domingo, 31 de mayo de 2015

Un ejemplo del Prokofiev de Maazel

Lorin Maazel fue un gran intérprete de Prokofiev, autor del que dejó diferentes grabaciones a lo largo de su larga carrera. He aquí una de ellas, reeditada en este o con otros acoplamientos no muy fáciles de encontrar hoy día. Lo registró el sello CBS en 1981 en la Maison de la Radio de París, poniéndose el maestro al frente de la Orquesta Nacional de Francia de la que entonces era principal director invitado. La toma sonora es de gran calidad, destacando por la limpieza tímbrica y, sobre todo, por la amplitud de su gama dinámica, aunque lógicamente esto significa que está grabado a un volumen bajo y que, por consiguiente, de vez en cuando se escucha algún zumbido de la ingeniería que se debería haber evitado.

Maazel Prokofiev National France CBS

La joya del disco es la suite de El amor de las tres naranjas: un prodigio de riqueza tímbrica, muy incisiva y muy apropiada para Prokofiev, como también de nervio, de incisividad y de ironía, pero asimismo de sensualidad, misterio y vuelo lírico en el penúltimo número, magníficamente paladeado. Todo ellos dicho con la brillantez, la claridad y el entusiasmo del mejor Maazel, quien no deja de ofrecer algunos detalles geniales.

Admirable asimismo la interpretación de El teniente Kijé, aunque aquí los resultados no son tan extraordinarios. A mi entender el enfoque resulta excesivamente nervioso y no permite paladear con la sensualidad y el vuelo lírico que debe el segundo movimiento. También al arranque y al final les falta un poquito de misterio.

Lo menos bueno es la Sinfonía clásica: interpretación vitalista y luminosa, dicha con la incisividad apropiada y con una buena dosis de sal y pimienta que resulta muy bienvenida, sobre todo en el último movimiento, pero no del todo clara ni elegante, además de escasa en sensualidad y vuelo lírico en el Larghetto. Aquí la orquesta, por su parte, evidencia algunas limitaciones. Cuando incorpore esta referencia a la comparativa discográfica que realicé hace tiempo en este blog, le pondré un 8 de puntuación.

domingo, 24 de mayo de 2015

Grieg por Perianes: nuevo éxito

Determinadas circunstancias personales me obligaron a finales del mes pasado a poner este blog en piloto automático. Lo seguirá estando durante algún tiempo –tengo material solo para cuatro semanas más–, pero hago ahora una excepción y, aunque mis ánimos no están como para ponerse al teclado, escribo hoy domingo por aprecio personal al artista que protagoniza este compacto que acaba de aparecer en el mercado: Javier Perianes. Tras su portentoso, revelador disco Mendelssohn que ya comenté, le llega el turno a Edvard Grieg: Concierto para piano y una selección de las Piezas líricas. El primero se grabó en directo el 24 de octubre de 2014 en el Barbican Hall Londinense (con toma sonora muy superior a las que realiza la London Symphony en esa misma sala), siendo acompañado el onubense por Sakari Oramo y la Sinfónica de la BBC, mientras que las piezas para piano solo se registraron cuatro meses antes en los estudios Teldex de Berlín con la soberbia calidad que allí acostumbran.

Grieg Perianes

Los resultados artísticos son también formidables, y eso que en una pieza tan manida como el concierto de Grieg la competencia es enorme. En los últimos días he tenido la oportunidad de repasar algunas de las más importantes grabaciones de la obra, y puedo asegurarles que Perianes se incorpora al selecto grupo de los grandes intérpretes de la misma. Obviamente ni él ni nadie le arrebata el trono a Claudio Arrau, no el más virtuosístico y brillante de los pianistas (¡increíbles Zimerman con Karajan y Kissin con Rattle desde el punto de vista técnico!), pero sí el que ha extraído de ella la mayor dosis de poesía, tanto en la interpretación dirigida por un joven Dohnányi que se mostró hondo y dramático (Philips, 1963) como en la más apolínea de Sir Colin Davis (Philips, 1980).

El reinado de Arrau (tiene una grabación más, con Alceo Galliera, que no he podido escuchar) es incuestionable, insisto; pero Perianes se le acerca bastante con una interpretación que podemos situar al lado de la extrovertida de Lupu, las poderosísimas de Gilels (sendas filmaciones con Colin Davis y Paavo Berglund), la fulgurante de Zimerman y la clásica de Perahia, superando a pianistas de enorme prestigio como Curzon –muy notable pero algo más coqueto de la cuenta– Richter –sorprendentemente cuadriculado–, Anda –tópico y superficial– Kovacevich –parco en matices–, Ove Andsnes –entregado al más lamentable exhibicionismo junto a un vulgarísimo Jansons– o el citado Kissin –espléndido, pero por debajo de sus posibilidades–.

