domingo, 31 de enero de 2016

Dignísimo Otello en el Villamarta: este es el nivel

Para mí, lo más significativo de la función del Otello verdiano que ofreció anoche el Villamarta fue percibir con claridad, por las reacciones murmullos, interjecciones ante las diferentes pericias narradas por Boito a partir del original de Shakespeare, que gran parte del público congregado se acercaba por primera vez a semejante obra maestra absoluta, impresión que corroboraban los comentarios que se escuchaban a la salida. Por eso mismo, a quienes se preguntan qué sentido tiene que un ayuntamiento por completo arruinado invierta dinero en algo como la ópera, habría que responderles que nada más y nada menos que dar a conocer las grandes creaciones del arte escénico a una ciudad que por mucho tiempo ha vivido alejada de la música clásica. Entre otras cosas.

Cuestión diferente es preguntarse si el apoyo de Ministerio de Cultura y Junta de Andalucía ha estado a la altura de las circunstancias, si las empresas privadas jerezanas han querido comprometerse, si el Ayuntamiento ha supervisado correctamente la gestión de sus menguantes aportaciones, o si desde la cúpula del teatro se han administrado con rigor los recursos disponibles: Hacienda acaba de disolver la Fundación Teatro Villamarta por el déficit acumulado. Lo cierto es que esta podría ser la penúltima propuesta operística queda aún la nueva producción de Cavalleria/Pagliacci que dirige, faltaría más, Francisco López que se ve en Jerez por mucho tiempo.


Los resultados han sido un modelo del nivel al que debe aspirar al Villamarta, nivel que a veces se supera con creces y a veces queda demasiado lejos, por mucho que los responsables del teatro y algunos artistasse crean con derecho a recibir críticas siempre positivas o, cuanto menos, piadosas. Pero esta vez, insisto, se ha alcanzado ese nivel: una función llena de dignidad, atendible en todo momento, de gran equilibrio global entre los diferentes aspectos artísticos, que permitió disfrutar con garantías y sin sobresaltos, a veces incluso con emoción, de la genial creación de Verdi y Boito. Aunque sin alardes.

El punto flaco del Villamarta está siempre en los "cuerpos estables", esto es, en su coro que es fijo y en las tres o cuatro orquestas que más frecuentan su foso, en esta ocasión una Filarmónica de Málaga de sonido pobretón y con algunos solistas violonchelo que han dejado que desear. Expresivamente, sin embargo, terminaron convenciendo gracias al buen trabajo de Joan Cabero con las voces y de Carlos Aragón a la batuta. Este último dirigió con convicción, buen pulso y desarrolladísimo sentido teatral, aunque también de manera algo metronómica, sin atender mucho a las atmósferas y cayendo a veces en el desmadre de cara a la galería: deficientes los finales de los actos segundo y tercero. Su atención a los cantantes fue plena.

Estos últimos, supongo, han debido de hacer un gran esfuerzo para sacar estas funciones adelante, y sospecho que han trabajado mucho antes por amor al arte y por solidaridad con el teatro que por otra cosa, lo que les hace merecedores de todo nuestro respeto. Dicho esto, tampoco vamos a ocultar sus limitaciones, en este caso la de un Albert Montserrat que, habiendo sido barítono en tiempos pasados, sufre tiranteces y estrangulamientos cuando se trata de llegar a la franja superior; pero su voz posee un peso muy adecuado para el moro, se beneficia de un fiato muy considerabe y su expresividad, poco desarrollada en los aspectos amorosos del personaje, sabe crecerse en un acto IV lleno de convicción y entrega. Ya es mucho en un rol como este.

Yolanda Auyanet no posee una voz que a mí me resulte particularmente atractiva, pese a su buen volumen y apreciable esmalte. Sin embargo, ofreció una Desdémona que fue de menos a más, un tanto anodina en el primer acto el dúo resultó frío tanto por ella como por él–, y luego con la temperatura in crescendo hasta culminar en una Canción del sauce y un Ave María de mucha clase, por línea impecable importa poco o nada algún sobreagudo tirante y musicalidad exquisita. Una pena que los aplausos rompieran la magia del momento.

Excelente el barítono José Antonio López, Yago de voz muy sonora y homogénea que supo ser malvado y "echado para adelante" sin caer en las truculencias y excesos que a veces tenemos que soportar en el personaje. En alguna que otra frase pudo quizá haber matizado aún más, haber ofrecido más sutilezas y claroscuros, pero lo compensó con una actuación escénica francamente notable, de auténtico profesional. Leo que en el Liceo este papel lo está haciendo el horroroso Vratogna y se me abren las carnes: ¿cómo es que no han contado con este señor que es mil veces mejor cantante?

La Emilia de María Ogueta me pareció excelente. El siempre eficaz Emilio Sánchez, ya algo mermado, hizo un muy correcto Casio. Aceptable el Roderigo de Manuel de Diego y decepcionante mi siempre admirado Luiz Álvarez en el rol de Ludovico: su voz, aun de la nobleza adecuada para el personaje, me pareció cansada, y además su situación en el escenario no le favorecía en absoluto. También se quedó corto el Montano de Andrés Bey.

La producción escénica venía del Teatro Principal de Palma de Mallorca y corría a cargo de Alfonso Romero: tradicional en todos los sentidos, modesta en sus medios y en sus dimensiones, pero francamente sensata pese a algún detalle ridículo, como el de visualizar la imaginaria infidelidad de Desdémona con Casio y muy bien llevada a cabo, con correctísima dirección de actores y espléndida dirección de masas, sacando además un excelente partido teatral del barco giratorio diseñado por Miguel Massip que hacía las veces de escenografía. Convencía menos el vestuario de María Miró, que podía recordar a algunas producciones de zarzuela, pero el aspecto visual fue equilibrado por la buena luminotecnia de Lia Alves, que nos regaló unos preciosos efectos en la gran escena de Desdémona del acto IV.

Lo dicho: gran equilibrio escénico y musical en una obra complicadísima de llevar a buen puerto. Difícilmente se puede hacer más con menos. Este es, sin duda, el nivel al que debería aspirar siempre el Villamarta.

jueves, 28 de enero de 2016

Insoportable crispación

Los pocos lectores que me seguían en Facebook quizá hayan reparado en que en los últimos días he desaparecido del mapa. Efectivamente: he borrado el cien por cien de mis contactos, he dejado de publicar cosas en mi muro y ahora solo entro de tarde en tarde para ver las viñetas de El Jueves y Cabronazi, que me hacen reír bastante. ¿El motivo del abandono? El ambiente de intensa crispación política que cada vez hace más insoportable entrar en la aplicación. Sí, vale, yo también he realizado abundantes publicaciones sobre el tema, pero la mayoría de ellas no han sido sino caricaturas y fotomontajes que pueden servir al mismo tiempo para reflexionar sobre lo que está ocurriendo y para tomar distancia sobre ello. Creo que la denuncia es mucho más saludable si esta se realiza desde la ironía, el sarcasmo y el distanciamiento crítico hacia todo y hacia todos, sin que nada ni nadie se libre de la quema, pero sin caer tampoco en la trampa de la pasividad nihilista.

Por desgracia, lo que encuentro de manera creciente es una terrible visceralidad. Los míos son los buenos y los demás, malos malísimos. Quien critica a los míos lo hace por egoísmo, por intereses propios o incluso porque son unos vendidos. Mi verdad (la que sea: que el PP es el partido más corrupto, que lo es el PSOE, que los comunistas quieren destruir España, que la Transición fue una tomadura de pelo, que Podemos es Venezuela, que Podemos es la única alternativa que de verdad defiende a los trabajadores) es la única, y todas las demás son patrañas electoralistas. Y venga soltar bilis y más bilis en Facebook, venga a subir publicaciones no ya monocolor sino abiertamente sectarias, venga a añadir comentarios realizados mucho antes con el hígado que con la cabeza, manipulando la información y a veces destilando una agresividad muy dañina.

