jueves, 31 de mayo de 2012

Concierto en Sol de Ravel: discografía comparada

Ravel compuso su soberbio Concierto en sol entre 1929 y 1931, al mismo tiempo que su no menos extraordinario Concierto para la mano izquierda. Sin embargo, y a diferencia del citado en último lugar, sobre cuya atmósfera opresiva y dramática caben pocas dudas, la obra que nos ocupa resulta sorprendentemente poliédrica.

De este modo, son los intérpretes los que han de decidir hasta qué punto deben subrayar su sabor jazzístico –frutos de las experiencias del autor en Estados Unidos-, su perfume francés que entronca con el impresionismo pero también con la peculiar elegancia de la música de nuestro país vecino, o más bien las aristas de corte digamos expresionista que recorren los dos movimientos extremos y también, aunque en principio no parezca tan claro, el clímax dramático del bellísimo Adagio assai central, sin duda una de las piezas más hermosas y conmovedoras compuestas por el autor de la Pavana para una infanta difunta. ¿Difuminar los colores o tratar con agresividad los timbres? ¿Aplicar un sentido del humor chispeante u optar por el sarcasmo? ¿Cantar las melodías con ternura o frasear con desazón?

Lo cierto es que, optando por unas decisiones u otras, todas las interpretaciones que hemos logrado escuchar alcanzan un nivel muy considerable. En las que falla el solista, ahí están el director y la orquesta –aquí importantísima– para compensar sus insuficiencias. Y viceversa. Ya verán que hay algunos logros realmente considerables disponibles de manera gratuita en YouTube. Lástima que no hayamos podido incluir en la lista a Alicia de Larrocha o Joaquín Achúcarro; quizá logremos hacerlo en el futuro. De momento, nos conformamos con los que aparecen aquí abajo.



1. Benedetti Michelangeli. Gracis/Philharmonia (EMI, 1957). El peculiarísimo artista italiano marcó a sus treinta y siete años un hito aún hoy inalcanzado en esta obra, quizá no en el aspecto expresivo -se han escuchado pianistas más cálidos y comunicativos aun-, pero sí en la agilidad del toque, refinamiento del color, exquisitez en la creación de texturas y elegancia en el fraseo. Los movimientos extremos resultan así más diáfanos que con ningún otro solista, y el central resulta cautivador dentro de su sobria distinción. La dirección es muy sólida, pero no está a la altura. La toma sonora, ya estereofónica, convence tras el último reprocesado. (9) 



2. François. Cluytens/ Orchestre de la Société des Concerts du Conservatoire (EMI, 1959). Lo que mejor se ha conservado de este registro, de digno pero no del todo equilibrado sonido estereofónico, es la dirección de Cluytens, quien saca buen partido de la muy adecuada sonoridad de la orquesta -que en lo técnico no es precisamente impecable- y la hace sonar en los movimientos extremos con la incisividad, la extroversión y el carácter digamos gamberro, un punto vulgar y canalla, que probablemente necesita, para por el contrario paladear con concentración el segundo movimiento y hacer cantar a las maderas con enorme belleza. La intervención de Samson François es mucho menos interesante, no ya por su excesiva libertad en el fraseo o por la irregularidad de la inspiración, sino porque dista de poseer la depuración sonora que tan solo dos años antes y para el mismo sello había mostrado Benedetti Michelangeli. (8)





3. Argerich. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1967). Veintiséis años tenía la argentina en esta su primera grabación de la obra (luego vendrían muchas más entre radio, televisión, discos y DVDs), dejando ya muy claro su acercamiento incisivo e incluso agresivo a la partitura, evidenciando al mismo tiempo ese sonido percutivo, pero no por ello ajeno a los matices, que la hacen siempre reconocible. En cualquier caso, esta personalísima grabación no acaba de convencer plenamente ni por parte de ella ni por la de Abbado: un primer movimiento muy vitalista, también algo nervioso y sin mucho idioma, da paso a un segundo lleno de belleza y un tercero de nuevo algo violento y sin mucho encanto. En los años ochenta los dos artistas volverían a grabar la obra, un registro ya digital que no hemos tenido la oportunidad de escuchar. (8)



4. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1971). El jazz, como no podía ser menos, es el ingrediente esencial de la aproximación del norteamericano a esta partitura en su doble faceta de pianista y director, ofreciéndonos aquí una lectura extrovertida y llena de fuerza que sobresale por la incisividad en los movimientos extremos, resultando el último particularmente electrizante. El segundo es muy poético y sensual, lo que no le impide a su clímax alcanzar una tensión y una rebeldía reveladoras. Eso sí, en algún momento se puede echar de menos mayor claridad, circunstancia que compensa la increíble calidad de la orquesta. Lástima que el registro, que conoció tan solo una edición limitada, se encuentre hoy descatalogado. (10)


5. Martinon/Orquesta de París/Ciccolini (EMI, 1974). El que quizá sea el más grande director ravelianos que se ha conocido consiguió aquí, con la ayuda de un pianista en perfecta sintonía, una lectura de inmejorable estilo, refinada, sensual y elegante, de rico y cálido colorido y adecuado perfume jazzístico. Todo aquí es de primera, pero sin duda hay que destacar un Adagio assai que no admite comparación con ningún otro por su concentración, poesía y cantabilidad. La referencia, sin duda. (10)

6. Bernstein/Nacional de Francia (DVD Kultur y YouTube, 1975). Esta lectura llena de fuerza y garra expresiva, verdaderamente arrolladora en el Presto final, no es la más depurada posible en lo sonoro, y de hecho queda por debajo de la toma en vivo del propio Bernstein con la Filarmónica de Viena cuatro años anterior. La filmación televisiva, de imagen aceptable y toma sonora mediocre afectada por frecuentes zumbidos, apenas mejora en el DVD oficial editado solo en EEUU con respecto al video colgado en YouTube que presentamos aquí. Merece la pena, en cualquier caso, por ver cómo interpreta esta partitura con su rostro quien quizá no fuera su mejor recreador desde el punto de vista técnico, pero sí uno de los más apasionados. (9)



7. Benedetti Michelangeli. Celibidache/Sinfónica de Londres (YouTube, 1982). El italiano repite su enorme logro de veinticinco años atrás -qué manera de modelar el sonido, qué claridad, qué elegancia- junto a un director, ahora sí, que no solo domina de manera portentosa el lenguaje raveliano, con todos sus colores y texturas puestos aquí de relieve como pocas veces se han escuchado, sino que además se compromete por completo en lo expresivo para hacer justicia a toda la jovialidad, la frescura, el encanto, el carácter travieso, la no escasa ironía y el –por descontado- conmovedor vuelo lírico que albergan los pentagramas. A la excelencia de los resultados no son ajenas las intervenciones llenas de intención de los solistas de la Sinfónica de Londres, en esta que es una de las escasísimas oportunidades de escuchar a Celi al frente de una formación de primera fila. No hay aún hay edición comercial, pero aquí está el YouTube para remediarlo. (10)

8. Argerich. Dutoit/Orquesta Nacional de Francia (YouTube, 1990). El director suizo, tan afín al repertorio impresionista, acierta plenamente con una dirección extrovertida y con gancho, de colorido rico e incisivo, gran vitalidad rítmica y adecuado sentido del humor y de la ironía, pero también cálida y sensual en el Adagio assai. Su ex-esposa, siempre ágil, vitalista y pletórica de virtuosismo, se mueve por los mismos parámetros que en otras ocasiones, convenciendo en el segundo movimiento pero no tanto en los dos extremos, que no son solo electrizantes sino también más nerviosos de la cuenta. La orquesta no está muy fina. Pese a todo, es quizá la más recomendable de las tres recreaciones que traemos de la artista argentina, habida cuenta de la excelencia del acompañamiento.(8)


9. Zimerman. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1994). Esta grabación fue muy esperada en su momento. Como todos imaginábamos, el pianista polaco deslumbra con los resultados, y uno no sabe si destacar antes que nada su claridad digital, su sentido del ritmo o la capacidad de su sonido para pasar de la más refinada sutileza a una potencia considerable. La batuta ofrece la claridad y objetividad esperables, pero en el primer movimiento se echa de menos sabor jazzístico y en el segundo mayor calidez. El tercero es prodigioso. (9)


10. Thibaudet. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1995). El pianista francés, ágil a más no poder pero sin dejarse llevar por el nerviosismo, da una lección de estilo con un sonido rico en tímbrica y pulsación, delicado y plegado a sutilezas, y un fraseo tan elegante como sensual. Quizá le falta un punto de inspiración, de compromiso expresivo. Dutoit, como en su filmación junto a la Argerich y –suponemos- en su antiguo registro con Rogé también para Decca, está formidable. (9)



11. Kocsis. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Philips, 1995). Esta extrovertida, rápida y algo precipitada interpretación, en cualquier caso realizada con audible entusiasmo y contrastada depuración técnica, podrá gustar más o menos, pero lo que está claro es que no suena a Ravel en ningún momento. Tampoco posee tintes jazzísticos. Más bien suena, por momentos, a ese Bartók que tanto aman pianista y director, pero no al Bartók torturado sino más bien al folclórico y luminoso, con su peculiar sentido del vigor rítmico y del colorido. Por otra parte, las ágiles pinceladas de la batuta tratan las texturas de manera distinta a la de la mayoría de los directores y logran llamar nuestra atención en determinados pasajes. El segundo movimiento es hermoso, pero no muy emotivo. La toma sonora, admirable. (8)



12. Yundi Li. Ozawa/Filarmónica de Berlín (DG, 2007). El director oriental desde luego hace gala de su proverbial sentido del color y de las texturas, pero se muestra aquí menos sensual y más dinámico de lo esperado; vitalista, muy jazzístico y un punto agresivo; quizá también algo más ruidoso de la cuenta. El joven pianista hace una buena labor, pero se queda bastante corto en poesía en el segundo movimiento, contagiando un tanto al propio Ozawa. La orquesta está fabulosa, sobresaliendo sus formidables maderas. (8)


13. Argerich. Temirkanov/Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo (DVD Euroarts, 2009). En el que por el momento es su último registro de la obra, la siempre felina Marta Argerich, algo menos impresionante en lo que a dedos se refiere, continua fiel a su pianismo nervioso, percutivo, electrizante y poco dado a la sensualidad, pero también capaz de paladear con concentración las melodías en el Adagio assai. Notable la dirección de Temirkanov, muy centrado tanto en lo estilístico como en lo expresivo y atento a subrayar con ácido humor el descaro de las intervenciones solistas. Formidables la imagen y el sonido. (8)


14. Grimaud. Vladimir Jurowski/Chamber Orchestra of Europe (YouTube, 2009). Sobrada de agilidad y armada de un sonido muy bello y maleable, Grimaud nos descubre el lado más trágico de la partitura en una interpretación que, sin renunciar a la delicadeza propia del compositor, se singulariza por su carácter sombrío y regusto amargo, no solo en el movimiento central sino también en los dos extremos. La dirección de Jurowski, no muy raveliana, apunta en la misma dirección. A destacar el solo del flauta del santanderino Jaime Martín. Los vídeos de cada uno de los movimientos (I, II, III) han sido colgados en Youtube por la propia artista. (8)



15. Grimaud. Sokhiev/Filarmónica de Berlín (BP Digital Concert Hall, 2010). La pianista francesa vuelve a repetir su acercamiento sombrío, anguloso y dramático, lo que no le impide ofrecer detalles extraordinariamente conmovedores en un segundo movimiento que poco a poco va acumulando tensión hasta alcanzar un clímax muy doliente. Por desgracia la dirección es gris, rutinaria, si bien los soberbios solistas de la orquesta hacen mucho por subir el nivel en sus intervenciones. En principio la filmación está disponible previo pago en la web de la orquesta, pero ha sido colocada por la Grimaud en YouTube para nuestro disfrute gratuito. Gracias de nuevo, guapa. (8)



16. Aimard. Boulez/Cleveland (DG, 2010). El compositor y director francés repite –esta vez con toma sonora no ya magnífica, sino histórica– su dirección de tímbrica incisiva y claridad inigualable, si bien la objetividad bouleziana prima por encima de los aspectos sensuales de esta página. Aimard se muestra nervioso y desconcentrado en el primero, quizá intentando resaltar los aspectos más modernos de esta música, pero pasando por encima de toda su poesía. Muy concentrado por el contrario el segundo –admirable el clímax preparado por Boulez-, aunque no lo suficientemente poético. Mejora en un tercero que, en cualquier caso, se entrega en exceso al virtuosismo.  (8)

martes, 29 de mayo de 2012

Céline Moinet, un descubrimiento

CÉLINE MOINET, oboe.Obras de J. S. Bach, Berio, Britten, Carter y C. P. E. Bach.
Harmonia Mundi, HMC 902118
64’ 31’’
DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R
A S

Celine Moinet Harmonia Mundi
Primer oboe de la Staatskapelle de Dresde desde junio de 2008, Céline Moinet (Lille, 1984) demuestra en este debut discográfico ser una artista enorme categoría. En la Partita en la menor BWV 1013 de J. S. Bach, originalmente escrita para flauta travesera, exhibe un perfecto dominio de la respiración para enriquecer las notas con multitud de acentos sin perder de vista el trazo polifónico. En la Sequenza VII de Luciano Berio hace gala de un asombroso virtuosismo a la hora de desplegar la más increíble gama de colores y texturas.

