domingo, 29 de abril de 2012

Bernstein en el English Bach Festival

Este DVD corresponde a un concierto ofrecido de la iglesia de San Agustín de Londres el 16 de abril de 1977 por Leonard Bernstein y la Orquesta y Coro del English Bach Festival. La filmación, realizada para la BBC por un joven Brian Large, ofrece una imagen en color más que digna para la época pero un sonido bastante pobre que mucho antes parece monofónico que el estéreo que reza la carátula. Los subtítulos vienen en latín, inglés, francés y alemán. ¿Merece la pena? A medias.

Bernstein DVD Bach Stravinsky

La verdad es que la interpretación del Magnificat de Bach interesa poco. El problema es por una parte la dirección: siempre musical, amplia sin ser pesada, cálida y por momentos muy entusiasta -nada que ver con la timidez de por ejemplo un Harnoncourt, también en DVD-, pero no del todo inspirada por parte de un Bernstein que se movía mejor en otros repertorios. Por otra parte están la discreta calidad de la orquesta -la trompeta es mediocre y no empasta, aunque el oboe resulta excelente- y la mediocridad de unos solistas que oscilan entre lo correcto y lo lamentable; especial mención para Rodney Hardesty, contratenor de buena línea pero voz espantosamente fea. El coro realiza una notable labor, más no logra evitar que esta interpretación resulte abiertamente desequilibrada. En DVD la soberbia interpretación de Koopman es muy superior a esta, y en CD no puedo olvidar las dos de Herreweghe (seguramente también la de Gardiner, aunque ésta hace lustros que no la escucho). Tampoco la espléndida de Barenboim: el hecho de que el enfoque sea tradicional o historicista es lo de menos cuando hay un enorme talento de por medio.


La otra mitad del DVD interesa mucho más. Claro que eso ya lo veníamos venir, porque esta interpretación de la Misa de Stravinsky es paralela a la que ya conocíamos en audio -con mucho mejor sonido- en el sello Deutsche Grammophon. Aquí Lenny se mueve como pez en el agua y ofrece una magnífica dirección: seca, angulosa, con sentido del ritmo y toda la tensión interna y el sabor arcaizante que debe tener. Otra cosa es que la partitura sea inferior a la joya bachiana que la acompaña, para qué andarnos con rodeos. El conjunto instrumental se comporta bien y el coro masculino vuelve a realizar una irreprochable labor. Flojea un tanto el Trinity Boys Choir, pero aun así la interpretación es globalmente notabilísima. El marco gótico en que está filmada le viene estupendamente a la obra. En fin, yo he soltado algo menos de 10 euros por este DVD y no me arrepiento, aunque solo su segunda mitad me parezca realmente aprovechable.

viernes, 27 de abril de 2012

Currentzis, Melnikov y los conciertos de Shostakovich

SHOSTAKOVICH: Conciertos para piano 1 y 2. Sonata para violín y piano.
Jeroen Berwaerts, trompeta. Isabelle Faust, violín. Alexander Melnikov, piano. Orquesta de Cámara Mahler. Dir: Teodor Currentzis.
Harmonia Mundi, HMC 902104
74’ 11’’
DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R

Melnikov Currentzis Faust Shostakovich


Tras su magnífica grabación de los veinticuatro Preludios y fugas realizada también para Harmonia Mundi (enlace), Alexander Melnikov (Moscú, 1973) vuelve a Shostakovich para ofrecernos una recreación de los dos conciertos para piano en la que, haciendo gala de una enorme sutileza, flexibilidad e imaginación en el fraseo, ya que no de un particular sentido de la ironía, nos descubre el lado más lírico, romántico si se quiere, del autor de La Nariz, sin caer por ello en la trivialidad, la sosería o la falta de riqueza conceptual. Teodor Currentzis, no tan visceral aquí como en su demoledora grabación de la Decimocuarta sinfonía, le acompaña acentuando los contrastes entre los movimientos centrales y los extremos, otorgando peso a los silencios y atendiendo especialmente al entramado de las maderas, sobre todo en el Segundo concierto.

En la Sonata para violín y piano que ocupa la segunda mitad del disco, el pianista moscovita y una descomunal Isabelle Faust hacen gala de una increíble riqueza de colores en una interpretación no tan espectral y atmosférica como la lentísima de Minzt y Postnikova (Erato, 1992), pero sí igualmente trágica, honda y comprometida.
_________________________________

Artículo publicado en el número de abril de 2012 de la revista Ritmo.

miércoles, 25 de abril de 2012

Faust y Abbado: expresionista Berg, luminoso Beethoven

Este disco registrado, sin todo el acierto técnico posible, por Philipp Knop en Bolonia en noviembre de 2010, supone el imprevisto y desconcertante debut de Claudio Abbado en Harmonia Mundi de la mano de Isabelle Faust con un programa exigente en grado sumo: los geniales conciertos de Alban Berg y Ludwig van Beethoven. Conociendo cómo se las gasta el milanés, los resultados entran por completo dentro de lo previsible, es decir, muy bien el primer autor y bastante discutible el segundo. Pero hay algo que sorprende y maravilla: la actuación de la violinista alemana.

Abbado Faust Berg

Realmente lo de la Faust es asombroso, sobre todo en Berg. Su sonido, sin ser el más bello posible, impresiona por su solidez, precisión y capacidad para ofrecer las más variadas texturas, desde lo etéreo hasta lo rugoso: recuerda en este sentido a Szigeti en su excepcional recreación con Mitropoulos. Claro que lo que convierte su interpretación en memorable es su intensidad emocional, de una incandescencia rebelde, virulenta a más no poder, pero siempre controlada merced a una impresionante concentración, atenta al matiz y con capacidad para desplegar el vuelo poético aquí imprescindible.

Aquí quien nos viene a la mente es Zuckerman en su increíble registro junto a Pierre Boulez, y si este no nos parece a la misma altura se debe a la dirección de Abbado. Esta es rápida, extrovertida y de elevadísimo sentido teatral, e impacta gracias al enorme sentido del color del maestro italiano y a la incisividad de su batuta, pero -como generalmente ocurre en sus acercamientos a la Segunda Escuela de Viena- resulta un tanto ruidosa, superficial y de cara a la galería, perdiéndose un tanto sutileza y espiritualidad en aras del impacto sobre el oyente. En cualquier caso, una interpretación que conmoverá profundamente a quienes prefieran, como quien esto suscribe, una línea antes expresionista que lírica a la hora de abordar la página.