Me harté, claro. Porque aunque soy de izquierdas y espero seguir siéndolo, tengo claro que este país lo que necesita ahora es diálogo, tolerancia y moderación. Mucha moderación. Justo lo que no ha tenido el gobierno de Rajoy, gobernando a decretazo limpio, y lo que no parecen tener ciertas fuerzas que se autroproclaman progresistas, léase Podemos. Los resultados electorales, por mucho que el Partido Popular haya sido el más votado, evidencian un empate entre izquierda y derecha que nos obliga a todos, absolutamente a todos, a renunciar a muchos de nuestros objetivos y a buscar un entendimiento. Todos tenemos que ceder si creemos verdaderamente en la democracia, esto es, en la representatividad del voto popular. Y el pueblo ha votado lo que ha votado.

Sinceramente, no sé quién debe gobernar. Personalmente, el PP no me gusta lo más mínimo en ningún sentido, y del PSOE actual me fío poco por su red de corrupción al menos en mi tierra y su falta de definición ideológica. Ciudadanos sí me parece un partido honesto de momento, pero difícilmente podré estar de acuerdo con sus ideales neoliberales. En cuanto a Podemos, su tufo totalitario y antisistema me echa muy para atrás, por mucho que sintonice plenamente con su análisis de la realidad y con algunas –solo algunas de sus propuestas. Lo que sí tengo claro es que las prioridades son la lucha feroz contra los corruptos –tremendo lo del PP en Valenciay corregir la brecha social: el hecho de que las grandes fortunas españolas sigan incrementando sus beneficios mientras la clase media empobrece y muchas personas se encuentran en la calle, está pidiendo a gritos una política económica más justa. No hacerlo solo servirá para seguir radicalizando las posturas.

Confieso que lamento haber perdido la oportunidad de contactar con mucha gente a través de Facebook, gente que a veces pienso ahora en el inteligente, humano y comprensivo Luis Cansino, por cierto barítono, cuyos comentarios sobre la actualidad me parecían ejemplares mostraba gran sensatez o que sencillamente no se metía en política. Pero la verdad es que, después de algunos enfrentamientos con personas muy cercanas a mí, he preferido renunciar a esos contactos a cambio de conseguir un poco de "paz espiritual". Con esta entrada he dado explicaciones de por qué me fui, y también he dejado clara cuál es mi postura política. Ahora espero no tener que volver a hablar sobre el tema en mucho tiempo. En este blog escribiré solo de música, y en Instagram pondré fotos de edificios medievales y de gatos.

martes, 26 de enero de 2016

Sinfonía nº 3, “con órgano”, de Saint-Saëns: discografía comparada (II)

La primera versión de esta comparativa la publiqué, con tan solo ocho grabaciones, en abril de 2013. Martinon/EMI quedaba en primer lugar y la de Barenboim se encontraba un escalón por debajo. Enseguida fue contestada por mi amigo Ángel Carrascosa desde su propio blog: en su opinión, la del maestro francés era muchísimo menos buena de lo que yo decía, mientras que la del de Buenos Aires merecía la máxima nota. Desde entonces he conocido algunas versiones más: Prêtre, Martinon 1966, Bernstein, Ormandy 1980, Dutoit y una toma radiofónica de Barenboim de 1983.

Las interpretaciones de la polémica las he vuelto a escuchar dos veces más cada una (en el caso de la de Deutsche Grammphon, en una impresionante remasterización en HD-Audio). Pues bien, creo que me entusiasmé en exceso y le rebajo ahora un poco de nota: de 10 pasa a 9, aunque no a los 7 que le pone Ángel. Pero Barenboim no sube: sigo pensando que le falta algo de idioma, léase de sensualidad, y que probablemente si el maestro volviera ahora a la obra nos legaría la interpretación "de referencia". Así las cosas, de las catorce que comento ahora ninguna se lleva la máxima calificación. También he vuelto a escuchar Karajan y Levine, escribiendo en ambos casos –como en el de las dos interpretaciones citadas– comentarios nuevos. Al norteamericano le he subido la nota, empatando ahora con Barenboim y Martinon. En realidad, Martinon 1966 y Levine se llevarían un 8,5, pero como me resisto a utilizar decimales les dejaré con esa cifra. 

Por lo demás, conviene recordarles –retomo a partir de aquí el texto de la entrada original– que esta es una música nada fácil de grabar: empastar órgano y orquesta es cosa complicada, por lo que algunas compañías optan por registrar al instrumento aparte y luego unirlo con el resto de la toma. Y no se me olvide recordar que ese no es el único instrumento “obbligato” de la obra: el piano ejerce un papel igual de importante en la segunda mitad de la página.

Compuesta en 1866, sus partes son en principio dos: 
  1. Adagio – Allegro moderato – Poco adagio
  2. Allegro moderato – Presto – Maestoso – Allegro
En realidad, la estructura es mucho más clásica que lo que parece: introducción lenta, primer movimiento rápido, movimiento lento, scherzo y vibrante final. Los cuatro movimientos de toda la vida, en definitiva, por lo que aquí seguiremos semejante división para no confundir al personal.



1. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1959). Muy buena lectura de línea ortodoxa, bien llevada, con energía, aunque sin toda la poesía posible. Funciona sin problemas el primer movimiento, si bien algo tosco, o al menos no del todo depurado. Al segundo le faltan morbidez en el fraseo, sensualidad y espiritualidad, aunque en contrapartida se subrayan los ribetes amargos. Magnífico el tercero, poderoso y con mucha garra. Al final, tan fogoso como bien controlado, le sobra algo de grandilocuencia. Nada en particular sobre el órgano de Berj Zamkochian. Buen sonido para la época, con amplia gama dinámica en SACD. (8)



2. Prêtre/Orchestre de la Societé des Concerts du Conservatoire (EMI-HDTT, 1964). Dejando a un lado las limitaciones de la orquesta y centrándonos en la labor de la batuta, lo más flojo de esta versión es el primer movimiento, algo pesadote y sin mucha garra dramática. En el segundo, por el contrario, el joven Prêtre acierta frasear con voluptuosidad, sentido cantable, concentración y una morbidez muy francesa, si bien en una línea antes sensual que interesada por la espiritualidad. El tercero está muy bien y el Finale está dicho sin prisas y posee la adecuada grandeza, aunque no sea especialmente entusiasta e incluso resulte un poquito hinchado. Al órgano de St Etienne du Mont, su maestro Maurice Duruflé. La toma sonora es más bien estridente y confusa; la remasterización HD del sello HDTT compensa parcialmente dichas insuficiencias. (7)



3. Martinon/Orquesta Nacional de la ORTF (Erato, 1966). Interpretación ortodoxa en su línea francesa, pero no por ello trivial ni hedonista, e impresionante por su fuerza expresiva, que se resiente de una orquesta no muy allá –la toma acentúa su aspereza– y de una batuta que no termina de acertar en el primer movimiento, que tras una espléndida introducción arranca sin toda la fuerza deseable para luego resultar adecuadamente incisivo pero también un punto nervioso, desarrollándose sin toda la unidad deseable. El segundo es por el contrario portentoso, emotivo a más no poder y muy sabio a la hora de combinar a partes iguales carnalidad y espiritualidad. Decidido el tercero, con garra y cierta rusticidad sonora bien conjugada con la elegancia gala. Grandioso como debe ser el final, aunque la coda resulta un poco más escandalosa de la cuenta, circunstancia que puede deberse a unos ingenieros de sonido que le dieron excesivo protagonismo a la lujosa presencia de nada menos que Marie-Claire Alain al órgano. (9)



4. Martinon/Nacional de la ORTF (EMI, 1972-75). Orquesta y director volvieron a grabar la obra con motivo de su integral de las sinfonías para el sello EMI. Lógicamente esta interpretación sigue los pasos de la anterior, con la excepción de un segundo movimiento que ha perdido algo de carnalidad y voluptuosidad, quizá también de emotividad, para orientarse claramente a la espiritualidad; en cualquier caso, los resultados son bellísimos. El primer movimiento ha ganado ahora en unidad, aunque cosas mejores se hayan escuchado, y la segunda mitad de la obra ofrece quizá mayor depuración sonora. También la toma, sin ser precisamente ninguna maravilla –seca y con escaso relieve–, se encuentra ahora más lograda por equilibrar mejor el órgano, en este caso el de Bernard Gavoty en los Inválidos, donde se realizó –nada de “corta y pega” a posteriori– la grabación orquestal. (9)



5. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1976). Conociendo a Lenny, uno podía esperarse una interpretación dionisíaca, extrovertida y voluptuosa, llena de garra y gozosa a la hora de recrearse en melodías y colores. Pues no: tras un primer movimiento sin mucha tensión interna, inlcuso algo desganado a ratos, viene un Poco Adagio de una hondura mística –más que sensual– verdaderamente sobrecogedora en la que el maestro parece estar pensando en los adagios mahlerianos que por la misma época interpretaba al frente de la Filarmónica de Viena. Tras un “Scherzo” no del todo conseguido, la sección final vuelve a apostar por la trascendencia espiritual sin caer, por fortuna, en la retórica vacua ni el efectismo insincero. Lástima que ni la orquesta ni la toma sonora sean muy allá. (8)



6. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1976). Frente a una orquesta absolutamente increíble que, además de una enorme brillantez en los metales, aporta asombrosa precisión –a las maderas hay que oírlas para creerlas en el primer movimiento–, Barenboim luce su ya entonces enorme técnica de batuta trazando la arquitectura con absoluta solidez, equilibrando planos aun en los momentos más decibélicos –que en esta obra son tremendos– y aportando esa visión dramática, escarpada y sincera que entonces tenía de la música. Ahora bien, el maestro todavía se autoexigía una apreciable sobriedad en lo que a hedonismo sonoro se refiere y no se desenvolvía del todo bien con el color propio del repertorio francés; por eso mismo en el Poco adagio, concentrado y bellísimo, y quizá también en algunas frases del –por lo demás, portentoso– movimiento que le antecede, se echa de menos esa dosis de sensualidad carnal que sí han conseguido otros directores más idiomáticos. La segunda mitad de la obra, con un Barenboim inflamadísimo pero siempre con los medios bajo control, es toda ella excepcional: pocas veces o nunca se habrá escuchado semejante grado de “espectáculo sonoro” con tanta grandeza interna pero sin ápice de retórica. El final es, sencillamente, insuperable. Por si fuera poco, el órgano de la Catedral de Chartres, a cargo de un notable Gaston Litaize, está magníficamente acoplado por los ingenieros de sonido. Si la toma sonora en CD era magnífica, en HD audio resulta sensacional, impactando con unos graves poderosísimos. Se rumorea que existe una toma cuadrafónica original nunca comercializada. (9)



7. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (Telarc, 1980). Ochenta años tenía ya el mítico director de origen húngaro cuando fue el encargado de realizar la primera grabación digital de la Sinfonía con órgano. No funcionaron las cosas demasiado bien, al menos en una primera parte un tanto flácida y desganada, amén de alicorta en contrastes y aliento dramático. En la segunda el nivel sube de manera considerable, gracia sobre todo a la suntuosa sonoridad –cálida, poderosa, empastadísima, redonda y brillante al mismo tiempo– de su orquesta, en cuyas posibilidades se recrea buscando descaradamente, y con evidentes excesos, la mayor espectacularidad posible. (7)



8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1982). Si Barenboim es fiel a sí mismo, no lo es menos Karajan en esta realización fundamentalmente hedonista que llega a un muy atractivo punto de equilibrio entre las brumas germánicas y la sensualidad francesa, con sonoridades mórbidas, aterciopeladas y bellas a más no poder, pero también con cierta tendencia a la superficialidad. Al primer movimiento le falta fuerza y dramatismo, y el segundo resulta en exceso contemplativo. Fabuloso el final, donde Pierre Cochereu extrae del órgano de Notre-Dame de París unos registros arcaizantes de gran atractivo. La gama dinámica es muy amplia. (8)



9. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1982). Cierto es que al primer movimiento le falta un poco de gancho, que el segundo comienza algo frío y no muy sensual, que el tercero resulta no solo muy aéreo sino también algo más rápido de la cuenta, y que al final le faltan, claramente, grandeza e impacto dramático, pero en conjunto esta interpretación es irreprochable por la excelente línea francesa que sabe seguir –refinada y ligera en el buen sentido–, por lo magníficamente expuesta que está, por el buen pulso global, por su exquisita sensibilidad para el timbre y, en definitiva, por su mezcla de convicción, idioma y buen gusto que la presiden. La toma sonora es, además, francamente buena, aunque al órgano de Peter Hurford, en el que se oyen cosas nuevas, se le concede quizá excesiva preeminencia. (8)


10. Barenboim/Sinfónica de Chicago (YouTube, 1983). Esta toma radiofónica nos permite reencontrarnos con Barenboim y Chicago siete años después de su registro oficial, que sonaba muchísimo mejor, aunque aquí el órgano, con David Shrader a su cargo, está lógicamente en la sala. Las cosas no han cambiado mucho: el primer movimiento ha perdido un poco de la tensión sonora, el carácter apremiante y la tensión dramática de entonces, y el segundo ha ganado, quizá, un poco de emotividad. Los dos últimos, llenos de fuerza, siguen siendo sensacionales. (9)



11. De Waart/Sinfónica de San Francisco (Philips, 1984). Interpretación solvente pero poco inspirada, sin mucha electricidad ni poesía, y sí algo blanda. Lo mejor es un decidido tercer movimiento. La orquesta no es gran cosa. El órgano de Jean Guillou pasa sin pena ni gloria. A olvidar. (7)


12. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1987). Luce aquí mejor la Berliner Philharmoniker que en la interpretación del propio Karajan para el mismo sello, no solo por una toma sonora más conseguida –sobre todo por el equilibrio con el órgano– , sino también porque el tantas veces mediocre Levine logra compaginar “densidad germánica” con una enorme agilidad y una gran dosis de brillantez marca de la casa, para conseguir, en el que es uno de sus mejores registros sinfónicos, una interpretación de excelente pulso, considerable temperamento dramático, asombrosa claridad y calurosa –pero siempre controlada– extroversión en los momentos más jubilosos. Lástima que en el Poco adagio, muy hermoso y bien paladeado, se escapen detalles más empalagosos de la cuenta. (9)




13. Eschenbach/Orquesta de Philadephia (Ondine, 2006). Con Olivier Latry inaugurando el órgano de la sala de la fabulosa formación norteamericana, Eschenbach ofrece una interpretación muy bien dicha pero no del todo convincente. El primer movimiento, más que correcto, requiere mayor garra y tensión interna. El segundo está muy bien paladeado, pero la lentitud termina haciéndolo moroso. Busca el contraste con el tercero, que termina siendo precipitado y en exceso nervioso. Bien sin más el cuarto, volcado claramente hacia un espectacularidad particularmente evidente si se reproduce la capa SACD. (7)



 
14. Chung/Radio Francia (YouTube, Proms 2008). Interpretación tópicamente francesa en la que son admirable el sentido del color, el refinamiento y la morbidez del fraseo, al menos en el segundo movimiento, pero en la que hay que reprochar seriamente la tendencia a ofrecer sonoridades relamidas y a dejar de lado la tensión sonora, la garra y el dramatismo. Magnífico de nuevo Latry. (7)

domingo, 24 de enero de 2016

Volodos interpreta Mompou: corran antes de que se agote

Aunque ya Ángel Carrascosa dio un toque en su blog, no quiero dejar de decir algunas cosas sobre el enorme chollo que compré la semana pasada en Amazon por solo tres euros: música de Frederic Mompou en interpretaciones del pianista ruso Arcadi Volodos registradas por Sony Classical entre el 25 y el 28 de octubre y el 17 y 19 de diciembre de 2012 en los Estudios Teldex de Berlín,con toma de sonora verdaderamente portentosa y presentación estupenda en un librito de 57 páginas con tapa dura embellecido con fotografías de obras de Gaudí.


