lunes, 29 de abril de 2013

Znaider y Bronfman con nuestra Nacional

Qué quieren que les diga: hace unos días vi el Segundo de Brahms por Yefim Bronfman en mi televisor (enlace) y ayer domingo por la mañana le tenía a dos metros delante de mí -saqué primera fila- haciendo las mismas maravillas que hacía con Rattle. ¡Qué emoción! Se puede tocar con mayor imaginación y riesgo, ciertamente, pero me parece muy difícil que vuelva a escuchar en directo una interpretación con un sonido tan puramente brahmsiano, tan bien ejecutada -sin llegar al nivel incomparable de Zimerman- y dicha con tan lograda mezcla de objetividad e intensidad, siempre en una línea poderosa y enérgica, pero controlada y en absoluto desatenta con los aspectos líricos de la pieza. Grande Bronfman.

El misterio estaba para mí en Nikolaj Znaider, violinista genial ahora metido a director. Me habían dicho que lo hacía de manera mediocre. Pues miren ustedes, a mí me ha parecido más bien lo contrario. Por lo pronto, técnica parece tener mucha: su gesto es muy claro, dirige con precisión -y de memoria: no usó partitura- y la Nacional de España le sonó francamente bien dentro de sus posibilidades. Interpretativamente no lo hizo mal, pero aquí hay que matizar.

Me gustó mucho el Don Juan de Strauss que abría el programa: bien trazado, enérgico pero sin descontrol, emocionante y comunicativo. El oboe y la concertino intervinieron con indiscutible acierto. Solo eché de menos un poco más de lentitud y desolación en los compases finales (aún recuerdo lo que hizo Celibidache en Sevilla en 1992 con ese pasaje, aunque la comparación no procede). Tras el alto nivel conseguido en el poema sinfónico, me decepcionó la suite del Rosenkavalier: todo sonó en su sitio, y además lo hizo con entusiasmo y brillantez, pero Znaider no logró transmitir ni la magia sonora, ni el sentido del humor ni el particularísimo refinamiento valsístico de esta genial música.

El Brahms llegó en la segunda parte. Fue la del danés una dirección ortodoxa, sensata y  solvente: rápida más no precipitada, extrovertida sin perder concentración lírica, más luminosa que dramática -se puede preferir al revés- y muy respetuosa con los tempi marcados por el compositor: por eso mismo se puede echar de menos un tercer movimiento más paladeado. Por cierto, el chelista Miguel Jiménez lo hizo muy bien en sus dos difíciles y fundamentales solos, con intensidad viril y sin trasformar estas intervenciones, como hacen solistas de formaciones más afamadas, en una sucesión de lloriqueos insoportables. En cuanto a la compenetración con Brofnman, perfecta. Se aplaudió mucho, con toda la razón.

domingo, 28 de abril de 2013

Excepcional Romeo y Julieta por Goyo Montero

Estuve la noche del viernes 25 de abril en el Teatro Real viendo la penúltima de las funciones del Romeo y Julieta de Prokofiev coreografiado por Goyo Montero, en una producción que estrenó el Ballet de la Ópera Estatal de Nuremberg en 2009 y ahora ha retomado nuestra Compañía Nacional de Danza. Me dejó sabor agridulce en los labios por culpa de un foso que a mi entender no funcionó en condiciones. La Sinfónica de Madrid estuvo al mismo nivel que la Orquesta del Marinski en Valencia en diciembre de 2011, es decir, regular tirando a mediocre, y la dirección del señor Koen Kessels, responsable del Royal Ballet de Birmingham, fue mucho peor (aún) que la de Valery Gergiev: por completo carente de estilo, muy flácida, sin la menor garra dramática y apenas matizada en lo expresivo, dejando a los solistas de la formación madrileña moverse en la más absoluta desgana. Solo en la muerte de los dos amantes -eso sí, el momento clave de la obra- el maestro belga encontró inspiración y ofreció una interpretación musical muy digna de esta obra maestra absoluta no ya del repertorio balletístico, sino de toda la historia de la música.


Me pareció sensacional -así, con todas las letras- la labor del madrileño Goyo Montero: una coreografía moderna en el mejor de los sentidos, es decir, interesada muy poco en lo decorativo, solo lo suficiente en lo narrativo y muchísimo en lo expresivo, y haciéndolo con tanta sensibilidad, inteligencia e imaginación  como respeto a las reglas del juego, esto es, atendiendo a las sutilezas de la partitura, sin necesidad de romper con la tradición e incluso permitiéndose algún guiño local, como sustituir las mandolinas del segundo acto por guitarras y hacer que se bailara tocando las palmas.

La escenografía, abstracta y muy bien utilizada. El vestuario, intemporal y eficaz. La luminotecnia, muy hermosa. Solo me molestó que se recortasen unos cuarenta minutos de la partitura. Eché mucho de menos dos momentos fundamentales: la danza popular que abre el segundo acto -aquí fundido con el tercero-, música excelente que ofrece el necesario contraste luminoso con lo que vendrá después, y nada menos que la muerte de Teobaldo, de la que solo se dejaron los golpes de timbal y la marcha fúnebre, por cierto increíblemente bien coreografiada.

Me tocó el presunto "segundo reparto" de bailarines, y encima el Romeo era el "cover": el argentino Lucio Vidal, que me pareció que lo hacía con muchísima dignidad, y desde luego sin vacilación alguna por la sustitución a última hora. A su lado brilló de manera formidable la Julieta agilísima y sensible de Kayoko Everhart, muy bien matizada en la evolución psicológica del personaje que tan estupendamente trazan tanto Prokofiev con su música como Montero con su coreografía. Ryan Ocampo se encargó con pleno acierto del personaje de Mab, quizá la aportación más singular de Montero: aquí representa a algo así como el Destino o la Fortuna y permanece en escena en casi todo momento. El cuerpo de baile, quizá con más nombres extranjeros que propiamente españoles, se desenvolvió de manera irreprochable.

El éxito entre el público -que por desgracia no llenó el teatro- fue grande. Lástima que desde mi asiento en el Paraíso no pudiera terminar de meterme del todo en la acción. Me encantaría volver a ver este Romeo y Julieta, pero en una localidad más cercana, con una orquesta más comprometida y una batuta que tuviera cierta idea de lo que es Prokofiev. Si ustedes tienen la oportunidad, no se lo piensen dos veces: el espectáculo puramente balletístico es una auténtica maravilla pese a incluir solo 110 minutos de la genial partitura.

jueves, 25 de abril de 2013

RTVE con Paul Mann: dignidad y bastante más

Preguntan ciertos políticos, esos mismos que están empezando boicotear a la formación fundada por Igor Markevitch, para qué sirve la Orquesta de la RTVE. Pues miren ustedes, además de para difundir la buena música en la radio y la televisión y para dar a conocer parte de la creación contemporánea, sirve para que las personas a las que nos resulta imposible pagar la entradas de Ibermúsica y eventos similares -aficionados que somos cada vez más y más en número- podamos escuchar conciertos sinfónicos en directo de una calidad digna y aceptable. Y a veces mucho más que eso. Es el caso del programa que he escuchado esta misma noche en el Teatro Monumental, ese recinto cutre a más no poder pero de excelente acústica que desde hace tiempo acoge a la referida formación.

Ha dirigido Paul Mann, un señor al que hace tiempo escuché al frente de la Sinfónica de Sevilla en un concierto de resultados desiguales (enlace). Esta vez ha ocurrido lo mismo: la orquesta de la RTVE le ha sonado estupendamente en todas sus secciones (¡entérense, señores políticos, de que es la mejor orquesta estable de Madrid!), pero a nivel interpretativo han funcionado mucho mejor las cosas en la segunda parte que en la primera.

El Concierto nº 5, Emperador lo ha dirigido con vitalidad, excelente pulso y adecuado sentido épico, pero la sintonía del maestro británico con el universo de Beethoven me ha parecido nula: ni la sonoridad estaba conseguida ni se percibían cantabilidad, el humanismo y el sentido de los claroscuros propios del autor. Igualmente ajeno al universo expresivo correspondiente se mostró el pianista Steven Osborne, que en cualquier caso toca francamente bien y con un fraseo de la suficiente naturalidad. Lo dicho, una interpretación digna para ser escuchada en un concierto de abono. Nada más, nada menos.

El "bastante más" vino con la Sexta sinfonía de Vaughan Williams, una obra de lo más atractiva, espectacular y de corte muy cinematográfico (tiene su origen en una banda sonora frustrada), que esta misma semana me he podido machacar en las interpretaciones de Boult, Previn, Haitink, Norrington, Hickox y Colin Davis, sensacional esta última. La de Paul Mann, de nuevo sacando un estupendo partido de la orquesta española, ha sabido aunar carácter épico, humor negro y lirismo típicamente inglés en el primer movimiento. Ha logrado también calibrar las tensiones y distensiones del segundo con la adecuada concentración, y ha acertado con la inmediatez dramática del tercero con la ayuda de un saxo muy hermoso (aunque, para mi gusto, este debería haber sonado más canalla que seductor).

