viernes, 31 de octubre de 2014

De cuando Domingo dirigió en el Waldbühne a Sarah Chang

A Plácido Domingo le he escuchado dos cosas extraordinarias en su faceta de director: las Noches en los jardines de España con Barenboim al teclado (editada por Teldec y Arthaus, audio y vídeo respectivamente) y, sobre todo, la Madama Butterfly con Cristina Gallardo-Domas en el Teatro Real (sin edición comercial). En el resto de las ocasiones en que ha empuñado la batuta me ha parecido no el maestro mediocre que quienes siempre le han despreciado han intentado hacernos ver, pero sí el director meramente apañado que hace gala de corrección, sensatez y musicalidad sin muchas cosas interesantes que decir, aunque con algún importante destello de inspiración.

Es justamente lo que quedó en evidencia cuando se puso al frente de una de las más perfectas orquestas del mundo, la Filarmónica de Berlín, en el concierto anual de la formación alemana en el Waldbühne, edición del año 2001 bajo el título Noche española en la que se contó con la colaboración de la violinista Sarah Chang y la soprano Ana María Martínez. Lo vi en su momento por la tele y hace unos días visioné por fin el DVD editado hace ya años por Euroarts

Comenzó la velada al aire libre con el Fandango de Doña Francisquita: Domingo lo dirigió bien, con el carácter popular y un punto bronco que le conviene, pero podía aún haberle sacado mayor partido a esta excelente música. Más difícil era sacárselo a los Aires gitanos de Sarasate, pero aquí vino al rescate una Sarah Chang no solo perfecta virtuosa sino también artista modélica. La Marcha Española de Johann Strauss II no tuvo mucha elegancia vienesa, pero sí un sentido del humor y un garbo muy españoles. En la petenera de La Marchenera, de Moreno Torroba (“Tres horas antes del día…”), Ana María Martínez ofreció buena voz y elevada implicación expresiva, sin llegar a deslumbrar; estuvo correctamente secundada por la batuta del cantante madrileño.

En el celebérrimo Capricho español de Rimsky-Korsakov se evidenció el desencuentro entre un director que se limitaba a marcar el compás y unos solistas dispuestos a hacer música por todo lo alto: funcionó a ratos, incluso por momentos deslumbró, pero hacía falta mucha mayor implicación desde el podio. Con la romanza de Los claveles, de Serrano, la soprano puertorriqueña hizo gala de sus virtudes y de sus relativas limitaciones; me hubiera gustado un punto más emotiva, o al menos más matizada.

Mejor aquí que cuando dirigió el título de Bizet en 1992 en el Teatro de la Maestranza, Domingo sacó adelante la Fantasía sobre temas de Carmen de Sarasate poniéndose a los pies de una Sarah Chang pletórica. Sorprendentemente, Plácido destapó el tarro de las esencias en Huapango, del mexicano José Pablo Moncayo; espoleada por una batuta por fin inspirada y fogosa, la Berliner Phiharmoniker puso todo su virtuosismo al servicio de una recreación brillante en el mejor de los sentidos, llena de garra y de electricidad.

Tres propinas, empezando con Pablo Luna. La canción española de El niño judío la dijo Martínez sin mucho salero. De la Chang se esperaba algo muy brillante como despedida, pero sin embargo ofreció la Méditation de Thais con resultados para quedarse de piedra: ¡qué afinación, qué belleza sonora, qué registro grave, qué fraseo más cantable, qué concentración…! Ahí Domingo echó los restos para seguidamente limitarse hacer un poco el ganso cantando –era de esperar– en la tradicional Berliner Luft conclusiva, que con él sonó, en la orquesta, más bien tosca y vulgar.

¿Conclusión? Un DVD imprescindible para amantes del violín.

miércoles, 29 de octubre de 2014

El Prokofiev de Gergiev y el Mariinski, en sonido HD

Cada vez tengo más claro que la reproducción HD a 24bit/96khz, de la que últimamente he hablado bastante en este blog, beneficia más a las grabaciones muy recientes que a las antiguas. Es el caso de estos registros del Concierto para piano nº 3 y la Sinfonía nº 5 de Prokofiev realizados por Valery Gergiev y la Orquesta del Mariinski, editados por el sello de la propia formación, que se realizaron en 2013, en San Petersburgo la primera de las obras y en Moscú –Festival de Pascua– la segunda. La definición tímbrica es excepcional, y creo que nunca la percusión de estas obras ha sido recogida de manera tan natural. Ahora bien, los ingenieros de sonido no terminan de acertar con el equilibrio de planos, aunque esta impresión puede deberse en parte a la endeble cuerda de la muy sobrevalorada orquesta. ¿Y las interpretaciones?

Gergiev Matsuev Prokofiev Mariinski

Para abordar el bellísimo concierto (¡qué impresionantes Rattle y Lang Lang en su grabación para Sony!), Gergiev decide contar con el mecanógrafo Denis Matsuev. Una pena: pese a ser dueño de una técnica admirable no solo en lo que a agilidad se refiere, el pianista fracasa a la hora de poner de relieve el contenido expresivo de la obra, limitándose a tocar de manera cuadriculada en busca del exhibicionismo digital y a ofrecer, eso sí, dos o tres frases muy hermosas en el segundo movimiento. Más motivado se muestra el maestro, que dirige con su habitual carácter primario pero evidenciando mucho entusiasmo; lástima que en el tercer movimiento pase por completo de largo ante la emotividad lírica de los pentagramas y se limite a acompañar de manera insulsa.


Algo mejor en la Quinta sinfonía. Venturosamente ajeno, en esta ocasión, a efectismos y brutalidades varias, además de todo lo centrado en el estilo que se puede pedir a una batuta que conoce al dedillo este repertorio, el director del Mariinski ofrece aquí una interpretación más depurada que la que Philips le editó con la Sinfónica de Londres, muy bien planteada en lo expresivo y dicha con apreciable comunicatividad; aun así, el edificio se resiente de una clara falta de unidad. Las tensiones no saben conducir a los clímax, que terminan resultando más decibélicos que otra cosa, la atmósfera opresiva de los movimientos impares no está conseguida ni la riqueza de matices es la apropiada. Los movimientos pares son los que mejor funcionan, aunque todavía se le podría sacar más punta al sarcasmo y a la mala leche que anidan en los pentagramas.

Total, un disco que no hacía ninguna falta. Como la mayoría de los de Gergiev.

lunes, 27 de octubre de 2014

La Solemnnis de Klemperer

Otro clásico que escucho en formato 24bit/96khz, en este caso procedente de HD Tracks sobre una remasterización realizada por la propia EMI en 2011: la Missa Solemnis de Beethoven que Otto Klemperer grabó en el Kingsway Hall de Londres entre septiembre y octubre de 1965 frente a la increíble New Philharmonia Orchestra y el no menos prodigioso coro de la formación, dirigido éste por Wilhelm Pitz.

Beethoven Missa-Solemnis Klemperer EMI

La verdad es que no he notado gran diferencia con respecto al reprocesado de la serie Great Recordings of The Century, que se realizó con resultados muy satisfactorios en 2001. Se gana ahora en la rotundidad de los graves (¡tremendo el músculo de la orquesta!) y en definición tímbrica del agudo, pero en mi equipo, que es de calidad media, la mejoría parece leve; supongo en que uno de gama alta, de esos que poseen los audiófilos acomodados, la diferencia será más notable.