El disco incluye obras representativas de la evolución musical del compositor catalán: sus cinco Scénes d’enfants y otras dos piezas tempranas, tres páginas de su periodo intermedio –ya posterior a la Guerra Civil–, una selección de once números de su magistral Música callada y dos obras más también del periodo tardío, hasta completar una duración de 63’16’’. Damunt de tus només les flors y Hoy la tierra y los cielos me sonríen son canciones transcritas para la ocasión por Volodos.

El propio intérprete nos define maravillosamente en el libretillo –hay traducción al castellano, también para las excelentes notas de Adolf Pla– las singularidades de este universo creador: “En todas sus obras, parece que Mompou buscaba la máxima depuración y simplificación de los recursos musicales. Sus piezas breves son instantes congelados en los que la sensación de tiempo se confunde con la sensación de espacio. Aquí no hay ni contrastes ni oposiciones, pero por medio de modestos recursos musicales se alcanzan tales estados de elevación que nos da la impresión de vivir por un momento fuera del tiempo. (…) El sonido es la prolongación del silencio, y el silencio es la fuente misma de la música. Gracias a esta dualidad, a esta transfiguración del silencio por medio de la música, el auditorio puede sentir la soledad de forma aguda, es decir, no como un vacío sino como una plenitud de tensión espiritual”.

Interpretativamente es un prodigio, porque Volodos pone todo el enorme virtuosismo que le ha dado prestigio al servicio no del lucimiento propio, sino de la música. ¿Y qué significa virtuosismo en una música se caracteriza precisamente por carecer de las exhibiciones de agilidad y fuerza digital tan caras al artista? Pues en cosas tan fundamentales como la concentración, es decir, la capacidad para sostener el pulso en tempi de apreciable lentitud sin que la tensión se le venga abajo, y también para otorgarle un peso muy especial a los silencios. En la habilidad para modelar el sonido haciendo gala de una riqueza de colores y texturas asombrosa. Y en la destreza para ofrecer una gama dinámica extrema, y muy especialmente de crear unos pianísimos imposibles que no creo capaz de igualar por casi ningún otro pianista del mundo, y que desde luego resultan ideales para el mundo sonoro de Mompou.

Pero es que además el ruso, y dejando al margen su asombroso dominio del instrumento, se muestra aquí –no tanto en otros repertorios– como un artista de sensibilidad extrema, capaz de destilar auténtica magia poética desde el teclado y de enriquecer la partitura con multitud de acentos expresivos. He comparado, una a una, las piezas de la Música callada con la magnífica integral que grabó Javier Perianes para Harmonia Mundi en 2006, y lo cierto es que en absoluto le va a la zaga. Muy diferentes en la elección del tempo en alguna de las piezas, bastante similares en otras, tengo la sensación de que el onubense resulta más adusto, tenso y dramático, incluso más escarpado, mientras que Volodos mira más hacia el impresionismo, resulta más variado en lo expresivo, también más comunicativo, y es más rico en misterio, en atmósfera y en sugerencias. Los dos me parecen imprescindibles.

Ah, quienes no puedan hacerse con el chollo –en el momento de publicar estas líneas aún quedan ejemplares– deberían saber que en ciertas páginas se puede conseguir la descarga en HD de la grabación de Volodos, aunque el precioso libro lo echarán de menos. Yo que ustedes, corría a la página de Amazón.

viernes, 22 de enero de 2016

La Consagración de la Primavera, de Stravinsky: discografía comparada (II)

Nota introductoria.

Las primera discografía comparada que hice de esta obra apareció en el blog el 2 de enero de 2012. Llegué entonces a comentar treinta y dos referencias. Ahora he incorporado comentarios sobre Bernstein 1958, Bernstein 1966, Abbado 1975, Dutoit 1984, Chailly 1985, Mehta 1985, Nagano 1990, Barenboim 1993, Svetlanov, Tilson Thomas 1996, Boulez 1997 en Salzburgo, Maazel 1998, Jansons 2006, Rattle 2009, Rattle 2012, Nézet-Séguin, Currentzis y Rattle  2014. Dieciocho nuevas en total, hasta alcanzar un total de cincuenta.

Además, he vuelto a escuchar las de Stravinsky 1960 (esta vez en SACD), Ozawa 1968 (a ciegas, sin saber quién era el director), Boulez 1991 y Boulez 1997/LSO. Para casi todas estas he escrito comentarios sustancialmente renovados. Además, después de las nuevas audiciones he decidido rebajar la puntuación de las dos últimas citadas a cargo de Boulez de 10 puntos a solo 9; ya en 2012 me lo estuve pensando, y ahora veo con mucha más claridad que no se merecen tanta “nota”, por mucho que la visión del maestro francés siga siendo un clásico.

Sea como fuere, son tantas las novedades que presenta esta nueva edición de la discografía que en lugar de modificar la entrada anterior, como he hecho en otras ocasiones, he dejado la antigua en su sitio y he realizado esta nueva. Continúa siendo un work in progress, claro, pero estoy ahora más satisfecho que antes.
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A estas alturas no les voy a descubrir a ustedes nada nuevo sobre el más famoso ballet de Stravinsky, estrenado en medio de un enorme escándalo el 29 de mayo de 1913 en el Teatro de los Campos Elíseos de París con coreografía de Vaslav Nijinsky y bajo la dirección musical de Pierre Monteux. Lo que sí les quiero proponer son estos apuntes que les pueden dar una idea de las tres grandes líneas interpretativas –complementarias entre sí, eso por descontado– que ha conocido en disco Le Sacre du printemps: la dura, seca y violenta, que es en cierto modo la “oficial” por ser la defendida por el propio autor, la propuesta digamos intelectual de Pierre Boulez, atenta ante todo al análisis de la portentosa escritura orquestal, y una tercera, en cierto modo inaugurada por Bernstein y Karajan, que descubre los numerosos lazos que vinculan la genial partitura con el pasado romántico e impresionista.

Como en otras ocasiones, hemos puntuado del uno al diez. Verán ustedes que, en la opinión de quien suscribe, el nivel medio de las grabaciones discográficas es altísimo a pesar de la incuestionable dificultad que entraña la interpretación de semejante obra maestra.



1. Markevitch/Philharmonia (Testament, 1951). La pobre toma sonora no permite valorar del todo hasta qué punto el maestro ruso obtiene claridad de la fabulosa orquesta en esta interpretación magníficamente trazada sin parecer en ningún momento calculada ni intelectual, sino por el contrario ofreciendo altas dosis de frescura, calidez y emoción, hasta alcanzar una Danza del sacrificio verdaderamente frenética. Ahora bien, da la impresión de que en su grabación en estéreo –editada por Testament en el mismo compacto– Markevitch alcanzará cotas aún superiores de salvajismo y tensión interna. (9)



2. Monteux/Sociedad de conciertos del Conservatorio de París (Decca, 1956). Sinceramente, no entiendo el enorme prestigio de esta grabación si dejamos a un lado el valor, indiscutible, de que fue Monteux quien estrenó la obra. Lo más interesante de su dirección me parece su tímbrica incisiva y descarnada, a lo que aquí contribuye una toma sonora, en temprano estéreo, seca y cortante. Su claridad es también admirable. El problema, aparte de la muy discreta calidad de la orquesta, es que la arquitectura no está bien construida, y de hecho los momentos más conseguidos impresionan antes por la acumulación de decibelios que por la tensión sonora alcanzada. (6)

 

3. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1958). Por aquellas fechas Lenny –que contaba treinta y nueve años y solo cinco meses atrás había estrenado en Broadway West Side Story– no era aun un director completamente formado: la irregularidad presidía sus numerosas grabaciones para CBS. Pero lo cierto es que en Le Sacre se sintió muy a gusto desatando a la fiera y dando rienda suelta a una salvaje, feroz orgía de sonidos en la que la espontaneidad e inmediatez expresiva de su batuta, su irresistible impulso dionisíaco, su asombroso sentido del ritmo, su capacidad para planificar dando la impresión de una total espontaneidad y su valentía a la hora de desafiar nuestro oído con timbres desgarrados y violentas explosiones de la percusión, pero también su fino olfato a la hora de rastrear las raíces impresionistas de la introducción de la segunda parte, terminan ganando la partida por encima de las serias limitaciones de su orquesta. La última remasterización y la audición en HD permite disfrutar dignamente de un estéreo algo desequilibrado de planos que, pese a las limitaciones de la época, logra ofrecer una apreciable gama dinámica y una suficiente redondez en los sonidos graves. (9)