Solo se ha quedado la batuta algo corta en el movimiento conclusivo: Mann ha respetado la indicación de Moderato, pero otros maestros demostraron que con mayor lentitud y sequedad se puede ahondar más en el carácter desolado e incluso nihilhista de la página. Pese a ello, espléndida interpretación que ha servido, seguro, para descubrir a muchos esta estupenda música. ¿Y aún siguen preguntando para qué sirve la orquesta?

Don Giovanni en el Real: buen teatro, mala ópera

He aprovechado un puente laboral para venir a Madrid, donde acabo de presenciar la última de las funciones del vapuleado Don Giovanni que se ha venido ofreciendo en el Teatro Real, en la producción escénica de Dmitri Tcherniakov ya filmada, y supongo que en breve comercializada, en el Festival de Aix-en-Provence. Seré breve.

Dirección de actores magnífica. Vistosa escenografía. Sugerente iluminación. Sólido diseño de los personajes. Buen ritmo escénico, pese a las continuas caídas de telón. Ideas imaginativas resueltas de manera admirable. Momentos de gran emoción. Gran teatro, en definitiva. Pero teatro al servicio de una idea escénica que no solo no tiene nada que ver con lo imaginado por Da Ponte, sino que no guarda relación alguna con la genial partitura de Mozart, en la que hay una serie de códigos melódicos, armónicos, orquestales y estructurales que narran una historia muy concreta. ¿Se enriquecen mutuamente esa historia y la otra muy distinta que nos cuenta el regista ruso? No. ¿El choque entre ambas y las subsiguientes contradicciones revela cosas nuevas, o al menos aporta ideas intelectualmente estimulantes? Tampoco. Por eso me ha parecido una mala puesta en escena de Don Giovanni, amén de un monumento a la soberbia de ese señor con enorme talento llamado Dmitri Tcherniakov. Que la acción transcurra en la Sevilla del XVIII o en la mansión de una familia rica y pija de la actualidad es lo de menos.


Alejo Pérez en el foso. Dirección liviana, delicada, alejada de densidades sonoras e intelectuales, elegante y por momentos muy sensible, pero carente de tensión interna, y no digamos de pathos. De este modo, funcionó muy bien en momentos como las dos arias de Zerlina, dichas con gran cantabilidad, resultó aseada en las escenas más o menos dinámicas y se quedó cortísima en las dramáticas. La escena final de la estatua (aquí un actor contratado por los personajes para matar de un susto, literalmente, a Don Giovanni) estuvo rematadamente mal dirigida. En la Sinfónica de Madrid sobresalieron las maderas y se quedaron cortos la cuerda y los metales. Muy correcto continuo a base de fortepiano.

Los cantantes hicieron todos una realmente impresionante labor escénica que debió de fatigarles de manera muy considerable. Entiéndase por tanto que lo que a continuación voy a escribir se refiere a unos señores que tuvieron que cantar altamente condicionados por duras exigencias escénicas, a veces en posturas tan incómodas como antimusicales.

El disoluto fue Russel Braun: bajo mínimos. Bastante bien Kyle Ketelsen como Leporello; ya lo estaba en la filmación del Covent Garden con Mackerras, donde por cierto llevaba una peluca que le hacía parecer el feo de los Hermanos Calatrava. Muy digno el Masetto de David Bizic. Sonoro más que otra cosa el Comendador de Anatoli Kotscherga, ridículamente amplificado en sus dos apariciones “fantasmagóricas”.
Paul Groves merece párrafo aparte. En la filmación del Met de hace años (con Terfel y Fleming) ya evidenciaba tanto su buena línea mozartiana como un técnica mejorable. En Madrid ha hecho un “Dalla sua pace” afalsetada pero sensual y de exquisito gusto, más un “Il mio tesoro” con agilidades de vergüenza ajena. Me dio mucha pena verle salir de los camerinos cabizbajo y sin saludar a nadie. Por lo visto en otras funciones fue duramente abucheado.

Las chicas. Pues digna la Elvira de Ainhoa Arteta, no del todo bien cantada pero bastante emotiva (sí, a mí también me ha costado creerlo) y con detalles de gran clase. Seriamente deteriorada Christine Schäfer, una señora a la que adoro por su Lulu pero que aquí no ha dado en absoluto la talla; mejor el agudo que el grave, por cierto.

Y curioso el caso de Mojca Erdmann, que precisamente ha hecho Lulu con Barenboim: esta chica ha grabado Zerlina para DG (con Nézet-Séguin) y lo ha filmado en el Met (con Luisi), y en ambos casos está más pizpireta de la cuenta. Pues bueno, en Madrid no lo ha estado, y además ha cantado bien. Otra cosa es que su voz no parezca para tirar cohetes.


Aplausos, poquitos. Abucheos solo aislados: nada que ver con la función que escuché por la radio. Hubo abundante público rancio, estiradísimo en las butacas y en los pasillos, que parecía más enfadado por no ver las calles de Sevilla y la estatua del Comendador que por otra cosa. Lo mejor de la noche, la conferencia de José Luis Téllez. Lo demás, a olvidar.

domingo, 21 de abril de 2013

Segundo concierto para piano de Brahms: discografía comparada

Brahms compuso su Segundo concierto para piano entre 1878 y 1881. Cuando lo terminó tenía pues cuarenta y ocho años, hallándose esta partitura entre la Segunda y la Tercera sinfonías: obra de madurez total, pues, y un prodigio de síntesis entre los diversos aspectos que integran la obra brahmsiana: hay mucho aquí de tierno lirismo, sin la menor duda, pero también de exaltación épica y de tempestad dramática, al igual que hay pasajes de cierta turbulencia atmosféricas y no poco de sentido del humor. Llegar a un equilibrio entre todos estos componentes, u hacerlo además con la sonoridad adecuada, no es cosa fácil de conseguir para los intérpretes, pero por fortuna en la siguiente lista se pueden encontrar unas cuantas recreaciones de primerísimo nivel. Entre ellas, la de un Yefim Bronfman al que espero escuchar la obra el próximo fin de semana en Madrid junto a nuestra Orquesta Nacional.

Son sus movimientos: 1. Allegro non troppo; 2. Allegro appassionato; 3. Andante; 4. Allegretto grazioso.
 
 
Brahms concierto piano 2 Furtwaengler Fischer

1. Fischer. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (varios sellos, 1942). Aunque nos encontramos ante una interpretación típica del “Furt de guerra”, esto es, flexible, extrovertida, impulsiva y encrespada, amén de muy sincera, no hay en esta ocasión descontrol o nerviosismo alguno, sino una honda concentración en los momentos más líricos de la obra, si bien es cierto que, dadas las circunstancias, los aspectos más sensuales y amorosos de la obra quedan relegados ante los más dramáticos. Dueño de un sonido poderoso aunque no del todo variado, el gran Edwin Fischer sintoniza bien con semejante planteamiento aportando su propia fogosidad controlada y ofreciendo un magnífico tercer movimiento; en el resto se queda un tanto corto en imaginación y capacidad para el matiz. (8) 
 
 
Brahms concierto piano 2 Reiner Gilels

2. Gilels. Reiner/Chicago (JVC, 1958). Los dos artistas, de admirable técnica y musicalidad muy alejada de cualquier clase de devaneo sonoro, nos ofrecen una interpretación tensa, extrovertida, rebelde, muy alejada de la habitual línea lírica e introvertida, pero no por ello precipitada ni escasa de concentración. El problema es que a ambos, sobre todo a un Reiner bastante ajeno al mundo brahmsiano, se le escapan la sensualidad, la ternura y el humanismo que también debe tener esta página. Gilels tiene el sonido apropiado para el compositor y exhibe un toque señorial, poderoso y elegante al mismo tiempo, pero tampoco termina de destilar la magia que le corresponde. (8)
 
 
Brahms concierto piano 2 Giulini Arrau

3. Arrau. Giulini/Philharmonia (EMI, 1962). Notable alto para una interpretación magníficamente tocada, fraseada con tanta nobleza como naturalidad, perfecta en el estilo e interpretada con gusto irreprochable y un buen equilibrio entre los aspectos líricos y los más extravertidos, pero en general algo falta de una última vuelta de tuerca en lo que a imaginación, riqueza expresiva y emotividad se refiere, excepción hecha de un tercer movimiento donde la batuta y el solista alcanzan grados sublimes de concentración, belleza y hondura. Eso sí, el chelista es de sonido canijo y sollozante. (8)