Las Seis Metamorfosis sobre Ovidio de Britten nos revelan la cantabilidad con que es capaz de frasear y su perfecta manera de sacar a la luz esa elegancia melancólica tan propia del autor. En Inner Song de Elliot Carter se muestra capaz de humanizar una escritura especialmente hermética como es la del compositor estadounidense. Para terminar, con la Sonata en la menor de C. P. E. Bach, escrita en su momento para la flauta de Federico II de Prusia, nos demuestra que es posible compaginar coquetería con hondura expresiva alcanzando un perfecto equilibrio clásico y la mayor belleza sonora.

Enhorabuena a Harmonia Mundi por marcar un gol de este calibre.
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Esta fue la última crítica discográfica escrita por mí para Ritmo, concluyendo así mis once años de colaboración. Ha sido publicada en el número de mayo de 2012.

domingo, 27 de mayo de 2012

Makropulos en Salzburgo con Denoke y Salonen

Ya he tenido la oportunidad de ver el DVD de El caso Makropulos -obra que me fascina- filmado en el Festival de Salzburgo de 2011. Me ha gustado bastante, pero más a nivel musical que escénico, y por ello la primera opción para acercarse a este título me sigue pareciendo la filmación del Festival de Glyndebourne con una producción escénica muy lograda de Nikolaus Lenhoff (que por cierto pude ver en el Liceu de Barcelona), bien dirigida por Andrew Davis y protagonizada por una fascinante Anja Silja en el papel de su vida. La imagen y el sonido no son tan buenos como en esta edición de Cmajor, aunque ofrece igualmente subtítulos en castellano.

Makropulos Salonen Denoke

Salzburgo cuenta con la enorme baza de la Filarmónica de Viena, orquesta que ya había firmado la grabación de referencia de esta ópera en 1978 bajo la dirección de Sir Charles Mackerras (Decca). Esa-Pekka Salonen no posee el colorido, la incisividad ni el sentido dramático del malogrado maestro australiano, pero sabe mantener el pulso, acierta con el peculiarísimo sentido rítmico de Janácek, sabe crear una atmósfera opresiva y alcanza un muy emocionante vuelo poético en los pasajes que lo requieren, fundamentalmente en el tercer acto. ¿Emotivo Salonen? Por una vez, mucho.

Como ya pudimos comprobar en Madrid (enlace), Angela Denoke es una notabilísima Emilia Marty. Con algunas destemplanzas y chillidos, ciertamente, pero mostrándose como una cantante-actriz de primer orden, que eso es lo que aquí hace falta.El resto del elenco alcanza un muy alto nivel vocal, sin apenas puntos flacos: Raymond Very como Albert Gregor, Johan Reuter en el rol de su oponente Jaroslav Prus, Jochen Schmeckenbecher encarnando al abogado Kolenatý, Peter Hoare como Vitek y, al igual que en el Teatro Real, Ryland Davies en el papel breve pero conmovedor del anciano Hauk-Sendorf.


Lo menos interesante es la puesta en escena. Sobre escenografía y vestuarios de Anne Viebrock que apuntan tanto a los años veinte -época en que transcurre la acción original- como a momentos más avanzados del siglo, Christoph Marthaler propone una acción en la que se combinan evidentes aciertos narrativos digamos naturalistas, tradicionales en el buen sentido, con aportes más o menos conceptuales que convencen bien poco, añadiendo además algunas acciones paralelas que en lugar de aportar reflexiones de interés, entorpecen la admirable concisión escénica de la obra original. El histrionismo con que hace moverse a los personajes masculinos me parece, además, fuera de lugar, aunque Reuter va por libre y, siendo un soberbio actor, aporta una enorme fuerza escénica en todas sus apariciones. Que la protagonista no muera al final resulta muy discutible.

No lo dude: si no conoce esta obra, háganse con el DVD de Glyndebourne. Este de Salzburgo queda como segunda y muy notable opción.

sábado, 26 de mayo de 2012

No a los recortes… de formato

Tranquilos, que esta vez no voy a hablar de la política económica del Partido Popular en España, sino de otro tipo de recortes. ¿Se acuerdan de cuando en los años ochenta las películas de formato más o menos panorámico –no hace falta irse al ejemplo extremo del Cinemascope- que nos llegaban a través de la antena o alquilábamos en el videoclub venían sistemáticamente mutiladas por los lados para que encajaran en el formato 4:3 de nuestros televisores y no tuviéramos que ver bandas negras por arriba y por abajo? Bueno, pues ahora que el asunto parecía por completo superado con nuestras flamantes pantallas 16:9 vuelve la moda, pero al revés, al menos en varios lanzamientos inminentes de música clásica por parte del sello Euroarts… ¡en Blu-ray!

Barenboim Ponnelle recortes

El ejemplo que ya se encuentra comercializado es el conjunto de conciertos para piano de Mozart grabados por Barenboim y la Filarmónica de Berlín entre 1988 y 1989, uno de ellos, el KV 467, bajo la dirección nada menos que del gran Jean-Pierre Ponnelle (enlace). Me aseguran que la calidad de la imagen es ahora excepcional y que el recorte no canta en exceso, porque se ha hecho con cuidado, pero como pueden ustedes ver en las muestras que les dejo aquí –realizadas por un amigo de manera casera a partir de su antigua copia- el destrozo visual es considerable. ¿Tanto les hubiera costado respetar los encuadres originales y dejar que los aficionados que no quieren tener bandas negras a los lados aplicaran zoom a discreción? ¡Vaya panda de paletos!

Barenboim Ponnelle recortes 2

Por si fuera poco, los próximos lanzamientos que ya se anuncian con recortes son de extrema importancia: la increíble Séptima de Bruckner de Celibidache con la Filarmónica de Berlín de 1992 (enlace), uno de los mayores testimonios brucknerianos de la historia del disco, y la bellísima filmación realizada por el citado Ponnelle de la integral de las sonatas para piano de Beethoven por un Barenboim en la cima de su genialidad en la primera mitad de los ochenta. Dada la calidad de las interpretaciones no habrá más remedio que comprarse estos discos, preferentemente en Blu-ray, pero dan ganas de decirles a los señores de Euroarts que se los metan directamente POR EL CULO. Con perdón.

Barenboim Ponnelle recortes 3

jueves, 24 de mayo de 2012

Plácido revisita Cyrano en Madrid: de lo mediocre a lo sublime

Lo digo sin rodeos: si viajé al Teatro Real para escuchar una ópera tan desequilibrada como esta de Franco Alfano -el primer acto no vale un pimiento-, fue exclusivamente por escuchar a Domingo en el rol titular. Por eso mismo sentí una enorme decepción cuando, al comenzar la función del pasado sábado 19 de mayo, se nos anunciaba por megafonía la indisposición del tenor madrileño. Escucho ahora la retransmisión radiofónica -la misma velada, de la que además alguien ha colocado fragmentos en YouTube- y puedo confirmar que Plácido realizó una labor mediocre, al menos durante la primera hora, con voz reservona -a veces ni se le oía-, incomodo en el grave, cortísimo en el fiato y, por ende, incapaz de frasear con el lirismo adecuado. Incluso hubo sonoridades no precisamente bellas inhabituales en el cantante. Lo que nunca sabré es hasta qué punto estas limitaciones se debían al resfriado (el aire acondicionado, se nos dijo) o más bien a su edad, que muchos pensamos que debe rondar ya los setenta y cinco, toda vez que en la filmación del Cyrano de Valencia de 2007 (editada por Naxos) ya se evidenciaban algunas de ellas.


En cualquier caso, lo que parecía claro es que la estrella se estaba reservando. Y así fue. En la escena del balcón ya empezó a aparecer -entre diversos problemas- el Domingo de siempre, cálido y comunicativo a más no poder, con su timbre reconocible e intacto. En el acto final, que me parece una música hermosísima y desde luego aplastantemente superior a toda la que la precede, el tenor madrileño nos ofreció -pese a alguna vacilación puntual censurable solo para los beckmessers de turno, que ven los árboles pero jamás el bosque- una verdadera lección de ópera con mayúsculas, es decir, de canto hermoso, apasionado y -esto es fundamental- con significado; es decir, de canto que tiene en cuenta lo que se dice, lo que está ocurriendo en la escena, que no se limita a ser una mera sucesión de notas más o menos bien dadas. ¿Hay hoy en el panorama operístico un solo cantante que sepa morirse como Plácido, con su increíble combinación de belleza, emotividad y sinceridad? Para mí, aun con sus cada día más evidentes limitaciones, sigue siendo el más grande de los que están en activo. Solo por esos veinte minutos ya mereció la pena el viaje.

Pero hubo más. Ainhoa Arteta -sustituyendo a Sondra Radvanovsky- hizo un buen trabajo. Su voz, sin haber sido nunca gran cosa, se conserva bien y ha adquirido características más interesantes. La técnica ha mejorado de manera sustancial pese a sus lagunas. Y la artista, pues ya se sabe: algo gris, sin mucha personalidad pero en esta ocasión con buen gusto, irreprochable estilo y una buena dosis de sensualidad que le visto estupendamente a su Roxane. Lo que no me pareció bien es que -sospecho que por órdenes de la diva- se parase la música al final de su “aria” del tercer acto para recibir aplausos, algo que en esta ópera no pega en absoluto. Michael Fabiano se limitó a cumplir como Christian. Más me interesó Ángel Ódena, irregular pero con momentos excelentes encarnando a De Guiche.


La dirección de Pedro Halffter no fue redonda, pero sí de saldo muy positivo, porque lo que menos bien dirigió fue lo peor de la partitura -sus momentos pretendidamente briosos-, y lo que le salió mejor fue su vertiente lírica, en la que el director madrileño hizo gala de su capacidad para ofrecer un fraseo mórbido, exquisitas texturas y un admirable sentido atmosférico. En el último acto estuvo excelso, y globalmente su labor se puede considerar superior a la de los directores de las correspondientes filmaciones con Alagna y Domingo: Marco Guidarini y Patrick Fournillier. La Sinfónica de Madrid realizó un buen trabajo, aunque encontré a los violines un tanto ácidos. El coro estuvo bien, gustándome esta vez más ellas que ellos.