En cualquier caso, me ha merecido la pena volver a este registro que hacía muchos años que no escuchaba. Porque estamos hablando de una auténtica salvajada interpretativa, tanto por la increíble perfección con que se levanta el monumento sonoro (granito puro en manos del de Breslau, por descontado) como por el revelador enfoque adoptado: lejos de optar por la glorificación más o menos épica, el misticismo o la sensualidad, Klemperer aborda la genial pero no fácilmente digerible partitura partiendo desde unas relaciones extremadamente tensas entre el ser humano y la divinidad. El resultado es un universo expresivo rebosante de claroscuros, altamente teatral pero al mismo tiempo muy reflexivo, de profunda carga filosófica, en el que la súplica, la desesperación y hasta la rebeldía se ponen muy por encima de la confianza en el Altísimo. Tremendo.


Elisabeth Söderström, Marga Höffgen, Waldemar Kmentt y Matti Talvela están magníficos, pero aquí pasan un tanto desapercibidos en medio de las magnitudes catedralicias que, sin asomo de pesadez ni de retórica vacua, despliega el octogenario maestro. ¿Discutible interpretación? Desde luego. Pero es necesario conocerla, en este reprocesado o en el anterior.

sábado, 25 de octubre de 2014

El público quiere a Pedro Halffter

Me invitó un viejo amigo al concierto de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla de ayer viernes por la noche, segunda función del cuarto programa de abono de esta temporada. Se celebraba en medio de una terrible tensión perfectamente visible en los rostros de los músicos, el ochenta o noventa por ciento de los cuales llevaba un lazo verde “en solidaridad con el comité de empresa”; en realidad, creo no haber malinterpretado el comunicado, los lazos eran en rechazo hacia el director que subía al podio, un Pedro Halffter cuya renovación frente a la ROSS y frente al Maestranza, defendida por Ayuntamiento y Ministerio de Cultura en contra de la voluntad de la Junta de Andalucía, fue abortada en el último momento presuntamente por presiones del referido comité.

Pedro Halffter

Mi opinión sobre Pedro Halffter sigue siendo la misma. Estoy en profundo desacuerdo con quienes afirman que es un director mediocre; antes al contrario, creo que es un señor que alberga mucho talento. Pero sí pienso que es un artista bastante irregular que, tentado por el deseo de abordar repertorios que no le son afines y limitado por sus dificultades para trazar las tensiones –ese es su gran punto flaco–, pero al mismo tiempo habilitado para hacer que la orquesta suene de manera más satisfactoria que con otros maestros y, además, músico sensible a la hora de trabajar con texturas y atmósferas, es capaz de lo mejor y de lo peor en una sola noche. Y eso es, justamente, lo que ocurrió ayer.

El programa partía de la idea propuesta por un disco grabado por Riccardo Chailly y la orquesta del Concertgebouw entre 1991 y 1992, donde se acoplaban inteligentemente La fundición de acero de Alexander Mosólov (1900-1973), Arcana de Varèse y la Tercera Sinfonía de Prokofiev, pero sustituyendo en Sevilla la obra del francés –que es la que a mí me hubiera gustado escuchar– por el más manido –aunque maravilloso–Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky.

La brevísima obra de Mosòlov, puro futurismo –la adoración por la fuerza, la máquina y la velocidad, ya saben– conoció una recreación en la que Halffter, consciente de no tener ante sí precisamente a los metales de la citada orquesta holandesa, no forzó a los músicos ni cargó las tintas sobre la espectacularidad, sino que atendió al equilibrio polifónico y a la acumulación de tensiones. El resultado, espléndido.

Me gustó mucho la idea que la batuta propuso para el concierto de Tchaikovsky: introvertida, lírica y de regusto amargo antes que épica y brillante, que es lo que se suele llevar. Lo que no me gustó nada es cómo materializó esa idea. Porque claro, hay que ser un Celibidache (al rumano pertenece la dirección “de referencia” de la partitura) para optar por la lentitud, el carácter reflexivo y la poesía íntima sin que el edificio sonoro se te venga abajo. A mi entender, Halffter no logró levantarlo en un solo momento: todo sonó flácido, mortecino y ayuno de esa garra dramática aquí imprescindible. Ni siquiera la orquesta estuvo muy fina: la sonoridad global era algo pobretona y el solo de violonchelo en el segundo movimiento resultó, para mi gusto, muy poco afortunado.

La solista fue Regina Chernychko. Su virtuosismo no es grande: por descontado que “da todas las notas”, pero su agilidad dista de lo espectacular, su toque no es variado en el color y las dinámicas tampoco ofrecen gran riqueza. Tampoco es una artista muy expresiva, apasionada ni creativa. Pero al menos no es una mecanógrafa de esas que se echan a correr para triunfar por la vía rápida sin tener nada interesante que decir (véase mi anterior entrada sobre Behzod Abdumariov). La joven ucraniana, por el contrario, demostró cierta sensibilidad, fue al corazón de la música antes que a su envoltorio y fraseó con buen gusto. De matices, escasita. Con otra batuta, tal vez lo hubiera hecho mejor. Bonita pero en exceso amable la propina de Scarlatti.

La Tercera sinfonía de Prokofiev es una obra que adoro, tanto como para viajar a Londres con el objetivo de disfrutársela a Riccardo Muti con la Sinfónica de Chicago, con los resultados previstos: la mejor versión que de las que he escuchado, que son las que comenté en una discografía comparada, además de la que en 1992 hicieron en el escenario del propio Maestranza Valery Gergiev y sus chicos. Con tantos referentes, no era fácil que Pedro Halffter me deslumbrara. ¡Pues lo hizo!

Para empezar, su lectura ha sido una de las más claras de cuantas he escuchado, a la altura de las de Muti, e incluso diría que percibí alguna línea melódica nueva hasta ahora por mí inadvertida. Lo consiguió el maestro madrileño con un admirable equilibrio de planos, pero también con unos tempi bastante lentos que, por fortuna, solo conocieron una caída de tensión, concretamente la aparición del tema lírico del primer movimiento. Este, por lo demás, funcionó francamente bien, siempre lejos del escándalo gratuito que otros directores (¡Gergiev!) montan aquí.

Donde Halffter rozó el cielo fue en Andante, sencillamente el mejor dirigido (sí, el mejor) de cuantos he escuchado: paladeado a más no poder, sensualísimo, más atmosférico que turbulento pero en cualquier caso muy inquietante. Excelente el Allegro agitato (scherzo de la obra), sobre todo el trío, donde de nuevo la batuta desplegó un “lirismo gótico” de gran intensidad. Irreprochable, sin llegar a semejantes niveles, la dirección del cuarto movimiento, bien planificado, lo suficientemente tenso y carente de efectismos, aunque aquí la orquesta se quedó muy corta en comparación con las grandísimas que han grabado la obra; a destacar, no obstante, la labor del la trompeta en su dificilísimas partes en este pasaje. Las intervenciones del timbal me hubieran gustado más secas y contundentes a lo largo de toda la obra, pero aquí supongo que se trata de una opción de la batuta, no del percusionista. Sea como fuere, magnífica interpretación.