Brahms concierto piano 2 Barbirolli Barenboim

4. Barenboim. Barbirolli/New Philharmonia (EMI, 1967). En la línea de Reiner y Gilels pero con mejores resultados, nos encontramos aquí ante una interpretación reveladora por su enfoque abiertamente tenso, hosco y dramático tanto por parte de la batuta como por la del piano, pero sin excluir la concentración ni la hondura reflexiva. Por eso mismo resulta un punto unilateral, algo escasa de sensualidad y de delicadeza, y por descontado de carácter lúdico y luminoso, pero en cualquier caso resulta impactante por su fuerza y sinceridad expresivas. Barenboim se muestra rotundo, poderoso y muy tenso, pero sin la riqueza conceptual en los matices de posteriores ocasiones. El chelo solista, mejor que en la grabación con Giulini, pero de nuevo no muy afortunado en su segunda intervención del tercer movimiento. (9)


Brahms concierto piano 2 Karajan Anda

5. Anda. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1967). Karajan ofrece su Brahms habitual, musculado, hermoso y a veces –primer movimiento- muy encendido, pero más vistoso que superficial. Géza Anda, un pianismo ágil y aéreo, demasiado para un compositor que necesita densidad sonora, fraseando sin rigidez y con cierta sensibilidad, pero no mucha variedad expresiva y más bien escasa tensión sonora. Los dos enfoques no terminan de sintonizar hasta el último movimiento, pero no precisamente para bien, porque los dos coinciden en quedarse en una ligereza que desprende trivialidad y escaso compromiso. (7)
 

Brahms concierto piano 2 Haitink Arrau

6. Arrau. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1969). En su segundo y último registro de estudio, el gran Arrau cuenta con una toma sonora que recoge mejor lo bien que su sonido pianístico es capaz de amoldarse al repertorio brahmsiano, pero aunque vuelve a dejar muestra de su enorme clase con un fraseo natural, sensible y rico en matices, aun no llega a ofrecer el último grado de compenetración con la partitura que en él sería esperable. De alto nivel, todo lo objetiva e idiomática en esperable en el maestro holandés, la dirección de un Haitink que en el futuro será capaz de profundizar aún más en la obra. (8)


Brahms concierto piano 2 Jochum Gilels

7. Gilels. Jochum/Filarmónica de Berlín (DG, 1972). Sin resultar especialmente personal ni creativo, Jochum ofrece un Brahms de trazo amplio, enorme concentración, claridad absolutamente asombrosa y fascinante mezcla entre espiritualidad serena y tensión soterrada que se fusiona a la perfección con un Gilels de sonido poderoso y energía muy controlada que, muchísimo más inspirado aquí que con Reiner, sabe ofrecer toda la variedad expresiva posible, desde la ternura más delicada hasta lo muy encrespado –hay momentos tremendos en el segundo Andante- manteniéndose ajeno a cualquier preciosismo sonoro y sin que se le mueva un pelo. Magnífica la orquesta, si bien el solista se muestra más recogido que intenso. La toma sonora es sensacional para la época. (10)



8. Pollini. Abbado/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1976). Vaya chasco: la orquesta más brahmsiana del mundo, un pianista de virtuosismo portentoso y un director lleno de talento en el mejor momento de su carrera, y las cosas no acaban de funcionar como es debido. Abbado no termina de dominar el lenguaje del autor, Pollini frasea con escasa variedad de acentos y a los dos se les escapa la ternura, la sensualidad, la calidez y el aliento poético que desprenden los pentagramas, aunque en honor a la verdad también hay que reconocer que ambos sintonizar en ofrecer un “impulso juvenil” –ímpetu, más que emoción- que le sienta muy bien a un primer movimiento particularmente escarpado. El resto tiene poco interés. La orquesta y sus solistas, eso sí, están gloriosos. Espléndida la calidad de imagen, no tanto la del sonido. (7)



9. Barenboim. Giulini/Sinfónica de Chicago (CSO, 1977). Podría pensarse que el intensísimo fuego –siempre controlado– y la intensidad dramática de un Giulini no del todo reconocible en este memorable único encuentro entre dos de los más grandes genios de la interpretación musical se debe a la influencia del de Buenos Aires, que repite su escarpadísimo acercamiento con Barbirolli, sobre el maestro italiano. En parte ha de ser así, pero esta tremebunda recreación, portentosamente materializada por los de Chicago –espléndido el chelista-, no deja de recordar a la Cuarta sinfonía que el propio Giulini grabó con la misma orquesta en 1969. Ninguna de ambas, por cierto, carece precisamente de la elegancia y la cantabilidad que caracterizan al de Barletta, aunque nos encontremos todavía lejos del Brahms esencial y desmaterializado que grabó más adelante con la Filarmónica de Viena. En cualquier caso, una interpretación netamente superior –excepto en el tercer movimiento– a la que grabó lustros atrás con Arrau. Y algo más rápida, por cierto. Excelente la toma en vivo. La grabación fue editada en una caja especial por la propia orquesta y es realmente difícil de encontrar: un amable lector se la ha dejado a ustedes completa en el enlace que aparece arriba. (10)


Brahms concierto piano 2 Kubelik Barenboim

10. Barenboim. Kubelik/Radio Bávara (DVD, Dreamlife, 1978). Barenboim enriquece finalmente su concepto gracias a la dirección mucho antes apolínea que dramática, pero en cualquier caso llena de sinceridad, del gran Rafael Kubelik. Entre los dos redondean una magnífica interpretación, juvenil y extrovertida, flexible y muy natural, de gran efusividad lírica pero también de enorme control y una gran profundidad poética. Por desgracia el cuarto movimiento, aun siendo espléndido, puede resultar algo leve. El resto es sensacional, especialmente el Andante. Existe también una edición en CD. (9)


Brahms concierto piano 2 Mehta Barenboim

11. Barenboim. Mehta/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1980?). El argentino ha progresado mucho desde su grabación con Barbirolli, pues aunque su enfoque sigue siendo ante todo encendido, dramático y escarpado, hay ahora mucha mayor riqueza conceptual, más imaginación y más variedad de matices, sobresaliendo los del segundo movimiento. Mehta aporta solidez, musicalidad, adecuado lenguaje y mucha claridad, pero su visión es bastante más ortodoxa, desde luego menos personal, equilibrando en este sentido los resultados desde el punto de vista expresivo. En cualquier caso, la batuta funciona magníficamente en los dos primeros movimientos, no tanto en el resto, particularmente en un Andante que no está todo lo paladeado que debiera y no alcanza toda la elevación poética posible. Muy bien el violonchelista Lorne Munroe. (9)


Brahms concierto piano 2 Haitink Ashkenazy

12. Ashkenazy. Haitink/Filarmónica de Viena (Decca, 1982). El maestro holandés repite y por momentos mejora –más paladeado el Andante– su notable aproximación anterior, esta vez contando con la baza de tener delante a una orquesta tan buena en lo técnico como la suya propia y aún más adecuada para este repertorio. El pianista ruso realiza una aproximación elegante, sensible y muy musical, pero no del todo imaginativa ni comprometida, y bastante ajena a los aspectos más dramáticos y escarpados de la partitura, a la que se aproxima desde un ángulo excesivamente apolíneo. La toma sonora es espléndida. (8)



13. Zimerman. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1984). Otra cima interpretativa de la obra. La dirección interesa muchísimo porque, sin faltarle nada de vuelo lírico y emotividad, desdeña lo meramente otoñal y aporta una gran dosis de brillantez, jovialidad y garra dramática, todo ello sacando un partido verdaderamente excepcional de la orquesta. Por su parte Zimerman, impresionante desde el punto de vista técnico como ningún otro pianista, da una lección de estilo y comunicatividad, en una línea que, al igual que la de la batuta, aporta una gran riqueza conceptual. Existe también una edición paralela solo en audio. Cualquiera de las dos es de obligado conocimiento. (10)
 
 

14. Barenboim. Celibidache/Filarmónica de Múnich (DVD Euroarts, 1991). Aunque los dos artistas coinciden en comprender a la perfección el estilo brahmsiano, con lo que tiene de densidad sonora, naturalidad en el fraseo, nobleza expresiva y hondura filosófica, no se establece un diálogo tan rico entre el enfoque sereno y otoñal –aunque siempre lleno de fuerza– de Celibidache, que se mantiene hasta cierto punto analítico y distanciado, y el mucho más tempestuoso y dramático de un Barenboim rico e imaginativo en los acentos, inflamado sin perder el control pero más variado, imaginativo y comprometido en lo expresivo. Dicho de otra manera: el pianista, que alcanza aquí uno de sus más geniales logros fuera del terreno beethoveniano, aporta aún más a la interpretación que el maestro. Lástima que la toma sonora no esté a la altura de semejante prodigio. (10) 
 