La producción escénica de Petrika Ionesco era de las tradicionales en el mal sentido: abundante cartón piedra y muchísima gente por el escenario haciendo toda clase de tonterías. Muy espectacular, pues, sobre todo en el homenaje al teatro barroco realizado en el primer acto, pero bastante confusa, anticuada en la gestualidad y resuelta de manera muy mediocre en momentos tan cruciales como la escena del balcón. La iluminación era francamente pobre.

Total, que aunque en conjunto esta propuesta resulte preferible a la de David Alagna en el DVD editado por DG, la producción improvisada por Michal Znaniecki en el Palau de Les Arts me parece, sin ser una maravilla, bastante más lograda. Como allí la Radvanovsky está espléndida y Plácido mejor de voz, la recomendación queda hecha para quienes no pudieron estar en Madrid asistiendo al lentísimo ocaso de una de las mayores figuras del canto del siglo XX, dicho sea con permiso de quien falleció el pasado viernes: el grandísimo, genial y definitivamente eterno Dietrich Fischer-Dieskau.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Rattle, Repin y los de Berlín en el Conservatorio de Moscú

El concierto anual de la Filarmónica de Berlín del 1 de mayo tuvo lugar en 2008 nada menos que en la Gran sala del Conservatorio de Moscú. Stravinsky, Bruch y Beethoven en los atriles. Dirigía Rattle y Vadim Repin era el solista. Vi en su momento la retransmisión televisiva, y ahora he tenido la oportunidad de conocer el DVD editado por Medici Arts, que por cierto cuenta con excelente calidad de imagen y un sonido bajo de volumen, pero de gama dinámica muy amplia, que se beneficia de la espléndida acústica del mítico recinto. Me lo he pasado bien de nuevo, y por eso lo recomiendo.

Rattle Repin Filarmonica Berlin Moscu 2008 DVD

Al igual que ocurrió en su grabación en audio realizada el año anterior (enlace), Rattle y sus chicos ofrecen una recreación de la Sinfonía en tres movimientos que es un prodigio por su fuerza, sentido del ritmo y tensión sonora, siempre dentro de una visión fresca, vitalista y juvenil, en absoluto severa, que aporta una buena dosis de sentido del humor, sensualidad e incluso lirismo. O sea, algo muy distinto de lo que tal vez pretendía Stravinsky. ¿Discutible? Sí, pero ya hace mucho tiempo que grandes directores vienen poniendo de relieve que en la música del compositor ruso hay muchos más pliegues de los que él mismo quería reconocer. El resultado, en cualquier caso, es apasionante.

No referencial (ahí están Mintz y Abbado) pero sí espléndida la recreación del bellísimo Concierto para violín de Max Bruch. No se trata de una lectura intensa y doliente, sino más bien de corte lírico, equilibrada, sensual, que se beneficia de una dirección que aporta una cálida luminosidad, de una orquesta fabulosa y de un violinista notabilísimo que sabe aunar elegancia, belleza sonora y apasionamiento. Merece la pena escucharla.

Caballo de batalla de la orquesta en la segunda parte: Séptima de Beethoven. No se me ocurre una formación más idónea para la partitura. Otra cosa es la batuta. Seis años después de su discutida y discutible integral sinfónica con la Filarmónica de Viena, esta vez el maestro británico se deja de experimentos y ofrece un Beethoven en la línea del Karajan maduro, esto es, elegante y poderoso, basado en la suntuosidad, el músculo y la belleza sonora, de pulso admirablemente sostenido y un fraseo que sabe aunar el cálculo, el refinamiento y la naturalidad. Pero es también un Beethoven algo epidérmico, poco creativo y tendente a quedarse en el mero espectáculo sonoro, particularmente en un Allegretto carente de emoción, de humanismo. En cualquier caso, es difícil resistirse ante una interpretación tan bien realizada. Lo dicho: para pasárselo bien.

martes, 22 de mayo de 2012

¡Huelga!

Hoy martes 22 de mayo estoy en huelga, al igual que otros muchos -espero que muchísimos- miembros de la comunidad educativa española. Las razones, la actitud del gobierno del Partido Popular en materia educativa. Ya saben: incremento de las horas lectivas al profesorado, aumento del número de alumnos por aula, retraso en el envío de sustitutos para los profesores de baja, feroz subida de las tasas universitarias, serios condicionantes para acceder a las becas, reducción del presupuesto para la investigación… Lo tienes ustedes explicado en la prensa, incluso en la prensa de derechas (enlace). Las medidas están encaminadas a matar dos pájaros de un tiro. El primero, recortar el gasto público para, cumpliendo las órdenes de Frau Merkel, poder devolver la deuda a la gran banca europea, entre ella la alemana, que los pobres están todos sin un duro. El segundo, deteriorar hasta tal punto la enseñanza pública (¡también la sanidad, claro!) que a medio plazo los padres que quieran una buena educación para sus hijos se vean obligados a rascarse el bolsillo y recurrir a la privada, que lógicamente está en manos de los amiguetes del PP.

El futuro parece claro: empeoramiento generalizado de la calidad de la enseñanza, dificultades para el funcionamiento diario en el aula, brutal incremento del paro entre el profesorado interino, nulas perspectivas para los titulados universitarios que quieran ejercer la docencia, problemas para acceder a la universidad por parte de los jóvenes de familias sin recursos… Son solo algunas entre otras muchas que se irán viendo. Son las consecuencias del ultraliberalismo galopante del partido que nos gobierna. Aunque hay un detalle que aclara un poco las cosas. El ministro José Ignacio Wert prepara una reforma en la asignatura de Educación para la ciudadanía (enlace) que incluye la eliminación del rechazo a la homofobia (o sea, que a estos señores no les parece bien que haya que decirle a los niños que no vayan por ahí insultando a los homosexuales) y del fomento entre el alumnado de “actividades sociales que contribuyan a posibilitar una sociedad justa y solidaria” (sic). Y es que algunos –o muchos- de los que se autodenominan liberales no son, ni más ni menos, que los fachas de toda la vida. Como ya no necesitan andarse con disimulos…

La música que les dejo no puede ser más adecuada, en todos los sentidos. Ni la interpretación –lástima que en YouTube la pista se encuentre dividida en dos partes- más absolutamente alucinante. Estoy convencido de que si Bernstein fuera español y aún viviese, estaría hoy haciendo una piña con los huelguistas.

lunes, 21 de mayo de 2012

Van Waas sustituye a Brüggen en Úbeda

Canceló Frans Brüggen su visita a España al frente de la Orquesta del siglo XVIII. En los dos conciertos de Valencia le sustituyó un maestro no historicista sino tradicional, Kenneth Montgomery. En el del pasado viernes 18 en Úbeda lo hizo por el contrario uno de los dos clarinetistas de la formación holandesa, el ya veterano Guy van Waas, que tiene importante experiencia dirigiendo instrumentos originales. Me aseguran que se ensayó lo suficiente. Los resultados un tanto decepcionantes -no fue un mal concierto, ni mucho menos- han de deberse, pues, a las insuficiencias del belga tanto a nivel expresivo como en el plano técnico, aunque en este último quizá tuvo algo que ver la acústica del auditorio del colegio que se utilizó, en lugar de la habitual iglesia del Hospital de Santiago, para celebrar el evento: la agrupación no solo sufrió unos cuantos desajustes, sino que sonó con un empaste mucho menos conseguido de lo que acostumbra.

Van Waas parece moverse en el mismo terreno que Brüggen: seco, sobrio y riguroso, poco interesado por la dulzura o la frivolidad, pero en absoluto desatento a la tensión sonora o timorato a la hora de resultar poderoso y contrastado, lo que no significa “romantizar” las partituras (menos aún lo que hacen otros historicistas o pseudo-historicistas, convertir la interpretación en un tobogán sonoro). El problema es que parece tener menos talento que su colega a la hora de llevar este concepto a la práctica. El Haydn de Brüggen –tengo su integral de las Sinfonías Londres y le escuché unas soberbias Siete Palabras en Córdoba- es de muy alto nivel medio. El de Van Waas, desconociendo algún disco que tiene por ahí, parece menos interesante. Su Sinfonía nº 104, Londres, me pareció muy digna, sensata en lo expresivo y sonada con toda la rusticidad que debe, lo que le sentó muy bien al minueto, pero un tanto cuadriculada, sin la frescura y el vuelo lírico que se requiere; el segundo movimiento, además, me pareció demasiado rápido, tendiendo a la frivolidad y lo pimpante.

Van Waas XVIII Ubeda

A continuación no se interpretó lo que se anunció en primera instancia, el genial Concierto para clarinete de Mozart, pues Eric Hoeprich se reservó para el tutti, sino que se hicieron tres arias de Haydn escritas para otras tantas óperas de diferentes autores: “Il meglio mio carattere” para L’impresario in Angustie de Cimarosa, “Sono Alcina” para L’Isola di Alcina de Gazzaniga y “La moglie quando è buona” para Giannina e Bernardone e Cimarosa. Muy hermosas las tres, por cierto. La mezzo Wilke te Brummelstroete, admirablemente sencilla en vestuario y poses (¡qué diferencia con algunas divas que hay por ahí!) lució una voz de escasa personalidad, técnica bastante correcta, una línea sensata y buena voluntad a la hora de matizar, quedándose corta en sensualidad y comunicatividad. Como diría un amigo mío, una profesional del canto, nada más.

Séptima Sinfonía de Beethoven para terminar. Como Brüggen, Van Waas hizo sonar a la orquesta de modo muy historicista –cuerda poco vibradas, protagonismo del stacatto, ataques incisivos, percusión muy seca-, y al igual que él tuvo la sensatez de no caer en la levedad ni en la falta de músculo, como tampoco de hacer locuras con los tempi (¡ay, Chailly!) ni de renunciar a la potencia expresiva y la grandeza visionaria que debe tener la música del autor. Este Beethoven suena muy “original” en la forma pero es “tradicional” en el fondo, dicho sea como elogio. El primer movimiento tuvo bastante garra y empuje, estando además –como el resto de la obra- maravillosamente diseccionado: feliz idea la disposición antifonal de los violines. El allegretto no cayó en lo trivial, pero tampoco terminó de calar: el humanismo estuvo ausente. El tercero movimiento ofreció un sentido rústico muy interesante. El cuarto me pareció un error, pues –como hacen tantos directores- Guy van Waas lo convirtió en una carrera de galgos sin dejar espacio –fraseo precipitado, cuadriculado y machacón- a que la música respire. Los músicos tocaron con enorme entusiasmo y al final se acumuló una enorme electricidad, pero todo fue de cara a la galería.

¿Hubiera salido mejor con el director titular en el podio? En la pequeña tienda montada por los propios holandeses pude comprar su nueva integral beethoveniana, registrada en directo en octubre de 2011 y comercializada en edición limitadísima por la orquesta. Escuché la Séptima allí incluida en el coche y lo he vuelto a hacer en casa antes de escribir estas líneas. La respuesta es afirmativa: en la velada capturada por los micrófonos, la Orquesta del siglo XVIII tocó mucho mejor que en Úbeda y Brüggen dirigió de manera más satisfactoria que su colega, e incluso que él mismo en su integral de Philips. ¡Qué le vamos a hacer!

domingo, 20 de mayo de 2012

Pons, Capuçon y un soberbio trabajo de la ONE

Desde hace algunos años vengo escuchando a la Orquesta Nacional de España  de manera regular cuatro o cinco veces por temporada, generalmente en los conciertos matinales de los domingos. El de hoy 20 de mayo, a mi modo de ver, ha sido uno de los mejores desde el punto de vista técnico, un mérito que ha de repartirse entre Josep Pons y los profesores de la formación. El sonido global fue esta mañana empastado y homogéneo, y las secciones más problemáticas sonaron con insólita seguridad. Esto último es de admirar especialmente en una obra como la que abría el precioso programa elaborado por el maestro catalán en torno al eje de esta temporada, “París, 1900”: nada menos que El poema del éxtasis.