4. Markevitch/Philharmonia (Testament, 1959). Esta grabación sigue manteniendo con plena justificación su enorme fama, siendo todo un modelo dentro de una línea dura, vitalista y salvaje, mucho antes espontánea que cerebral. Más adelante se escucharán interpretaciones más claras, más analíticas, desde luego más misteriosas y, en general, de mayor riqueza conceptual, pero pocas veces tan electrizantes y poderosas como esta, que culmina en una danza del sacrificio de un salvajismo inusitado. La excelencia de la orquesta hace mucho por el resultado. La toma sonora es algo turbia, pero la remasterización realizada por Testament del original de EMI recoge con fidelidad su amplia gama dinámica. (10)


Stravinsky Consagracion Sony

5. Stravinsky/Columbia (CBS-Sony, 1960). El compositor se reafirma a sí mismo con una lectura decididamente no solo antirromántica, sino también anti-impresionista, que procura borrar todo posible rastro de sensualidad –quizá por eso los pasajes lentos van algo apresurados– para centrarse en un discurso seco, tenso y violento, por momentos terrorífico, en el que sobresale la agresividad implacable que se acumula en toda la Danza de la elegida. Lástima que la orquesta deje mucho que desear y que, en parte por ello mismo, la claridad diste de ser satisfactoria. También por la técnica de batuta de Stravinsky, que además no consigue dotar a la interpretación de toda la continuidad de tensiones deseable. La toma sonora original no es mala, pero sufre evidentes limitaciones. (8)



6. Monteux/Sinfónica de Londres (radio, 29 de mayo de 1963). En principio el morbo de esta retransmisión radiofónica es enorme, escuchar al casi nonagenario Pierre Monteux dirigiendo Le Sacre cincuenta años justos después de que él mismo estrenara la obra en París. Por desgracia, e independientemente de la precariedad de la toma, lo que nos encontramos es una interpretación mediocre desde el punto de vista técnico, por no decir chapucera, amén de muy desganada desde el expresivo. Particularmente grave es toda la primera parte, aquejada de una terrible flacidez. La segunda mejora un tanto gracias a la atmósfera nocturnal que el anciano maestro obtiene en su introducción y a que en la Danza del sacrificio tanto él como la orquesta de la que por entonces era titular le ponen más ganas al asunto. Aun así, el resultado es tan pobre que se comprende que hasta la fecha no haya habido ninguna edición oficial de este registro. El interesado en conocerlo lo puede encontrar fácilmente en la red. (2)



7. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1963). Hace tiempo que me pregunto por qué algunos aficionados tienen en tanta estima a la Filarmónica Checa de los años sesenta. ¿Están sordos? Por lo demás, nos encontramos ante una versión llena de fuerza telúrica, de brutalidad y estridencia, que pierde un tanto por su tendencia al ruido y al descontrol. Además, a la introducción de la segunda parte se le podía haber sacado más partido. La remasterización es horrorosa, aunque al menos mantiene la gama dinámica. (7)


Stravinsky Consagracion Karajan I

8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1963-64). Esta fue la grabación que llevó al compositor a acusar a Karajan de ser un “bárbaro de salón”. Vista a día de hoy, la afirmación no pasa de ser la típica boutade stravinskiana. No se puede acusar precisamente a esta interpretación de carecer de fuerza o brutalidad. Si acaso, de dejarse llevar por el exceso de nervio –en la primera parte, sobre todo– y por caer puntualmente en el escándalo gratuito, así como por no terminar de ofrecer la deseable continuidad en el trazo. Quizá lo que molestase a Stravinsky fuese la manera en que el salzburgués, haciendo gala de una plasticidad y un sentido del color portentoso, subraya los aspectos atmosféricos y sensuales escondidos en la partitura, destacando en este sentido la introducción de la segunda parte y el arranque de la Danza del sacrificio. (7)



9. Bernstein/Sinfónica de Londres (DVD ica Classics, 1966). Siete años después de su primera grabación oficial para el disco, Bernstein se pone al frente de una orquesta bastante mejor que la que tuvo entonces para repetir su concepto en el que priman la fogosidad, la teatralidad y los instintos primarios, sin descuidar precisamente los aspectos sensuales de la página: impagable las caras de orgasmo de Lenny en las exhalaciones con que se abre la segunda parte. Quizá ahora, por aquello del directo, el maestro se precipita en algunos pasajes y dirige un tanto de cara a la galería, pero su fuerza expresiva y sus contagiosas ganas de hacer música terminan ganando la partida, y si el oyente sentado en el sillón de su casa no termina de disfrutar se debe a que la toma sonora dista muchísimo de hacer justicia a una obra como esta. Si que está bien la filmación televisiva, realizada por un Humfrey Burton que se recrea indisimuladamente en los bailes de Bernstein sobre el podio. Impagable, por cierto, la reveladora entrevista que le realiza al maestro, en la que este se arriesga a decir cosas hoy comúnmente aceptadas como que la partitura es mucho menos rupturista de lo que aparenta –llega a decir que en gran medida es una obra del siglo XIX– o que sus lazos con el impresionismo son evidentes. (9)



10. Ozawa/Sinfónica de Chicago (BMG, 1968). Interpretación seca, afilada y angulosa, poco o nada interesada por lo que esta música debe al pasado –las introducciones a cada una de las dos partes suenan tensas y expectantes, más no atmosféricas–, que hace uno de timbres incisivos y un excitante sentido del ritmo para resaltar la modernidad de la escritura stravinskiana y acumular las tensiones de manera implacable sin necesidad de caer en el efectismo ni en el decibelio, salvo en un final donde el joven Ozawa se suelta la melena y, con unos timbales desatados que convierten a esta música más que nunca en una danza tribal, abandona el rigor catersiano que hasta entonces había presidido la lectura para entregarse a la catarsis. (9)
 


11. Boulez/Cleveland (Sony, 1969). La propuesta de Boulez –existe una grabación anterior de difusión más limitada– llegó en el momento oportuno para demostrar que a la fiera no había que tenerle miedo. Pero lo hizo no domesticándola, sino estudiándola a través de un minucioso análisis del entramado tímbrico y rítmico en el que todas las líneas quedan al descubierto sin que se pierda de vista la arquitectura general, trazada con tensión implacable a pesar de la relativa lentitud, y adoptando ese punto de distanciamiento expresivo tan caro a Stravinsky y al propio Boulez. Se puede echar de menos el salvajismo de sus predecesores, como también esa sensualidad de otros maestros, pero es difícil entender la historia interpretativa de Le sacre sin esta reveladora lectura. (9)



12. Bernstein/Sinfónica de Londres (CBS-Sony, 1972). De nuevo Lenny ofreciendo una interpretación espontánea, dionisíaca y muy comunicativa, llena de fuerza, tensión y brutalidad, pero también cargada de misterio, de sensualidad y hasta de erotismo, comprometida en todo momento y no poco imaginativa. Ahora bien, hay que reprochar la escasa claridad del entramado orquestal, lo que puede deberse en gran medida a una grabación –en origen cuadrafónica– que en absoluto está a la altura de las circunstancias. Lástima. (9)



13. Solti/Chicago (Decca, 1974). Como era de esperar, Solti ofrece una lectura realizada de un solo trazo, muy bien expuesta, intensa, comunicativa, incisiva en la tímbrica, brillantísima sin caer en excesos y de un elevado sentido teatral. Lástima que resulte algo precipitada en algunos pasajes a los que se les podía haber sacado mayor partido, y que no sea no todo lo reflexiva y misteriosa que debiera. Su grabación posterior quizá resulte un punto mejor. (8)