 
Brahms concierto piano 2 Chailly Freire
 
15. Freire. Chailly/Gewandhaus Leipzig (Decca, 2005). Mucho más cómodos en el lirismo de este Segundo que en los terrenos más dramáticos y escarpados del Primero que registraron para el mismo sello, los dos artistas logran ofrecer una recreación admirablemente dicha y paladeada con amplio aliento poético que se beneficia de la admirable sonoridad de la orquesta de Leipzig. Con todo, a Chailly le sobra alguna frase en exceso blanda –también al chelista–, y a Freire se le debe pedir una interpretación más comprometida y rica en matices, sobre todo en un cuarto movimiento que en sus manos suena un tanto lineal. (8)
 
 

16. Ove Andsnes. Haitink/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). De nuevo una notabilísima, aunque no genial ni personal, dirección por parte de Haitink, como siempre equilibrada y de exquisito gusto, completamente brahmsiana y antes contemplativa que escarpada, pero no por ello exenta de fuerza. Lo que interesa de esta lectura, en cualquier caso, es la magistral actuación del pianista, poderoso y rico en el sonido, encendido al tiempo que controlado, viril pero atento al lirismo, y siempre tan flexible como variado en el matiz. Soberbia la orquesta, como también su chelista y las maderas en el tercer movimiento. (10)



17. Bronfman. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Una tremenda sorpresa este Brahms de Rattle, muy superior a sus sinfonías y casi a la altura de su tremendo –aunque algo unilateral por su extremo dramatismo– Primero con Barenboim: irreprochable en el idioma, tan incandescente como controlado, extrovertido e inmediato antes que reflexivo (es decir, en una línea muy diferente a la de Haitink unos meses antes), pero también concentrado cuando debe, consiguiendo además un equilibrio perfecto entre las vertientes lírica, épica y dramática de la página, sin olvidar –especialidad del maestro británico– un humor luminoso pero por fortuna no trivial en el cuarto movimiento. El pianista es el que no sorprende: su denso y al mismo tiempo nítido sonido es de lo más adecuado, su temperamento resulta todo lo poderoso que debe, se encrespa con apropiada garra dramática en los clímax de la partitura, bucea en los aspectos más misteriosos de la misma y sabe cantar las melodías con una sobriedad intensa muy alejada de cualquier devaneo sonoro. Les falta quizá a los dos artistas un punto de imaginación, pero los formidables solistas de la no menos formidable orquesta aportan lo que le falta a esta interpretación para codearse con las mejores. (10)

sábado, 20 de abril de 2013

El enorme Rigoletto de Warren

Verdi: Rigoletto
Leonard Warren, Erna Berger, Jan Peerce, Nan Merriman
Robert Shaw Chorale. RCV Victor Orchestra. Director: Renato Cellini
Naxos, 8.110148-49
2 CDs, 129’22’’
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Rigoletto Warren Cellini Naxos

El malogrado Leonard Warren fue, por pasta vocal y temperamento dramático, un soberbio barítono verdiano, pero lo menguado de su discografía oficial le hacía ser apreciado hasta hace poco sólo por los que tenían peculio para adquirir costosas piratadas... y valor para soportar su sonido. Agradezcamos ahora a Naxos la restauración de este Rigoletto grabado en estudio por RCA en 1950, que viene a unirse al que ya ofreció del Met, junto a Björling y Sayao, cinco años anterior, pues podemos conocer su impresionante encarnación del jorobado por dos billetes verdes.

La Berger es una Gilda de una cursilería insoportable. ¿Una cantante anticuada? No: una mala soprano. Peerce hace un Duque altanero y desagradable, como debe ser, pero su talante exhibicionista no está en consonancia con sus medios vocales. Espléndidos Nan Merriman como Maddalena e Italo Tajo como Sparafucile, y de irregular nivel los comprimarios. Vehemente e intensa, también algo apresurada, la dirección de Cellini.

Se ofrecen veintiséis minutos de suculentas propinas para degustar el arte verdiano de Warren, entre las que destaca la aparición de una pletórica Varnay en Simon Boccanegra, que por entonces hacían en el Met.
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Artículo publicado en el número de septiembre de 2001 de la revista Ritmo.

miércoles, 17 de abril de 2013

Nelsons y Concertgebouw en Lucerna (I): Wagner, Strauss, Shostakovich

Andris Nelsons y la Orquesta del Concertgebouw ofrecieron en septiembre de 2011 en el Festival de Lucerna dos programas que han sido editados en DVD y Blu-Ray (he conseguido “prestados” estos últimos) por el sello Cmajor con alucinante calidad de imagen y sonido. Comento ahora el primero de ellos, en el que el director letón mejora, a mi entender, los resultados interpretativos de realizaciones suyas anteriores de las mismas obras.

La velada comienza con la obertura de Rienzi, que ya le conocía por una toma radiofónica de los Proms al frente de la orquesta de Birmingham de la que es titular. Entonces me pareció un pelín frívola en la sección central y en exceso hollywoodiense –incluso verbenera– en el final. Nada de eso hay aquí. Todo el primer tercio de la página está cantado, como entonces, con un lirismo sereno y concentrado de enorme belleza, elevadísimo en lo espiritual, diríase que sobrenatural. La sección central podría preferirse con mayor densidad: creo que Ángel Carrascosa ha sido muy lúcido al apuntar en su blog que aquí Nelsons mira mucho antes a Weber que al propio Wagner. El tercio final se encuentra ahora maravillosamente controlado, recreándose mucho antes el maestro en la asombrosa calidad de la formación holandesa que en los excesos a los que se puede prestar la partitura. Del uno al diez, un nueve. La nota máxima va para Klemperer y Böhm.

Nelsons Concertgebouw Shostakovich

Richard Strauss completando la primera parte: Danza de los siete velos de Salomé. Nelsons ya tenía una grabación comercial en el sello Orfeo con la City of Birmingham Symphony registrada en 2010. Esa ya era magnífica por su planificación de absoluta lógica, por su perfecto equilibrio entre refinamiento y fuerza expresiva y por su decadentismo aplicado en el punto justo, sin excesos evanescentes pero tampoco haciendo la menos concesión al efectismo. En la de este Blu-ray, aparte de haber cambiado algunos ligeros detalles creativos, lo que marca la diferencia es la presencia de la Orquesta del Concertgebouw, probablemente en el mejor momento de su historia: si los solistas en sus intervenciones se muestran acertadísimos en lo expresivo, la sonoridad global del conjunto, sin la personalidad de Berlín o Viena, ofrece un empaste insuperable, un colorido de enorme belleza y una maleabilidad absoluta. Para mí, la mejor orquesta de Europa hoy por hoy. Las texturas que la batuta obtiene con semejante instrumento (¿se ha escuchado alguna vez algo así en esta pieza?) son un milagro. Diez sobre diez.

La Octava Sinfonía de Shostakovich que ofreció Andris Nelsons al frente de la Filarmónica de Berlín en la Digital Concert Hall ya la comenté en este blog: soberbiamente tocada y con momentos de enorme inspiración, entre ellos la coda final, pero en conjunto algo decepcionante por su relativa falta de garra y sus caídas en la blandura; he vuelto a escucharla y mi opinión ha cambiado poco. Esta de Lucerna con la Concertgebouw me parece más convincente, mejor construida –tremendo el movimiento inicial– y sin los detalles fuera de lugar que entonces había tanto por parte de Nelsons como de (eso es lo más extraño) algunos solistas de la formación alemana. Los de la holandesa, desde luego, están formidables en lo expresivo, aunque quizá el violín no sea tan intenso como el de la Berliner Philharmoniker.

En cuanto a la batuta, se pueden echar de menos la virulencia de Rozhdestvensky en los dos primeros movimientos, la tensión arrolladora de Solti en el tercero y el carácter particularmente esencial y fantasmagórico que Rostropovich imprime a los dos últimos, pero la realización de Nelsons, objetiva y abstracta, quizá algo distanciada, resulta en todo momento certera. Lo menos conseguido a mi entender es el tercer movimiento, no del todo implacable y sin el humor negro que debería tener; el pasaje fugado del quinto está diseccionado con precisión y la coda vuelve a ser acongojante. No me parece una lectura de referencia, pero el nivel es muy alto: nueve sobre diez, en parte gracias al milagro de la Orquesta del Concertgebouw. El diez iría quizá, a mi entender, para la primera de las dos grabaciones de Previn con la Sinfónica de Londres (EMI).

Eso sí, este Shostakovich de Lucerna tiene algo que no posee ningún otro del mercado: una toma sonora en DTS-HD Master Audio para caerse de espaldas si se reproduce en un Blu-ray con salida multicanal y su correspondiente batería de satélites. ¡Cuidado con los vecinos!

lunes, 15 de abril de 2013

Sir Colin, un caballero

No suelo escribir obituarios en este blog, pero en el caso de Sir Colin Davis voy a hacer una excepción. No por la admiración enorme que me suscita el arte de quien sin duda ha sido una de las más grandes batutas de los últimos cincuenta años, a la que pude escuchar en directo un par de veces en Londres (enlace) y otras tantas en Granada, sino por algo más personal: de los muchos músicos a los que he tenido la oportunidad de acercarme para pedir autógrafos, este ha sido uno de los que "mejores vibraciones" me ha transmitido en lo personal. Educado, cordial, elegantísimo, atento, todo un caballero.