Josep Pons Auditorio Nacional

Lo cierto es que la ONE pudo con la obra de Scriabin, incluso con sus exigentes “megafortísimos” que tanto ponen a prueba la capacidad de una orquesta. Además Josep Pons dirigió muy bien, y aunque alguna frase concreta se podría preferir un poco más ágil, se puede afirmar que fue la suya una notable interpretación que acertó con la sensualidad, el hedonismo bien entendido y el carácter visionario de la partitura. Que en discos se hayan escuchado cosas sin duda mejores (pienso ahora en los dos registros de Barenboim y en los de Maazel, Muti y Sinopoli) no nos debe impedir aplaudir con fuerza a quien ha sido hasta hace poco titular de la formación española. En cualquier caso, quien se merece el mayor de los elogios es el trompetista de la ONE, espléndido en las numerosas y decisivas intervenciones que tiene en esta sinfonía. Lamento no saber decirles el nombre de tan admirable músico.

Vino a continuación Tzigane, un Ravel menor que necesita un violinista con técnica de primerísima magnitud y sensibilidad aguda para sacar la música que hay aquí escondida. Renaud Capuçon logró lo primero, pero a mi entender no lo segundo: lo encontré algo desconcentrado y escasamente creativo, y por ende sin la pasión arrolladora que esta obra alcanza en otras manos. Pons acompañó francamente bien, aunque más atento a la energía que al detalle. Ya en la segunda parte vino una obra concertante con más enjundia, el Poema para violín y orquesta de Ernest Chausson. En ella el violinista francés poder exhibir su capacidad para la introversión, la sensualidad y el vuelo lírico. Ideal el sonido carnoso, oscuro y rico en armónicos de su violín.

La Valse para terminar. Fue la de Pons una lectura cálida, por momentos muy sensual, planteada de un solo trazo, certera en el colorido “pastel” que demanda este repertorio y con algunos momentos muy buenos, pero en otras ocasiones de un trazo grueso que no casa bien con la idiosincrasia de Ravel. Hubo incluso alguna evidente caída en el efectismo que empañó el sin duda meritorio trabajo técnico del maestro y la ONE. No me dejó del todo buen sabor de boca. O quizá es que no me logro quitar de la cabeza la interpretación que le escuché en su momento a Maazel con la Orquesta de la Comunidad Valenciana (enlace). En cualquier caso, un concierto muy bello, bien planteado e interpretado de manera más que estimable. Bravo.

viernes, 18 de mayo de 2012

Solti y Minkowski frente a las Sinfonías Londres

Sir Georg Solti es uno de mis directores favoritos. Marc Minkowski me despierta escaso aprecio: le considero un maestro de técnica mejorable y sensibilidad primaria. Por eso me ha parecido interesante enfrentar sus respectivas integrales de las Sinfonías Londres de Haydn, una labor que me he tomado con tiempo: bastantes meses he tardado en escucharlas, comparando siempre las dos lecturas de cada sinfonía entre ellas, y éstas a su vez con otras a cargo de diferentes directores. Solti tuvo a su frente a una espléndida Filarmónica de Londres y contó con excelentes tomas de sonido que aportaban la naturalidad propia del sello Decca; tardó diez años en completar la serie, desde marzo de 1981 hasta febrero de 1991. Minkowski y su orquesta lo hicieron en pocos días, en conciertos celebrados en junio de 2009 en la Konzerthaus de Viena maravillosamente recogidos por los ingenieros del sello Naïve. Debo reconocer que los resultados me han gustado, aunque sin duda me quedo con la integral de Solti. Intentaré explicar los porqués.

Minkowski Haydn Sinfonias Londres

Comienzo advirtiendo que no hay tanta diferencia entre los dos enfoques como algunos se pudieran pensar. La de Minkowski, obviamente, es una integral historicista con instrumentos originales, y Solti parte de la tradición sin dejarse influir por corrientes renovadoras. Pero ambos comparten unos tempi más bien rápidos -a veces corre más el húngaro que su colega-, una gran agilidad en el fraseo, una articulación incisiva y un elevado sentido teatral. Tampoco opta ninguno de ellos por la meditación filosófica, por el pathos extremo ni por el dramatismo. Y no descuidan en absoluto el sabor rústico, alejado de la elegancia mozartiana, que esta genial música debe tener. Para los dos maestros Haydn es Haydn, con toda su frescura, su comunicatividad, su campechano sentido del humor, su descaro incluso, pero también con sus tensiones y sus claroscuros. A partir de aquí comienzan las diferencias entre ambos.

El Haydn de Solti, ya lo hemos dicho, es rápido, animado y teatral. Debemos añadir ahora que es también muy natural en su fraseo. A pesar de la velocidad, y salvando algunos movimientos concretos, la música respira con amplitud y cantabilidad; todo parece desarrollarse con una lógica extrema en la que el control y la espontaneidad alcanzan un admirable equilibrio. El mismo equilibro que se da entre las diferentes familias instrumentales: la cuerda suena nutrida y sedosa, mientras las maderas tienen su adecuada presencia y los metales se superponen con redondez, sin estridencias. Ni que decir tiene -así ocurre siempre con el maestro- que no hay el menor interés por la belleza sonora en sí misma ni amaneramientos más o menos narcisistas.

Las introducciones suelen ser excelentes con Solti, quien subraya acertadamente su dramatismo sin llegar al pathos -a veces genial, pero muy discutible- de un Otto Klemperer. En los movimientos iniciales, desarrollados de un solo trazo y con adecuado sentido del humor, el maestro luce la electricidad que le caracteriza sin caer en la rigidez ni en el mero virtuosismo. Los lentos suelen ser con él maravillosos, mucho más de lo que imaginan quienes en el maestro quieren ver únicamente un látigo furioso y brillante: la manera en que hace cantar a la cuerda y a las maderas nos revela a un enorme poeta de la batuta. Al llegar al minueto suele decepcionar, mostrándose a veces pesante y un punto soso, aunque suele aportar majestuosidad gracias a la amplitud de su fraseo y al llegar al trío luce un encanto en absoluto frívolo. Los movimientos finales, casi sin excepción, son sensacionales: ágiles a más no poder pero no precipitados, dichos con impresionante claridad, rebosantes de la frescura que necesitan y adecuadamente salpimentados.

Solti Haydn Sinfonias Londres

Minkowski trata a la orquesta ofreciendo una sonoridad mucho más rústica -lo que está muy bien- y potenciando metales y percusión, sin dejar que la cuerda suene en exceso ingrávida: el Haydn tardío pide cierto músculo, lo que no ha de confundirse con pesadez ni con falta de claridad. Otra cosa son el empaste y la precisión. Y es que Les Musiciens du Louvre-Grenoble no parecen una formación de primera, como sí lo son la Orchestra of the Age of Enlightenment o la Orquesta del siglo XVIII, fenomenales recreadoras de este repertorio. En cualquier caso, el color de los instrumentos originales me parece más adecuado que el de los modernos, y la utilización de timbales “de época” con baquetas duras resulta preferible; a destacar la manera en que se luce el timbalero en sus prolongados y muy marciales redobles en la sinfonía que hace referencia a los mismos en su sobrenombre.

En cuanto al concepto, el Haydn de Minkowski es mucho más teatral, más operístico si se quiere, y posee mayor sentido de los claroscuros, si bien a veces estos resultan un tanto vulgares al confiar en el trazo grueso. El dramatismo del maestro francés no resulta tan natural como el de Solti. Tampoco el nervio se desarrolla con la misma lógica, fluidez y naturalidad: Minkowski es más vistoso pero se deja llevar por el mecanicismo e incluso la precipitación.

Con todo, el problema principal está en la parte lírica, pues el director de Les Musiciens du Louvre no solo se muestra incapaz de destilar poesía, sino que además confunde ésta con la frivolidad, la coquetería mal entendida e incluso la cursilería, buscando los contrastes entre sonoridades musculosas y otras en exceso livianas. Para entendernos: este es un Haydn que “va de macho”, de enérgico, rotundo y vibrante, pero al que en más de una ocasión se le escapan amaneramientos varios. De ahí que los movimientos lentos sean en su conjunto muy flojos, salvo que se piense que esta música debe sonar frívola y pimpante. Los minuetos, por el contrario, suelen ser un acierto por su sentido del ritmo dancístico, su empuje y su sanísima rusticidad. Los finales también suelen salir de manera muy satisfactoria, aunque en ellos Solti ofrece mayores dosis de naturalidad, virtuosismo y -por qué no- grandeza. En cuanto a sentido del humor, creo que gana Minkoswki, más claramente jocoso y descarado, incluso gamberro, aunque se quede corto en sutileza.

Concretemos solo un poco sobre cada una de las partituras. La Sinfonía nº 93 es un enorme acierto de Solti en sus dos primeros movimientos, no tanto en el resto, mientras que Minkowski se queda aquí en el punto más bajo de toda su integral, particularmente en el segundo y el cuarto. En La sorpresa el francés nos pega un buen susto pero no termina de redondear la lectura, mientras que el de Budapest acierta globalmente y se luce en el final. La Sinfonía nº 95 no le termina de salir a ninguno de los dos: demasiada frialdad y distanciamiento, si bien Solti, tras un minueto pesadote, triunfa en el final. La Sinfonía el milagro lo es para ambos maestros, enorme logro para el francés y verdadera maravilla para su colega, quien acierta a la hora de indagar en los pliegues de la partitura y enriquecer el concepto con aspectos inquietantes sin menoscabo de la luminosidad y de la cantabilidad, esta última asombrosa.


La Sinfonía nº 97 presenta más dificultades para los dos directores: a los dos les falta calidez en el Adagio ma non troppo. El final, en esta ocasión, es superior en la interpretación de Minkowski. Algo parecido ocurre en los correspondientes finales de la Sinfonía nº 98, aunque en los otros movimientos la lectura de Decca resulta preferible. En la Sinfonía 99 se quedan los maestros en el notable alto, flaqueando el uno por su desganado minueto y el otro por su tendencia a la brocha gorda. Los dos primeros movimientos de la Militar resultan insufribles con Minkowski por la grosería de sus contrastes sonoros, mientras Solti logra una lectura casi redonda.

En El reloj vuelve a ganar el veterano, a quien esta vez no le sale pesado el tercer movimiento; eso sí, resulta poderoso y posee una musicalidad deliciosa en el trio, luciéndose la flauta en sus solos. Las huestes historicistas triunfan en el primer movimiento de la Sinfonía nº 102, pero resultan machaconas en el tercero y se precipitan en el cuarto; la Filarmónica de Londres y su director atienden muy bien a los aspectos dramáticos de la obra, pero por desgracia no al encanto ni a la elevación poética. Ninguno de los dos, pues.
En la Redoble de timbal ya hemos dicho que el percusionista “de época” se siente muy a gusto, pero el maestro solo se redime de su cursilería en el movimiento conclusivo, soberbio; espléndida la lectura londinense. Para terminar, en la Sinfonía Londres Minokwski y sus chicos vuelven a engancharnos en un irresistible final, pero quienes se llevan aquí el gato al agua son sus colegas, tanto por el virtuosismo de la orquesta como por los hallazgos de un Solti que alcanza aquí su punto más alto de inspiración y creatividad en el universo haydiniano.