Hubo numerosas ovaciones del respetable –las mías entre ellas– la primera vez que el maestro salió a saludar. Al poco tiempo empezamos a aplaudir levantados, y en un rato la mayor parte del público (de nuevo el mismo porcentaje que de lacitos verdes, entre un ochenta y un noventa por ciento) estaba puesto en pie en lo que era una clarísima muestra de apoyo a la continuidad de Halffter frente a la orquesta. La cara de cabreo de los músicos, impresionante. Difícil arreglo tiene esto.

jueves, 23 de octubre de 2014

Abduraimov, otro mecanógrafo

Andan las casas discográficas a la desesperada buscando su Lang Lang particular: que si Yundi Li, que si Yuja Wang… Podemos sumar a la lista al joven Behzod Abdumariov (Uzbekistan, 1990), de quien me ha llegado una grabación, segunda realizada para Decca, con el Concierto nº 3 de Prokofiev y el Concierto nº 1 de Tchaikovsky. La Orquesta es la Sinfónica Nacional de la RAI, que suena francamente bien bajo la batuta de su titular, el maestro eslovaco Juraj Valcuha. Todos ellos se encuentran admirablemente respaldados por los ingenieros de sonido del sello británico: la toma sonora –julio de 2013– es espléndida, sobre todo escuchada en 24bit/96khz. Los resultados interpretativos, por desgracia, son bastante desiguales.

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En el Tercero de Prokofiev lo mejor es la batuta, vitalista pero también cuidadosa, además de centrada en el estilo, obteniendo muy buen partido de la orquesta y haciéndola sonar con la adecuada incisividad. En el piano hay que admirar la agilidad y la claridad en la digitación, así como la amplia gama dinámica y la adecuada fortaleza –aun sin ser un sonido particularmente carnoso– para el compositor, pero expresivamente resulta irregular, con momentos muy logrados –pasajes líricos del segundo movimiento–, otros de ironía solo conseguida a medias y otros donde sencillamente pasa de lado ante los matices y se dedica a la mecanografía.


Menos convincente aun Abdumariov en el Primero de Tchaikovsky, servido con un sonido poderosísimo y una digitación de pasmosa claridad, pero ignorando todos los pliegues expresivos que nos hablan de sensualidad, ternura, desgarro, hondura trágica… Para el jovencito, como para tantísimos otros pianistas, esta partitura es ante todo un derroche de virtuosismo al servicio de una idea épica, sin más. Valcuha dirige en la misma línea, aunque con mucha garra, alta intensidad emocional (¡lleno de grandeza el celebérrimo arranque!) y no desdeñable inspiración; lástima que en el segundo movimiento la poesía se le escape de las manos y en el tercero, dirigido con gran vistosidad, deje que el solista se limite a ofrecer cascas de notas sin el menor sentido.

Entre una obra y la otra, Behzod Abdumariov nos ofrece la Danza de los cuatro cisnes de Tchaikovsky en arreglo de otro mecanógrafo famoso, Earl Wild, lo que no deja de ser significativo.

martes, 21 de octubre de 2014

Muti y el Romeo y Julieta de Prokofiev: mejor en Philadelphia que en Chicago

Uno de los más grandes logros de la carrera discográfica de Riccardo Muti, por no decir el mayor, fue el registro de una selección de las suites nº 1 y 2 del Romeo y Julieta de Prokofiev realizado en febrero 1981 para el sello EMI con la Philadelphia Orchestra. Una lástima que el maestro grabara solo 52 minutos de esa obra maestra absoluta (¿la mejor música de la primera mitad del siglo XX?) que es el ballet completo, porque nunca antes ni después –excepción hecha de algún número aislado por Celibidache y un tardío registro radiofónico por Rostropovich no comercializado– ha sonado esta partitura con semejante nivel interpretativo.

Muti Prokofiev Romeo

El secreto de semejante excelencia, al margen de la portentosa intervención de la orquesta de la que el maestro napolitano acababa de obtener la titularidad, fue doble. Por un lado, la perfección del idioma de Prokofiev que evidenciaba la batuta, con todo su sarcasmo pero también con su enorme aliento poético, ofreciendo en lo puramente sonoro aristas en su punto justo, una cuerda grave poderosa y esas maderas carnosas tan propias del autor, sin escorarse hacia lo en exceso expresionista ni hacia un excesivo refinamiento lírico. Por otro, el tremendo instinto teatral que evidenciaba alguien que conocía muy bien el mundo de la ópera, y que sabía no quedarse en lo sinfónico sino narrar una historia con un pulso y una inmediatez absolutas. Amor, violencia y muerte sonaron con una intensidad, una inmediatez y una garra dramática inigualables.

Añadiríamos a todo ello un tercer factor: una diríamos que “italianidad” fresca y rústica, a veces muy luminosa (¡increíble la danza popular!), que le sienta estupendamente a esta obra que tiene más de latino de lo que a primera vista puede parecer. La toma sonora recogía el portento con amplísima gama dinámica, pero también con excesiva aspereza y escaso sentido espacial.

Prokofiev Romeo Muti CSO

Pues bien, Muti vuelve a llevar al disco la obra, esta vez con su nueva orquesta norteamericana: la Sinfónica de Chicago. El registro está realizado en vivo, correspondiendo a sendos conciertos ofrecidos en el Symphony Center los días 3 y 5 de octubre de 2013; edita el sello de la propia orquesta, CSO Resound. ¿Diferencias? En primer lugar, ahora nos quedamos en solo 48’50’’: la escena callejera no se echa especialmente de menos, la danza popular sí. En segundo lugar, la toma sonora es ahora mucho mejor: se ha reducido un tanto la abrumadora gama dinámica de antes, pero se ha ganado de manera considerable en definición tímbrica, cuerpo, espacialidad y, a la postre, naturalidad.

En cualquier caso, lo importante son los resultados artísticos, y aquí hemos salido perdiendo. Entiéndaseme: la planificación desde el podio es soberbia –más aún que antes, pues se escuchan líneas orquestales insólitas– y la orquesta toca de manera literalmente insuperable, pero Muti no se muestra tan comprometido en lo expresivo. El ardor juvenil, la intensidad, la garra, el carácter diríase que visionario que antaño presentaban tanto los números líricos como los más dramáticos, han dado paso a una relativa –muy relativa, pero perceptible– relajación de las tensiones; incluso a cierta pérdida de la tremenda personalidad de años atrás, como si el maestro se limitase a hacer unas cuantas correcciones –extraordinariamente sabias, eso sí– a un imaginario piloto automático. Ni siquiera la Chicago Symphony, insisto que perfecta desde el punto de vista técnico, suena tan claramente a Prokofiev –por las maderas, sobre todo– como la Philadelphia Orchestra.