De nuevo hay que atender a los gustos personales a la hora de valorar los resultados del Beethoven. Porque a decir verdad la interpretación está maravillosamente realizada, pero no es fácil que a los que encontramos a esta página llena de tensión dramática y densidad filosófica nos guste esta visión extrovertida, desenfadada y luminosa que Abbado dirige con agilidad, mucha comunicatividad y -como en su doble integral sinfónica de hace unos años- acentuando los contrastes entre sonoridades volátiles con otras musculosas con la clara intención de epatar al personal.

Sobresale en cualquier caso el virtuosismo de la Faust, poderosísima en el sonido -cálido, con carne-, de una asombrosa claridad y no menor exactitud en la digitación. Además la artista se muestra muy intensa, expresiva y matizada, siempre en la línea referida, con aportaciones personales que en general resultan de interés. La realización gustará mucho a determinado tipo de público. Otros nos seguiremos quedando con los Menuhin, Schneiderhan, Zuckerman y Perlman de toda la vida al violín y con los consabidos Furtwängler, Klemperer y Barenboim empuñando al batuta.

lunes, 23 de abril de 2012

Bernstein y la Quinta de Shostakovich

Aparte de su grabación en audio oficial para CBS de 1959 y de algunas piratadas cuya enumeración tienen ustedes en la red (enlace), Leonard Bernstein posee dos filmaciones de la Quinta Sinfonía de Shostakovich. La primera es una toma en blanco y negro realizada por la BBC en diciembre de 1966 con el director norteamericano dirigiendo a la Sinfónica de Londres, y ha sido editada con imagen y sonido aceptables para la televisión de la época por el sello Idéale Audience. La segunda pertenece a una gira de la Filarmónica de Nueva York por Japón realizada en 1979, fue comercializada en su momento en compacto por CBS y ahora se encuentra en imágenes, con una excelente Primera de Schumann que la acompañaba en el programa, editada por el sello Kultur con estupenda imagen en color y muy buen sonido estereofónico. Por desgracia esta edición es de “Zona 1”, lo que significa que para poder disfrutarla en Europa hay que tener un DVD que sea multizona o –es mi caso- liberado de manera más o menos casera para poder reproducir lanzamientos de ultramar, si bien haciendo uso de YouTube y de un poco de paciencia pueden ustedes disfrutarla on-line en el ordenador. Permítanme dejar aquí unas notas sobre las interpretaciones propiamente dichas.

Bernstein Shostakovich 5 ideale

La de Londres es muy atractiva, pero para mi gusto se encuentra lejos del ideal. El acercamiento extrovertido, inflamado e intuitivo de Bernstein alcanza excelentes resultados en un Allegretto con empuje e ironía y, sobre todo, en un Largo lleno de pathos, rebeldía y la más sincera tensión emocional. Por desgracia el primer movimiento, admirablemente enfocado, no alcanza toda la concentración deseable, mientras que en el cuarto Lenny se deja llevar por la emoción y no acierta a capturar la ironía de la página, por lo que termina resultando precipitado, de cara a la galería y excesivamente vulgar. La orquesta londinense, tratada por la batuta del norteamericano con su admirable sentido de la plasticidad y el color, realiza una muy buena labor independientemente de algunos resbalones propios del directo, si bien dista de alcanzar el nivel de las mejores.


Curiosamente la Filarmónica de Nueva York, años atrás una formación de nivel discreto, se encuentra mucho mejor en 1979 que su compañera de Londres la década anterior. Por lo demás, la interpretación de Tokio sigue siendo juvenil y fresca, poco dada a dobles lecturas, y vuelve a caracterizarse por su sinceridad e intensidad emocional, sobre todo en un Largo de dimensiones verdaderamente metafísicas. La diferencia con respecto a la interpretación filmada por la BBC es que ésta, algo más lenta, posee más concentración, no se deja llevar por el arrebato, alcanza mayor refinamiento y atiende mejor a la polifonía orquestal. Todos los movimientos mejoran en este sentido, aunque donde más se nota el progreso es en el cuarto, esta vez dicho sin precipitaciones y sin otro rastro de vulgaridad que el de la pretendida –con no poca ironía- por el propio compositor.


El resultado, lógicamente, es extraordinario, aunque no estoy de acuerdo con quienes consideran que esta de Tokio es la grabación de referencia de la partitura: creo que el primer movimiento puede sonar aún más opresivo y que en el último se puede ir mucho más allá de la presunta “respuesta de un compositor soviético a unas críticas justas” si se sabe capturar la mala leche que alberga la página. Por eso mismo sigo prefiriendo lecturas como las de Haitink o Rozhdestvensky, muy distintas entre sí pero en cualquier caso perfectamente complementarias a las de Bernstein, lo que no me impide recomendar al lector que haga lo posible por conocer las del autor de West Side Story, al menos la de Tokio; la de Londres, a decir verdad, queda reservada a sus grandes fans, entre los que me cuento.

sábado, 21 de abril de 2012

Fuentes de Roma, de Respighi: discografía comparada

Primero de los tres poemas sinfónicos que conforman el “Tríptico Romano” de Ottorino Respighi, Fuentes de Roma fue compuesto en 1916 y conoció su estreno al año siguiente bajo la batuta de Antonio Guarnieri, si bien fue con Arturo Toscanini con quien esta página alcanzó un éxito singular. Nadie hay quien dude que la gran virtud de la obra es su portentosa orquestación, pero suele repetirse el tópico de que se trata de una partitura conservadora, convencional y pensada de cara a la galería. No es del todo cierto: estando desde luego alejada de las más atractivas experiencias de la vanguardia del momento, la obra está impregnada de una poesía que va más allá de la mera tarjeta postal, si bien solo los más grandes directores han sabido sacar a la luz los aspectos más inquietantes de la misma, mirando hacia el expresionismo más que hacia el tardorromanticismo o el impresionismo. Sobre el presunto carácter cinematográfico de la creación poco hay que decir: por aquellas fechas la música de cine estaba absolutamente en pañales.

La obra visita cuatro fuentes de la Ciudad Eterna "en la hora en que el carácter de cada una se armoniza mejor con el paisaje que la rodea”. Son por tanto cuatro sus secciones. “La fuente de Valle Giulia al alba” ofrece una brumosa atmosfera pastoral que usualmente es recreada tendiendo en exceso a lo bucólico, si bien las batutas más arriesgadas apuestan por destacar sus aspectos angulosos e incisivos. “La fuente del tritón por la mañana” describe el agitado y elegante movimiento de los seres marinos representados en la célebre obra de Bernini. Tras unas pocas calles llegamos a “La fuente de Trevi al mediodía”, donde el poderoso cortejo de Neptuno impacta por su fuerza al visitante dejando un rastro de espuma a su paso; aquí la demanda de recursos orquestales es elevadísima, al tiempo que en el formato discográfico solo una toma de gama dinámica muy amplia es capaz de recoger la espectacularidad ideada por Respighi. Una transición portentosa –el compositor domina a la maravilla la orquesta– nos lleva hasta “la fuente de Villa Medici al atardecer” que, entre cantos de pájaros y campanas de iglesia, cierra la partitura de la manera más melancólica posible.




1. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1951). Quien se encargó de hacer triunfar esta obra por todo lo alto registró para el disco una interpretación muy atractiva por su carácter anguloso, incisivo y altamente teatral, amén de por su apreciable claridad. Le falta concentración en el primer movimiento y, en general, un poco de magia sonora, pero en cualquier caso el pulso firme y la ausencia de devaneos sonoros del maestro se terminan imponiendo. La toma sonora, obviamente, no está a la altura de las circunstancias. (8)






2. Ormandy/Philadelphia (Sony, 1957). El estéreo –fundamental para la presente partitura– llegó con esta lectura de enfoque ortodoxo, desde luego menos incisiva y más hedonista que la de Toscanini, que se encuentra excelentemente trazada y bien desarrollada en lo que al sentido del color y de las texturas se refiere. A destacar la ensoñación del primer movimiento y la excelente transición del tercero al cuarto. El sonido hubiera sido estupendo para la época si no fuera por la estrechez de la gama dinámica. (9)




3. Reiner/Chicago (RCA, 1959). La mejor toma hasta el momento -resulta recomendable escucharla en SACD- llega con esta realización soberbiamente tocada en la que el inolvidable Reiner, aunando la incisividad de Toscanini con la plasticidad de Ormandy, ofrece una altísima dosis tanto de brillantez como de poesía sin caer en modo alguno en efectismos ni en devaneos sonoros. Un clásico que apenas ha envejecido con el tiempo. (9)




4. Dorati/Sinfónica de Minneapolis (Mercury-Newton, 1960). A precio muy barato se ha recuperado esta visión que, como ya hiciera Toscanini en su momento, se aleja de las brumas impresionistas para optar por la incisividad, la extroversión y cierto carácter nervioso, lo que no impide que la fuente de Villa Medici esté tratada con la concentración adecuada. Como además Dorati hace gala de un buen olfato para las texturas y de una gran brillantez, el resultado es francamente notable, y aún lo sería más con una dosis superior de poesía. La toma sonora es demasiado seca, aunque ofrece a cambio una amplia gama dinámica. (8)




5. Ansermet/Suisse Romande (Decca, 1963). Lejos de caer en la ensoñación hedonista, el director suizo ofrece una lectura extrovertida, colorista y muy narrativa, quizá no del todo paladeada pero maravillosamente tratada en lo que a timbres y texturas se refiere -en línea más incisiva que impresionista-, trazada con buen pulso y dicha con irreprochable musicalidad. (8)





6. Munch/New Philharmonia (Decca, 1966). La calidad de la orquesta es indiscutible, pero el director alsaciano frasea con escasa naturalidad y refinamiento, resultando las sonoridades más bien pedestres, incluso amazacotadas. Se equivoca además al ofrecer un primer movimiento en exceso bucólico y no logra otorgar de fluidez y elegancia al resto. Un fiasco. Encima la toma sonora, muy inferior a la de la propia Decca para Ansermet, presenta evidentes distorsiones y un estéreo demasiado artificioso, típico del sistema Phase 4. (6)




7. Ormandy/Philadelphia (RCA, 1974). Repiten las huestes de Philadelphia con una admirable interpretación de línea ortodoxa, sensual y contemplativa pero no otoñal, que sabe ser descriptiva, rica en el color, muy elegante, y se encuentra magníficamente trazada, amén de matizada con atención y acierto tanto en el fraseo como en las intervenciones solistas. La grabación posee más cuerpo y una gama dinámica algo mayor que la que los mismos intérpretes realizaron para CBS, pero ofrece una molesta distorsión que no sabemos si se podría arreglar con un nuevo reprocesado en manos de Sony, que posee ahora los derechos de la antigua RCA. (9)




8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1977). No podía el de Salzburgo resistirse a utilizar esta partitura para hacer gala de su dominio de la masa orquestal y de la asombrosa calidad de la Filarmónica de Berlín. En este sentido, como lección de técnica orquestal esta interpretación es impresionante, sobresaliendo el clímax de la fuente de Trevi increíble por su capacidad para desarrollar suntuosidad, claridad, colorido y las más variadas texturas. Por desgracia, y como era de esperar, el enfoque de la batuta resulta excesivamente narcisista, poco sincero y nada natural, incluso algo relamido. Karajan en estado puro, pues. La toma sonora es extraordinaria. (8)




9. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1977). Maestro del color y de la elegancia, el oriental consigue un perfecto equilibrio entre carácter atmosférico y expresividad en esta lectura quizá sin el último grado de inspiración de otros directores, pero muy bien planificada, admirablemente ejecutada y riquísima en su paleta cromática. Existe una edición japonesa en SACD que se vende a precio de oro molido. (9)




10. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1982). A principios de los ochenta el aún joven Dutoit se dedicó a grabar multitud de discos en Montreal en los que, en pleno descubrimiento del sonido digital, lo que más sobresalía era la increíble naturalidad, transparencia y definición tímbrica conseguida por los ingenieros de Decca, por encima de unas interpretaciones que dentro de su solidez rara vez llegaban a lo más alto. Es el caso de esta notabilísima recreación a la que le falta un último punto de vuelo poético: a Villa Medici se le podía haber sacado mucho más partido. (8)





11. Muti/Philadelphia (EMI, 1984). El maestro italiano no se encuentra aquí especialmente poético ni inspirado, porque donde dio la campanada fue en los dos otros poemas sinfónicos de Respighi, particularmente en Fiestas. En cualquier caso triunfa por su sentido del color, su incisividad, su sentido teatral y su buen pulso. La sensacional orquesta, no menos brillante que con Ormandy, hace subir el nivel. Lástima que la toma sonora no esté a la mayor altura posible. (9)




12. Bátiz/Royal Philharmonic (Naxos, 1991). Con muy buen sonido nos ofrece Naxos esta notabilísima recreación realizada de un solo trazo, ortodoxa y ajena a devaneos, estupendamente dicha –pese a algún desajuste que se podía haber arreglado– y llena de vida, aunque en comparación con las más grandes lecturas de la obra resulta mucho antes espectacular -la batuta del mexicano se muestra brillante en grado sumo- que poética. (8)





13. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1991). Haciendo gala de una fascinante paleta de colores, el maestro veneciano propuso una visión personal, mirando un tanto al expresionismo, en el que el primer movimiento resulta más nervioso e inquietante de lo acostumbrado y el último se cierra con un regusto amargo. Todo ello haciendo gala de una técnica de batuta impresionante: basta escuchar cómo realiza la transición de Trevi a Villa Medici y la manera en la que poco a poco va ralentizando el tempo en este último movimiento (¡lentísimo!) para darse cuenta de qué clase de director podía llegar a ser Sinopoli. La toma sonora, quizá la mejor de la que se ha beneficiado nunca este título, terminan de hacer imprescindible este disco. (10)




14. Rizzi/Filarmónica de Londres (Teldec, 1992). Es quizá el infravalorado Rizzi –milanés de nacimiento, como Muti– quien ha logrado la mejor interpretación dentro de una línea sensual y hedonista, poco interesada por los aspectos más inquietantes de la partitura y ajena a la creatividad, pero en cualquier caso maravillosamente planificada, sabiamente matizada, riquísima en las texturas e impregnadas de poesía. Pocas veces se ha escuchado tan sugestiva en sus brumas la fuente de Valle Giulia, se han captado tan bien las espumas que rodean al Tritón, ha sonado Trevi tan poderosa y ha resultado Villa Medici tan concentrada. La magia sonora no alcanza los niveles de un Sinopoli o un Svetlanov, pero casi. Lástima que la toma de sonido, aun dotada de amplia gama dinámica, resulte un tanto turbia. (10)






15. Maazel/Sinfónica de Pittsburg (Sony, 1994). A estas alturas de su carrera Maazel había grabado ya dos veces los Pinos, pero nunca se había acercado discográficamente hablando a las Fuentes. La de Valle Giulia le queda muy lenta y personal, clarísima pero también algo rebuscada. Muy elegante la danza de náyades y tritones. Trevi resulta brillante y un tanto estridente, quizá en exceso espectacular debido en parte a una grabación –realizada a volumen muy bajo– que pone en primer plano a los metales. Villa Medici la aborda más rápido de lo esperado, sin perder el pulso y sin narcisismos. Por lo demás, se trata de una interpretación no muy sensual pero admirable por su claridad. (8) 




16. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1995). No sabemos si se será por una toma sonora un tanto confusa, por las limitaciones de la orquesta o por la incapacidad del irregular Jansons para destilar poesía sonora, pero lo cierto es que esta en cualquier caso correcta interpretación suena más bien pálida, pobre en colorido y en claridad, ayuna de tensión interna –mediocre en este sentido Valle Giulia, tan ensoñada en su “desperezarse” que pierde el pulso– y a la postre rutinaria, aséptica y aburrida. La fuente de Villa Medici es la que sale mejor parada. (6)




17. Gatti/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (RCA, 1996). El primer registro a cargo de la orquesta romana por excelencia nos ofrece una visión dulce, brumosa y ensoñada en la que se liman todas las aristas y se difumina lo más posible la paleta de colores, que llega a resultar impresionista. Ensoñadísima la fuente de Valle Giulia, elegante y en exceso refinada la del Tritón, adecuadamente grandiosa Trevi y difuminada e hiperdecadente Villa Medici. El resultado es tópico, blando y aburrido. (7)




18. Svetlanov/Sinfónica de la Radio Sueca (Weitblick, 1999). Al frente de una orquesta que no es de primera pero que realiza un gran trabajo, el maestro ruso ofrece una lectura lenta, muy paladeada, de riquísimo sentido del color, fraseo muy flexible y exquisitas texturas, que resulta ortodoxa en su carácter contemplativo pero heterodoxa por su creatividad. La fuente de Valle Giulia suena particularmente sensual. La refinada orquestación de la fuente del Tritón se encuentra desmenuzada de manera inmejorable. Lentísima y muy discutible, pero reveladora, la transición a la fuente de Trevi, que por lo demás adquiere la grandeza deseable. Melancólico y algo doliente, pero no excesivamente ensoñado ni difuminado, el paisaje romano -con el Vaticano al fondo- desde Villa Medici. La grabación es espectacular. (10)




19. Ashkenazy/Filarmónica de la Radio de Holanda (Exton, 2004-05). Con una toma de sonido no tan extraordinaria como era de esperar, ni siquiera en la capa SACD, se ofrece esta recreación de sólido trazo e irreprochable gusto que, estando admirablemente expuesta, no desprende en absoluto el entusiasmo que en su gestualidad suele ofrecer Ashkenazy sobre el podio, sino que más bien cae en cierta rutina. La orquesta tampoco es nada del otro jueves. Prescindible. (7)




20. Pappano/Santa Cecilia (EMI, 2007). Pappano jamás se muestra como un director genial o particularmente creativo, pero rara vez ha dejado de ofrecer una solidez asentada en el mejor oficio y el más irreprochable buen gusto. De este modo, al frente de su orquesta romana –mejor aquí que con Gatti– nos logra ofrecer una ensoñada, poética y sensualísima interpretación, lenta y muy hermosa en los movimientos extremos. Se puede quizá reprochar un punto de narcisismo en Valle Giulia, pero también hay que elogiar la elocuencia y fluidez del Tritón y Trevi, aun sin llegar a las cotas de genialidad de otros maestros. (9)





21. Chailly/Filarmónica de Berlín (DVD y Blu-ray Euroarts2011). Al aire libre y con excesivo ruido entre el público nos ofrece el maestro milanés –tercero de semejante procedencia en la lista– una recreación muy sensata, magníficamente realizada, que sobresale por su rico sentido del color, por la naturalidad de su arquitectura y por su sensualidad, tendiendo quizá hacia lo impresionista. La calidad de la orquesta contribuye a la excelencia de los resultados. (9)

jueves, 19 de abril de 2012

Tosca vuelve a Les Arts: apoteosis de la mediocridad

Si preguntarán ustedes qué demonios hago metiéndome otra vez en la Tosca del Palau de Les Arts cuando la producción de Jean-Louis Grinda ya me pareció un tremendo mamarracho en mayo de 2011 (enlace) y la soprano Oksana Dyka, que ha repetido su encarnación de la celosa diva, me dejó un tanto frío. La explicación es muy simple: habiendo acudido a Valencia para escuchar Thaïs (enlace), no podía dejar de aprovechar la visita para ver qué hacía con Cavaradossi el tenor tinerfeño Jorge de León, al que ya había escuchado varias veces en directo pero al que nunca le había visto en un rol tan comprometido.