La integral de este último, en suma, me parece espléndida en conjunto, y desde luego en absoluto inferior a la que tenía en mi discoteca desde hace años, la de Colin Davis con la Concertgebouw, apolínea y quizá más hermosa, pero sin tanta garra. Yo diría que es imprescindible. La de Minkowski la encuentro menos conseguida que la que yo conocía con instrumentos originales, la de Brüggen para el sello Philips, pero aun así he descubierto cosas interesantes escuchándola. Si tienen tiempo y pueden conseguirla -de un modo o otro, que la crisis acecha-, les recomiendo que le dediquen algo de tiempo.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Brüggen y Staier, con instrumentos modernos (y gratis)

Con motivo de la visita de Frans Brüggen a tierras españolas –espero verle en Úbeda este viernes-, traigo aquí un concierto del veterano maestro al frente de una espléndida orquesta de instrumentos modernos, la Filarmónica de Cámara de la Radio de Holanda, que se celebró el 16 de marzo de este mismo año en Utrech y que ustedes pueden ver, haciendo click aquí abajo, de manera gratuita a través de YouTube, aunque mi consejo es que descarguen el archivo para poder disfrutarlo en su equipo de toda la vida, porque la calidad audiovisual es espléndida. Nótese que el vídeo lo ha subido la propia emisora: ¡buenísimo modo de hacerse propaganda, y felicísima manera de ofrecer música en estos tiempos de crisis!

La velada se abrió con la breve e infrecuente Sarabande de Debussy en orquestación de Ravel; muy buena la interpretación, aunque quizá se pueda conseguir una mayor dosis de sensualidad. Vino a continuación el Concierto para piano nº 17 de Mozart, francamente bien dirigido por el maestro holandés, pues independientemente de la articulación moderadamente historicista y del uso de baquetas duras, Brüggen supo ofrecer un admirable equilibrio entre elegancia y densidad dramática sin descuidar los aspectos humorísticos de la página; un Mozart, para entenderlos, que conceptualmente sigue la mejor tradición y que en absoluto pretende convertir al pobre Wolfgang Amadeus en un escritor de músicas triviales.

El que sí vaciló en este sentido fue Andreas Staier, quien usando un piano moderno situado no detrás del director sino enfrente, en medio de la cuerda, y tejiendo el continuo en la introducción orquestal, se lanzó a ofrecer ese Mozart coqueto, alado y un punto cursi que a tantos gusta y a un servidor horroriza. Por suerte solo en el primer movimiento, porque en el segundo salió por fin el gran Staier, el enorme Staier, para meter el dedo en la llaga y poner de relieve los claroscuros sonoros y expresivos que se encuentran agazapados en toda gran obra mozartiana; todo ello, por cierto, sin renunciar a la agilidad en el fraseo propia de la tradición historicista ni a unos trinos de marcado sabor rococó. En la escritura “a lo Papageno” del movimiento conclusivo el pianista se desenvolvió bastante bien, sobresaliendo unos muy traviesos diálogos con las maderas.

Cuarta sinfonía de Beethoven en la segunda parte. ¿Interpretación historicista? Bueno, sí, hasta cierto punto, al menos en los aspectos formales: el vibrato, los ataques y todo eso. Porque en el fondo fue una lectura tradicional. Maravillosamente tradicional. Y muy superior, por cierto, a la grabación oficial de Brüggen de 1990 para Philips, ya que el nerviosismo, la tendencia al decibelio y la agresividad excesiva de la interpretación de antaño se vieron el pasado mes de marzo reemplazados por la calidez, la elegancia bien entendida y el humanismo, sin que faltasen el vigor, la garra y sentido dramático propios de la música beethoveniana. Personalmente echo en falta un punto más de electricidad, de tensión sonora y de incisividad, pero los resultados globales son notables, y más aún que eso en ese adagio que es, nunca mejor dicho, corazón de la genial partitura: acongojantes los latidos de la cuerda grave y de excelsa musicalidad los solos de la clarinetista.

Si tienen la oportunidad, por cierto, no dejen de comparar este adagio con el muy disparatado que ofrece Chailly en su reciente integral. Ya verán la diferencia entre una batuta que tiene inmenso talento pero que en los últimos años se está convirtiendo en un vendedor de humo, y un artista honesto –con instrumentos de época o sin ellos- que se dedica a hacer música del modo más sincero posible al servicio del compositor.

martes, 15 de mayo de 2012

Falla con la Orquesta de Córdoba y Estrella Morente en Úbeda

Ya dije en la entrada anterior que estuve el pasado viernes 11 de mayo en el Festival de Música y Danza Ciudad de Úbeda. Se trató de un monográfico Falla con la Orquesta de Córdoba, recipiendaria esta última de una de las dos Medallas de Oro que se otorgan en esta vigésimo cuarta edición. El galardón fue entregado tras el intermedio con la presencia del alcalde de la ciudad, ese mismo que ha dejado escapar con su desidia al Festival de Música de Cine; comprenderán ustedes que con tales circunstancias, y siendo un servidor gran amante de las bandas sonoras, me resbalen las palabras de este señor.

Comenzó la velada con el Concierto para clave del gaditano. El joven Diego Ares hizo, a mi entender, un magnífico trabajo en la parte solista, pero la pequeña plantilla de la orquesta cordobesa mostró evidentes desigualdades. La dirección de José Manuel Palau, no muy seca ni incisiva, tuvo buenos detalles en lo que a sensualidad se refiere, cosa que ocurrió también en el Retablo de Maese Pedro que vino a continuación, donde se lucieron las buenas voces de Fernando Cobo y Damián del Castillo, tenor y barítono respectivamente, por encima de una Laura Sabatel a la que solo se la oía cuando cantaba a capella. Lo grande vino por parte de la soberbia aportación de Jaume Policarpo y su equipo de Bambalina Teatre representando en marionetas, tal y como Falla quiso, el célebre pasaje cervantino: difícil hacerlo con mayor gusto y sensibilidad. La orquesta cumplió, pero se vio un tanto perjudicada por la acústica de la iglesia del Hospital de Santiago.

En la segunda parte llegó el reclamo de la noche: Estrella Morente. La cantaora vino en plan diva, incluyendo un innecesario cambio de vestuario tras la selección de Canciones Populares. Su recreación musical, dejando la deslumbrante belleza física de esta joven al margen, me pareció sosísima, sin empuje ni garra, amén de insincera. Más me gustó en El amor brujo, que se ofreció en su versión de 1915 (la gitanería, por tanto, y no el ballet) con los monólogos muy recortados. La encontré ahí más cómoda –pese a un momentáneo desencuentro con la batuta- y más en estilo, siempre en una línea elegante y sin falsos desgarros. Eso sí, no pude quitarme de la mente lo que le escuché en directo en Jerez hace años a una señora con mucha más voz, mucha más personalidad y mucho más talento. Procedente de Chipiona, para concretar. Y no hay punto de comparación.

Rocío Jurado, que así se llamaba la artista, cantó además la obra sin micrófono. La granadina solo prescindió de la amplificación en la primera de las propinas, una cosita “de las suyas”: no pueden imaginar el espectacular cambio a mejor escuchando su voz natural. Repitió luego la “Nana”, esta vez ya con micro, y quedó confirmado el enorme desacierto que fue contar con la electrónica. La batuta, por su parte, realizó una irregular labor, alternando momentos muy buenos con otros poco interesantes, quizá por la dificultad de luchar contra las limitaciones de algunos de los solistas de la orquesta. Otros lo hicieron muy bien, siendo este el caso de la estupenda concertino.

Se aplaudió muchísimo, incluso con entusiasmo desbordado. Y alucinantes algunos de los comentarios que se escucharon a la salida, como el de aquella señora que decía que la segunda parte le había gustado mucho más que la primera, “con la pianola esa” (sic). Claro está que a quien gran parte del público venía buscando esa noche no era a Don Manuel.

domingo, 13 de mayo de 2012

Falta de información

Se queja Maac en su blog de la falta de información del Palau de Les Arts sobre la cancelación del concierto de Georges Prêtre previsto para el 1 de julio. Con toda la razón. Obviamente en Valencia no tienen culpa de los problemas de salud de la batuta. Pero lo cierto es que ya hace unas cuantas semanas un amigo mío muy admirador del anciano maestro me señaló que éste había cancelado todos sus compromisos internacionales, y que lo lógico sería que en la ciudad del Turia ya supieran de su ausencia. Ahí está el problema: ¿tan problemático resulta anunciar en la web la anulación del concierto? Teniendo en cuenta que había entradas ya vendidas y que algunos estaban preparando las maletas, el público tiene derecho a conocer cuanto antes esa cancelación y sus motivos.


Helga Schmidt y su equipo se olvidan por enésima vez de una de las cosas más importantes para cualquier teatro: el público que paga su entrada y que es -o al menos debería ser- la razón última de todo lo que la institución hace. Al final han actuado como acostumbran: eliminan el concierto en una parte de la web (no así en otra, donde sigue anunciado) y obvian cualquier tipo de comunicado oficial. Quien se dé cuenta, pues bien, y si no, ajo y agua. Lo mismo alguien se viene para Valencia en la fecha referida y se encuentra el teatro cerrado… Por cierto, no nos hemos perdido nada. Tengo una grabación radiofónica del maestro haciendo hace unos meses las dos obras previstas y los resultados son muy decepcionantes: nerviosa y deslavazada Inacabada de Schubert, dulzona Primera de Mahler dicha de cara a la galería.

No solo en Les Arts cuecen habas. En el teatro de mi pueblo se están luciendo de lo lindo. Para el 31 de mayo y 2 de junio estaban anunciadas unas funciones de Tosca en la producción escénica de Giancarlo del Monaco, con Ángeles Blancas de protagonista. Tiempo atrás alguien me dijo que seguramente el título de Puccini no se haría: el Villamarta depende en buena medida del ayuntamiento, y éste se encuentra en una muy alarmante bancarrota que ha saltado a los titulares de la prensa nacional. Pues bien, hace ya más de una semana se envió a los abonados una carta anunciando la supresión del espectáculo y su sustitución por un homenaje al Coro en su decimoquinto aniversario, pero de explicación oficial, nada de nada.

Teatro Villamarta Jerez

De hecho, el espectáculo sigue anunciado en la web oficial, y en el momento de escribir estas líneas se lee en la misma (enlace) que “la fecha de inicio de venta de la ópera Tosca se anunciará próximamente”. Si la culpa, como en el caso de lo de Prêtre, no es de los responsables del teatro, ¿a qué vienen esos reparos a anunciar en la prensa y en los canales pertinentes la cancelación? Lo que está claro es que en Valencia y en Jerez son igual de irresponsables frente al público. O igual de cutres: al final lo que importa no es una cosa llamada presupuesto, sino la profesionalidad de los que tienen que dar las órdenes y/o de los que han de cumplirlas.

Permítanme otro ejemplo reciente que tengo ahora más cerca: el Festival de Úbeda. Por primera vez se han puesto a la venta las entradas por internet. En principio, buenísima noticia. Estuve atento a la fecha y hora de salida para adquirir las mejores localidades. Así lo hice, pero no apareció nada. Creo que tardaron más de un día sobre el momento previsto, aunque se colgó provisionalmente una tabla de venta donde se anunciaban espectáculos (inauguración con la Orquesta de Córdoba, recital de la Arteta) que a la postre fueron suprimidos. Al final logré comprar las entradas para los eventos que me interesaban, pero no recibí confirmación por correo electrónico ni pude imprimir los PDF. A los pocos días me llamaron por teléfono: el servidor no estaba conectado y las localidades por mí seleccionadas estaban ya vendidas… “tal vez sí, o quizás no” (sic). Me anunciaban además que tengo una entrada para la Orquesta de Odense, cuando yo adquirí en realidad para la del Siglo XVIII con Brüggen. Al menos me aseguraron que me darían mis localidades y me pidieron disculpas. Eso sí, cuando llegé el viernes pasado al Hospital de Santiago a escuchar a la Orquesta de Córdoba con Carmen Linares me encontré con una entrada bastante menos buena de la que creí haber comprado.