Las virtudes de Perianes son bien conocidas, y como era de esperar éstas le hacen rozar el cielo en el bellísimo Adagio: concentración absoluta, cantabilidad excelsa, belleza sonora extrema y poesía de altos vuelos son sus señas de identidad. Ahora bien, lo interesante es que en los movimientos extremos Javier sabe evitar la tentación del virtuosismo vacuo y, olvidándose de carreritas de cara a la galería, frasea con naturalidad, matiza de manera sensible y diferencia estados de ánimo –de lo evocador y lo amable hasta lo dramático– sin que se pierdan el empuje, la brillantez y la garra aquí imprescindibles. Hay mucho fuego en su recreación, sí, pero fuego admirablemente controlado y acompañado de una apreciable elegancia; impresiona por su sinceridad, pero también por la rotundidad de su sonido, la cadenza del primer movimiento, así como la fuerza expresiva que imprime al final.

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Muy notable la dirección de Sakari Oramo. El maestro finlandés, si bien no muy personal ni especialmente inspirado, dirige con calidez, entusiasmo e irreprochable gusto, haciendo que la orquesta (¡magnífica!) respire con holgura, evitando dulzonerías –quizá en exceso: las sublimes frases de los chelos en el primer movimiento podría estar más aprovechadas– y sin caer en la ampulosidad en un final que, no obstante, yo hubiera preferido que sonara con mayor fuerza trágica. Por otra parte, acierta al no confundir este concierto con el de Schumann –sí, ya sabemos que fue la inspiración para el de Grieg– y aporta un grado de rusticidad muy conveniente, redondeando así una interpretación de verdadera categoría.

Los treinta y nueve minutos restantes del disco están ocupado por una selección de doce de las sesenta y seis Piezas líricas que Grieg escribió a lo largo de toda su carrera. Páginas bellísimas todas las escogidas, en ningún caso música menor, llenas de poesía honda y de confesiones personales, aunque también de deliciosas evocaciones folclóricas y hasta de sentido del humor.

Estas miniaturas conocen en manos de Perianes interpretaciones igual de formidables que la del Concierto para piano. En este caso la discografía no es muy pródiga y solo he podido contar con tres referentes: las selecciones de Emil Gilels (registrada por Deutsche Grammophon en 1974), Andrei Gavrilov (también DG, entre 1992 y 1993) y Leif Ove Andsnes (EMI, 2001, en el Steinway que perteneció al compositor). Obviamente los tres no coinciden en todas las piezas grabadas por Perianes, pero sí en la mayoría. He ido una a una tomando notas y he llegado a conclusiones más o menos claras.

Quien menos me ha gustado ha sido Ove Andsnes: interpretaciones notables, fraseadas con apreciable fluidez y buen gusto (¡nada que ver con su grabación del Concierto arriba citada!), pero un tanto lineales, no muy ricas en matices y más interesantes cuando hay que respirar el aire puro de los paisajes nórdicos que en los momentos en los que hay que destilar poesía íntima. Las interpretaciones de Perianes me parecen muy superiores, con la excepción del final de la op. 68/3, donde el pianista noruego logra, por una vez, estar a la altura de las circunstancias con una frase verdaderamente mágica.


Gilels y Gavrilov se mueven a otro nivel: el más alto posible. Pero aquí hay ostensibles diferencias de enfoque. El primero de ellos, además de hacer gala de la abrumadora densidad de su inconfundible sonido (por cierto: he comprado la descarga a 96KHz/24bits), desdeña tanto la belleza sonora como las evocaciones paisajísticas y nos entrega interpretaciones muy sobrias, de extraordinaria concentración interior, que subrayan los aspectos más amargos de estas páginas sin que se le mueva un pelo; no resulta fácil entrar en su propuesta, pero es él quien ofrece más profundidad y más filosofía, como si quisiera encontrar una conexión subterránea entre Grieg y el mejor Liszt. Interpretaciones como las de la op. 43/2, la 47/3 o la 68/3 son memorables.