Resumiendo: la grabación de EMI es imprescindible en una discoteca mínima, mientras que la de Chicago, siendo magnífica, resulta decepcionante para venir de quien viene. ¡Qué ocasión perdida!

lunes, 20 de octubre de 2014

Kaufmann canta Wagner

Siendo de los melómanos que valoran mucho antes la sinceridad expresiva, la riqueza de matices y la comunicatividad por encima de la belleza vocal o la ortodoxia en la técnica, debería contarme entre los muchos entusiastas de Jonas Kaufmann. No es así: cada vez que el telón muniqués abre la boca me pongo nervioso, tal es el grado de rechazo que me produce el paupérrimo sonido que se deriva de su particularísima técnica de emisión desde el mezzoforte hacia abajo. A partir del forte la seguridad es apreciable y la brillantez del canto termina emocionándonos, sobre todo estando respaldado por un amplio fiato que le permite realizar algunos tremendos alardes, pero para mi gusto las desigualdades son excesivas.

Kaufmann Wagner

Ahora bien, no sería justo por mi parte regatear otras virtudes muy importantes que hay que añadir a las arriba señaladas: Kaufmann canta con exquisito gusto, el exhibicionismo (impactantes aquí sus Wälse, Wälse) está siempre al servicio del drama y el canto, desplegado con amplio legato no diré que italianizante pero sí lejos de rigideces presuntamente germánicas, se encuentra modelado por ricos pliegues expresivos; su sensibilidad es grande, como lo son su atención al detalle y la intencionalidad de sus difuminados.

Será por eso por lo que me ha gustado bastante en este recital Wagner registrado en Berlín en septiembre de 2012 en el que encarna, con mayor o menor fortuna pero siempre de modo convincente, a personajes wagnerianos tan ilustres como Siegmund, Siegfried, Rienzi, Tannhäuser, Walther von Stolzing y Lohengrin, todos ellos en sus escenas más características. Particularmente memorable su recreación del caballero del cisne, con un “In fernem Land” ofrecido aquí en su inhabitual –y más convincente– versión completa. ¡Bravo!

De postre nos ofrece Kaufmann los Wensendonck-Lieder, nada menos. Resulta raro escucharlos en la voz de un hombre, pero el tenor resuelve la papeleta, ya que no con especial inspiración, sí con apreciable sensibilidad: nada de cantante de ópera metido en el campo del lied, sino artista de verdad capaz de ponerse al servicio del canto más íntimo y sutil.

La Orquesta de la Deutschen Oper de Berlín se muestra en plena forma bajo la batuta de un Donald Runnicles solvente y ajeno a veleidades sonoras, pero alicorto en vuelo poético y no muy capaz de distinguir entre situaciones expresivas; a decir verdad, ni siquiera esto le suena mucho a Wagner. Eso sí, técnicamente el registro es una gozada: lo he escuchado en Blu-rau Pure Audio, en concreto en la pista DTS Master Audio a 24bit/96khz, y suena de manera soberbia.

domingo, 19 de octubre de 2014

Adiós a Lutherapia

Ayer sábado por la noche estuve en el Villamarta asistiendo a la penúltima función de Lutherapia. Penúltima no solo en el teatro jerezano, sino también en sentido estricto: mis admiradísimos Les Luthiers retiran hoy domingo definitivamente del cartel, después de recorrer medio mundo, este espectáculo que se estrenó en allá por agosto de 2008 y que hace tiempo circula en DVD. Gracias a eso, precisamente, pude ponerles a muchos de mis alumnos de música uno de los números del programa, la soberbia Rhapsody in Balls cuyo YouTube les dejo aquí.


A partir de ahora, los humoristas/músicos argentinos se quedan solamente con dos espectáculos de refritos, ¡Chist! y Viejos hazmerreíres, el primero de los cuales podría precisamente verse en Madrid dentro de unos meses. Para el segundo habrá que esperar cuatro años, si es que para entonces siguen en activo. Lo que parece muy difícil, a tenor de sus propias declaraciones, es que vuelvan a ofrecer novedades en su repertorio, así que no dejaremos de recordar la función de anoche con un poco de nostalgia. Y ahora, a ver si sale la filmación de su espectáculo en el Colón con Marta Argerich, Daniel Barenboim y los chicos de la West-Eastern Divan.


PS. Me adelanté. Les Luthiers acaban de anunciar que repetirán Lutherapia en Canarias en marzo de 2015. ¡Buenísima noticia para los que vivan en las Islas Afortunadas!

viernes, 17 de octubre de 2014

La Sinfonía Leningrado por Petrenko

No resulta fácil de dirigir la célebre marcha de la Séptima Sinfonía de Shostakovich: hay que graduar las dinámicas y las tensiones con la misma precisión de relojero con que se debe trazar el igualmente complicado Bolero de Ravel, y además hay que hacer que la música suena amenazadora y agresiva (avance de las tropas de Hitler o de la represión estaliniana, como ustedes prefieran), evitando la muy peligrosa tentación de caer en lo pimpante, lúdico e incluso lo verbenero. Vasily Petrenko demuestra técnica y musicalidad sobradas en todo este pasaje y, aunque resulte discutible que acelere hacia el final, sale más que airoso del reto. Acierta asimismo en la conclusión de la partitura, donde muchos directores en busca del aplauso fácil se ponen en plan épico, incluso triunfalista, mientras que el maestro nacido precisamente en San Petersburgo/Leningrado saber ser trágico y opresivo, dejándonos así un adecuado regusto agridulce en la boca.

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En el resto de la obra, bien secundado por la notable Royal Liverpool Philharmonic, Petrenko hace gala de sensatez y sensibilidad, fraseando con el adecuado aliento lírico y capturando bien el aroma fatalista sin la necesidad de cargar las tintas, pero no termina de inyectar la tensión interna ni la intensidad emocional que necesita esta obra para que no aburra: el resultado es más bien deslavazado, cuando no mortecino. A mí, la verdad, la audición se me ha hecho cuesta arriba, cosa que no me ocurre con interpretaciones como la de Jansons con la Filarmónica de Leningrado o la todavía referencial de Bernstein al frente de la Sinfónica de Chicago.

Escuchadoi este registro en 24bit/96khz, debo añadir que la toma sonora, siendo muy buena, dista de lo excepcional (el SACD de Kitajenko suena bastante mejor, por ejemplo). El precio es el propio del Naxos de hoy: superior a las gamas muy baratas que circulan por ahí y en exceso cercano a las series medias de los mejores sellos. En suma, un disco que no hacía ninguna falta.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Novena de Bruckner por Schuricht: sobrevalorada

El Bruckner de Carl Schuricht tiene mucho prestigio, pero mi primer acercamiento al mismo –sí, ya sé que he llegado muy tarde– no me anima a seguir adelante. Y es que esta Novena registrada frente a la Filarmónica de Viena en la Musikverein de la capital austríaca en noviembre de 1961, para el sello EMI, me ha parecido bastante irregular: el maestro alemán, con nada menos que ochenta y un años a sus espaldas, controla bien los medios a su disposición, se muestra bastante musical y atiende muy bien a los aspectos dramáticos y escarpados de esta genial música, pero la vertiente poética se le escapa de las manos. El fraseo resulta poco emotivo, pues aunque no carece de cantabilidad sí que se muestra ajeno a esa mezcla de sensualidad, ternura y carácter agónico que la partitura demanda. Tampoco encuentro el menor rastro de espiritualidad, e incluso hay clímax carentes de la adecuada grandeza, por no hablar de un final precipitado y sin magia alguna. En contrapartida, el segundo movimiento está conseguido y en el resto se pueden encontrar, aquí y allá, momentos muy convincentes.