Ubeda Hospital de Santiago patio

Por cierto, aún no sabemos qué tocará el director holandés en la primera parte de su programa del próximo viernes 18: en un lugar se la web se enumeran arias de Haydn con la mezzo Wilke te Brummelstroete, y en otro se anuncia la presencia de nada menos que Eric Hoeprich para interpretar, presuntamente, el Concierto para clarinete de Mozart, pieza que se hará en otros momentos de la gira. Suponemos que lo que sigue en pie es la Séptima de Beethoven. De acuerdo con que un teatro o una institución, en este caso la Asociación de Amigos de la Música de Úbeda, tiene que lidiar con multitud de incidencias de última hora, pero aun así no nos queda más remedio que preguntarnos en voz alta: ¿tanto cuesta hacer las cosas bien, señores, a la hora de mantener informado al público?

sábado, 12 de mayo de 2012

Imprescindible Janácek coral

JANÁCEK. Obras corales. Seis coros moravos (sobre Dvorák).
Thomas Walker, tenor. Philip Mayers, piano. Radio Blazers Ensemble. Cappella Amsterdam. Dir: Daniel Reuss.
Harmonia Mundi, HMC 902097
71’ 42’’
DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R

Janacek obras corales Cappella Amsterdam

He aquí un disco imprescindible para los que amamos la música de Janácek. Se abre con la transcripción para coro realizada en época juvenil de los deliciosos Seis dúos moravos de Dvorák, escritos originalmente para dos voces y piano.

Su estilo personal aparece con claridad en las tres soberbias piezas corales que vienen a continuación. El pato salvaje (1885) rebosa melancolía dentro de su aparente simplicidad; La huella del lobo (1916) funciona como un drama en miniatura y presenta tics característicos como la repetición ansiosa de células temáticas o el tratamiento imaginativo de la armonía, enlazando con las mejores páginas para escena del autor; la Elegía a la muerte de mi hija Olga (1903) no resulta menos conmovedora.

Las Rimas infantiles (1925), en su redacción última para voces y pequeño conjunto instrumental, son mucho menos inocentes de lo que se pudiera pensar gracias a su desbordante imaginación y escritura tan humorística como provocadora. El Ave María (1883, sobre Lord Byron) es hermoso pese a su carácter más bien convencional y, finalmente, el Padre Nuestro (1906) apunta hacia la personalísima espiritualidad de la muy posterior Misa Glagolítica.

Admirable la Cappella Amsterdam en esta grabación realizada de manera irreprochable en noviembre de 2010.

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Artículo publicado en el número de mayo de 2012 de la revista Ritmo.

jueves, 10 de mayo de 2012

Andris Nelsons, hacia la cumbre: Beethoven, Brahms y Strauss en París y Berlín

Que el maestro letón Andris Nelsons (Riga, 1978) camina lentamente hacia la cumbre lo corrobora no solo la calidad de lo que le estamos escuchando, desde luego de una media muy superior a la de su sobrevalorado maestro Mariss Jansons, sino el hecho de que el Festival de Lucerna le haya nombrado oficialmente “artiste étoile” para la edición de este verano. Por ello quiero traer aquí dos vídeos que he visto recientemente a través de internet. Ambos, por cierto, con programas de evidente paralelismo entre sí. En el primero, que se ofreció en la Sala Pleyel el 18 de enero de este mismo año y puede verse gratuitamente por un tiempo limitado a través de la web de Arte TV (enlace), Nelsons dirige a la Orquesta de parís con el Concierto para violín de Beethoven y la Sinfonía Alpina de Strauss en los atriles. El segundo corresponde al 2 de febrero: nada menos que la Filarmónica de Berlín a su servicio para hacer el Concierto para violín de Brahms y Vida de Héroe. La filmación está comercializada en la Digital Concert Hall de la orquesta alemana (enlace), y no hace mucho fue comentada por Ángel Carrascosa en su blog (enlace).

En la obra beethoveniana me ha llamado mucho la atención Sergey Khachatryan. El joven solista armenio, al que hasta ahora no había escuchado en nada, decide arriesgarse hasta el límite ofreciendo, armado de un sonido interesante con un buen registro grave, una interpretación de enorme intensidad emocional, más dramática que filosófica, en la que se ofrecen multitud de aportaciones personales que revelan aspectos nuevos de la partitura, aunque también están -por momentos- bordeando lo narcisista, que no lo blando o lo trivial, afortunadamente. Nelsons sintoniza con él en una dirección muy extrovertida y fogosa, por momentos en exceso contundente, y también con novedades en la acentuación que no siempre convencen. Tensa y doliente a más no poder la propina bachiana: tendré que seguir a este violinista.

En la Sinfonía Alpina, Nelsons deja de lado toda elucubración filosófica para ofrecer una interpretación juvenil, extrovertida y de marcado carácter narrativo, realizada con más atención al trazo global que al detalle, por ende no del todo clara pero en cualquier caso rica en las texturas, teatral -la tormenta es tremenda- sin caer en lo efectista y, sobre todo, animada por una energía, una vitalidad y un entusiasmo portentosos. Una lástima que la orquesta se quede corta y que la grabación diste de recoger de manera adecuada la orquestación straussiana, porque la dirección es muy notable.

Ya en la Philharmonie berlinesa, el joven maestro ofrece una interpretación no genial pero sí espléndida del Concierto para violín de Brahms dentro de una línea ortodoxa, de sonoridad puramente brahmsiana, trazo firme y perfecto equilibrio entre los aspectos dramáticos, líricos y espirituales de la obra, cantando con amplitud las melodías sin ceder a la tentación de la melifluidad y ofreciendo la dosis adecuada de garra y brillantez –sin llegar a los extremos de Barenboim con la misma orquesta- en el movimiento final. Como solista deslumbra el primer concertino de la Berliner –fichaje de tiempos de Abbado-, un chico al que estamos acostumbrados a ver escondido en medio de los primeros violines de la West-Eastern Divan: Guy Braunstein. Exhibiendo un sonido perfecto, con la carnosidad y solidez necesarias, el israelí toca con admirable virtuosismo y recrea la partitura con sinceridad y emoción, aun sin llegar al desgarro emocional ni al carácter visionario de un Perlman (en sus dos grabaciones: la de Giulini y la anteriormente citada de Barenboim). Una rutilante propina de Kreisler termina por evidenciar que como concertino es todo un lujo (y tenerle de refuerzo en la WEDO, no digamos). La orquesta, sensacional, como lo es también el solo de oboe de Albrecht Mayer abriendo el segundo movimiento.

En la segunda parte, toda una especialidad de la Berliner Philharmoniker: Ein Heldenleben. Sus grabaciones con Karajan son memorables, particularmente la de EMI de 1974, pero esta de Nelsons no me parece en absoluto inferior: con el letón hay menos magia sonora –color, texturas- que con el salzburgués, eso es cierto,pero hay un mayor grado de sinceridad y nada de ese narcisismo con el que coqueteaba el mítico maestro. El discípulo de Jansons consigue con este Richard Strauss la cuadratura del círculo. La interpretación es lenta según el reloj, pero no hay el menor asomo de pesadez gracias a una extraordinaria planificación de las tensiones internas, sin relajarse demasiado en “la compañera del héroe”. Es brillante, descriptiva y colorista, pero en absoluto superficial, y menos aún ruidosa. Es sensual pero para nada hedonista. Y es sobre todo una lectura fogosa, temperamental, comunicativa y “echada hacia adelante”, pero logra evitar el problema  que tal opción suene traer con ella (Solti, Carlos Kleiber), a saber, el nerviosismo y la falta de carácter reflexivo, porque el trazo es fluido, desprende naturalidad y “respira” de la manera adecuada. En esta ocasión Braunstein (que había grabado la obra con Rattle) no interviene aquí porque está descansando el Brahms, pero el otro concertino no es precisamente inferior: ¡sensacional Daishin Kashimoto!

lunes, 7 de mayo de 2012

Recuerdos musicales de la Expo ‘92

Ahora que se cumple el vigésimo aniversario y anda todo el mundo rememorando la Expo ‘92 celebrada en Sevilla, quiero yo también hacer un acopio de los recuerdos que me quedan de aquellos fastos. Recuerdos musicales, quiero decir: una muy desequilibrada pero lujosísima programación de conciertos sinfónicos y ópera en el Teatro de la Maestranza, más una serie de espectáculos masivos en el Auditorio de la Expo -con amplificación- y algunos programas más variados -incluso hubo algo de música antigua- en la Catedral y en el Monasterio de San Clemente. La verdad es que aquello fue tremendo en cantidad y en calidad, y supuso todo un hito para una ciudad que había perdido casi por completo su tradición lírica y solo en fechas muy recientes había vuelto a contar con una orquesta estable.

Yo residía entonces en la ciudad de la Giralda estudiando 4º de Geografía e Historia y me acababa de convertir en un entusiasta de la clásica, algo con lo que tuvo mucho que ver la posibilidad de escuchar música en directo -Sinfónica de Sevilla, Festival de Música Antigua- y mi por entonces infatigable costumbre de grabar de retransmisiones de Radio Clásica, ineludible sustituto de los discos que mi escaso presupuesto (mis padres eran profesores de Primaria en la escuela privada: imaginen) solo me permitía comprar de tarde en tarde. Por fortuna los precios eran muy baratos: recuerdo haber pagado 1.200 pesetas por escuchar -en gallinero, por supuesto- a Barenboim y la Filarmónica de Berlín. En contrapartida, las colas para obtener entradas eran de aúpa, siendo necesario para los espectáculos más golosos -fundamentalmente las óperas- acudir varias veces por la noche para mantener el turno. No hace falta decir que en los primeros meses tuve que ir con los apuntes para aprovechar el tiempo, porque los exámenes estaban de por medio. La verdad es que no echo de menos en absoluto las horas interminables pasando frío y calor -fue un verano tórrido- en el exterior del Maestranza.

La programación, decía, resultó de verdadero lujo. Para recordarla voy a tomar como guión las fichas incluidas en el libro Celebración de un sueño editado el pasado año por el teatro sevillano, aunque solo voy a hablar de lo que yo pude ver: hubo mucho más de lo que aquí va a quedar reseñado. Como no podía ser menos, el telón se alzó con Carmen. La producción era la muy digna de Nuria Espert, y en el foso tuvimos a un Plácido Domingo -asesor musical de la Expo- que me pareció rutinario, excepción hecha del coro de cigarreras. A la Berganza se la escuchaba solo a ratos; más me gustó José Carreras. Justino Díaz y Teresa Verdera no me dejaron ningún recuerdo, ni para bien ni para mal. Cristina Hoyos andaba por allí en plan diva.

5 y 7 de mayo tuvimos a Barenboim y la Filarmónica de Berlín, que por cierto venían del Concierto Europeo en El Escorial. Me pareció buenísima la Inacabada de Schubert, pero la Novena de Bruckner -que dirigió agarrado a la barra casi todo el tiempo- resultó nerviosa y más rápida de la cuenta. Al final nos enteramos de que el maestro había caído enfermo pocas horas antes, oficialmente por un pescado que le sentó mal. Ya repuesto, ofreció increíbles interpretaciones del Primer Concierto de Beethoven y de la Séptima del mismo autor. Por cierto, supuso un verdadero impacto escuchar a la formación berlinesa para los que hasta entonces se atrevían a afirmar -puro chovinismo hispalense- que la Sinfónica de Sevilla era de primera. Entre medias, Bychkov y la Orquesta de París, por entonces de moda gracias al sello Philips, triunfaron con Les biches de Poulenc, El buey sobre el tejado de Milhaud y la Fantástica de Berlioz; me gustó mucho entonces, no sé lo que pensaría hoy.

