplísima gama dinámica. (9) 



15. Bernstein/Sinfónica de Chicago (DG, junio 1988). En su único disco con la Sinfónica de Chicago, Lenny nos entrega una lectura sobresaliente que destaca por su enorme pathos, por su tremenda sinceridad expresiva y por su sentido del dolor y de la tragedia, ante todo en los dos últimos movimientos. Los dos primeros no resultan especialmente sarcásticos ni electrizantes, pero están ricamente matizados, desmenuzados hasta el límite y dotados de un sentido del misterio y de lo inquietante muy apropiado. Solo Celibidache será capaz de llegar aún más lejos, si bien Bernstein cuenta con la enorme ventaja de tener a su servicio una orquesta absolutamente insuperable. (10)

 


16. Bernstein/Orquesta del Festival Schleswig-Holstein (DVD Euroarts, julio 1988). Como en su lectura inmediatamente anterior para DG, los dos primeros movimientos están llenos de intención, misterio y fina ironía, si bien se puede echar de menos la electricidad de otras lecturas, así como una mayor dosis de mala leche. Los dos últimos resultan extraordinariamente conmovedores por su pathos, cantabilidad, fuerza dramática y carga expresiva, extrayendo Bernstein un lirismo de lo más acongojante. Desdichadamente las diferentes familias de la orquesta juvenil y algunos de sus solistas muestran sus relativas insuficiencias, por lo que el nivel se acaba resintiendo. En cualquier caso, los extensos y fascinantes ensayos que incluyen este DVD hacen su conocimiento indispensable. (9)



17. Ashkenazy/Royal Philharmonic (Decca, 1988). Siempre solvente pero rara vez brillante en sus aproximaciones a la obra del compositor, Ashkenazy encuentra un certero punto de equilibrio entre los componentes dramáticos y lúdicos de la pieza. Por desgracia, la versión pierde fuelle por cierta languidez en el tercer movimiento, así como por una tendencia al efectismo en el cuarto que hace que el resultado sea más espectacular que sincero. La realización es muy buena, si bien al final hay algo de barullo. (7)


18. Solti/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1991). Nos encontramos aquí en la antípoda de Sanderling. Hay en esta lectura mucho de sentido del humor, de fuerza, de tensión sonora y de rebeldía, triunfando Solti en un Allegretto inicial animadísimo pero nada mecánico. Lo hace también en un Allegro que sabe conciliar lo juguetón con lo tenso, y aunque su segundo tema no resulte del todo inquietante, hay que destacar como la furia con que este movimiento concluye nada tiene de lúdica. En la segunda mitad de la obra, y aunque por fortuna el maestro ha remansado un poco los excesivos tempi de su interpretación con Chicago, siguen echándose de menos poso dramático, ambigüedad, nihilismo y carácter atmosférico, careciendo el fraseo de la intención y de la concentración deseable. De este modo resulta algo superficial el tercer movimiento y solo bueno el cuarto, que finaliza, eso sí, con una enorme fuerza y sin la menor retórica. La toma sonora, realizada en vivo, se encuentra realizada a un volumen muy bajo y resulta un tanto extraña. (8)

 

19. Solti/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 1991). Mientras que el disco de Decca procede de los conciertos de los días 18, 19 y 21 de septiembre, este otro corresponde solo al del 19. Edición complementaria de la anterior, pues, que suena distinta pero no mejor. (8)




20. Rostropovich/Orquesta Sinfónica Nacional de Washington (Teldec, 1993). La integral de Rostropovich, menos sarcástica pero con mayor vuelo lírico y profundidad humana, es el complemento perfecto a la de Rozhdestvensky. Esta Primera resulta admirable por su perfecto equilibrio entre los ingredientes de la partitura, siendo de un humor muy elegante –más irónico que sarcástico– el primer movimiento, animadísimo pero también inquietante el Allegro, de gran pathos –no especialmente nihilista– el tercero y adecuadamente dramático el cuarto. El final podría ser aún más tenso y rebelde. (9)



21. Barshai/Orquesta Sinfónica de la WDR de Colonia (Brilliant, 1994). En su notable y baratísima integral, el experto Rudolf Barshai mostró un irreprochable conocimiento del idioma, como también ciertas desigualdades interpretativas. Así las cosas, el primer movimiento le quedó fresco y juguetón, pero no muy matizado, dicho un tanto de pasada. Bastante soso el Allegro. Tercero y cuarto, rápidos en sus tempi, ofrecieron un muy adecuado dramatismo, aunque podían estar más paladeados. Muy notable la orquesta, y fantástica la grabación. (7)