La orquesta también decepciona, aunque de modo relativo: la cuerda ofrece la enorme belleza en ella esperable, mientras que los metales no terminan de ofrecer la solidez adecuada. Incluso hay alguna sonoridad un tanto pobretona. ¿Mediocre interpretación, en suma? No, tampoco es eso, pero a tenor de su fama uno se esperaba bastante más.

He escuchado este registro no en disco compacto, sino en un DVD-Video sin imágenes que yo mismo me he fabricado a partir de los archivos FLAC de alta calidad (24bit/96khz) disponibles en HD Tracks. Y aquí debo decir que los resultados me convencen mucho más que los reprocesados de otros títulos realizados por HDTT comentados en las dos entradas anteriores: aun notándose que se trata de una grabación antigua, la alta resolución ofrece una naturalidad, un cuerpo, un relieve y una inmediatez admirables, probablemente no inferiores al SACD editado por la propia EMI junto con la Octava del mismo Schuricht.

lunes, 13 de octubre de 2014

Otro reprocesado discutible de una interpretación excepcional: Cuarta de Mahler de Szell

Hablé en la entrada anterior del reprocesado, a mi entender decepcionante, realizado por HDTT de El sombrero de tres picos por Frühbeck de Burgos. Vamos ahora a por lo que el mismo sello ha hecho con otra interpretación excepcional, la Cuarta de Mahler registrada por George Szell y la Orquesta de Cleveland en octubre de 1965 para CBS. Los resultados técnicos, siempre contando con que he escuchado –pasada por mí mismo a DVD– la versión 24bit/96khz, son parecidos: el sonido es mucho más inmediato, también más incisivo, se consigue más claridad, más transparencia y también más cuerpo, pero a cambio las frecuencias agudas parecen excesivas y llegan a generar estridencia, sobre todo en el sonido de los violines.

Mahler 4 Szell vinilo

Ahora bien, en el caso de esta grabación mi valoración global no es negativa, como ocurría en el ballet de Falla: para mi gusto, ahora salimos globalmente ganando, sobre todo en lo que se refiere a la cuerda grave –que adquiere una presencia mucho más acorde con la realidad– y al tratamiento del triángulo y las campañillas, fundamentales en esta obra. A la postre es como si se hubiera quitado una capa de polvo a una pintura: los colores son más vivos, se aprecian mejor texturas y relieves, aunque también se perciben mejor las insuficiencias e imperfecciones del original. Que cada cual lo vea: a mí sí me ha merecido la pena el desembolso de 12 dólares (pueden adquirir los archivos aquí).

Bueno, ¿y la interpretación? Para muchos es su versión favorita. Para mí también lo sería si no fuera por la soprano Judith Raskin, porque lo de Szell me parece impresionante. Siempre analítico, objetivo y por completo ajeno a narcisismos, blanduras o concesiones de cara a la galería, pero también, en muchos casos, un tanto prosaico y desinteresado por indagar en los pliegues expresivos, el maestro de origen húngaro alcanzó en esta Cuarta una de las cimas de su carrera discográfica gracias a su capacidad para atender a todos los componentes de la partitura en su punto justo, sin pasarse ni quedarse corto en ninguno de ellos.


Así, los dos primeros movimientos suenan con el perfecto equilibrio entre lo naif y lo sarcástico, sin que el primero resulte meramente clásico y evocador ni que en el segundo lo demoníaco nos haga olvidar el encanto de la obra. A continuación nos ofrece un tercero admirablemente paladeado, evitando caer en lo otoñal ni en excesos contemplativos; por el contrario, se muestra vehemente y tenso cuando debe, si bien es cierto que al gran clímax final, pobremente recogido por una toma chata en dinámica, no termine de sacarle todo el partido posible. En el cuarto, ya digo, no está en modo alguno a la altura de las circunstancias Judith Raskin, muy poco interesante en lo vocal y algo limitada en lo expresivo, si bien en la última estrofa, dirigida de manera sublime por Szell, frasea con muy buen gusto.

¿Otras interpretaciones en compacto? Me gustan muchísimo las de Klemperer de 1961 (¡qué asombroso reprocesado el de EMI Francia!), la de Maazel de 1983, la de Chailly de 1999 y la de Sinopoli de ese mismo año, sin olvidar el Ruhevoll de Solti con la Sinfónica de Chicago. Esta de Szell, en cualquier caso, hay que conocerla.

domingo, 12 de octubre de 2014

El Sombrero de Frühbeck: nueva remasterización, “a peor”

Permítanme celebrar el Día de la Hispanidad con uno de los discos de música clásica más rematadamente españoles que deben de existir: la grabación del ballet El sombrero de tres picos –completo, no las suites– efectuada por un joven Rafael Frühbeck de Burgos al frente de la Philharmonia Orchestra en el Kingsway Hall de Londres para el sello EMI en 1963. Españolidad que no viene solo por la naturaleza de la genial partitura de Manuel de Falla, sino también por la interpretación, todavía hoy referencial, del recientemente desaparecido maestro burgalés.

Falla Sombrero Fruhbeck vinilo

Ese carácter tan hispano es muy difícil de definir con palabras, pero resulta perfectamente identificable desde el arranque (¡lleno de júbilo, salero y garbo!) de esta interpretación robusta y enérgica, más no basta, planificada con tremenda solidez y expuesta con asombrosa claridad, en la que frente a enfoques más evanescentes y refinados, diríamos que impresionistas, como pueden ser los de un Ansermet, un Ozawa o –a menor nivel artístico– un Dutoit, priman la teatralidad, la garra, el espíritu juvenil y hasta el arrebato.También rebosa de sentido del humor; de humor “rústico” y jocoso antes que amable, que es el que demanda la partitura. Y de concentración, de poesía y hasta de magia, a la que no es ajena la presencia de una Victoria de los Ángeles excelsa en el canto del cuco.

No podemos olvidar la sensacional labor de la orquesta de Klemperer, que aquí hace gala tanto de su tremenda solidez técnica y de su tímbrica particularmente incisiva en las maderas –bien subrayada por la batuta– como de una frescura, una comunicatividad y una musicalidad a la hora de ofrecer matices expresivos realmente asombrosa. En suma, una interpretación que sigue siendo referencia absoluta, a pesar de contar con las espléndidas recreaciones “a la francesa” arriba citadas, de la admirablemente stravinskiana de Boulez o de la muy poderosa de Barenboim con la Sinfónica de Chicago (la del DVD, mejor que la del CD).

Y ahora, la cuestión técnica a la que hace referencia el título de esta entrada. La audición la realicé anoche –por cierto, ya tengo la instalación adecuada para escuchar música sin excesivos sobresaltos– no en la edición oficial de EMI, sino en un reprocesado realizado por HDTT que, tras pagar 18 dólares, me he descargado en formato 24/96 y me he pasado a DVD-Video (sin imagen, claro) para conservar la alta calidad de reproducción.