 
14. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1975). Una toma sonora seca, estrecha en dinámica y algo turbia perjudica seriamente a esta interpretación en la que Abbado da buena cuenta de su desarrollado sentido del color y de las texturas, pero que no termina de resultar todo lo tensa, concentrada, clara, matizada y virtuosística que debe. Una pena. (7)



15. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975). Karajan no debió de haber quedado muy contento de su primer registro cuando se dio tanta prisa en volver a grabar la obra para el mismo sello. Aparte de beneficiarse de una toma sonora más satisfactoria, el salzburgués ofrece ahora una lectura técnicamente más depurada, mejor planificada y con menos excesos, pero por desgracia hacen su aparición –ahora sí– algunos amaneramientos y narcicismos marca de la casa que terminan lastrando el resultado. (7)

 

16. Colin Davis/Concertgebouw (Philips, 1976). Hay que elogiar la atención de la batuta a los aspectos misteriosos y atmosféricos de la obra, así como la soberbia ejecución por parte de la Concertgebuw, pero a Sir Colin le cuesta trabajo mantener la tensión interna e intenta paliar semejante insuficiencia con efectismos varios. El resultado es irregular, deslavazado. Muy buena la toma. (6)


17. Mehta/Nueva York (CBS, 1977). Irreprochable idioma y elevado entusiasmo logran una buena versión en la que se echa de menos virtuosismo por parte de la orquesta y en la que hay que reprochar a la batuta algún pasaje pesado en la primera parte y escasa claridad en el final, dicho con mucho empuje pero algo tosco. Alucinante gama dinámica en la remasterización realizada de modo casero por un aficionado en la red, que recupera una cuadrafonía demasiado espectacular, con muchos instrumentos por detrás del espectador. (7) 



18. Muti/Philadelphia (EMI, 1978). Sin mostrar interés alguno por la sensualidad, la atmósfera ni la riqueza de colorido, pero sabiendo remansarse de la manera adecuada cuando es necesario, el aun joven maestro italiano hace uso de una orquesta impresionante y de una técnica de batuta no menos admirable para ofrecer una lectura dentro de la más estricta ortodoxia de lo brutal, de lo salvaje y de explosivo, aunque manteniendo todo siempre bajo el más estricto control y logrando inyectar la tensión, indesmayable, a través de la acumulación y no del exceso puntual. Falta, si acaso, un poco más de imaginación para alcanzar lo excepcional, como también una toma sonora de mayor claridad y definición tímbrica. (9) 




19. Maazel/Cleveland (Telarc, 1980). Si no fuera por un par de molestas excentricidades, podría decirse que se trata de una versión ortodoxa y muy bien llevada, que sin llegar en ningún momento a la genialidad atiende a tanto a lo sensual como a lo rítmico y sabe construir bien el edificio sonoro hasta lograr un final impactante. La grabación, espléndida y pasada a SACD, es la primera digital de la obra. (7)



20. Dorati/Sinfónica de Detroit (Decca, 1981). Ya al final de su prolongada carrera discográfica, el maestro húngaro nos ofrece una recreación sanguínea y vitalista, con mucho nervio, quizá esto último en exceso, pues hay pasajes que podían estar paladeados con mayor concentración y sentido del misterio. En cualquier caso el excelente pulso de la batuta, el irreprochable rendimiento de la orquesta, el buen estilo y la sinceridad que desprende la interpretación terminan impactando. (9)
 


21. Markevitch/Suisse Romande (Cascavelle, 1982). Aunque han pasado nada menos que veintitrés años entre su última grabación oficial y este tardío testimonio radiofónico, el anciano Markevitch sigue fiel a sí mismo y vuelve a destapar la caja de los truenos para ofrecer una lectura impulsiva, vitalista y salvaje que parece salir de las mismas entrañas de la tierra. Lástima que el maestro no termine de aquilatar la arquitectura –por momentos está al borde de precipitarse, mientras que la claridad dista de ser la esperable–, y que la orquesta no es precisamente la Philharmonia. La toma sonora tampoco está a la altura. (8)



22. Bernstein/Israel (DG, 1982). El Bernstein de los años ochenta fue el más genial, pero también  en más proclive a la blandura. Aquí, por desgracia, dio la de arena. En realidad, la primera partele sale más o menos  bien, aunque por momentos suene un punto deslavazada, sin toda la tensión interna posible. Lo que falla es la segunda, donde Bernstein sucumbe a la blandura –intenta ser sensual, pero le sale moroso– y el amaneramiento. Eso sí, se revelan algunos detalles orquestales que dejan bien claro que nos encontramos ante un gran director. (6)
 


23. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca-Newton Classics, 1984). Nunca ha sido el maestro suizo un director genial, pero hay algunos autores con los que parece guardar especial afinidad. Stravinsky es uno de ellos, y bien que lo demuestra esta Sacre admirablemente planteada y realizada desde la más estricta ortodoxia, esto es, desde la incisividad y la violencia, que aprovecha muy bien a la orquesta –los metales no son comparables a los de una de primera–, posee muy buen sentido del ritmo y resulta siempre comunicativa, aunque quizá pueda ser un tanto primaria a la hora de acumular tensiones y decibelios. A destacar, por otra parte, algunos buenos apuntes de corte impresionista –otro repertorio muy caro a Dutoit–, aunque más por el tratamiento de las texturas que por la sensualidad, que es más bien escasa. El propio Stravinsky no le hubiera puesto pegas en este sentido. (8)



24. Chailly/Orquesta de Cleveland (Decca, 1985). Aunque en su filmación de 2002 con la Orquesta del Concertgebouw el maestro milanés profundizará mucho más en los aspectos misteriosos de la página, esta es ya una espléndida realización que sobresale por la reveladora disección del entramado orquestal –la batuta toma algunas decisiones muy personales para subrayar determinados detalles, quizá desatendiendo algunos otros– y por la brutalidad nada aparatosa ni de cara a la galería, sino magníficamente controlada y por ello más efectiva, que se consigue inyectar a la magnífica orquesta. Defrauda un tanto, eso sí, la planificación horizontal de la primera parte, no siempre del todo tensada y por ende con algunos altibajos, sin la solidez de trazo deseable. Curiosamente Chailly sí que alcanza una enorme electricidad donde pierden un poco de fuelle la mayoría de los directores, esto es, en la dificilísima Danza del sacrificio. La toma sonora, absolutamente portentosa (¡qué golpes los del bombo!), probablemente fuese la mejor hasta esa fecha. (9) 



25. Mehta/Filamónica de Viena (Orfeo, 1985). Al frente de una orquesta obviamente mejor que su Filarmónica de Nueva York con la que realizó su grabación para Sony, el maestro indio repite su visión robusta, vistosa, enérgica y contundente, poco dada al detallismo y muy aficionada a la acumulación de decibelios para epatar al personal, pero en cualquier caso vistosa, bien llevada y, desde luego, muy idiomática. Lástima que alguna sección de la primera parte siga resultando pesante. (8)


26. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Nimbus, 1987). Ya desde los primeros compases se evidencia que el maestro ruso va a optar por ofrecer una visión muy personal basada en un fraseo a ratos muy paladeado, una enorme atención a detalles que generalmente pasan desapercibidos y, sobre todo, una potenciación de los aspectos más misteriosos de la página, lo que no le impide ofrecer en los clímax una buena dosis de brutalidad. Por desgracia la lentitud con que aborda la primera parte le hace perder el pulso seriamente desde la danza de las adolescentes hasta la aparición del sabio, momento a partir del cual sí nos encontramos con la grandísima interpretación esperable. La toma sonora, de volumen bajísimo, es algo difusa, aunque ofrece a cambio una gama dinámica extraordinariamente amplia. (8)