Sé que parece una tontería, pero hay mucho de todo ello en sus sensacionales interpretaciones de Haendel, de Haydn, de Schubert, de Sibelius, de Britten y -gran especialidad de la casa- de Berlioz. Significativamente, su último disco ha sido el Réquiem del autor francés al frente de la Sinfónica de Londres. Quede aquí un fragmento del concierto celebrado el pasado junio en la Catedral de St. Paul en que se realizó la grabación, donde pueden ver cómo el maestro tuvo ya que resignarse a dirigir sentado. Descanse en paz.


domingo, 14 de abril de 2013

El PP, destrozando la costa

Estoy en profundo desacuerdo, en líneas generales y con determinadas excepciones, con la ideología del Partido Popular (vamos, que no soy en absoluto de derechas, ni de la derecha digamos "tradicional" ni de la de nuevo cuño liberal). Me parece lamentable, de nuevo en general, la labor que está realizando la referida agrupación política en el actual gobierno español, actuando a decretazo limpio, recortando aquí y allá sin ofrecer alternativas y mostrándose altamente sumiso ante los países más poderos de Europa. Y siento una terrible mezcla de irritación y pena ante las notiticas, no por esperadas menos temidas, que llegan sobre lo que van a dejar hacer estos señores: cargarse las pocas costas que quedan por ser destrozadas para que quienes ustedes y yo sabemos hagan caja. ¡Vuelta a la cultura del ladrillo que tanto contribuyó a meternos en la crisis! ¿Desarrollo sostenible? ¡Inventos de la izquierda sectaria! ¿El medio ambiente? ¡A tomar por culo!

De nada sirven leyes anteriores, planes de actuación, reportajes televisivos o campañas medioambientales. Tampoco que en los libros de texto se haga tomar conciencia a nuestros alumnos de la necesidad de proteger el litoral. No me extrañaría incluso que el ministro Wert nos prohíba dentro de poco decirle a los niños que está mal construir en la costa, apelando a esa "libertad de conciencia" que tanto parece preocupar (¡tremendo manipulador!) al antiguo tertuliano del canal ultraderechista Intereconomía. El PP tiene mayoría absoluta y la democracia le da derecho a actuar así. Y no me digan que los millones de españoles que les votaron que no sabían de qué iban.

Lo único que podemos hacer ahora es ejercer nuestro derecho al pataleo, y eso es lo que yo hago desde este humilde rincón personal. Por favor, no se molesten los lectores en salir defendiendo al PP. Esta vez no estoy de humor. Solo me queda rezar para que se convoquen elecciones generales cuanto antes.


Ah, les dejo una de las músicas que más amo, ya que esta se encuentra parcialmente inspirada en la costa. La costa inglesa, para concretar: la banda sonora de El fantasma y la Señora Muir, de Bernard Herrmann. Música que, por cierto, también fue destrozada en su momento merced al doblaje televisivo español. Pero esa es otra historia.

viernes, 12 de abril de 2013

Romeo y Julieta de Tchaikovsky: discografía comparada

Uno está ya acostumbrada a leer a ciertos críticos afirmaciones para enmarcar, pero aun estando curado de espanto hay ciertas cosas que le hacen a uno partirse de risa. Es el caso de lo que leí hace poco: que el Romeo y Julieta de Tchaikovsky es una obra “opulenta y estruendosa” que “no llega al corazón”. En desagravio a tan suprema pedantería –meterse con las obras del gusto del público más popular queda muy moderno y muy comprometido– , quede aquí esta improvisada, y por ende incompleta, discografía comparada sobre el bellísimo, sincero y altamente emotivo (¡mal que le pese a algunos!) poema sinfónico inspirado en Shakespeare del autor ruso.


Maazel Early recordings

1. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1957). Resulta asombroso que un director de tan solo veintisiete años, atreviéndose a ponerse delante de la orquesta de Karajan, sea capaz de levantar la introducción a esta obra con semejante lentitud cargándola de tensión y malos presagios, paladeando volúmenes sonoros y colores de manera magistral y dotando al pasaje de convicción, sin quedarse en el mero exhibicionismo. El resto no alcanza semejante nivel, pero es notabilísimo: escenas de violencia muy electrizantes aunque algo apresuradas, frente a unas escenas de amor sin toda la sensualidad posible, si bien el segundo clímax resulta verdaderamente incendiario. Sonido monofónico de buena calidad. (8)


Markevitch Tchaikovsky Prokofiev Testament

2. Markevitch/Philharmonia (Testament, 1959). Interpretación muy personal, de sonoridad rústica, incluso bronca y hosca, que adopta un enfoque adusto, dramático e incendiario, pues el maestro no atiende demasiado a la voluptuosidad, a la sensualidad y al lirismo y sí mucho a la vertiente más trágica de la obra, conociendo grandes arrebatos, pero sin dejar de frasear con concentración y sentido de la arquitectura. No hay rastro de blandura o melifluidad en esta interpretación sincera y directa. A destacar la segunda sección amorosa, de una fuerza abrasadora y enorme desesperación, así como toda la tragedia final, expuesta de manera implacable. Magnífica la grabación. (10)



3. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1960). Grandes contrastes dinámicos, brillantez y refinamiento en grado extremo, empaste perfecto, enorme belleza sonora, numerosos detalles de preciosismo, pasajes un tanto lánguidos que bordean el amaneramiento, explosiones orquestales más de cara a la galería que sinceras… Todas las características del Karajan más puro se encuentran, para lo bueno y para lo malo, en esta recreación que concide el virtuosismo como fin y no como medio. Impresiona, pero no emociona. (7)

 
Tchaikovsky Romeo Sargent

4. Sargent/Royal Philharmonic Orchestra (EMI, 1960). Poco hay que decir sobre esta interpretación de Sir Malcolm, muy bien tocada y más que correcta en lo expresivo, pero aquejada de una evidente discontinuidad dramática y no todo lo emotiva que debería. A destacar, en cualquier caso, la sonoridad muy rusa que extrae de las maderas –escena “medievalizante” del prólogo– y el apropiado alejamiento de la dulzura y el amaneramiento. La toma sonora no es muy allá, si bien posee una amplia gama dinámica. (7)
 
 
Tchaikovsky Romeo Munch

5. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1961). Una introducción desconcentrada y sin misterio ya nos alerta que no nos vamos a encontrar ante una recreación especialmente afortunada. Efectivamente, la predicción se cumple en esta lectura muy bien tocada y sostenida por un pulso adecuado, pero dicha con bastante apresuramiento, sin pararse a paladear las maravillosas melodías ni a diferenciar los diferentes ambientes ni las gradaciones de tensión que requiere la página. Se escucha con indiferencia y se olvida. La toma tampoco es muy allá. (7)
 
 
Giulini Tchaikovsky

6. Giulini/Philharmonia (EMI, 1962). Parece mentira, pero aun teniendo a su servicio a la que por entonces era la mejor orquesta del mundo y sabiendo hacer gala de la musicalidad y el exquisito gusto –nada de excesos ni melifluidades– que en él son habituales, Giulini se muestra sorprendentemente falto de inspiración en una lectura lineal, parca en sensualidad y poesía, algo desconcentrada y más externa que sincera. La toma sonora deja un tanto que desear. (7)
 
 

7. Haitink/Concertgebouw (Philips, 1964). Una introducción lenta, ominosa y muy concentrada da paso a una lectura muy bien planteada en su gradación de intensidades dramáticas y amorosas, en una línea ortodoxa, sobria y objetiva, ajena a efectismos, pero un tanto sosa, en exceso distanciada: puro Haitink, pero no del mejor posible. El holandés lo hará de manera más satisfactoria décadas más tarde. (8)



8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1966). La interpretación ha mejorado con respecto a la del propio salzburgués seis años atrás. Han desaparecido algunos de los portamenti y otros rebuscamientos, el segundo clímax amoroso es ahora más ardiente y, desde luego, la Filarmónica de Berlín ofrece una sonoridad más adecuada para esta obra que la de Viena. Pero las languideces, la insinceridad y la obsesión por el sonido siguen ahí desde el arranque hasta los excesivamente opulentos e hinchados acordes finales. Karajan sigue siendo Karajan. (8)



Tchaikovsky Romeo Previn LSO

9. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1972). La excelencia del Tchaikovsky –y no solo del Tchaikovsky– que Previn registró al frente de la LSO a lo largo de los años setenta no debe buscarse en genialidad alguna ni en una personalidad particularmente poderosa, sino en la convergencia de un gran dominio técnico, conocimiento del idioma, sensatez, buen gusto, pulso en absoluto nervioso y una apreciable dosis de inmediatez y comunicatividad. Es el caso de esta magníficamente ortodoxa recreación, que por cierto el sello británico debería recuperar con su sonido cuadrafónico original. (9)