22. Celibidache/Orquesta Filarmónica de Múnich (EMI, 1994). Plenamente inmerso en su estilo interpretativo de última época, esencial y abstracto, el maestro rumano ofreció una genial recreación en la que uno no sabe si asombrarse más por cómo está desmenuzado el tejido orquestal; por la manera de sostener el pulso a pesar de la lentitud de los tempi; por la naturalidad y flexibilidad del fraseo; por la enorme cantidad de matices expresivos que se descubren; por la riqueza de la paleta de colores desplegada; por esa ironía al mismo tiempo fina y socarrona puramente celibidachiana; por el marcadísimo sentido de lo atmosférico; o por el trágico y hondo patetismo –que no el nihilismo de un Sanderling– que se logra aquí extraer de la partitura. Lástima que la orquesta no sea de primera y que la grabación, lógicamente en vivo, no esté a la altura de la época. (10)



23. Jansons/Filarmónica de Berlín (EMI, 1994). Al frente de una orquesta maravillosa que lse rindió a él incondicionalmente, el irregular Jansons ofreció una versión rutilante y espectacular, dicha con muchas ganas, bien planificada y soberbiamente tocada, de notable sentido del humor, pero un tanto externa e insincera en los momentos más dramáticos. Como suele pasar con este algo sobrevalorado director, más ruido que nueces. (8)

 

24. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (RCA, 1996). Con la complicidad de una orquesta de espléndida cuerda y metales algo pobres, Temirkanov acierta plenamente en los dos primeros movimientos, cuyo espíritu juguetón y desenfadado, mas no inocente, captura de manera admirable. Otra cosa es que su sentido del humor sea antes irónico que sarcástico o corrosivo. La segunda mitad de la obra está francamente bien resuelta, aunque cosas más intensas y con más garra se hayan oído. La coda final resulta muy extraña y caprichosa, aunque tal vez se encuentre, sencillamente, mal tocada. Toma sonora a muy bajo volumen y en exceso difusa. (8)



25. Vladimir Jurowski/Orquesta Nacional Rusa (Pentatone, 2004). La realización es espléndida y el enfoque dramático muy certero, pero el conjunto desprende cierta sensación de distanciamiento y frialdad que no casa bien con esta música que necesita ante todo ironía y pasión. Un relativo chasco para venir de una de las más interesantes batutas del panorama actual. Fabulosa, eso sí, la toma de sonido. (7)



26. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Capriccio, 2004). Al frente de una notable orquesta y dentro de una más que digna integral que aprovecha el formato SACD, el ya veterano maestro ofrece una lectura de muy buen pulso e irreprochable idioma, equilibrada entre lo burlón y lo dramático, a la que le falta un punto de creatividad y le sobra algo de tosquedad para ser excepcional. (8)

 


27. Masur/Filarmónica de Londres (LPO, 2004).
Sorprende gratamente encontrar al tantas veces aburrido Masur entusiasta y comprometido con la obra, al menos en una primera mitad donde hay animación, ironía –suave antes que sarcástica–, chispa y refinamiento bien entendido, como también sentido del misterio y de lo inquietante. El tercer movimiento funciona mucho menos bien, pues aquí el maestro se detiene poco en explorar atmósferas y no termina de calar en la fuerza trágica de la obra. Tampoco convence el cuarto, bien trazado pero con algunas languideces –blando el solo de violín y, algo menos, el de violonchelo– y cierta tendencia a la aparatosidad –la decisiva intervención del timbal–. Coda mucho antes efectista que sincera. La toma sonora está realizada a volumen muy alto, lo que implica una apreciable compresión de la gama dinámica. (6)


28. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). Aunque el maestro británico suele mostrarse más atento al lado lúdico de las obras que dirige que al dramático, en esta página apuesta por una visión abiertamente áspera y sombría. El primer movimiento resulta así seco y dramático, parco en sentido del humor. Lo mismo el segundo, algo soso. El Lento es muy siniestro, algo mortecino por momentos, mientras que el último vuelve a ser más dramático que brillante. La orquesta es fabulosa, pero por momentos la realización resulta algo tosca en lo sonoro. (8)


29. Wigglesworth/Filarmónica de la Radio de Holanda (BIS, 2006). De manera parecida a la de un Sanderling o un Rattle, el maestro británico pasa un tanto de largo ante los aspectos más juveniles, burlones y electrizantes de la partitura para, moderando los tempi y creando atmósferas espectrales, encontrar en esta obra tan temprana el germen del Shostakovich maduro. Ciertamente lo consigue, y además lo hace con apreciable musicalidad y trazo fino, pero el pulso no es regular, hay clímax sin garra –tercer movimiento– y, en general, se echa de menos la tensión interna que debe recorrer la obra. La toma sonora, al estar realizada a un volumen bajísimo, recoge de manera asombrosa toda la gama dinámica que proponen los pentagramas. (7)