Por lo pronto he de reconocer que mi inicial desconfianza era producto de los prejuicios: este chico puede con semejante papel. Puede en lo técnico, quiero decir. Da las notas, las da bien, proyecta perfectamente su voz por la sala y es capaz de ofrecer unos agudos de insólita brillantez y longitud. Pero al mismo tiempo sí puedo confirmar otra de mis sospechas: Jorge de León difícilmente va a ser un cantante que me fascine. Por las mismas razones por las que a otros le entusiasma, claro: su manera de entender el canto va mucho antes enfocada al lucimiento que a la recreación dramática de un personaje, o lo que es lo mismo, a epatar con pepinazos (tremendos sus “Vittoria”) que a frasear con morbidez y atención al matiz. Su manera de moverse en el escenario y de ofrecer poses de divo en momentos clave deja bien claro qué es lo que le va a este señor. Por otra parte debo puntualizar que en esta función de Tosca, la del sábado 14 de abril, De León fue de menos a más, mostrándose frío y reservón en el primer acto para brillar en un tercero impresionante, casi propio de una primera figura. Siempre dentro de su estilo, insisto.

No voy a repetir mi opinión sobre la soprano ni sobre la producción escénica. Pero sí diré que Marco Vratogna, mal cantante y mediocre actor, estuvo como Scarpia al nivel en él esperable: horroroso. La que queda con el culo al aire con su contratación es -me temo- Helga Schmidt, que pasa por ser tajante cuando un cantante no cumple las expectativas pero aquí se ha mostrado incapaz (porque sorda no está la señora) de resistir los envites de determinadas agencias.


Claro que lo que más “canta· en este sentido es lo de Omer Weller, presunto joven talento de la batuta que cuanto más actúa en Valencia más nos confirma su mediocridad. De acuerdo que no debamos comparar su recreación del título pucciniano con la que ofreció Zubin Mehta (al fin y al cabo fue el indio quien mejor ha dirigido Tosca, allá por 1972) en el estreno de esta producción. Pero lo que sí podemos es pedir al director israelí algo más de lo que ha ofrecido en el foso valenciano: una aceptable puesta en sonidos, con todo en su sitio pero sin sentido del color, sin variedad expresiva y sin la menor tensión interna. Su Tosca no ha sido -me parece que se equivocan quienes así lo han dicho- lenta, sino más bien flácida y morosa. Momentos clave -los clímax del enfrentamiento con Scarpia, los instantes previos al suicido de la protagonista- sonaron con alarmante desgana. Por si fuera poco la orquesta distó de ofrecer la brillantez a la que estamos acostumbrados: al día siguiente lo haría mucho mejor con Patrick Fournillier en el título de Massenet. Nos quedamos por saber cómo lo hace la batuta de Plácido Domingo en las dos últimas funciones programadas.

En resumidas cuentas: dejando a un lado la irregular pero muy interesante labor de Jorge de León y la correcta interpretación de Oksana Dyka, esta reposición de Tosca ha sido, merced a sus dos directores y a su infumable Scarpia, una verdadera apoteosis de la mediocridad. A olvidar.

miércoles, 18 de abril de 2012

Estupenda Thaïs en Les Arts

No tiene mucho sentido repetir lo que ya han explicado estupendamente los blogueros -cito por orden de intervención- Atticus, Maac, Titus y Mocho. Tampoco voy a insistir en mi adoración por Plácido Domingo, que dejé bien clara en la anterior entrada (enlace). Ofreceré tan solos unas pinceladas sobre esta Thaïs que ha presentado el Palau de Les Arts en producción de la Ópera de Gotemburgo, subrayando antes que la función que presencié fue la última de todas, la del 15 de abril, y que por ende la progresión del tenor madrileño en su aprendizaje del rol de Athanaël, que precisamente ha debutado en Valencia, alcanzó en esta velada su punto más alto, extremo que me fue confirmado por una persona que asistió a un buen número de representaciones.

Thais Valencia

En gran medida el éxito de la velada vino por parte de Patrick Fournillier. Coincido con todos en que el maestro francés se pasó un tanto en decibelios, pero su recreación del irregular título massenetiano -para qué engañarnos, la única gran música que hay aquí es la sublime Meditación- estuvo llena de fuerza, vida y convicción, independientemente de que aún se pudiera haber pedido un punto más de morbidez y refinamiento en el fraseo. La Orquesta de la Comunidad Valenciana le sonó mucho mejor que a su titular Omer Weller la noche anterior, en una Tosca de infumable recuerdo de la que hablaré próximamente. Excelente los solos de violín y arpa a cargo de Stefan Eperjesi y Cristina Montes. Impresionante, como casi siempre, el Coro de la Comunidad.

Me gustó Plácido, claro, pero no en toda la velada: en el primer acto le encontré rígido y monocorde en lo expresivo, no tan preocupado por el matiz como por dar las notas correctamente, cosa que no consiguió toda vez que en registro grave dejó muy claro que nunca será un barítono. Hasta ahí, un fiasco, porque además los aspectos más siniestros del personaje -al fin y al cabo un verdadero fundamentalista religioso- quedaron desdibujados. Pero en el segundo acto apareció el gran Domingo, con su timbre de siempre (¡a semejante edad!), un fiato aun suficiente, un legato bellísimo y una enorme calidez expresiva. Al contrario de lo que algunos pudieran pensar, matizó bastante las dinámicas. Y nada de tendencias veristas, por cierto: su francés no es precisamente modélico, pero el estilo de canto tuvo toda la morbidez y distinción que Massenet reclama, sin subterfugios de cara a la galería. Algunas frases -la despedida de Thaïs al finalizar el primer cuadro del tercer acto- fueron de una belleza verdaderamente sublime. Si le pasa como con su Simon Boccanegra (observen la enorme progresión entre las grabaciones de Levine primero, Barenboim después y Pappano finalmente), dentro de un tiempo el tenor madrileño ofrecerá una recreación mucho más equilibrada, sólida y emocionante que esta -ya muy interesante- de Valencia. ¡Bravo!

Thais Domingo Fanale Valencia

Bien e incluso muy bien Malin Byström, voz atractiva e intérprete esforzada, y hubiera estado aún mejor si no hubiera pegado un horroroso chillido al finalizar el primer acto. En cualquier caso el rol titular es mucho antes central que agudo (no lo digo yo, lo dice la Fleming, genial intérprete de la cortesana), así que la soprano sueca pudo hacer gala de su notable instrumento y buen cantar. Su atractivo físico le ayudó bastante en escena. Menos interesante Paolo Fanale, que cantó en estilo pero sin proyectar bien la voz: o mejora en este sentido o no tiene mucho que hacer en la ópera. Muy bien el resto, destacando un más que notable Gianluca Buratto como Palémon; mucho mejor que, por ejemplo, el veterano Alain Vernhes en la filmación del Metropolitan de Nueva York con Fleming y Hampson (Decca, 2008).