El 11 de mayo asistí, entre molestísimas medidas de seguridad, al concierto de Mehta y la Filarmónica de Israel. Me encantaron las Seis piezas de Webern, pero la Júpiter mozartiana me pareció basta a más no poder. La Cuarta de Brahms la recuerdo musculosa y prosaica. Aun no repuesto del trauma del fallecimiento de mi abuela materna -precisamente el día de mi cumpleaños-, me aburrí con Riccardo Muti y ese prodigio de Philadelphia que aún era suyo: In the South de Elgar, Primavera Apalache de Copland y una Sinfonía del Nuevo Mundo dicha deprisa y corriendo.

El listón volvió a lo más alto los días 23 y 24 del mismo mes con Celibidache y la Filarmónica de Múnich. Yo ya sabía quién era Celi, pero apenas le había escuchado: creo que tan solo conocía el audio de sus ensayos de la Sinfonía Clásica de Prokofiev que habían retransmitido por la radio. Más que suficiente para quedar fascinado por la personalidad del rumano, desde luego. Los conciertos en el Maestranza me convirtieron en un rendido admirador del maestro ya para siempre. Lo que menos me entusiasmó fue la 39 de Mozart. Don Juan, memorable. La Cuarta de Brahms -ya por entonces una de mis obras favoritas- me emocionó profundamente. Para la Quinta de Tchaikovsky no hay palabras.

Un poco más tarde llegaron las huestes del mismísimo Metropolitan de Nueva York. Solo les vi el Ballo in maschera: suntuosa producción de Piero Faggioni (la del DVD con Pavarotti), buena dirección de Levine y protagonismo absoluto de un Plácido Domingo que por entonces aun se movía muy bien en los papeles de tenor verdiano. Me gustó Aprille Milo, y más aún Juan Pons y Florence Quivar. No estuve en el Fidelio en versión de concierto ni en el programa sinfónico.

El 7 de junio se presentó otro binomio discográfico, la Sinfónica de Montreal con Charles Dutoit, con una muy lírica recreación del Concierto para violín de Stravinsky con Chantal Julliet y una Sheherezade creo recordar que irreprochable. Los días 21 y 22 escuché a los señores del Gewandhaus de Leipzig con sendos programas dedicados a Beethoven: obertura de Egmont y las sinfonías Primera, Segunda, Tercera y Quinta. Me aburrí un tanto, culpa probablemente de un Kurt Masur que por cierto se declaraba entusiasmado ante la acogida del respetable. El 24 el tristemente desaparecido Rafael Orozco ofreció la Iberia de Albéniz; aquí el público se lució en el peor sentido posible, porque las toses boicotearon salvajemente el espléndido recital. El pianista cordobés terminó irritadísimo.

Ya concluido el mes y sin exámenes que estudiar, me acerqué a ver qué hacía Kiri Te Kanawa con el Exultate Jubilate y los Cuatro últimos lieder. No me enteré porque no se la escuchó, al menos desde el paraíso. Ese día comprendí el poder de los estudios de grabación. Las suites orquestales del Amor brujo y El caballero de la rosa pasaron sin pena ni gloria con la Sinfónica de Nueva Zelanda y Franz-Paul Decker. En la propina sí se escuchó a la diva: era a capella. Me dejó indiferente -menos mal que alguien me regaló la entrada- el segundo concierto de Aldo Cecatto con la Nacional de España: Tercera Sinfonía de Bernaola, Rapsodia Española y Sombrero de tres picos.

En verano volví a Jerez de la Frontera, lógicamente, pero me aproveché de las viviendas de algunas amistades -mi piso estudiantil “cerraba” en esas fechas- para no perderme lo que me parecía más interesante. Me fue mal con las huestes de La Scala y Muti. Como conseguir entrada para La Traviata parecía imposible opté por el Réquiem de Verdi. Me hacía mucha ilusión, pero un retraso del ferrocarril me hizo llegar unos minutos tarde, y allí me encontré que debido a la presencia de S. M. Doña Sofía, esa noche del 12 de julio se prohibía entrar aprovechando las pausas. Me tuve que quedar escuchando desde el exterior.

En agosto me quité el mal sabor de boca de la experiencia con la Sinfónica de Pittsburg y Lorin Maazel: vistosa obertura de Tannhäuser (remix de las versiones de Dresde y París), brillante -más que profundo, supongo- Anillo sin palabras y memorable Segunda de Mahler con un sublime Orfeón Donostiarra. El 16 de ese mes Rostropovich ofreció las Suites para violonchelo nº 2, 3 y 5 de Bach: la verdad es que el gallinero no resulta el mejor sitio para concentrarse en esta música. Me colé en primera fila para escucharle al día siguiente el Concierto de Dvorák acompañado de Gergiev y las huestes del Teatro Kirov. En la segunda parte me enamoré de la Tercera de Prokofiev, aunque hoy día no me convence cómo este director interpreta la página.

A la Sinfónica Nacional de Hungría bajo la dirección de Ervin Lukacs la escuché en Sanlúcar de Barrameda, pero la traigo aquí porque pocos días antes hicieron el mismo programa en la Expo: buenas versiones del Concierto para orquesta de Bartók y del Primero de Liszt con el estupendo Jeno Jandó.

A principios de septiembre visitó Sevilla la Ópera de Viena con un título emblemático: Don Giovanni. La producción de Zefirelli -el cineasta vino en persona- era fea y la dirección -no historicista- de Bruno Weil no dejó huella alguna, pero todos disfrutamos de la encarnación que del seductor hizo Ruggero Raimondi, por cierto en línea diametralmente opuesta a la de la película de Losey. Entre el resto del elenco (Rost, Lippert, Kotscherga) sobresalió el Leporello del aún joven Lucio Gallo. Entre una función y otra vino la Filarmónica de Viena -en realidad plantilla “a” de la misma orquesta- con Claudio Abbado, aun reciente su triunfo en los Proms. Una grabación de la BBC me ha permitido no hace mucho refrescar la memoria: Sinfonía Militar de Haydn fría y preciosista, Primera de Mahler tendente al amaneramiento. De propina, obertura de Meistersingers en la misma línea: puro Abbado exhibicionista. Se aplaudió muchísimo, claro.

Anne-Sophie Mutter deslumbró -19 de septiembre- gracias a su increíble virtuosismo con dos obras de Sarasate, Zigeunerweisen y la Fantasía Carmen, pero a muchos nos hubiera gustado escucharle páginas con más enjundia. Al menos la Orquesta de Cámara Wuttemberg Heilbronn y su director Jörg Faeber nos permitieron escuchar la Italiana de Mendelssohn. Menos mal.

Los días 21 y 22 de septiembre llegaron la Orquesta del Concertgebouw y su por entonces titular Riccardo Chailly. Recuerdo que me escuché una vez tras otra -por los mismos intérpretes en retransmisión radiofónica- Grande Aulodia de Maderna y Requies de Berio para ir bien preparado, pero al final se cambió el repertorio; por desgracia donde escribo estas líneas no tengo el programa de mano y no puedo confirmar qué tocaron. Lo que sí recuerdo es que la Cuarta de Beethoven fue espléndida, desde luego muy por encima del mamarracho que hace actualmente el milanés con esta obra. Al día siguiente nos ofreció buenas versiones de Las Hébridas y de la Obertura, scherzo y final de Schumann. La Quinta de Tchaikovsky fue notable, pero la comparación con la que había hecho Celibidache resultó reveladora. Lo mejor, la propina: obertura de El barbero de Sevilla.

La mismísima Staatskapelle de Dresde en el foso era el gran lujo del Holandés Errante que trajo la Ópera de la ciudad alemana. La dirección del para mí por entonces desconocido Peter Scheinder resultó poco estimulante. Me impactó, por el contrario, el vozarrón de Ekkehard Wlaschila, aunque hoy probablemente no me hubiera agradado su línea. No me entusiasmaron especialmente Sabine Haas y Matthias Hölle. Lo más emocionante fue obtener el autógrafo del autor de la más bien feota pero eficaz puesta en escena: Wolfgang Wagner. El 5 de octubre llegó La Atlántida con la JONDE, Edmon Colomer, Simon Estes, María Bayo y la Berganza. Me ahorro contarles lo que entonces opiné sobre la obra y lo que sigo opinando ahora.

Traca final, los días 7 y 8 de octubre, con la Royal Philharmonic bajo la dirección de Rostropovich. La Cuarta de Tchaikovsky me pareció dramática y visceral, pero muy ruidosa. La Quinta de Shostakovich, notable sin más. El War Requiem de Britten -con Robert Tear entre los solistas- fue para mí el descubrimiento de una obra que adoro desde entonces. Recuerdo que se me saltaron las lágrimas. Rostropovich nos confesó durante la firma de autógrafos que él había llorado sobre el podio. Aun hoy la considero una de las veladas musicales más impactantes que he vivido.

He dejado a un lado los espectáculos que no tuvieron lugar en el Maestranza, pues ahora no dispongo de material para enumerarlo. Recuerdo, en todo caso, algunas veladas en el Auditorio de la Cartuja: por ejemplo, una mala Novena de Beethoven con Maazel y la Orquesta del Festival Schleswig Holstein. O el espectáculo Antología de la zarzuela, que pude ver con Alfredo Kraus como invitado especial (por él desfilaron otros grandes nombres de nuestra lírica). También recuerdo a Roy Goodman en el Monasterio de San Clemente. Y a Gardiner, su orquesta y el increíble Monteverdi Choir en la Catedral: primera mitad de Israel en Egipto y estreno mundial del oratorio La muerte de Moisés, de Alexander Goehr, obra esta que me gustó muchísimo.

Tampoco he dicho nada sobre lo mucho que me perdí: Favorita con Kraus y Verret, Traviata con Muti y Alagna, Gato Montés con Domingo, apariciones de Yepes, Pendereki, Conlon, Temirkanov, Jansons, Brower, Järvi, Hardenberger, Devia, De Leeuw, Barshai… Un recuerdo para ese Otello con Domingo que no llegó a verse debido a un accidente mortal durante los ensayos, y también para el concierto de mi adorado John Barry que se suspendió por el cierre temporal del teatro que vino detrás. En cualquier caso, coincidirán conmigo en que lo que se vio fue, con sus más y sus menos, verdaderamente alucinante. Poco después cerró el Maestranza a cal y canto, pero esa es otra historia.

sábado, 5 de mayo de 2012

Los “ritos” de Dudamel

Este disco con obras de Stravinsky y Revueltas que tienen en común su referencia a ritos de civilizaciones precristianas fue grabado en directo por los ingenieros de Deutsche Grammophon en Caracas en febrero de 2010. No me terminó de convencer cuando lo escuché; quiero decir, no me pareció a la altura del talento que otras veces ha demostrado el irregular Gustavo Dudamel, sobre todo teniendo en cuenta que tanto La consagración de la primavera como La noche de los mayas parecía ajustarse perfectamente al temperamento extrovertido del director venezolano y a su portentoso sentido del color y del ritmo. He vuelto ahora a él realizando algunas comparaciones y tengo que matizar: efectivamente hay en estas interpretaciones unos cuantos aspectos discutibles, pero no por ello debemos regatear sus virtudes.