Gavrilov no quiere hurgar tanto en las heridas y ofrece recreaciones de riquísimo colorido, infinitos matices y poesía suprema; su dominio de la técnica es absoluto –increíble como retiene el tiempo, prepara los clímax o gradúa las dinámicas–, su estilo resulta perfecto y su comunicatividad se encuentra siempre a flor de piel, alcanzando un certero equilibrio entre extroversión e introversión. El resultado es genial en piezas como la op. 43/1, la 47/3, la 54/4, la 68/3, la 68/5, la 71/1 o la 71/7.

Perianes

¿Y Perianes? De los cuatro pianistas citados, sus interpretaciones son las que ofrecen mayor belleza sonora. Su concentración iguala a la de Gilels, aunque su enfoque es muchísimo menos severo. En variedad de colores, maleabilidad y fantasía no llega a la cima de Gavrilov, pero sí le supera en cantabilidad, humanismo y poesía íntima; interpretaciones más maduras, más otoñales si se quiere las del pianista onubense, pero sin la menor concesión al narcicismo sonoro y partiendo siempre de una sinceridad emocional extrema. Mi impresión es que Javier hace con estas piezas lo que hubiera hecho Claudio Arrau si hubiera llegado a grabarlas. Destacaría el derroche de lirismo que destila en la op. 43/2 “Viajero solitario”, el equilibrio entre poesía y belleza sonora de la op. 47/3 “Melodía”, la fascinante sección central de la célebre op. 54/3 “Marcha de los trolls”, la emotividad crepuscular con que aborda la op. 54/4 “Nocturno”, las texturas fascinantes de la op. 57/6 “Nolstalgia” y las mágicas retenciones del tempo en la op. 68/5 “Canción de cuna”.

Muy en resumen: Gilels es el filósofo, Gavrilov el comunicador y Perianes el poeta. Creo que los tres discos son imprescindibles, porque ofrecen visiones distintas de una música maravillosa. Nuevo acierto pleno, pues, en la discografía de un Javier Perianes que ya se sitúa por derecho propio entre los mejores pianistas del orbe terrestre. Permítanme que me sienta orgulloso de que sea andaluz.

domingo, 17 de mayo de 2015

Maazel en Schönbrunn, 2013

Si la última grabación de Lorin Maazel ha sido el Réquiem de Verdi que ya comenté por aquí, la penúltima fue el concierto en Schönbrunn de la Filarmónica de Viena del año 2013, editado por Sony Classical en CD, DVD y Blu-ray. Comento esta última edición, que ofrece imagen magnífica pero sonido problemático. Lógico: se trata de un espectáculo al aire libre, con la orquesta metida en una concha acústica, apreciándose además un extraño eco tardío que sospecho tiene que ver con la amplificación de cara al multitudinario público congregado, el cual tiene la desgracia, dicho sea de paso, de aguantar un chaparrón considerable durante todo el concierto.
 

Verdi y Wagner en el programa. Mala cosa, porque el maestro nunca se terminó de entender con ellos. Arranca el programa con una marcha triunfal de Aida tan solvente como insulsa. Sigue una obertura de Maestro cantores que es perfecto ejemplo del Maazel rebuscado e insincero, lento “porque sí”, entregado a exhibir su portentosa técnica de batuta –la claridad es admirable– sin tener en cuenta la continuidad del discurso ni el sentido teatral de la pieza, como tampoco su variedad anímica: el sentido del humor no es fácil de detectar. Tampoco suena precisamente a Wagner.

Viene a continuación el aria “La mia letizia infondere” de I lombardi. Para abordarla hace su aparición Michael Schade: el tenor canadiense canta con elegancia pero sus sonidos abiertos terminan resultando molestos. Viene a continuación esa pequeña chorrada (Verdi tuvo que ceder ante las exigencias del público parisino) que es la música de ballet de Otello. De ella se ofrece lectura muy bien paladeada, dicha con el rico sentido del color que es propio de la batuta y beneficiada por la belleza sonora de la singular orquesta, pero Maazel ofrece una mirada en exceso sinfónica, mucho antes preciosista que teatral, a la que le faltan chispa y frescura y naturalidad.

Con el preludio y la liebestod de Tristán e Isolda el maestro vuelve a dejar claro que lo suyo no es Wagner con una interpretación letárgica y desmayada, blanda en el arranque y sin progresión en las tensiones, también algo rebuscada en algunas frases, aunque al menos muy bien diseccionada y maravillosamente embellecida por la sonoridad de la Filarmónica de Viena, en particular por sus incomparables violonchelos. Insuficiente: el conjunto no funciona.