27. Barenboim/Orquesta de París (Erato, 1987). Las ingenieros de sonido lograron en este registro recoger toda la dinámica de la partitura, pero lo hicieron –como ocurre en el de Rozhdestvensky– a costa de realizar la grabación a un volumen extremadamente bajo. Como además la toma resultó bastante desequilibrada en planos sonoros y un punto reverberante, muchos aficionados nos formamos una idea negativa de la interpretación. Vuelta a escuchar, pero dándole mucha caña al potenciómetro, creo que la opinión era equivocada: nos encontramos ante una muy digna lectura de la obra en la que, a despecho de una planificación horizontal no del todo lograda y echándose de menos una orquesta de mayor fuste, Barenboim subraya acertadamente los aspectos “góticos” de la obra sin salirse de tiesto en los estilístico y sin renunciar a la brutalidad cuando debe. En cualquier caso, el maestro lo hará muchísimo mejor más tarde. (7)



28. Nagano/Sinfónica de Londres (Virgin, 1990). Interpretación de la línea dura, violenta e incisiva, quizá algo más escandalosa de la cuenta, pero en cualquier caso muy bien trazada y hasta reveladora de algún detalle nuevo, a la que solo le falta una atmósfera más cargada, más sensual y turbulenta, así como una orquesta más en plena forma, para ser excepcional. (9)



29. Boulez/Cleveland (DG, 1991). Boulez vuelve a la carga sin novedad interpretativa en el frente, pero esta vez con una toma sonora portentosa por su claridad, naturalidad e increíble gama dinámica que recoge a la perfección, digamos que de manera definitiva, la visión que maestro francés tiene de esta página. Así pues, nos encontramos ante una lectura de violencia bien puesta de manifiesto pero siempre controlada, nunca salvaje ni arrebatada, que se queda algo parca en sensualidad y en sentido del misterio si la comparamos con las propuestas de otros maestros, pero increíble en construcción, claridad y capacidad para llegar a un punto de encuentro entre análisis distanciado y carácter implacable. El hecho de aflojar un tanto la tensiones en los minutos finales, durante la danza de la elegida, podría quizá explicarse por su voluntad de mantener las distancias y evitar efectismos, pero ahí no termina de convencer. Aun así, un disco a tener en las estanterías. (9)



30. Solti/Concertgebouw (Decca, 1991). Traducción opuesta a las de Boulez, nerviosa y sanguínea, muy vital, extrovertida y poderosa, de tímbrica colorista y aristada, que no desdeña en absoluto la reflexión ni la sensualidad, y que en contrapartida carece de una arquitectura redonda –como en su grabación con Chicago, hay pasajes a los que se les podía haber sacado más partido– y de una total claridad. A la toma sonora, muy extraña, le falta cuerpo. (9)




31. Jansons/Oslo (EMI, 1991?). El aun joven Jansons se esforzó por ofrecer una interpretación sensata y ortodoxa, atenta a la claridad y reveladora de algún detalle nuevo, pero no logró otorgar unidad a la partitura. El resultado fue una interpretación un tanto deslavazada en la que se alternan momentos muy conseguidos con otros más bien flácidos y desganados. (7)
 


32. Haitink/Filarmónica de Berlín (TDK DVD, 1 mayo 1993). En este concierto europeo ofrecido en el Royal Albert Hall por la increíble orquesta berlinesa, el maestro holandés entrega una versión extraordinariamente trazada y soberbiamente tocada, tensa y violenta sin dejarse llevar por el descontrol ni el exhibicionismo, siempre sobria y cortante, a la que sólo le falta algo más de atención a la sensualidad y al misterio para ser perfecta. (9)




33. Barenboim/Sinfónica de Chicago (YouTube Colonia, 1993). Solo han pasado unos años desde su grabación para Erato, pero lo cierto es que aquí, al frente de una orquesta que no solo está a la altura de las circunstancias, sino que toca la partitura como pocas o ninguna jamás lo ha hecho (¡impresionantes las maderas, increíbles los metales, de escándalo la cuerda grave!), Barenboim da la campanada con una interpretación que, sin ser la más brutal de las posibles, tampoco la más sensual ni la más misteriosa, llega a una admirable síntesis entre todos los aspectos de la obra –con preferencia por los violentos: en este sentido se muestra muy ortodoxo– y la materializa con una fuerza, una convicción, un control, una planificación de las tensiones, un sentido del color y una claridad verdaderamente impresionantes, hasta el punto de que se podría afirmar que esta es la mejor interpretación registrada hasta esa ese momento. El problema es que esta filmación no está comercializada, y si se encuentra disponible en YouTube es de manera temporal: tarde o temprano la quitarán de en medio, como hicieron con la increíble Heldenleben que procedía seguramente del mismo concierto. La imagen que deja que desear. La toma sonora, aun con las limitaciones propias del medio, sí que es francamente buena, sobre todo porque se beneficia de la insuperable acústica de la Philharmonie de Colonia. (10)



34. Svetlanov/State Academic Symphony Orchestra (Classical Records). Interpretación –fecha desconocida– de corte agesivo y violento, de sonoridad áspera como pocas –en gran medida por las características de la orquesta–, en la que el maestro moscovita evidencia un desarrollado sentido del color y es capaz de ofrecer unos momentos –Juego del rapto, con unas maderas tratadas de manera formidable– de enorme electricidad, pero no logra organizar el conjunto, ni destilar el apropiado sentido del misterio –introducción de la primera parte desaprovechada–, ni ofrecer variedad expresiva. Todo suena en exceso desaforado, incluso un punto vulgar. La toma es buena, sin más. (7)



35. Tilson Thomas/San Francisco (RCA, 1996). Soberbia interpretación de la línea dura, violenta, incisiva y de gran pujanza rítmica, donde se controla con firmeza a la notabilísima orquesta y no se descuidan los aspectos más misteriosos de la página. A la primera parte le falta quizá un punto más de imaginación, pero la segunda alcanza la excepcionalidad tanto en su introducción como en la danza del sacrificio, absolutamente implacable. Increíble la toma sonora. (10)



36. Boulez/Sinfónica de la BBC (Medici Arts, 1997). Lastrada por una toma de sonido muy discreta –el sonido prácticamente es monofónico–, esta retransmisión televisiva del 31 de enero de 1997 es la única filmación comercializada de Boulez dirigiendo esta partitura en la que tanto tuvo que decir a lo largo de su carrera. La interpretación responde a lo que en él era de esperar: tensa, aristada, incisiva y magníficamente construida de extraordinaria claridad y contagioso sentido del ritmo, siempre dentro de un estilo tan ortodoxo como impecable. Con respecto a su modélica grabación de estudio para DG, esta es quizá un poco más inmediata, pero también menos depurada en lo sonido, toda vez que en directo la London Symphony, de cuyas maderas graves el maestro saca un extraordinario partido, no posee el virtuosismo de la Orquesta de Cleveland, y en los últimos minutos, como era de esperar, la violencia afloja un poco. (9)
 


37. Boulez/Joven Orquesta Gustav Mahler (DG, 1997). En comparación con su registro en estudio seis años anterior, esta toma –de sonido no muy allá– procedente del Festival de Salzburgo nos trae a un Boulez menos analítico, riguroso y clarificador, incluso por momentos un punto descuidado, pero también más inmediato y visceral, más arrebatado si es que cabe tal adjetivo para un músico como el autor de El martillo sin dueño. Los resultados son un tanto irregulares, sobresaliendo toda la segunda parte de La adoración de la tierra, de una fuerza abrumadora. Una vez más, la danza de la elegida sorprende por su relativo apaciguamiento. (8)



38. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (BR Klassik, 1998). Nada aporta en especial el último testimonio comercializado de Lorin Maazel, excelente concertador y batuta de trazo fino, atenta a la claridad y de desarrollado sentido de las texturas, pero no muy en sintonía con una obra cuya violencia, sensialidad, sentido del misterio y tensión interna se le terminan escapando. Sobran, como en su grabación en Cleveland, un par de episodios amanerados de esos “marca de la casa” para hacerse el interesante. Muy buena la toma en vivo. (7)


 
39. Barenboim/Chicago (Teldec, 2000). Al frente de una orquesta que sí está a la altura de las circunstancias y de una toma sonora de excelente calidad, Barenboim logra por fin materializar en una gtrabación comercial su concepto de la partitura basado en una admirable síntesis entre los aspectos románticos y modernos, los sensuales y los aristados, los misteriosos y los electrizantes, sin que cada uno de ellos esté desarrollado en su plenitud, ciertamente, pero con elevada atención a todos. Por ello, por la gran claridad de batuta y por la pasmosa intervención de la orquesta, nos encontramos ante una posible referencia. (10)



