Lamento no tener ahora, por diferentes razones, la posibilidad de escribir mucho sobre música, pero hay dos discos que he escuchado en las últimas veinticuatro horas que me han llenado muchísimo espiritualmente.
Uno lo protagoniza Jordi Savall se llama Codex Las Huelgas. Bestiaire et Symboles du Divin. 1300-1340. Se trata, obviamente, de la visión que el de Igualada ofrece del celebérrimo códice que aún se encuentra en el monasterio burgalés, y que los amantes del medievo celebramos de manera especial por ser demostración palmaria de que las novedades musicales francesas habían llegado al sur de los Pirineos. De hecho, como quien no quiere la cosa, Savall interpola un conductus de la Escuela de Notre-Dame que resulta muy bienvenido. Ni que decir tiene que el maestro le echa mucha imaginación a la parte interpretativa, pero también hay que advertir que algunas de las decisiones se encuentran justificadas en las notas de nada menos que Juan Carlos Asensio, que no es precisamente un ignorante. Las voces funcionan muy bien, pero quienes más despiertan nuestra admiración son Pierre Hamon y Andrew Lawrence-King, no en balde dos de los mejores intérpretes que ha conocido la música medieval desde que se inventó el disco. La toma de sonido es magnífica pese a estar realizada en un concierto del 15 de julio de 2021 en la abadía de Fontfroide.
Ojo, en la web de Savall el disco está agotado. Yo lo he tenido que comprar en Ámsterdam. Se lo recomiendo a todos ustedes vivamente, como también que vean –si no lo han hecho ya– el globalmente magnífico concierto –excepción es el segundo movimiento de la Júpiter– que el artista ha ofrecido recientemente con la Filarmónica de Berlín, que comenté por aquí.
El otro disco se grabó en 2020 y lo tengo desde hace tiempo, pero no lo he escuchado hasta ahora: hice demasiado caso a quienes insistían en que Daniil Trifonov vale poco. De acuerdo, yo mismo le he escuchado en directo un Chopin horrible, dicho con un gusto atroz, y que en disco hay cosas que me han parecido notables y otras más bien flojas. Pero Bach: The Arte of Life es una maravilla. ¡Imbécil de mí, lo que me he estado perdiendo! Advierto que el doble CD no sé comentarlo: Bach le viene muy, pero que muy grande a mi corta mente.
Solo diré que nunca me había gustado tanto El arte de la fuga –cuyo último número el ruso se atreve a completar, diría con gran acierto–, si bien lo más impresionante es la Chacona de la BWV 1004 en la versión pianística de Brahms para la mano izquierda: se escucha con verdadero escalofrío. Un derroche de belleza, lo que está muy bien, pero sobre todo un pozo sin fondo en el interior del alma humana. Ni se les ocurra perdérselo.
PD. Hace años en este blog se montó un show cuando dije lo que pensaba de la Chacona en interpretación de Amandine Beyer, una de las artistas favoritas de la kale barroka hispalense. Les dejo el vídeo para que comparen: no se puede hacer sonar a un violín con mayor fealdad (¡se queda tan ancha la señora!) ni frasear de manera más arbitraria e insensible. Pero bueno, en estos tiempos en los que un presidente de gobierno (¡e incluso Jordi Savall, manda narices!) elogian el monumental e histórico mamarracho de Rosalía, cualquier cosa cuela.


2 comentarios:
Estimado Sr. López Vargas-Machuca. Sigo su blog con interés y celebro su trabajo de análisis y comparación de interpretaciones, pero le escribo para señalarle algo que no puedo sino lamentar. El calificar el resultado del trabajo de alguien de "puta mierda" me parece que ignora el hecho de que se refiere usted a una persona que ejerce su oficio, quiero creer, con la mejor de las intenciones. Cierto es que no insulta a la persona, pero sí a una parte seguramente muy importante para ella: su trabajo. ¿Qué pensaría usted si alguien hiciese un comentario de ese tipo sobre una publicación de un conocido suyo en el terreno de la historia del arte? ¿Podría usted abstraerse del hecho de que se está hablando ofensivamente sobre una persona cuyo único delito es hacer algo que a otro no le gusta? El hecho de que sea una persona que se expone al criterio público no le anula el derecho al respeto mínimo que cualquiera se merece. ¿Cómo algo tan refinado, elevado, si se quiere, como la conversación sobre interpretaciones de música clásica, puede acabar embarrándose en el nivel de zafiedad propia del comentarista futbolístico del lunes por la mañana en la barra del bar? No lo entiendo. ¿Alguien gana algo con eso?
Cierto es que un crítico musical, que ofrece al aficionado medio la opción de ser guiado por alguien que sepa más o menos de qué va la cosa y le ofrezca pistas para reflexionar, tiene que advertir de lo que no le parece bien, pero creo que expresiones como la citada al principio van más allá de cualquier crítica musical. Su comentario sobre el disco de Trifonov, el cual, por cierto, me encanta, queda degradado por el contenido del párrafo que le sigue.
Le pido disculpas de antemano si le parece que no es el papel de un simple lector de su blog el ejercer de Fräulein Rottenmeier. De hecho el único propósito de este comentario es que se vea que soy uno de esos a los que la violencia verbal de internet les entristece profundamente. Un ejemplo: el conocido youtuber norteamericano David Hurwitz, con sus recurrentes calificativos de "asqueroso, vil, tullido..." creo que reduce el valor de sus razonamientos, no al contrario. Saludos, Guillermo Peñalver
Pues sí, tiene usted toda la razón. Lo grueso de mis palabras viene motivado por el hartazgo que en su momento me causó lo que me montaron los seguidores de esta señora, pero aún así es un error por mi parte. Gracias.
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