Y ya que sacamos a colación al Met, la producción que hemos visto en Valencia me ha parecido muy superior a la del coliseo neoyorquino. Coincide con ésta en la traslación de la acción hasta fechas recientes -primera mitad del XX en la propuesta de John Cox, segunda mitad del XIX en la que viene de Gotemburgo-, pero acierta mucho más en el tratamiento de escenografía y vestuario, voluntariamente sobrecargados y excesivos (más obvio de la cuenta lo de las dunas a base de senos). La decadente atmósfera finisecular (Thäis se estrenó en 1894) a medio camino entre el simbolismo y el modernismo me pareció lograda. Se sacó además un excelente partido de la plataforma giratoria a la hora de plasmar la travesía por el desierto del monje Atanaël y de la cortesana -aquí actriz de prestigio- reconvertida a la vida espiritual; y no chirrió ésta en absoluto, al contrario de lo que al parecer ocurrió en otras noches.

No me convenció tanto que la directora de escena Nicola Raab mezclase una narración naturalista con elementos más bien conceptuales, porque el equilibro no estaba conseguido y algunos planteamientos resultaban ininteligibles. En cualquier caso el saldo final fue positivo y salimos todos -o eso creo- más que satisfechos. Éxito indiscutible para Les Arts.

lunes, 16 de abril de 2012

Domingo, un privilegio

Existe toda una línea de pensamiento entre los grandes expertos en voces según la cual Plácido Domingo es un cantante sobrevalorado. Ser entusiasta del tenor madrileño equivale para algunos a no tener ni idea de canto (o de lo que estas personas consideran que es el “canto verdadero”). Equivale a ser acrítico, a dejarse llevar por el marketing, a no saber valorar a los grandes artistas del pasado y a preferir la presunta vulgaridad de cara a la galería antes que la exquisitez que solo pueden apreciar paladares desarrollados.

Pero yo no soy un experto en voces. Me importa poco si la emisión es canónica o no. Y las críticas realizadas por melómanos que parecen foniatras no me convencen: creo que los árboles les impiden ver el bosque. Por eso no tengo ningún reparo en escribir que el artista madrileño siempre me ha parecido uno de los más maravillosos cantantes del mundo operístico. Y me lo sigue pareciendo, a tenor del Athanaël que le escuché ayer en Valencia. Porque, con todos los reparos que se le puedan poner (¿a quién no?), Plácido Domingo representa para mí la más admirable fusión entre belleza vocal, calidez expresiva y sinceridad dramática. Que no sea el mejor actor posible y que a sus eternas limitaciones en el agudo se unan problemas en el grave a la hora de abordar el repertorio baritonal no me preocupa en exceso. Su canto me estremece como el de pocos cantantes.

Domingo Athanael

Por ello intentaré escucharle todo lo que pueda hasta que se retire, incluso aunque a veces -es el caso de esta Thaïs- cante títulos que no me interesen demasiado. Resulta lógico que haya muchos aficionados -los arriba referidos- que le sigan poniendo pegas. Incluso hay expertos que continúan afirmando (¡a estas alturas!) que Plácido está acabado desde mediados de los ochenta. Lo comprendo, como ellos deberían entender que otros (pobres ignorantes que somos) preferimos al artista madrileño frente a algunos tenores o barítonos de voces espléndidas, canto maravillosamente canónico y agudos portentosos, pero de expresividad poco menos que glaciar.

Luego podrán molestar algunas de las numerosas maniobras comerciales del artista, y se podrá desear que parte del esfuerzo invertido en estas experiencias lo hubiese dedicado a preparar mejor los roles que estrena. Sin duda. Pero lo cierto es que a sus setenta y un años oficiales (seguramente son más), y haciendo gala de una lozanía tímbrica solo explicable por pacto con el diablo, Domingo no solo no disfruta de un semi-retiro dorado a base de recitales con caché millonario y fáciles cancioncillas en el programa, sino que mantiene una agenda apretadísima ampliando constantemente su repertorio con nuevos títulos (y en producciones escénicas a menudo diferentes entre sí) al tiempo que desarrolla una creciente actividad como director de orquesta con más y más partituras nuevas, de Mozart a Howard Shore pasando por Beethoven, Verdi, Puccini y Shostakovich, aunque no siempre lo haga bien.


Siendo una cuestión marginal que tiene poco que ver con los resultados artísticos, no quiero olvidar que Domingo es el número uno en atención al público: al contrario de que algunos divos del ayer y del hoy, el madrileño se queda en los camerinos hasta la hora que haga falta para que todos y cada uno de los fans que desean una firma o una foto se vayan satisfechos. Y si hace falta cantar al aire libre en medio de una temperatura gélida asomado al balcón del Teatro Real, lo hace. Su entrega al respetable es incondicional.

Por todo lo dicho, escuchar a Plácido Domingo -la próxima espero que sea en el Cyrano de Madrid- es para mí un privilegio y un acontecimiento. Cuando deje de cantar, se perderá la voz más emotiva que -para mi gusto y espero que el de miles de personas más- podemos hoy día escuchar en directo. Mal que les pese a los foniatras.

sábado, 14 de abril de 2012

El concierto para violín de Beethoven, en plan historicista

Como más adelante quiero hablar de la nueva grabación de Isabelle Faust y Claudio Abbado, he pensado presentar aquí tres registros del Concierto para violín beethoveniano con un denominador común: su historicismo. Confieso que a mí me gusta escuchar a Beethoven (también) con instrumentos originales, pero no por la pretensión de autenticidad, sino porque pienso que estos aportan un colorido y un equilibrio de planos que dicen muchas cosas nuevas sobre la música del autor. Además, enfocar la obra del sordo genial en su contexto no solo organológico, sino también expresivo, resulta conveniente para recordar que Beethoven, como su contemporáneo Goya, fue no solo un visionario, sino también una persona de su tiempo que se alimentó de la mentalidad ilustrada, la vivió plenamente y partió de ella para realizar su particular revolución. Otra cosa muy distinta son los resultados del intérprete de turno, pero aquí la cosa no tiene tanto que ver con los instrumentos utilizados como con la capacidad de traducir los sonidos en una idea, y viceversa.