Tchaikovsky Romeo Ozawa

10. Ozawa/Sinfónica de San Francisco (DG, 1972). Lectura tan vistosa como superficial por parte de un director claramente inmaduro que, frente a la enorme electricidad que sabe ofrecer en los pasajes de los duelos, no es capaz de desplegar misterio en la introducción ni poesía en la conclusión, ni de diferenciar las dos escenas de amor ofreciendo delicadez en la primera y sensualidad en la segunda (muy volcánica, eso sí). La toma sonora, un tanto reverberante. (7)



11. Rostropovich/Filarmónica de Londres (EMI, 1977). Lo que hace portentosa esta interpretación –como la de todo el Tchaikovsky que Rostropovich grabó en su faceta de director en los años setenta– es exactamente lo mismo que convirtió al de Baku en un violonchelista genial, a saber, un fraseo de una cantabilidad, una ternura –pocas veces o ninguna se habrá escuchado así la primera escena de amor– y un humanismo de primera magnitud que cuando llega el momento de arrebatarse lo hace con un absoluto control de los medios, sin excesos ni desbordamientos, dejando a la música respirar con la mayor naturalidad dentro de la incandescencia. Sumemos a estos una gran plasticidad en el tratamiento de la masa orquestal –Rostropovich tenía gran técnica de batuta–, una excelente construcción de los clímax y una gran convicción para hacer que la orquesta ofrezca lo mejor de sí misma –impresionante el timbal en la escena de la muerte de los amantes– y comprenderemos por qué esta realización, sin ser tan personal y creativa como otras, sigue siendo descomunal. (10)
 
 
Colin Davis Tchaikovsky Sibelius Pentatone

12. Colin Davis/Sinfónica de Boston (Philips-Pentatone, 1979). La nobleza, la elegancia, el refinamiento y el equilibrio propios del maestro británico se imponen en esta interpretación excesivamente apolínea para una obra que está pidiendo pasión a gritos, pero que en cualquier caso está fraseada con una naturalidad admirable y, eso desde luego, está soberbiamente tocada por la orquesta norteamericana. Muy buena la toma sonora cuadrafónica recuperada por Pentatone. (8)
 
  Tchaikovsky Romeo Ormandy DVD

13. Ormandy/Philadelphia (DVD Arthaus, 1979). La orquesta realiza una labor verdaderamente impresionante desde el punto de vista técnico, pero la interpretación que realiza el mítico y un tanto sobrevalorado maestro muy rutinaria, plana e impersonal, que comienza bastante fría y aséptica y sólo en el segundo clímax empieza a destilar emoción. A olvidar. (7)


Barenboim Tchaikovsky Romeo DG

14. Barenboim/Chicago (DG, 1981). Al frente de una orquesta sensacional, muy aprovechada y trabajada con una gran claridad, un Barenboim aún en su primera madurez como director ofrece una recreación particularmente dramática y sombría, antes que sensual, en la que la batuta desgrana minuciosamente la partitura otorgando un poderosísimo sentido expresivo a los colores y al fraseo, y en la que la tensión se acumula de manera implacable para conseguir clímaxs tan poderosos como desgarrados y un final terriblemente siniestro.  (10)
 
 

15. Abbado/Chicago (1988). La orquesta norteamericana sigue siendo impresionante, pero está menos aprovechada en lo expresivo que con Barenboim. En cualquier caso la batuta consigue de ella una muy notable interpretación, bien trazada y muy brillante, con un clímax amoroso final muy apasionado, pero que resulta más vistosa que sincera, algo superficial, necesitando una mayor implicación emocional y sobrándole alguna delicadeza, como esos violines ingrávidos propios del Abbado maduro, que llega a molestar. El maestro tiene otras dos grabaciones, ambas en DG, que desconozco. (8)
 
 
Bernstein Tchaikovsky

16. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (DG, 1989). Un Lenny en su momento de mayor madurez como director ofrece, frente a su amada orquesta neoyorkina de la que había sido titular, una interpretación comprometidísima, y imaginativa y muy flexible, aunque no por ello cercana precisamente al descontrol, pues está en realidad muy bien calculada en su acumulación de tensiones y en la diferenciación de los dos clímax amorosos, tierno e inocente el primero, sexual y paroxístico el segundo. Hay además grandes dosis de electricidad y dramatismo, con un final impactante, sin llegar a las cotas de negrura de Barenboim, pero aportando una mayor sensualidad y frescura. En cualquier caso, una lectura tan personal como extraordinaria. (10)
 
 


17. Haitink/Filarmónica de Berlín (DVD TDK, 1993). El holandés ahora sí que da lo mejor de sí mismo en una interpretación sobria, adusta y objetiva pero llena de fuerza y tensión, poco “amorosa” pero sobrecogedora por su potencia dramática, por no hablar de su alejamiento de cualquier superficialidad o decadentismo, su enorme claridad y el sonido de la magnífica orquesta, en cuyos timbres oscuros la batuta se recrea. En definitiva, una espléndida lectura en la línea de la primera de Barenboim, sin alcanzar su excelso grado de inspiración. (9)
 
 
Barenboim Tchaikovsky Romeo Teldec

18. Barenboim/Chicago (Teldec, 1995). El de Buenos Aires y los de Chicago repiten obra empeorando los resultados. De nuevo se trata de una interpretación oscura y dramática, sin concesiones, pero aquí la concentración es mucho menor por parte de la batuta, que no paladea cada pasaje con tanta delectación, no ofrece una arquitectura global tan lograda ni, en definitiva, logra la intensidad emocional de su anterior versión, aunque haya momentos muy impactantes. La toma sonora es muy buena pero tampoco está del todo conseguida. Un fiasco. (8)
 
 

19. Gatti/Royal Philharmonic (Harmonia Mundi, 2003). El desigual y desconcertante Gatti, en general mediocre tchaikovskiano, construye una interpretación irregular que va de menos a más. Comienza con una introducción desmayada, sin densidad. Siguen una sección agitada en exceso nerviosa, más una primera escena de amor en exceso delicada, blanda e insustancial. A partir de ahí se va entrando en calor y se ofrecen muy buenos momentos, aunque el resultado es más vistoso que profundo. La grabación ofrece una muy amplia dinámica, aprovechada a fondo por un director empeñado en ofrecer pianísimos casi inaudibles y fortes de gran volumen. (7)
 
 

20. Gergiev/Sinfónica de Londres (YouTube, Proms 2007). Vistosa y encendida recreación, de espléndida factura y sonoridades muy rusas, dicha con entusiasmo y mucha garra, que a la postre resulta algo epidérmica e impersonal, amén de un tanto nerviosa y falta de concentración. Los que estuvimos en esa sesión de los Proms –se me ve en más de un momento de la filmación de la misma– lo pasamos bien, pero cuando se realizan las comparativas pertinentes las cosas se ponen en su lugar. (8) 
 
 
Fleming Marin Waldbuhne

21. Ion Marin/Filarmónica de Berlín (Blu-ray, Euroarts, 2010). La estrella del concierto anual de la Berliner Philharmoniker en el Waldbühne no fue un director de orquesta, como es habitual, sino Renée Fleming. El rumano Ion Marin se limitó a acompañar a la diva y a ofrecer alguna página orquestal, entre ellas este Romeo y Julieta dicho con excelente gusto y, desde luego, maravillosamente tocado, pero bastante plano e insulso, amén de no muy bien planificado en lo que a las tensiones se refiere, ya que por momentos suena descafeinado. El sonido multicanal no parece surround auténtico, ni siquiera en el DTS Master-audio del Blu-ray. (7)
 
 

22. Dudamel/Sinfónica Simón Bolívar (DG, 2010). Introducción lentísima y muy atmosférica, aunque no del todo tensa. Correcta la primera sección dramática. Primera sección lírica con pianísimos extremos y blandos portamentos que conducen a la cursilería. Bien la segunda sección dramática, buscando siempre la brillantez pero sin caer en el exceso. Segunda sección lírica muy bella y voluptuosa, pero no tan ardiente y desesperada como con otros directores. Última sección dramática muy vistosa, con coda de gran belleza y no mucha negrura. Acordes finales más contundentes que desgarrados. En una palabra, irregular. (7)
 
 

23. Nelsons/Concertgebouw (YouTube, 2011). Una interpretación sólida, ortodoxa y sensata a más no poder, expuesta con inmejorables fluidez, naturalidad y comunicatividad, en la que más que cargar las tintas sobre los aspectos dramáticos de la página o dejarse llevar por arrebatos amorosos, el director letón pone énfasis en la enorme carga sensual de la partitura, particularmente en un arranque y un final mucho antes sentimentales –en el buen sentido– que nihilistas. A todo ello no es ajena la capacidad de la batuta para frasear con asombrosa morbidez ni la calidad de una orquesta que sabe desplegar los más cálidos colores imaginables. Con imágenes, la mejor. (9)
 
 

24. Nézet-Séguin/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). El joven maestro canadiense construye una versión de amplio calado sinfónico dicha en un solo trazo, perfectamente delineada en sus tensiones hacia la segunda escena de amor, brillante en su punto justo y por completo ajena tanto a la blandura como a cualquier clase de devaneo sonoro, siempre dentro de un enfoque más sombrío que sensual, es decir, más en la línea de la primera grabación de Barenboim que de la última de Bernstein. Desdichadamente el resultado, siempre dentro de un nivel notable respaldado por la excelencia de la orquesta berlinesa, se ve lastrado por una extraña sensación de frialdad, de distanciamiento expresivo e incluso de falta de ideas, que denota cierta falta de madurez por parte del director. (8)

Prensa local

Hace poco un amigo de Valencia me preguntaba por qué yo no había escrito nunca críticas en la prensa local. No es del todo cierto eso, la verdad. Le contesto desde aquí contando dos historias.