Ofrece Dudamel una lectura del más famoso ballet de Stravinsky muy fresca y entusiasta, que se sitúa -estilísticamente hablando- en las antípodas de las que suele hacer Boulez: extroversión frente a introversión, espontaneidad y cierto carácter improvisatorio frente al rigor en la planificación, sensualidad en vez de austeridad, colorido por encima del ritmo… y una tendencia en absoluto disimulada por epatar con los decibelios y la percusión -recogida por una toma sonora de enorme gama dinámica aunque algo turbia- frente a la soterrada construcción de las tenciones internas que caracteriza al director francés. Quizá, en este y en otros sentidos, resulte Boulez más propiamente stravinskiano, mientras que al maestro de Venezuela se le va un poco la mano y le salen sonoridades que miran al Romanticismo. Hay incluso algún rubato y algún portamento fuera de tiesto. La orquesta está francamente bien, y el colorido de sus solistas resulta ideal para recrear la “ebullición” que abre la partitura, que pocas veces se ha escuchado tan sugerente. En suma, una interpretación muy vistosa, que engancha desde el principio hasta el final y que resulta refrescante frente al excesivo rigor de otras aproximaciones, aunque también un tanto superficial y de cara a la galería. Cuando incorpore esta interpretación en mi listado de audiciones comparadas (enlace) le pondré un ocho.


En la suite construida por José Limantour a partir de la banda sonora de La noche de los mayas (Chano Urueta, 1939), Dudamel engancha gracias a su referido manejo de la paleta orquestal y a un ritmo que lleva en la sangre. Hay en su muy entusiasta y vistosa recreación, sin embargo, una exagerada búsqueda del decibelio y el escándalo gratuito, así como de los grandes contrastes dinámicos, valiéndose en este sentido del enorme tamaño de la orquesta. La comparación con el registro realizado por Esa-Pekka Salonen en 1998 para Sony al frente de la Filarmónica de los Ángeles (irónicamente la actual orquesta de Dudamel) resulta ilustrativa.


El primer movimiento resulta en manos del venezolano algo hinchado, mientras que con el finés adquiere la grandeza opresiva que le conviene. En el scherzo gana su colega: a Salonen le sale estupendamente, pero el artista que nos ocupa y sus muchachos lo hacen con un sabor mucho más latino. Este aborda tercer movimiento con una enorme dosis de sensualidad y una ensoñación que se nos antoja excesiva, rozando incluso el hedonismo: no parece que sea buena idea “romantizar” tanto esta música, cosa que también parece opinar un más sobrio Salonen. En la “Noche de encantamiento”, que por lo visto no es de Revueltas sino de Limantour (enlace), los dos directores realizan toda una exhibición de virtuosismo de batuta y de sentido del ritmo, pero nos quedamos con el maestro europeo, que nos parece más claro, anguloso e incisivo, más atento a los matices dinámicos y, sobre todo, más interesado por construir tensiones que con deslumbrar al personal. Más moderno, en definitiva.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Klemperer y Du Pré en EMI Signature: merece la pena repetir

Ya Ángel Carrascosa dio cuenta en su blog (enlace) de la manera desconcertante en que EMI Classics ha seleccionado los primeros títulos de su Signature Collection, destinada a recuperar en formato Super Audio CD –en discos compatibles con un reproductor normal, aunque sin beneficiarse de las características del sistema- títulos míticos del sello británico. No voy a insistir en ello. Pero sí que quiero realizar algunos comentarios en función de lo que he visto y escuchado en los dos ejemplares que he adquirido: Mendelssohn y Schumann por Otto Klemperer, y Elgar y Delius por Jacqueline Du Pré. Adelanto ya que la valoración es positiva.

EMI Signature Du Pre

La presentación es muy atractiva: tapa dura conteniendo en fundas de cartón los dobles CD –los hay también triples- y libretos de hojas gruesas todas en color y bien maquetadas. Los datos técnicos están en su sitio y se incluyen reproducciones de las portadas y contraportadas originales de los vinilos. Hay que añadir que en todo momento se han respetado los contenidos originales de aquéllos, y de ahí que los compactos ronden los 50 o 55 minutos cada uno. A mí me parece bien así, incluso aunque se desaproveche casi media hora de música, porque el precio al que se vende el producto es razonable para tratarse de SACDs. La inclusión de fotografías de algunas de las cintas originales resulta ilustrativa, pues sobre ellas se anotaron a bolígrafo las diferentes remasterizaciones a las que éstas han ido siendo sometidas (incluyendo las realizadas en exclusiva para Japón). En la parte negativa, hay que lamentar que los artículos se incluyan solo en inglés, francés y alemán, y que no se reproduzcan –ni siquiera en su idioma original- los textos cantados.

El sonido. Pues vamos a ver, se nos dice que todos los reprocesados son nuevos, que se han realizado acudiendo a las cintas originales y que se han usado los más sofisticados sistemas de edición para acercarse en todo lo posible al sonido de las mismas y corregir los posibles defectos. Yo he comparados las sinfonías de Mendelssohn y Schumann, de 1960, así como el concierto de Elgar, de 1965, con las primeras remasterizaciones para compacto que realizó EMI, y puedo aseverar que la mejoría se nota. No me parece tan espectacular como, por ejemplo, la que ha experimentado el Mahler de Klemperer editado por EMI France –absolutamente indispensable la compra, por si alguien aun no lo sabe-, pero la audición es ahora más satisfactoria. Lo que más se nota es el aumento del soplido de fondo, lo que lejos de ser un inconveniente –salvo para los catetos- demuestra que en anteriores ediciones se habían ecualizado en plan bestia los agudos, merendándose así un montón de armónicos y dejando al sonido mate y sin relieve.

EMI Signature Klemperer Mendelssohn

Ahora se ha sido mucho más respetuoso y las cintas han recuperado su brillo original. No solo eso, sino que la orquesta suena con más cuerpo y plasticidad, también quizá con algo menos de distorsión, aunque las limitaciones del paso del tiempo se dejan notar. La gama dinámica es además ahora más amplia (tremendo el “ascenso” inicial en el concierto de Elgar). Ahora bien, todo esto se aplica a una reproducción en un lector de SACD; si usted no tiene el aparato correspondiente notará sin duda la mejoría del reprocesado, pero no los presuntos beneficios que se corresponden con este sistema.

Las interpretaciones, salvo –para mí- las de Delius, son viejas conocidas. El Mendelssohn de Klemperer es excepcional. Eso sí, personalísimo y sin mucho que ver con la “gran tradición” (el de Breslau fue en sus últimos años un antirromántico de libro), aunque tampoco -menos aún- con la ligereza frívola de ciertos acercamientos recientes. Es el suyo un Mendelssohn pausado, de sonoridades robustas pero en absoluto gruesas, porque la claridad es asombrosa, como lo es también el análisis de texturas y de planos sonoros, a lo que contribuye el excepcional virtuosismo de una Philarmonia Orchestra que por entonces no conocía rival. En lo expresivo, pues ya se sabe: edificios de total solidez donde no hay espacio ni para el arrebato ni para el apresuramiento, tampoco para la blandura o el narcisismo, pero donde cada una de las frases está imbuida de una tensión dramática arrolladora.

Concretando un poco, la obertura de Las Hébridas solo conoce rival en la interpretación de Celibidache/Múnich y en la del propio Klemperer con la Orquesta de la Radio Bávara (EMI la primera, pirata la segunda: la he dejado en YouTube aquí arriba). Esta de 1960 es una lectura de enorme vuelo poético, aunque el de Breslau no baja la guardia y alcanza en los pasajes tempestuosos una fuerza impresionante. En la Escocesa, haciendo gala de su habitual sonoridad granítica, Klemperer construye un edificio austero pero lleno de fuerza que tiene poco que ver con la vivacidad y la luminosidad que se asocian con este autor, al tiempo que descubre los aspectos más amargos de la partitura. El primer movimiento quizá resulte algo moroso y no alcance todo el impulso posible, pero en compensación la coda final es la más lenta, mejor cantada y más emocionante de cuantas se han escuchado. Solo el propio Klemperer ha llegado aún más lejos en el resto de la partitura, aunque cambiando “por todo el morro” el final de Mendelssohn por el suyo propio: me refiero a la grabación de 1969 con la Orquesta de la Radio Bávara, tan indispensable como la presente.

De la Italiana se nos ofrece una interpretación reposada, bien paladeada –sin detenerse demasiado en el segundo movimiento-, nada impetuosa ni arrebatada, pero de pulso perfectamente sostenido y una elevadísima cantabilidad, calidez y vuelo lírico, todo ello sin renunciar a la sobriedad propia de Klemperer y a su particular tratamiento de las maderas. Aquí sin embargo hay, a juicio de quien suscribe, dos directores que aún han conseguido resultados superiores, si bien en una línea muy diferente. El primero es Solti en su grabación de 1985 para Decca. El otro es Barenboim, del que circula una retransmisión radiofónica de 2009 al frente de la Filarmónica de Viena de una genialidad inigualable. Aun así, lo de Klemperer sigue siendo antológico.

La Cuarta de Schumann que completaba en su momento y vuelve a completar ahora a la Italiana sigue siendo una de las grandes: interpretación de un solo trazo, poderosísima, impetuosa, encrespada, llena de tensión interna, pero de un absoluto control de la arquitectura y dotada del asombroso análisis de texturas esperable en Klemperer. Eso sí, como también es marca de la casa, el de Breslau no se recrea mucho en la parte lírica de la obra, echándose de menos un mayor poso de poesía y espiritualidad en el segundo movimiento. Por eso las interpretaciones de Furtwängler con la Filarmónica de Berlín (Decca, 1953) y de Böhm con la Sinfónica de Londres y la Filarmónica de Viena (Andante 1975 y DG 1978 respectivamente) me siguen pareciendo aun superiores a esta maravilla.

Del disco Elgar grabado por Barbirolli entre 1964 y 1965 con la Sinfónica de Londres poco hay que decir, porque se trata de uno de los lanzamientos más famosos jamás realizados por el sello británico. En las Sea Pictures –grabadas el primer año citado- el maestro paladea las melodías con concentración y atención al detalle, sin caer en lo melifluo y haciendo gala de un lirismo elegante y de altos vuelos. Junto a él, una Janet Baker tan sutil como variada en la expresión -de lo delicado a lo extático pasando por lo ensoñado y suavemente doloroso-, hace gala de una voz subyugante y un fraseo tan sensual como exquisito. Los resultados son excepcionales, aunque el logro histórico es el Concierto para violonchelo, quizá la cumbre más alta alcanzada por Jacqueline Du Pré en su breve carrera. La verdad es que uno no sabe si admirar más la longitud del arco, la belleza del sonido, la sensualidad del legato o la intensísima pero siempre controlada emotividad, de una tristeza honda y llena de melancolía, que caracterizan a su arte. La dirección  de Barbirolli, superior a la de Barenboim en la filmación dos años posterior, está a la altura: lenta, concentrada, de enorme aliento lírico y con una buena dosis de espiritualidad.

El vinilo dedicado a Frederick Delius fue registrado en Abbey Road en 1965 con la Royal Philharmonic Orchestra dirigida por Sir Malcolm  Sargent. Yo no lo conocía, y la verdad es que tampoco me perdía algo indispensable: las interpretaciones parecen espléndidas, pero la música, siendo muy hermosa, no es de primera fila. Con las Songs of Farewell, dichas por el maestro británico con el punto decadentista justo, viene el único fiasco técnico de los dos títulos comentados, porque la Royal Choral Society está mal recogida por los ingenieros, sonando con distorsiones y saturación. No hay problema alguno con la breve pieza orquestal A Song before Sunrise, recreada por Sargent con admirable intensidad, ni con el Concierto para violonchelo, donde la Du Pré vuelve a dar una lección de cómo aunar belleza e emoción.

Resumo: si usted no tiene estar interpretaciones de Mendelssohn, Schubert y Elgar, corra a comprar estos discos. Si ya los tiene, la mejoría técnica hace que merezca la pena repetir, sobre todo si dispone usted de un reproductor de SACD. Dicho queda.