Pues bien, no sé si será solo por el HD (que escucho como tal: mi amplificador me reconoce sin problemas los 96khz) o también por la remasterización, pero lo cierto es que el sonido, comparado con la edición de Great Recordings of the Century, ha ganado de manera considerable en inmediatez, claridad, cuerpo y relieve, otorgando además una presencia mucho más adecuada a las frecuencias bajas. Por desgracia, hace ahora acto de presencia una sonoridad metálica, estridente, un poco “a lata”, que acentúa la incisividad y aspereza que ya estaban presentes en la edición de EMI –y que también corresponden en parte a la interpretación, no se olvide– y que a determinadas sensibilidades puede llegar a resultar muy molesta. Creo que globalmente salimos perdiendo.

La cuestión es: ¿cuál de los dos reprocesados es más fiel a la grabación original? ¿Se les ha ido mucho la mano a los señores de HDTT dándole relieve a los agudos en la ecualización? ¿O quizá los ingenieros de EMI siguieron el proceso contrario al hacer la edición en compacto, suavizando las frecuencias altas para difuminar las estridencias y disimular el soplido de fondo? Habría que tener un vinilo original en buenas condiciones para averiguarlo, y supongo que ni aun así quedarían las cosas claras.


De momento, me quedo con la edición de Great Recordings of the Century, acoplada con La vida breve de Frühbeck y El amor brujo de Giulini, siempre con Victoria de los Ángeles. Ahora bien, la edición de HDTT viene con unas romanzas de zarzuela que en 1968 grabó para RCA, bien acompañada por la batuta de Eugenio M. Marco, una Montserrat Caballé en plenitud de facultades. En la canción española de El niño judío está verdaderamente excelsa. Lo pueden comprobar en el YouTube de más arriba y completar así la ración de españolidad bien entendida que proponemos con esta entrada.

viernes, 10 de octubre de 2014

Segunda de Mahler por Mehta en Viena

Como aún sigo sin poder escuchar música en condiciones, y por ende son pocos los discos que pasan por mi equipo, permítanme que recupere algunas notas sobre otros Blu-ray audios editados por Universal que tengo desde hace tiempo. Hablé en la entrada anterior sobre la Novena de Dvorák a cargo de Fricsay. Ahora lo hago sobre la Segunda de Mahler grabada por Zubin Mehta en febrero de 1975 frente a la Filarmónica de Viena. Christa Ludwig e Ileana Cotrubas son las solistas.

Mahler 2 Mehta Decca vinilo

Hay que admirar los resultados, sin duda, aunque teniendo en cuenta que no se trata de una interpretación personal, ni creativa, ni particularmente inspirada. Por eso mismo pueden echarse de menos un mayor sentido trágico y mayor tenebrosidad en el primer movimiento; mayor sensualidad digamos que “amorosa” en el segundo; un más desarrollado sentido de la ironía en el tercero; y un sentido visionario más desarrollado en el tan dilatado como espectacular final. Lo que nos ofrece el maestro indio, a la postre, es una lectura directa, sincera, extrovertida más no superficial, por completo carente de retórica, sin rastro de amaneramiento, realizada de un solo trazo y dicha con enorme intensidad, además de con apreciable concentración en determinados momentos clave: a destacar cómo Mehta hace frasear al coro –el de la Ópera de Viena, mejor que otras veces– en sus primeras intervenciones, haciendo adquirir los silencios un relieve verdaderamente mágico.

Ni que decir tiene que la orquesta está excelsa, sobresaliendo como siempre unos violonchelos de hermosísimo sonido que se lucen particularmente en el segundo movimiento. Estupenda la Ludwig, muy emotiva, e impresionante en lo canoro la Cotrubas, además de emocionante; pero también (¿lo van imaginando?) un pelín llorona.

Mahler Mehta Bluray audio

El Blu-Ray audio no disimula las relativas carencias de la grabación original, si bien permite un gran desahogo en el final, que es donde más se luce este sistema. Por cierto, recoge con precisión los empalmes de la cinta y el ruido del tráfico alrededor de la Sofiensaal vienesa. Lo que no tengo muy claro es que la diferencia con el CD de la colección Decca Legends sea grande. En cualquier caso, hay que tener esta grabación en la discoteca. Diría más: es la opción número uno para quien se acerque a la obra. Para doctorarse en ella, ahí están Klemperer (las dos grabaciones editadas por EMI) o Bernstein (la de la London Symphony, preferiblemente). Y no se olviden del primer movimiento de Solti en Chicago.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La Sinfonía del Nuevo Mundo por Fricsay

Hablé en la entrada anterior de los Blu-ray audio que está lanzando Universal Music. Me parece oportuno ahora comentar el primero de ellos que me compré: la Novena sinfonía de Dvorák en interpretación de Ferenc Fricsay y la Filarmónica de Berlín registrada por Deutsche Grammophon en octubre de 1959, acompañada de Los preludios y El Moldava. Mismo acoplamiento, por tanto, del compacto que salió en la serie The Originals, cuya carpetilla se reproduce en el interior. La obra de Liszt se registró en septiembre de 1959 con la Sinfónica de la Radio de Berlín, mientras que la de Smetana corresponde a 1960, volviéndose a contar para la ocasión con la Berliner Philharmoniker.

Fricsay Dvorak Liszt Smetana

Enorme interpretación la de la Sinfonía del Nuevo Mundo, cosa que ya saben los buenos melómanos porque su prestigio siempre ha sido grande. El maestro de origen húngaro hace sonar a la Filarmónica de Berlín de una manera mucho más rocosa y escarpada que con Karajan –nada de opulencia aquí– y frasea con una flexibilidad extrema –siempre con enorme coherencia musical, nada de extravagancias–. Y lo hace para ofrecer una lectura particularmente dramática, hosca y amarga, rebelde mas no épica, de rabia muy bien controlada, fraseada con tanta delectación como creatividad a la hora de atender al significado de cada uno de los pasajes musicales, pero no precisamente por ello exenta de cantabilidad, emotividad y belleza. Personalmente sigo prefiriendo la lectura Karl Böhm, y tampoco quiero olvidar las maravillas que con tan manoseada página han hecho maestros como Klemperer, Kertész, Giulini o Celibidache, pero esta de Fricsay es imprescindible.

Sobre Los Preludios escribí lo siguiente en una discografía comparada que hice sobre el poema sinfónico de Liszt:

“Nos encontramos ante una lectura justamente mítica. En ella hay que admirar, sin duda, la elocuencia, la calidez, la sinceridad y la fuerza dramática del maestro húngaro, aunque si algo destaca en esta interpretación es sin duda el fraseo efusivo, carnal y emocionante que desprenden las secciones líricas. Quizá a la enunciación del tema principal le falta un poco de grandeza, mientras que al final le sobra algo de estruendo para ser una dirección perfecta. La orquesta suena con una rusticidad atractiva, aunque se queda algo corta.”

Le puse un diez a la interpretación, y se lo sigo poniendo pese a los reparos. La que me parece menos buena de lo que por ahí se dice es la de El Moldava. Se trata sin duda de una recreación fresca, juvenil y muy elocuente, de enorme fluidez y vivacidad, hermosísima en las texturas de la sección onírica central, pero a mi entender resulta también un pelín nerviosa, y no todo lo flexible e imaginativa que podría haber sido. La toma sonora, por cierto, está mucho menos lograda que la del resto del disco, a pesar de ser algo posterior en el tiempo.