Bastante mejor la obertura de Luisa Miller, una música que Maazel ama especialmente y de la que aquí nos entrega una lectura de magnífica planta sinfónica que alcanza un excelente punto de equilibrio entre fluidez en el fraseo y densidad sonora, aunque de nuevo sin terminar de encontrar verdadero lenguaje verdiano ni toda la inspiración posible.


En “In fernem land”, de Lohengrin, Michael Schade  se muestra más a gusto y hace gala de expresión viril, luminosa y sincera, beneficiada además de un timbre de apreciable belleza.

La obertura de La forza del destino, dicha en la misma línea que la de Luisa Miller, está francamente bien interpretada, y lo estaría aún más si el fraseo fuese más cálido y sensual, y no digamos si Maazel se hubiese ahorrado algunos rebuscamientos que interrumpen el discurso musical. Nada que ver, en cualquier caso, con la descomunal interpretación que se le escuchó en Sevilla a Barenboim con la West-Eastern Divan: aquello fue de otra dimensión.

Sigue, supongo que como primera propina, una Cabalgata de las Walkyrias vistosa pero algo pesadota. Las otras dos piezas nos llevan al mundo de Johann Strauss II: no encontramos aquí las mejores interpretaciones posibles de esas dos páginas deliciosas que son Wiener Blut y Eljen a Magyar, pero Maazel se deja por fin de veleidades sonoras y evidencia su magisterio en un repertorio que cultivó más que ningún otro director –Boskovsky aparte– en los conciertos de Año Nuevo junto a esta misma orquesta, en aquella época en la que llegó a ser una especie de titular de la Wiener Philharmoniker y, con el trono de Berlín en mente, parecía que iba a comerse el mundo.

Las cosas terminarían siendo muy distintas a lo que tenía planeado, ya saben: profunda antipatía en el trato, muchos excesos personales y una desmedida pasión por el dinero terminarían llevándole de un punto a otro del globo sin que terminara de centrar su carrera. Por eso mismo esta filmación tiene como principal valor el testimonial: última aparición del maestro, ya con el pelo completamente cano y muchas arrugas en el rostro –ochenta y tres años–, frente a la orquesta indomable que llegó a rendírsele por completo.

domingo, 10 de mayo de 2015

Mendelssohn por Perianes: sin palabras

Este disco compacto se registró, con soberbia toma sonora a cargo de René Möller, en el Teldex Studio de Berlín en fecha que el sello Harmonia Mundi no ha tenido a bien especificar. Debió de ser en 2013, porque empezó a distribuirse hacia noviembre de 2014. Cuando lo escuché me dejó asombrado: este selección de quince de las cuarenta y ocho Canciones sin palabras de Felix Mendelssohn, a las que se añaden el Andante con variazioni op. 82, el Rondo capriccioso op. 14, el Präludium und Fuge e-Moll 35/1  y las 17 Variations sérieusses op. 54 del mismo autor, no solo confirman la excelsitud de esta música, sino que sitúan al pianista onubense dentro de los más grandes poetas del teclado en la actualidad. Las reseñas extremadamente elogiosas por parte de la crítica especializada no se hicieron esperar, hasta el punto de que un servidor no encontró nada nuevo que decir que otras firmas más sabias e ilustradas que la mía no estuvieran escribiendo ya. Me quedé, nunca mejor dicho, sin palabras.

Perianes Mendelssohn

Ha pasado el tiempo y he procurado olvidar lo leído. He vuelto al disco varias veces, comparando una a una –utilizando dos aparatos de reproducción simultáneamente– las piezas llevadas al disco por Perianes con las de la colección completa que registrara en 1973 para Deutsche Grammophon nada menos que Daniel Barenboim, siempre tomando apuntes sobre lo escuchado. Más tarde seguí el mismo procedimiento con las piezas que coincidían con la selección grabada por Walter Gieseking para EMI en 1956 –nuevo reprocesado con sonido HD de la grabación monofónica–, así como con las incluidas en los volúmenes 2 y 3 de la obra pianística completa de Mendelssohn a cargo de Howard Shelley que Hyperion está actualmente lanzando al mercado. El proceso comparativo no deja lugar a dudas: las recreaciones de Javier Perianes son, en líneas generales, superiores a las de los tres pianistas citados.