30. Gergiev/Orquesta del Mariinski (Mariinski, 2008). Moderando su habitual tendencia a la vulgaridad y el efectismo, el director favorito de Vladimir Putin ofrece una interpretación de notable nivel técnico y buen gusto en lo expresivo, si bien dentro de un enfoque mucho antes romántico que expresionista. En este sentido, la comicidad del primer movimiento está teñida de cierta melancolía, mientras que el Allegro, no muy tenso ni aristado, quizá algo desvaído, alberga un atractivo carácter sombrío. En el tercer movimiento se alcanza un apreciable vuelo lírico, y solo hay que reprochar que por momentos lo trágico se confunda con lo sollozante. El cuarto resulta convincente, a pesar de su coda algo efectista e insincera. (7)




31. Vasily Petrenko/Royal Liverpool Philharmonia (Naxos, 2009). Aunque ha realizado algunos muy buenos acercamientos a la obra del autor, Vasily Petrenko defrauda aquí con una interpretación lenta, flácida y con tendencia a la blandura, en la que sustituye la tensión interna por un juego extremo con las dinámicas. Lo mejor es el primer movimiento, algo descafeinado pero bien bien trazado. El segundo es un disparate: las secciones lentas las hace ralentiza al límite y el resultado, lejos de ser inquietante, es amanerado. En el tercero la batuta mira a la pasacaglia de la Octava, pero en lugar de lentitud y desolación hay flacidez y un aire tristón. En el cuarto los pasajes líricos no tienen garra y los solistas ofrecen intervenciones sollozantes, optándose en la coda final por el estruendo para contrastar. (4)

 

32. Currentzis/The Mahler Chamber Orchestra (DVD y Blu-ray Euroarts, 2013). Como era de esperar, el controvertido maestro griego deja a un lado todo lo que de desenfadado y gamberro puede tener esta página para decantarse por una visión sombría, cuya primera mitad ofrece una fuerte dosis de humor negro –más siniestro que corrosivo, pero siempre tensando al máximo las cuerdas– y en la segunda decantarse por un lirismo impregnado de congoja, verdaderamente doloroso, hasta llegar a un final lleno de rabia contenida. Todo ello lo hace, además, delineando a la perfección la arquitectura de la obra y haciendo que los solistas de la orquesta –todos muy implicados en lo expresivo, pese a más de un desliz aislado y a un piano algo flojo– intervengan con el más acertado sentido teatral. La imagen es magnífica en Blu-ray, pero no tanto el sonido: la gama dinámica podría ser aún más amplia. Y se echa de menos el surround. (10)

 

33. Michael Sanderling/Filarmónica de Dresde (Sony). Como Currentzis, pero sin cargar las tintas en semejante extremo, Sanderling hijo evita ver en esta obra una gamberrada juvenil, desatiende la ironía más o menos corrosiva –la sonrisa es no aquí una burla autodefensiva, sino una siniestra mueca de dolor– y recrea la obra desde la perspectiva del Shostakovich maduro, cargando la atmósfera de malos presagios y ofreciendo, lógicamente más en los dos últimos movimientos que en los primeros, un desolador recorrido con los paisajes del alma humana, así hasta llegar a una coda tan lacerante en su congoja como implacable en su resolución. La orquesta se encuentra tratada con enorme acierto, haciendo que los metales suenen descarnados y matizando muy bien a los solistas; discreto el primer violín, por cierto, si bien los timbales son magníficos. Espléndida la toma. (9)

 

34. Paavo Järvi/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Al igual que su padre, Paavo es un maestro que parece sintonizar con esta partitura bastante más que con otros repertorios. No es solo que todo esté en su sitio –eso por descontado– y que suene plenamente a Shostakovich, sino que además se ofrece fuerza, sinceridad y hasta una serie de interesantes hallazgos desde el podio. El primer movimiento, dicho con incisividad y sarcasmo necesidad de cargar las tintas, no es quizá el que está mejor dirigido de los cuatro, pero aquí los increíbles solistas de la orquesta (¡sensacional Emmanuel Pahud!) colocan en listón en lo más alto no solo en lo técnico, sino también en lo expresivo. El segundo sabe ser juguetón al mismo tiempo que ofrecer misterio –muy paladeados los interludios entre los ataques de las cuerdas– y una buena dosis de ferocidad, con detalles muy interesantes. El tercero resulta adecuadamente patético –aquí difícil alcanzar a Bernstein, claro– y el cuarto, espléndidamente delineado y con momentos muy incandescentes, concluye con la adecuada mezcla de brillantez y amargura. Lástima que en la coda el maestro se precipite un poco. La extraordinaria calidad de la orquesta, en cualquier caso, redondea una interpretación de muchísimo nivel. (9)

Sonata para viola, de Shostakovich: discografía comparada

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