bruggen_zehetmair_beethoven

De 1997 data el registro de Frans Brüggen para Philips -reeditado por Decca a buen precio- al frente de su espléndida Orquesta del siglo XVIII. No lo recomiendo. Su enfoque áspero, adusto y dramático resulta muy atractivo, pero el holandés, otras veces admirable beethoveniano (enlace), dirige de manera excesivamente marcial y aséptica, cayendo además en sonoridades ingrávidas y muy insulsas. Lo peor, en cualquier caso, es la ausencia de vuelo lírico y profundidad emocional: la consabida sobriedad de Brüggen se transforma aquí en sosería. El austríaco Thomas Zehetmair se muestra en la misma onda. Mejor ambos en las Romanzas.

mullova_beethoven_mendelssohn_violin_concertos

Para el mismo sello se grabó en 2002 una interpretación más interesante a cargo de Viktoria Mullova y John Eliot Gardiner. Sorprendentemente, el maestro británico se muestra aquí mucho más concentrado que en sus irregulares -y muy toscaninianas- grabaciones de las sinfonías, paladeando la obra sin precipitaciones y ofreciendo una grandeza puramente beethoveniana; por descontado, el director de la Orquesta Revolucionaria y Romántica sigue mostrándose un tanto marcial, distanciado a ratos, y no termina de lograr la emotividad requerida. En uno de sus primeros acercamientos al violín con cuerdas de tripa, la Mullova ofrece un interesante sonido para una recreación objetiva y sólida, sin amaneramientos ni frivolidades, aunque le sobre distanciamiento y le falte variedad expresiva. ¿Frialdad neoclásica? Algo así, para entendernos. El Mendelssohn que acompaña el registro me ha gustado bastante menos.

Schoonderwoerd Beethoven 3 6

Peculiar a más no poder es la tercera interpretación que presentamos, un registro del sello Alpha realizado en 2007. Y no porque se sirva de la transcripción para teclado y utilice un excelente fortepiano original de hacia 1807-1810, sino porque los presupuestos interpretativos de que hace gala el solista y director Arthur Schoonderwoerd al frente de su conjunto Cristofori, son -al igual que en resto de la integral, que conozco completa- muy radicales: un instrumento por parte. La gracia está en que con una plantilla de cámara el fortepiano, al contrario que en otras ocasiones, parece llevarse bien. La sonoridad es muy distinta a lo que estamos acostumbrados, ofreciendo nuevos y desconcertantes colores que unas veces convencen y otras no, pues se producen desequilibrios sonoros y determinadas líneas de la cuerda no se escuchan bien.

Lógicamente el planteamiento expresivo de Schoonderwoerd no tiene más remedio que plegarse a estas características, resultando interesante cómo los aspectos más “rococós” de esta música contrastan con los más avanzados. Por otra parte, el artista saca un buen partido al instrumento ofreciendo musicalidad y sensatez, pero no puede evitar que el primer movimiento resulte un tanto plano y que en el tercero se alternen pasajes de adecuado carácter sanguíneo con otros no ya triviales, sino abiertamente cursis. Aun así, a mí el resultado me ha parecido interesante. Más quizá que el de los otros dos discos comentados.

jueves, 12 de abril de 2012

Chailly reaparece en París con Beethoven y Ravel

Entre los numerosos conciertos gratuitos (¡bendito sea el streaming, destinado a sustituir al disco en el mercado!) que nos ofrece Arte Live Web, tenemos la oportunidad de ver uno filmado el 23 de febrero de este mismo año que despeja hasta cierto punto nuestra preocupación por la salud de un Riccardo Chailly que anda cancelando proyectos a corto y medio plazo, pero que es todavía capaz de hacer frente a compromisos puntuales como éste: un programa Beethoven-Ravel al frente de la Orquesta de París junto a la pianista Maria Joao Pires. Pueden ustedes verlo completo on line haciendo click aquí o, mejor aún, descargarlo con un programa adecuado para luego pasarlo a un disco duro multimedia con el que disfrutarlo en su televisor. Merece la pena.


Se abre la velada con la obertura de Las criaturas de Prometeo, en una recreación en la misma línea de la que se incluye en la controvertida integral sinfónica del maestro milanés: extrovertida, animada y con electricidad, pero de fraseo trivial -incluso pimpante- y dicha más bien de cara a la galería. Viene a continuación el Concierto para piano nº 2 del genial sordo. Chailly no cae aquí en el carácter mecánico, la precipitación y el efectismo de su referida grabación de las sinfonías, ofreciendo en su lugar una ortodoxa, sensata, cálida y entusiasta lectura, si bien se queda un tanto en la superficie por resultar ajena al humanismo beethovenianos. La pianista lisboeta luce su bellísimo sonido y su encomiable cantabilidad para ofrecer una recreación elegante, equilibrada y eminentemente lírica, desde luego mucho antes mozartiana que beethoveniana. Tiene su público, sin duda. La propina es con orquesta: el Largo del Quinto concierto para clave de J. S. Bach. Si la coquetería generalmente hace estragos, en el autor de las Variaciones Goldberg la cosa es aún peor. Pueden comprobarlo.


Harina de otro costal es la segunda parte, una recreación de esa obra maestra que es el ballet completo Daphnis et Chloé verdaderamente memorable, quizá no tan depurada como la que el propio Chailly grabó hace años para Decca al frente de la prodigiosa Orquesta del Concertgebouw, pero a mi entender preferible a algunas clásicas recreaciones de la discografía como la altamente teatral de Munch (RCA, 1955), la luminosa de Monteux (Decca, 1959) o la más contemplativa de Dutoit (Decca, 1980). Próximo antes a los dos primeros de los directores citados que al último, el maestro milanés ofrece una recreación fresca, de elevado sentido narrativo, extrovertida más que brumosa, desde luego sincera y ajena al hedonismo, dotada además de una adecuada brillantez -sobre todo en el final- pero no por ello precipitada o escasa de concentración. Es verdad que se atiende más al trazo global que al detalle y que en algún pasaje se puede echar de menos una dosis superior de magia sonora, pero la batuta lo compensa con su desarrolladísimo olfato para el colorido y las texturas, algo que en una partitura como la presente resulta fundamental.