No quiero quitar importancia histórica al registro realizado por Walter Gieseking. Las interpretaciones del franco-alemán se benefician de un sonido pianístico muy bello, de un fraseo de honda concentración interior y de una apreciable habilidad para desarrollar el “balanceo gondolero” en las piezas “venecianas”, pero en comparación con lo que ha venido después adolecen de poca variedad en la pulsación, de falta de matices expresivos, de escasa fluidez en el discurso (op. 19-1 o  op. 30-6, por ejemplo) e incluso de cierta pesadez sonora que no casa bien con esa peculiar ligereza mendelssohniana tan difícil de conseguir.

Barenboim Mendelssohn

Daniel Barenboim lo hizo mucho mejor en su integral, consiguiendo –él sí lo supo hacer– un perfecto equilibrio entre densidad sonora y carácter aéreo, ofreciendo además una musicalidad que no concede espacio para el preciosismo o el amaneramiento. Eso sí, abordó estas piezas en la línea que en él era de esperar por aquellas fechas: sobria, dramática y escarpada mucho antes que cantable, sensual o poética. Un tanto unilateral en su discurso, vamos, y no del todo desarrollado en lo que a determinados aspectos de la técnica se refiere. Quizá va siendo hora de decir en voz alta que el Barenboim de los sesenta y setenta, enorme beethoveniano e importante mozartiano, no era tan completo y genial pianista como lo es ahora (aunque claro, siempre hay por ahí algún ignorante que sostiene todo lo contrario por el hecho de que últimamente, como es natural, el de Buenos Aires no ande tan bien de dedos). A la postre, este registro del sello amarillo funciona de manera excepcional en algunas piezas y de manera notable, pero solo eso, en la mayoría de la colección.

De Howard Shelley solo he escuchado las op. 30. 38 y 53 de sus Lieder ohne Worte. Sin mostrarse particularmente inspirado, me han gustado bastante: el sonido es el apropiado para Mendelssohn, el toque es transparente, el fraseo muy fluido y el temperamento apasionado. Esto último no siempre para bien, porque resulta a veces resulta algo más nervioso de la cuenta, careciendo del autocontrol de Barenboim y, desde luego, del artista onubense.

Hablemos de una vez de este último empezando por lo que puede sonar más escandaloso: Javier Perianes supera en técnica pianista a todos los citados. ¿Y qué se entiende por técnica? ¿Capacidad para correr? Pues no: aunque el onubense toca con una limpieza digital extraordinaria, lo que en él asombra es la manera de regular el sonido en volumen y colores, su capacidad para generar texturas, su riqueza en la pulsación, su desarrollado sentido del legato, su talento para cantar con naturalidad y holgura las frases, su manera de administrar tensiones y, como creo haber escrito mil veces, su inigualable concentración interior. ¡Ya le hubiera gustado al Barenboim de 1973, a sus treinta y un años, haber contado con las armas que tenía Javier a los treinta y cinco!

Lo importante, en cualquier caso, es que toda esta técnica está puesta al servicio de una idea expresiva coherente e irreprochable, y que lo hace con la mayor inspiración posible. ¿Y cuál es esa idea? Pues la pura poesía: ni “música de salón” en el sentido peyorativo de la expresión, ni ensoñaciones más o menos otoñales ni, aunque esa opción sí que fuera muy válida, tensión dramática "a lo Barenboim". Perianes ofrece lirismo, arrebato controlado y enormes dosis de belleza sonora servidas con la mayor sinceridad posible. Alguna vez, en otros repertorios, le he reprochado al artista una excesiva delectación en el preciosismo. Aquí no hay nada de eso: todo fluye con naturalidad, sinceridad, comunicatividad y una elevación poética excelsas.



Es difícil quedarse con alguna interpretación concreta. Podemos destacar la ensoñación sin blandura que consigue en la op. 19-1, la poética lentitud de la 19-6, los limpísimos trinos de la op. 30-6, la magia sonora de la op. 62-5 (ahí arriba tienen una filmación realizada por RTVE), el carácter anhelante típicamente mendelssohniano de la 67-2, la dulzura de la 67-3 o la hondura de la 102-6. Únicamente le pondría pegas a la interpretación de la op. 38-6, en la que echo de menos la agilidad y la chispa juvenil que sí logran imprimir Barenboim y Shelley –el de Nerva se inclina más bien por la ensoñación poética– y a la de la op. 102-1, pieza que me resulta mucho más reveladora –por cómo se acerca al universo schubertiano– en la desolada, tensa y amarga recreación del argentino. Reparos puntuales, en definitiva: el magisterio interpretativo de Perianes es absoluto.