A finales del anterior milenio, cuando yo trabajaba en una oficina de Jerez como auxiliar administrativo sin haber aún podido catar el mundo que realmente me gusta, que es el de la enseñanza, me dijeron que en un célebre periódico de tirada nacional estaban interesados en mí para ejercer tal labor en la edición jerezana que estaban preparando. Me pidieron que realizara un dossier de las cosas que yo había escrito en una revista digital llamada Sevilla Cultural, en la que llevaba un tiempo escribiendo –sin remuneración, of course– gracias a mi amigo Juan José Roldán. Parece que el crítico del referido periódico en Sevilla tenía que dar el visto bueno. Pasado un tiempo, este me dijo –no sé si con sinceridad– que lo que había leído le había gustado mucho. Pero nunca me llamaron. Luego me enteré que él había recomendado que no me admitiesen. ¿Por qué? La explicación que me han dado, muy plausible, no me permiten hacerla pública. Ironías del destino, el citado crítico incorporó años más tarde en su medio a un respetado colega suyo de la Universidad Hispalense, profundo ignorante de cuestiones interpretativas y plagiador descarado, dicho sea de paso, que terminó dándole la patada a él y a otros críticos de la ciudad cuando aquello del manifiesto anti-Halffter. Ah, la edición jerezana del referido periódico apenas duró dos años. Como digo, pura ironía.

Poco después, trabajando en un centro educativo de mi ciudad, propuse al diario Información Jerez escribir para ellos. Me contestaron que de acuerdo, pero sin ver ni un duro. “La música clásica no nos interesa”, me dijo el director con toda claridad. Yo por entonces escribía en Mundoclásico, y lo hacía sin cobrar, así que la propuesta me pareció que no empeoraba las cosas. Me apetecía escribir sobre el Villamarta en la prensa local. Lo hice con muchísima moderación, sabiendo para qué clase de público escribía y cómo se iba a interpretar cualquier reparo, pero aun así me gané el desprecio de la dirección del teatro y de algunos miembros del coro: solo eran admitidos los elogios desmesurados.

Pero no nos desviemos. Lo único que obtuve de este trabajo fue un viaje en tren y alojamiento en Madrid para escribir sobre el debut de Ismael Jordi en el Teatro Real cantando Così. Agradecimiento, ninguno. Y de hecho me incorporaron algún lamentable párrafo de su cosecha, que quedó vergonzosamente firmado por un servidor, cuando a uno de los espectáculos del Villamarta acudió la hermana del Rey: a mí nunca se me hubiera ocurrido firmar algo sobre los “aromas borbónicos” del teatro. En fin, al cabo de un año decidí dejar a estos lamentables señores. Las críticas volvió a escribirlas Marco Antonio Velo, experto en cuestiones taurinas y semanasanteras del referido diario. Su frase sobre el “éxtasis vocístico” (sic) al que condujo Ainhoa Arteta al público villamartino queda para el recuerdo, entre otras lindezas. Ya saben: la clásica no les interesa.

¿Vas viendo, querido Luis, cómo funcionan las cosas en la prensa local? Pues eso.

miércoles, 10 de abril de 2013

Sinfonía nº 3, “con órgano”, de Saint-Saëns: discografía comparada (I)

ATENCIÓN. Esta entrada queda aquí de manera testimonial, porque ha sido muy mejorada en este enlace.

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Me hablaba esta misma tarde un amigo de las interpretaciones discográficas de la más famosa sinfonía de Camille Saint-Saëns, la Tercera, dentro de un grupo de cinco que alberga unas cuantas bellezas, como ya expliqué en otro lugar de este blog.

Pues bien, ¿por qué no juntar las notas que he apuntando de las interpretaciones de esta página que he venido escuchando en los últimos años? Son pocas como para tomarse esta comparativa muy en serio, pero al menos podrán ofrecer cierta información al lector que se quiera adentrar en esta maravillosa música, por cierto nada fácil de grabar: empastar órgano y orquesta es cosa complicada, por lo que algunas compañías optan por registrar al instrumento aparte y luego unirlo con el resto de la toma. Y no se me olvide recordar que ese no es el único instrumento “obbligato” de la obra: el piano ejerce un papel igual de importante en la segunda mitad de la página.

Compuesta en 1866, sus partes son en principio dos: 
  1. Adagio – Allegro moderato – Poco adagio
  2. Allegro moderato – Presto – Maestoso – Allegro
En realidad, la estructura es mucho más clásica que lo que parece: introducción lenta, primer movimiento rápido, movimiento lento, scherzo y vibrante final. Los cuatro movimientos de toda la vida, en definitiva. Y antes de empezar la comparativa, déjenme mostrarles una sorprendente recreación del tema del finale.


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Saint Saens Organo Munch

1. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1959). Muy buena lectura de línea ortodoxa, bien llevada, con energía, aunque sin toda la poesía posible. Funciona sin problemas el primer movimiento, si bien algo tosco, o al menos no del todo depurado. Al segundo le faltan morbidez en el fraseo, sensualidad y espiritualidad, aunque en contrapartida se subrayan los ribetes amargos. Magnífico el tercero, poderoso y con mucha garra. Al final, tan fogoso como bien controlado, le sobra algo de grandilocuencia. Nada en particular sobre el órgano de Berj Zamkochian. Buen sonido para la época, con amplia gama dinámica en SACD. (8)
 
 
Saint Saens Organo Martinon

2. Martinon/Nacional de la ORTF (EMI, 1972-75). Interpretación ortodoxa en su línea francesa, pero no por ello trivial ni hedonista, e impresionante por su fuerza expresiva, aparte de por su magnífica realización. Adecuadamente dramático el primer movimiento, incisivo y un punto nervioso. Sensacional el segundo, sensual a más no poder, elegantísimo, voluptuoso, pero en absoluto narcisista. Decidido el tercero, con garra y cierta aspereza sonora bien conjugada con la elegancia gala. Grandioso como debe ser el final, pero sin ápice de retórica. Irreprochable Bernard Gavoty en el órgano de Los Inválidos. EMI debería recuperar en SACD la toma cuadrafónica original, que circuló hace tiempo por la red en una remasterización casera. (10)
 
 
Saint Saens Organo Barenboim

3. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1976). Barenboim se olvida de “lo francés” para hacer de sí mismo en esta lectura sobria, dramática, sincera y tan carente de retórica como llena de fuerza, en la que sólo falta algo más de sensualidad tímbrica y voluptuosidad en el segundo movimiento para ser perfecta. La orquesta, increíble. Magnífica la grabación, incluido el “corta y pega” de la actuación de Gaston Litaize en el órgano de la Catedral de Chartres. En Japón circula una edición en SACD estereofónica; se rumorea que existe una toma cuadrafónica original nunca comercializada. (9)
 
 
Saint Saens Organo Karajan

4. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1982). Si Barenboim es fiel a sí mismo, no lo es menos Karajan en esta realización fundamentalmente hedonista que llega a un muy atractivo punto de equilibrio entre las brumas germánicas y la sensualidad francesa, con sonoridades mórbidas, aterciopeladas y bellas a más no poder, pero también con cierta tendencia a la superficialidad. Al primer movimiento le falta fuerza y dramatismo, y el segundo resulta en exceso contemplativo. Fabuloso el final, donde Pierre Cochereu extrae del órgano de Notre-Dame de París unos registros arcaizantes de gran atractivo. La gama dinámica es muy amplia. (8)
 
 
Saint Saens Organo De Waart

5. De Waart/Sinfónica de San Francisco (Philips, 1984). Interpretación solvente pero poco inspirada, sin mucha electricidad ni poesía, y sí algo blanda. Lo mejor es un decidido tercer movimiento. La orquesta no es gran cosa. El órgano de Jean Guillou pasa sin pena ni gloria. A olvidar. (7)
 