¿Y la reproducción en Blu-ray audio? He comparado con el CD de The Originals y sí, en mi equipo de gama media noto mejoría en lo que a naturalidad, limpieza e inmediatez se refiere, pero no lo suficiente como para que merezca la pena la compra teniendo el compacto. Eso sí, quien no tenga en su discoteca estas grabaciones, que corra a comprarse el BR.

domingo, 5 de octubre de 2014

Unas notas sobre los Blu-Ray Pure Audio de Universal

En mayo de 2013 escribí una entrada titulada “Blu-Ray Pure Audio: ¿el sustituto del CD?” anunciando el nuevo formato por el que Universal Music parecía iba a apostar en el terreno de la clásica. Los primeros títulos anunciados tardaron en aparecer mucho más de lo previsto. Luego han ido saliendo con cuentagotas, y de momento parece que no se animan a renovar en el mercado, pese a que sellos cono Sony o Naxos también han sacado títulos en este formato.

Tengo desde hace meses algunos ejemplares –Fricsay, Böhm, Karajan y Mehta, entre otros–, pero de momento no me había animado a escribir nada porque no tenía las cosas claras. Sigo sin tenerlas. Quizá esté más confuso aún que antes, porque estoy empezando a adentrarme en el terreno de las descargas en HD-Audio y me armo un verdadero lío con eso de los bits, los kilohercios y demás. Aun así, me voy a animar a escribir unas notas por si a ustedes les sirven de algo, y también porque a lo mejor me pueden ayudar a mí: no duden en escribirme para corregirme errores o puntualizar los aspectos que les parezca.

Beethoven 7 Carlos Kleiber DG Bluray Audio

1) El sonido se ofrece en alta calidad, pero no en la máxima posible. Minimun 24bit/96khz, reza la carátula trasera. Minimun y maximun, habría que añadir, porque este es el tope que parecen haberse marcado Deutsche Grammophon y Decca, cuando por lo visto se podrían alcanzar los 24bit/192khz, que es lo que llaman “Studio Master”, o así. Ahora bien, ¿estarían todos los aparatos reproductores y los receptores, es decir, lo que vulgarmente llamamos “amplificadores”, capacitados para leer esa hipotética calidad máxima? Sospecho que no, así que nos conformaremos con los 24bit/96khz.

2) No está claro que se pueda aprovechar el pleno potencial sonoro en cualquier equipo. Según tengo entendido, el receptor (“amplificador”)  solo recibe la señal 24bit/96khz si la conexión con el reproductor de Blu-Ray se realiza mediante una conexión HDMI, al menos cuando hablamos de discos con protección anti-copia. Si se hace por una salida coaxial u óptica, la convierte a automáticamente a 48KHz/16 bit. Grave problema este, sobre todo porque los reproductores de Blu-Ray solo tienen una salida HDMI; y esta tiene que ir para el televisor, para que la imagen llegue con la mayor calidad posible. En mi caso, la conexión de mi Blu-ray (Sony BDP-S470) a mi receptor (Denon AVR-1508) la hago a través de un cable óptico. Pruebo las tres capas que audio que vienen en el disco, que son PCM, DTS Master Audio y Dolby True HD, y descubro que cuando reproduzco la citada en segundo lugar en la pantallita de mi receptor aparece un mensaje diciendo que está leyendo los 96khz. Vamos, que en teoría sí que reproduce la elevada calidad que se promete. Sin embargo, no veo una diferencia sustancial de sonido con respecto a las otras dos capas. He hecho una prueba interesante obteniendo “por ahí” una copia HD del disco Wagner de Jonas Kaufmann pasada a DVD que, efectivamente, el visor de mi receptor reconoce como “96KHh”, y he comparado su sonido con el del Blu-Ray audio que tengo en mi discoteca: parecen lo mismo, así que debo de estar escuchando el HD en todos los casos.

3) La selección de títulos es muy discutible tanto desde el punto de vista artístico como desde el sonoro. Sin embargo, hay una explicación. Al igual que para pasar una película a Blu-Ray hay que acudir al celuloide original y realizar un nuevo proceso de digitalización, porque si no lo que estaremos viendo es la calidad de un DVD normal y corriente metida en un BR, si queremos escuchar sonido HD no podemos acudir a un disco digitalizado a la frecuencia de 16bit/44khz normal en un CD. Ahora bien, DG, Philips y Decca ya habían realizado nuevas mezclas a 24/96 para algunas de sus series (The Originals, 50 Great Recordings, Legends); cierto es que al meterlas en un CD perdían la calidad original, pero la remasterización ganaba en limpieza con respecto a reprocesados anteriores. Pues bien, ahora estos sellos se ahorran la mitad del trabajo acudiendo a los títulos que habían salido en las series referidas, porque el master ya está a 24bit/96khz y no hay más que meterlo en un Blu-Ray. Si quisieran sacar otras cosas, tendrían que meterse en el estudio a digitalizar de nuevo, y eso supone un dinero que no están dispuestos a desembolsar en estos primeros lanzamientos destinados a sondear el mercado. Obviamente, con las grabaciones recientes no hay problema alguno, porque los masters ya están en HD.

4) Han eliminado el sonido multicanal de los discos que habían aparecido así en SACD. Esto me parece bochornoso, porque las Quinta y Séptima de Beethoven por Carlos Kleiber se grabaron con admirable sonido cuadrafónico. La referencial Sinfonía Fantástica de Colin Davis con la Concertgebouw salió en Pentatone con su cuadrafonía original, que aquí no se recupera. Significativamente, DG ha reculado y en la reciente edición de todas las grabaciones orquestales de Kleiber hijo en Blu-Ray Pure Audio sí que incluyen la pista surround del SACD, además de PCM 2.0. ¿Tanto costaba hacer las cosas bien desde el principio?

5) Dentro del estuche se incluye un cupón para descargarse el contenido del disco íntegro, pero este viene solo en formato mp3. Se agradece, pero deberían haber incluido opciones de más calidad, como está haciendo Jordi Savall en su sello propio.

6) La presentación no pasa de lo aceptable. De hecho, en la mayoría de los títulos se han limitado a reproducir la carpetilla de la última edición en CD, incluyendo la misma maquetación, las mismas notas e idénticas ilustraciones. No se dice nada sobre el proceso de remasterización ni se ofrece ayuda técnica para sacarle el mayor provecho a este nuevo formato. Por supuesto, nada se dice de las presuntas “pegas” que los discos pueden presentar al reproducirlos en equipos no habilitados para la alta definición sonora (lo de la conexión HDMI frente a la óptica, y todo eso).

7) Los discos están muy desaprovechados. He hecho la prueba: los BR están a menos de la mitad de su capacidad. La Cuarta de Bruckner de Karl Bohm podían haberla acompañado de la Tercera grabada para el mismo sello, y aún hubiera sobrado espacio.

8) El precio es muy caro para los tiempos que corren. Teniendo en cuenta que muchos de estos títulos –salvo las novedades– ya están amortizados, que por las razones apuntadas más arribas no ha habido trabajo técnico de por medio, y que tampoco se han encargado notas ni se ha vuelto a maquetar, se queda uno pensando que estos señores de Universal lo que tienen es mucho morro.