En cuanto a las cuatro obras que completan este disco (76’56’’), solo con una de ellas he podido realizar una comparación: el Rondo capriccioso op. 14. Javier Perianes luce sonido bellísimo y riquísima acentuación en una lectura que comienza tan concentrada como natural en la introducción grave, alcanzando un clímax amplio y con grandeza, para a partir de ahí conseguir de maravilla el equilibrio entre ligereza mendelssohniana y densidad en el sonido hasta llegar a un final muy encrespado. Tras él pude escuchar el registro realizado en 2013 por Howard Shelley: interpretación entusiasta y comunicativa donde no está menos conseguido el equilibrio al que antes hacía referencia, pero la variedad de su toque no es tan grande como la de Perianes, ni tan rica su acentuación; incluso en el final el pianista británico resulta algo machacón.

En el Andante con variazioni y las Variations sérieusses me gustaría destacar cómo nuestro artista sabe pasar por toda la variedad anímica de cada una de las variaciones sin perder la unidad en el trazo, mientras que en lo que al Preludio y fuga op. 35/1 se refiere, hay que admirar cómo acierta a mantener la lógica matemática al mismo tiempo que colorea las diferentes líneas polifónicas y regula las tensiones para conseguir admirables efectos expresivos.

En suma, música excelsa en interpretaciones absolutamente magistrales que están a la altura de, pongamos por caso, el Schumann o el Chopin de Claudio Arrau, pianista este último que es –muchísimo antes que Barenboim– el genio al que cada vez se parece más el artista andaluz. Próximo paso discográfico de Perianes, el Concierto para piano de Grieg, precisamente la página en la que el chileno sentó cátedra absoluta. Estaremos atentos.

domingo, 3 de mayo de 2015

Última Novena de Bruckner por Haitink

Bernard Haitink había grabado dos veces la Novena Sinfonía de Bruckner al frente de la Orquesta del Concertgebouw, en ambos casos para Philips. La de 1965 le duraba 59’24’’, mientras que la de 1981 se ralentizaba ligeramente hasta los 62’30’’. No he escuchado ninguna de las dos –según Ángel Carrascosa, la segunda es muy superior a la primera–, pero salta a la vista que esta de febrero de 2013 grabada en directo por la Orquesta Sinfónica de Londres (LSO Live, disponible en SACD y como descarga digital) tiene que ser por fuerza diferente, porque ahora se alcanzan nada menos que los 67’00’’, muy cerca de los 68’30’’ de la referencial interpretación de Giulini con la Filarmónica de Viena. Versión “de anciano director”, por ende, no en balde el maestro estaba a punto de cumplir los ochenta y cuatro años. Y ya se sabe lo que suele significar eso además de la ralentización de los tempi: carácter profundo y reflexivo, apreciable elevación espiritual y una tendencia hacia la “desmaterialización”, como también cierta pérdida de fogosidad y la posibilidad de caer en cierta blandura o, por lo menos, en la desarticulación de las estructuras. No le pasó a Giulini en la interpretación referida, pero sí a Celibidache (EMI, 1995) pese a ser el rumano uno de los más grandes intérpretes de Bruckner conocidos. ¿Y a Haitink?

Haitink Bruckner 9 LSO Live

A mi entender, sí que se le va un poco de las manos la continuidad del discurso. No todas las frases ofrecen el nervio interior que deberían, y pese a que el holandés posee una técnica de batuta extraordinaria, no logra construir de manera absolutamente satisfactoria el edificio global. Los pasajes líricos no poseen el carácter tenso y agónico que deberían y, en general se detecta una relativa, solo relativa, falta de emotividad en la interpretación. Ahora bien, los clímax no solo no carecen de fuerza sino que suenan particularmente escarpados, aunque siempre bajo el más absoluto control de la batuta y sin espacio alguno para el arrebato : Haitink, como siempre, es objetividad y distanciamiento en estado puro, para lo bueno y para lo menos bueno.

Por lo demás, su dominio del lenguaje bruckneriano resulta indiscutible, su manera de tratar la polifonía es excelente y la sonoridad que obtiene de la Sinfónica de Londres es perfecta para el autor, pese a que en principio no se trata de la formación idónea. Exactitud, claridad, lógica y buen gusto resultan incuestionables, como también lo es una belleza sonora por completo alejada de la melifluidad y el narcicismo.

Una interpretación, en definitiva, en la que queda mucho mejor explicada la forma de la pieza que la “idea expresiva” que se encuentra detrás de ella. Toma sonora de muy alta calidad si se escucha el FLAC a 24bit/96khz.