 
Saint Saens Organo Levine

6. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1987). Del mucho repertorio sinfónico que grabó el mediocre Levine para el sello amarillo posiblemente lo mejor sea esta interpretación dicha con entusiasmo, fabulosamente tocada además (y mejor grabada que la del propio Karajan con la misma orquesta) que sólo peca por su evidente búsqueda de la espectacularidad, sin duda marca de la casa, y por cierta dulzonería del segundo movimiento. (8)
 
 
Saint Saens Organo Eschenbach

7. Eschenbach/Orquesta de Philadephia (Ondine, 2006). Con Olivier Latry inaugurando el órgano de la sala de la fabulosa formación norteamericana, Eschenbach ofrece una interpretación muy bien dicha pero no del todo convincente. El primer movimiento, más que correcto, requiere mayor garra y tensión interna. El segundo está muy bien paladeado, pero la lentitud termina haciéndolo moroso. Busca el contraste con el tercero, que termina siendo precipitado y en exceso nervioso. Bien sin más el cuarto, volcado claramente hacia un espectacularidad particularmente evidente si se reproduce la capa SACD. (7)



8. Chung/Radio Francia (YouTube, Proms 2008). Interpretación tópicamente francesa en la que son admirable el sentido del color, el refinamiento y la morbidez del fraseo, al menos en el segundo movimiento, pero en la que hay que reprochar seriamente la tendencia a ofrecer sonoridades relamidas y a dejar de lado la tensión sonora, la garra y el dramatismo. Magnífico de nuevo Latry. (7)

martes, 9 de abril de 2013

Contraprogramación en Valencia

No son pocos los que vienen señalando desde hace tiempo la necesidad de coordinar los dos grandes espacios musicales de la capital del Turia, el Palau de la Música y el Palau de Les Arts, porque el público valenciano no es tan numeroso y a veces se producen efectos de contraprogramación en absoluto beneficiosos para nadie.

El último ejemplo ha sido repetidamente señalado, con toda la razón: el día en el que Joyce di Donato se presentaba en el primero de los edificios señalados, en el de Calatrava se ofrecía la primera función de El Barbero de Sevilla. ¿No sería posible que los respectivos responsables se sentaran a hablar antes de fijar fechas en el calendario? Que sí, que con los presupuestos pendientes de un hilo hay que hacer las cosas a última hora y sin tiempo apenas a dialogar con los presuntos rivales, pero seguro que con un poquito de buena voluntad por ambas partes se pueden mejorar los resultados .

Pues bien, el próximo viernes 12 se ofrecen en cada uno de los referidos recintos sendos conciertos sinfónicos. En el más veterano, a las siete y media, la Orquesta de Valencia ofrece la Tercera Sinfonía de Beethoven bajo la dirección de Antoni Ros-Marbá. En el más reciente, a las ocho, la fantástica Orquesta de la Comunidad Valenciana se pone bajo la batuta del joven venezolano Rafael Payaré para tocar… ¿Adivinan? Pues sí: la Sinfonía Heroica. Están locos estos valencianos.

lunes, 8 de abril de 2013

Quistes

Hace años hice un curso en el CEP (Centro de Estudios del Profesorado) sobre problemas de la voz y salud vocal. La primera sesión la impartió un foniatra, y en ella se nos proyectaron toda clase de “bichos” que salen en las cuerdas vocales por culpa de una excesiva y deficiente utilización del instrumento. Las imágenes nos dejaron horrorizados, como también la solución clínica: microtijeras y microbisturí. Ni que decir tiene que se nos advirtió que los que nos dedicamos a la enseñanza, al igual que los cantantes, somos particularmente propensos a la aparición de quistes, nódulos y otras lindezas. Desde entonces procuro tomarme en serio las recomendaciones higiénicas que nos realizaron. Recibir un masaje antes de clase me resulta complicadillo, la verdad, pero procuro beber constantemente pequeños buches de agua durante las explicaciones, hago uso del micrófono de vez en cuando, evito los caramelos de menta (¡peligrosísimos!) y cambio la dinámica de aula cuando mi voz se aproxima a la afonía.

Villazon

Viene esto a cuento porque Rolanzo Villazón, que anda presentando ahora nuevo disco y una novela, ha declarado a El País (leer entrevista completa), entre otras cosas, que “se comenta hasta que me jodí la voz por ponerme a cantar Don Carlo o Carmen… Ese comentario es pueril. A nadie le sale un quiste en una cuerda vocal por cantar nada”. O que “cuando se compuso Carmen, nadie tenía la voz de Del Monaco. No estoy en contra de los blogs y demás, pero no los miro. La controversia es buena, aunque a veces se crea sin base alguna. Lo mío fue un problema de salud, el resto fue un comentario absurdo.”


Pues bien, o el médico nos engañó en aquella charla y la aparición de “bicharracos” en la garganta no tiene nada que ver con el uso inadecuado de la voz, y por ende todas las prevenciones que se cansaron de repetirnos son inútiles frente a algo que no depende de nuestro comportamiento, o Villazón miente.

Porque, explicando quizá el desinterés que el tenor mexicano expresa por los blogs (supongo que de la quema se salva el Blog Villazonista de la encantadora Teresa), no somos pocos los que sospechamos que sus problemas vocales se deben a un número excesivo de funciones, al empeño en unos roles que sobrepasan las posibilidades de su instrumento y a una técnica que fuerza las características del mismo. Instrumento que me parece a mí no anda del todo recuperado, a tenor de los fragmentos que he visto del Elisir del año pasado en Baden-Baden, con puesta en escena de él mismo (la acción transcurre en el rodaje de una película del Oeste; Nemorino es Cantinflas) y Pablo Heras-Casado dirigiendo una formación de instrumentos originales. El público del Liceo barcelonés podrá opinar por sí mismo de su actuación en el título donizzetiano dentro de unos días.


PS. Por lo que leo en el siguiente enlace, es posible que el quiste de Villazón tenga un origen distinto al mal uso de la voz (si es que se trata de un "quiste epidérmico" y no de nódulos, claro). Estaría bien que un foniatra que se pasase por aquí lo aclarase. En tal caso, donde dije digo, digo Diego y retiro lo dicho, lo que no quita que la manera de cantar del mexicano resulte más o menos discutible, tanto como lo son sus declaraciones sobre la voz de Don José y alguna otra ocurrencia.

sábado, 6 de abril de 2013

Más Séptimas de Mahler en Berlín: Rattle frente a Haitink

Comenté en este blog la Séptima de Mahler que en 1992 grabó por partida doble, audio y vídeo, la Filarmónica de Berlín con Bernard Haitink a su frente. Voy ahora a por dos filmaciones mucho más recientes realizadas por la sensacional orquesta alemana de esta misma obra, disponibles ambas –previo pago– en la Digital Concert Hall: una de nuevo con Haitink del 17 de enero de 2009 y otra con Sir Simon Rattle correspondiente al 26 de agosto de 2011.


La del maestro holandés sigue parámetros expresivos parecidos a los de su recreación anterior: sobria, objetiva, rigurosa pero llena de fuerza interna, muy sombría en el enfoque y por completo ajena al narcisismo sonoro. Pero hay que matizar: quizá ahora hay algo menos de adustez y de tensión implacable que entonces, para encontrarnos al mismo tiempo con algunas frases aisladas –en la primera música nocturna, sobre todo– que se deslizan hacia la dulzura, que no la dulzonería. En cualquier caso es una realización de mucha altura que, eso sí, a pesar de sonar francamente bien no posee la nitidez ni la gama dinámica de la fabulosa toma sonora de las ediciones de Philips. La imagen, por el contrario, es muchísimo mejor en esta filmación de 2009.


La de Sir Simon resulta muy diferente. Frente a la sobriedad, la atmósfera ominosa, la tensión dramática y el interés mucho antes por la solidez arquitectónica que por el preciosismo sonoro de su colega, Rattle ofrece un acercamiento más luminoso, juvenil y disentido, más inmediato y comunicativo, en el que sí hay espacio para la delectación contemplativa, para los detalles creativos más o menos imaginativos, más o menos rebuscados, y desde luego –en el final– para el triunfalismo de cara a la galería. Habrá quien lo prefiera así, pero a mi entender con el británico los aspectos más débiles de esta música quedan en evidencia, mientras que los más visionarios permanecen desdibujados; resulta a la postre una versión un tanto tópica, superficial e incluso descafeinada.

La Berliner Philharmoniker, pese a algunas vacilaciones puntuales (escúchense los metales en el arranque del quinto movimiento con Haitink), sigue siendo ideal para esta música. Eso sí, los resultados no pueden ser más distintos con uno y otro maestro. Para que luego digan que las orquestas de primera tocan solas…