¿Estamos ante un fraude, pues? No, tampoco es eso; la mejoría sonora es apreciable, más aún si en lugar de utilizar un equipo de gama media como el mío se realiza la audición en uno de gama alta, como el que tiene en su casa mi amigo Ángel Carrascosa. Ahora bien, creo que estos primeros lanzamientos deberían haber estado mucho más cuidados y haber ofrecido unos precios más ajustados para estos tiempos de crisis. Por fortuna, Decca parece que se empieza a poner las pilas: se anuncian ediciones no precisamente baratas pero sí ejemplares, con libritos de tapa dura y el contenido tanto en CD como en BR, de cosas tan fundamentales como la Butterfly de Karajan, la Turandot de Mehta o el Rachmaninov de Ashkenazy con Previn. Deutsche Grammophon, por su parte, se lanza a por las Sinfonías de Beethoven por Karajan, más el Richard Strauss del maestro salzburgués. Veremos.

jueves, 2 de octubre de 2014

El dúo de “La Africana” en el Villamarta

Ya dije en una entrada anterior lo mal que me parece desde el punto de vista artístico que Francisco López siga siendo el gran protagonista sobre las tablas del Teatro Villamarta en su calidad de director escénico: recordemos que en su momento no se le contrató como tal, sino como gestor. Son ya muchos años de programarse una y otra vez a sí mismo, aunque ahora no sea oficialmente director del teatro. Sin embargo, decidí acudir a la función del viernes 26 de septiembre al escenario de la Plaza Romero Martínez a ver su propuesta para El dúo de “La Africana”.

Me animé por el encargado de dar viva al personaje más carismático de la simpática página de Manuel Fernández Caballero: el barítono jiennense Luis Álvarez, a mi entender uno de los mejores intérpretes de zarzuela, por la suma de solvencia canora y enorme talento escénico, que se han visto en nuestros escenarios en los últimos lustros. Estuvo muy bien como Querubini, desde luego, pero no tan simpático y chispeante como en el vídeo filmado en el Teatro Real el 31 de diciembre de 2004 sobre la ya mítica producción escénica de José Luis Alonso.

El problema, ya lo están imaginando, ha estado en Francisco López, regista en muchos casos solvente, en ocasiones notable, a veces incluso brillante, pero soso y estirado como él solo, aquí incapaz de mover la escena con el punto de desmadre y locura que exige el libreto de Miguel Echegaray. Hubo histrionismo, sí, al menos en los personajes de Amina y Doña Serafina; pero histrionismo encorsetado, poco sincero, acomplejado incluso. Por si fuera poco, el contrastado talento de López para mover masas se puso aquí al servicio de un concepto francamente casposo: los movimientos del coro resultaban más bien ridículos, con coreografías que bordeaban la cursilería.


Plásticamente las cosas funcionaron bien en la primera parte de la obra: se notaban las estrecheces económicas, pero la escenografía resultaba digna y el vestuario estaba muy conseguido. La segunda parte, la que transcurre entre bambalinas, fue sin embargo un horror visual: difícil es ofrecer algo más rematadamente feo, amén de mal iluminado. Las bombillitas que se apagaban y encendían durante el célebre dúo de la tiple y el tenor recordaban a las que anuncian cierto tipo de locales en nuestras carreteras, mientras que la coreografía de los figurantes durante este número, preparada por la directora de una escuela local de música y danza, no superaba el nivel de una función escolar de fin de curso.

Lo más molesto vino al final: dispuesto a llevar todo lo lejos posible el carácter metalingüístico de este zarzuela, López decide que el teatro donde se está ofreciendo la función de L'Africaine no sea otro que el mismísimo Villamarta de 1929, proyectándose unas imágenes en blanco y negro del interior que a los que ya somos un poco mayorcitos nos tocaron la fibra sensible. Hasta ahí, vale. Pero luego al regista cordobés, que no tiene ni puñetera idea de cómo resolver teatralmente el muy insatisfactorio final del libreto, se le ocurre añadir una morcilla: sale un señor vestido de época diciendo que es el empresario del recientemente inaugurado Villamarta, afirma que este teatro va a ser en el futuro un brillante desfile de los más grandes nombres de la música, el flamenco y el teatro, y termina pidiéndole a Querubini que cante el celebérrimo “Brindis de Carrasquilla” de Don Gil de Alcalá: “¡Jerez! Este es el vinillo de la tierra mía, y éste es el jerez. ¡Olé ya!”. Imaginen los alaridos de entusiasmo de un respetable entregado al más absoluto delirio provinciano-onanista.

Se anunciaba en el foso la presencia del Ensamble Orquesta Álvarez Beigbeder, dirigido por Juan Luis Pérez. La cruda realidad: violín, violonchelo, clarinete y piano a cargo cuatro jóvenes del conservatorio local bajo la batuta meramente concertadora del maestro jerezano. Tiempo de recortes. ¿Funcionó? A mi entender no, por dos razones: la ausencia de una verdadera orquesta y, sobre todo, el deficiente nivel del violín. Su nombre lo prefiero omitir, porque entiendo que se trata de un chaval que ha intentado ofrecer lo mejor de sí mismo, pero escucharle fue para mí una experiencia muy insatisfactoria. Además, la responsabilidad no recae en él, sino en el teatro que le contrató y en el maestro que dio el visto bueno a su intervención. Siento mucho escribir esto, porque admiro profundamente a Juan Luis Pérez por su educación, inteligencia, honradez y extrema profesionalidad, pero es lo que pienso como melómano que ha pagado su entrada y tiene derecho a disfrutar de un nivel mínimo de calidad que aquí no se satisfizo.

El Coro del Teatro Villamarta me sorprendió gratamente por la notabilísima labor de sus voces femeninas, sobre todo en la primera parte de la obra, en la que ellas sonaron no solo empastadas y nada tirantes, sino también muy maleables, siempre atentas a los matices canoros. Bravo por las chicas y su director, Juan Manuel Pérez Madueño. Los caballeros, por el contrario, se mantuvieron a un nivel mediocre, y en el jerezanísimo brindis final tanto ellos como ellas montaron un guirigay. La emoción del momento, supongo.

¿Y los cantantes? El ya muy maduro Álvarez mostró limitaciones en la romanza de Penella ofrecida como propina, pero como Querubini, ya lo dije, estuvo muy bien. Me decepcionó Emilio Sánchez, un señor que generalmente ha demostrado enorme solidez y musicalidad pero al que la edad, lógicamente, empieza a pasarle factura; simpatiquísimo su acento maño. Junto a ellos, brilló la Antonelli de una total desconocida: Belén López-León. Todavía tiene que pulir determinados aspectos –sobreagudo metálico, proyección no siempre conseguida–, pero su voz es de mucha calidad, su canto musical y muy matizado, y su talento escénico enorme. Saladísima, irresistible haciendo de sevillana típica y tópica. Muy bien la Amina de Paola Ramírez, siempre en una línea desaforada que le conviene al personaje, e irreprochable la Doña Serafina de Milagros Ponti. La anécdota: en el papel del comisario apareció un señor llamado Nicolás Montoya, autor del texto que comenté en esta entrada. Saquen ustedes sus conclusiones.