40. Chailly/Concertgebouw (RCO Live DVD, 2002). Una lástima que esta filmación solo se pueda obtener comprando una caja de compactos de edición limitada, porque nos encontramos ante una versión muy personal que destaca por su poderosísima e inigualable sensualidad, en tímbrica y fraseo, mirando mucho a Rimsky pero sin perder el norte estilístico. El pulso es firme pero la planificación dosifica con mucho cuidado la violencia, que no es especialmente brutal aunque sí muy efectiva en los momentos clave. Siendo la toma sonora de gran transparencia, la dinámica está comprimida. Pese a ello, otra referencia. (10)



41. Rattle/Filarmónica de Berlín (DVD “Esto es ritmo”, 2003). Aun en una línea claramente dura y tendente a subrayar la brutalidad de la pieza, Rattle sabe extraer grandes dosis de sensualidad y de misterio en pasajes como la introducción o toda la primera mitad de la segunda parte, realizando algunos descubrimientos reveladores, siempre de una línea antes extrovertida y espontánea que analítica o calculada. El pulso se mantiene en todo momento y la coherencia interna es total. Formidable la orquesta, con algunas intervenciones solistas llenas de intención. La "edición normal" no incluye el ballet completo; la “edición del coleccionista” sí lo hace, y en dos versiones; una la del ensayo general, con sonido estereofónico, y otra multicanal acompañando al ballet, pero sin ruidos procedentes del escenario. La película, por si ustedes no lo sabían, es maravillosa. ¡No se lo pierdan! (10)

 

42. Tilson Thomas/San Francisco (DVD, 2004). Acompañando un fabuloso documental sobre la obra maestra de Stravinsky, el director norteamericano vuelve a ofrecernos una recreación impresionante por virtuosismo, arquitectura, fuerza, colorido, ritmo y estilo. Un DVD a tener, sin duda. (10)



43. Salonen/Filarmónica de los Ángeles (DG, 2006). Versión bien encaminada, llena de misterio como también de brutalidad, muy idiomática y llena de tensión interna, pero que resulta algo tosca y muy tendente al ruido gratuito. Falta claridad, en parte debido a una toma sonora espesa y exagerada en las frecuencias graves. Un chasco. (7)


 

44. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 2006). La orquesta de Amsterdam es, obviamente, muy superior a la de Oslo, y su último titular hace gala de sensatez, buen gusto, más interés por el cuidado de las texturas que por el golpe de efecto y un buen sentido del color digamos que “impresionista”, pero su talento para trazar las tensiones sigue siendo muy limitado, como lo es también –de hecho, es así en casi todo los repertorios que aborda– su capacidad para ofrecer matices expresivos o decir cosas nuevas. El resultado, una lectura ejecutada de manera portentosa pero aquejada de flacidez generalizada y muy escasa en garra expresiva. Demasiada competencia en el mercado como para prestarle atención. (7)



45. Gergiev/Mariinski (DVD Bel Air, 2008). Este DVD es una joya por ofrecer la reconstrucción de la coreografía original de Vaslav Nijinsky, que aún hoy sigue pareciendo extraña y desconcertante, con la escenografía y los figurines correspondientes de Nicholas Roerich. Por desgracia, en el foso se encuentran una orquesta en muy baja forma y un director no solo incapaz de sostener las tensiones y de equilibrar los planos sonoros, sino entregado al puro efectismo para disimular sus carencias. El resultado es una versión musical deslavazada, confusa y bastante mal tocada que oscila entre lo canijo, lo rutinario y lo chabacano. El cuerpo de baile del Mariinski tampoco parece gran cosa. La toma sonora recoge por los canales traseros abundante ruido del público. (3)



46. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray y Digital Concert Hall, 2009). Bajo un chaparrón, perfectamente audible a través de los altavoces, que mantuvo al público del Waldbühne bastante agitado, el maestro británico ofrece una interpretación que atiende tanto a los aspectos brutales de la página –sin especial incisividad ni electricidad, pero con mucho empuje y descaro sonoro– como a los más sensuales, sin complejos de mirar frente a frente tanto a Rimsky como al impresionismo. Hay además detalles originales, como el arranque del fagot –mucho más discutible que en el anterior registro de orquesta y director– o las “exhalaciones” del arranque de la segunda parte, que estaban ya en Esto es ritmo y quizá no se encuentran no tan conseguidas como lo harán en su filmación de 2012, que desarrollará aún más la sensualidad. Desdichadamente la toma sonora tiene que luchar contra la problemática acústica del aire libre y los resultados dejan que desear, incluso en la edición en Blu-ray. Ni siquiera el sonido surround es auténtico. (9) 




47. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). El maestro británico ofrece una buena dosis de incisividad, desasosiego y tensión dramática, que llega a ser paroxística en los finales de cada una de las dos partes, pero lo que llama la atención es la atmósfera embriagadora, cálida, evanescente y por momentos muy erótica que su batuta consigue con su fraseo lleno de naturalidad –nada aquí de sequedad o de intelectualidad stravinskiana– y una batuta que sabe extraer mil colores, de los más suaves a los más ásperos, de una orquesta que parece superarse a sí misma cada día. Cierto es que algunos pasajes concretos podrían alcanzar mayor fiereza o, por el contrario, estar mejor paladeados, pero en contrapartida Sir Simon nos desvela algunas líneas que generalmente desapercibidas y realiza algún que otro considerable hallazgo (impagables las “exhalaciones” de la orquesta al arrancar la segunda parte). (10)



48. Nézet-Séguin/Orquesta de Filadelfia (DG, 2013). Como no podía ser menos en un disco dedicado a Stokowski, el sentido del color –desarrollado como en pocas grabaciones–, el impulso rítmico y la espectacularidad –bien entendida, no como con Don Leopoldo– son señas de identidad de una interpretación muy fresca y juvenil que deja bien claro el talento del joven nuevo titular de la mítica formación norteamericana, auque quizá su inspiración no sea de primerísima altura. Ciertamente un paso por detrás, por eso mismo, de Michael Tilson Thomas, por citar un ejemplo reciente dentro de la misma "línea dura". (9)


 
49. Currentzis/MusicAeterna (Sony, 2013). Lectura ante todo esquizofrénica, en la que los pasajes introvertidos suenan particularmente lentos y difuminados hasta el punto de rozar el disparate estilístico –la introducción es puro impresionismo–, y los extrovertidos se aceleran y explotan con una brutalidad que tiene mucho más que ver con la acumulación de decibelios y el regodeo en la percusión que con la verdadera tensión interna bien planificada desde el arranque de cada una de las dos mitades hasta los clímax finales. A la postre la arquitectura se resiente de manera considerable y el resultado es un conjunto de pasajes yuxtapuestos en los que la única lógica viene dada por la voluntad exhibicionista de extremar los contrastes sonoros y expresivos, sin que la claridad orquesta, por su parte, sea la mejor de las posibles. Entre todo ello, enormes hallazgos en las texturas y en el diseño polifónico –sobre todo en la primera mitad de la segunda parte– y momentos arrebatadores en el que uno no puede dejar de seguir la música con su cuerpo. De hecho, la catarsis pretendida por Stravinsky queda por completo conseguida. La toma sonora ofrece una amplia gama dinámica y gran relieve, pero no parece todo lo limpia que debiera para estar a la altura de un sello como Sony Classical. (7)


50. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 20 de abril de 2014). Repetición de la jugada, esta vez en el Festival de Baden-Baden y con unos cámaras que se evidencian ser mucho menos habilidosas que los habituales en la Philharmonie berlinesa. Por lo demás, nueva explosión de color y sensualidad por parte de Rattle y sus chicos en la que vuelve a sobrar algún detalle concreto –innecesariamente prolongados el solo inicial de fagot y el silencio antes del acorde final, por ejemplo–, pero el nivel global vuelve a ser formidable. (9)