Les advierto que la filmación estará en la web de Arte -no ha aparecido aún en YouTube- por un tiempo limitado. Espabilen, porque no parece que vaya a salir en DVD. Un Daphnis así no se escucha todos los días.

martes, 10 de abril de 2012

Gran Tosca con Gheorghiu, Kaufmann, Terfel y Pappano

Los principales artistas aquí congregados ya tenían una Tosca comercializada en DVD. La Gheorghiu, Pappano y la Orquesta del Covent Garden, una pedante realización cinematográfica de Benoit Jacquot sobre el notable registro en audio realizado por los mismos junto a Alagna y Raimondi (EMI). Kaufmann, la personal propuesta de Robert Carsen en su realización en la Ópera de Zurich (Decca), ya comentada por aquí (enlace). Terfel, la producción holandesa con nada menos que la Concertgebouw y Chailly, con protagonismo de una Malfitano ya mayorcita, en la heterodoxa producción de Nikolaus Lehnhoff (Decca), también reseñada (enlace). ¿Aporta algo entonces esta transmisión, de soberbia imagen HD, realizada desde el Covent Garden londinense en 2011? Pues sí: entre todos, y en conjunción con la buena realización escénica de Jonathan Kent, logran una de las más equilibradas e indiscutibles realizaciones del genial título pucciniano que se han filmado.


No hay mucho que matizar, porque el lector ya imagina por dónde van los tiros. La soprano rumana, pese a las insuficiencias en el registro grave, ofrece una voz de enorme calidad y una línea pucciniana de primer orden. Comprende además muy bien al personaje: diva estúpida y sobreactuada encarnando a una diva estúpida que hace teatro las veinticuatro horas del día. Sobran en cualquier caso los pucheros de su “Vissi d'arte”, y se echa de menos autoridad en frases decisivas como “E avanti a lui tremava tutta Roma”. Sobre la escena luce bellísima, lo que hace más creíble el discurrir de la acción. Jonas Kaufmann, como era de esperar, alterna sonidos de censurable fealdad (“O dolci mani”) y agudos tremendos dentro de una recreación valiente y apasionada que va de menos a más. Como actor se muestra apañado, solo eso, y desde luego sin los excesos de la Gheorghiu.

El mejor es Bryn Terfel, no por su voz impresionante ni por su línea algo tosca, sino por su increíble recreación escénica del malo de la función. Olvida quizá -cosa que no le pasaba a Raimondi- que Scarpia es un barón, pero desprende una tan creíble dosis de animalidad porcina en cada uno de sus movimientos que cuando está en escena eclipsa por completo al resto de sus compañeros. Por cierto que repite aquí el ridículo cabezazo contra Cavaradossi que ya hizo en Valencia (enlace) por las mismas fechas: quizá el detalle fuera una aportación del propio barítono galés. Entre los secundarios destaca el Spoletta de Hubert Francis.

Antonio Pappano dirige con enorme instinto teatral, excelente pulso, rico colorido, buen olfato para las texturas y amplio aliento lírico. Ofrece también un punto de decadentismo que resulta adecuado en Puccini, aunque para mi gusto sobran portamentos en el primer acto. Sea como fuere, hoy día solo Mehta y Luisi son capaces de ofrecer una Tosca de semejante nivel. La propuesta escénica de Jonathan Kent, clásica a más no poder pero sin olor a rancio, es hermosa y posee una atractiva iluminación. A nivel teatral presenta una buena compenetración con la música, aunque no todas las escenas están igual de bien resueltas: el tercer acto flojea un poco. La filmación es francamente buena. Si no quieren ustedes esperar a que salga en DVD, hay por ahí quien les ofrece los links (enlace) para bajársela en una alta definición que luce espléndida en un televisor ad hoc. Ya saben.

_____________________________

PS. Han quitado esta filmación de YouTube, pero ahora está disponible en DVD y Blu-Ray en el sello EMI. Pongo la carátula.

domingo, 8 de abril de 2012

La Walkyria de Leinsdorf

WAGNER: La walkyria.
Jon Vickers, Gré Brouwenstij, David Ward, George London, Birget Milsson, Rita Gorr.
Orquesta Sinfónica de Londres. Dir.: Erich Leinsdorf.
Decca, 4704432
3 CDs - 216'16''
ADD
Universal
****



Esta Walkyria de 1961 destaca ante todo por ser el único testimonio completo del Wotan de la Primera Jornada del inolvidable George London. Obviamente la premiosa y no muy refinada dirección de Leinsdorf no puede inspirar tanto como la de un Knappertsbusch; compárense si no estos Adioses con los que grabara para el mismo sello con Hans el Rubio tan sólo tres años antes, un verdadero hito en la interpretación wagneriana. No obstante, el por entonces director del Met se movía con gran soltura en un repertorio que conocía al dedillo -precisamente había debutado en Nueva York con esta misma ópera- y levanta la monumental página con sentido de la narración y sin caer en puntos muertos.

El resto del elenco se merece toda nuestra admiración, al menos si contamos con las tremendas exigencias de este título. Sobresale la Brünnhilde de una Nilsson juvenil y pletórica de medios, quizá no tan matizada como en la posterior grabación con Solti. El Siegmund de Vickers se beneficia del contrastado talento dramático del canadiense, aquí muy controlado y con un instrumento de timbre algo desagradable, sí, pero idóneo para el rol.

La poco prodigada en discos Brouwenstijn es una notable Sieglinde, más elegante que apasionada. Menos bien están Rita Gorr, Fricka muy solvente pero algo corta, y David Ward, impersonal Hunding. Dada la calidad de la toma sonora, extraordinaria para la época, y el buen precio con que se ofrece (ocupa tan sólo tres cedés), su compra resulta muy recomendable.

________________________________
 
Texto extraído de un artículo publicado en el número de diciembre de 2002 de la revista Ritmo sobre el primer lanzamiento de la serie "The Opera Compact Collection", editada por Decca.

miércoles, 4 de abril de 2012

Un magnífico Jesucristo Superstar en DVD

Por si ustedes no lo saben, Jesus Christ Superstar fue la “ópera rock” con la que el compositor Andrew Lloyd Weber y el letrista Tim Rice pegaron el bombazo allá por los años setenta, primero en disco (el famoso concept album que muchos aún tenemos en casa) y luego en la escena. La mayor difusión la conoció gracias a la mediocre película de Norman Jewison de 1973, que recuperó a la mayoría de los cantantes del doble elepé original y contó con la dirección musical de André Previn. En España alcanzó un gran éxito la versión en castellano de unos magníficos Camilo Sesto, Ángela Carrasco y Carlos Chausson, pese a estar lastrada por la mediocre labor como arreglista y en el rol de Judas del alma mater del proyecto, un Teddy Bautista que seguramente ya pensaba más en forrarse a costa de otros que en hacer buena música.

jesus-christ-superstar-musical-(dvd)

Como a mí esta obra me sigue pareciendo magnífica, me permite recomendarles la filmación destinada al vídeo doméstico -pero elaborada cinematográficamente con escenografías adicionales- realizada en el año 2000 de la producción presentada en 1996 por la directora Gale Edwards en Londres. Se trata, obviamente, de una interpretación “actualizada”, pues en ningún momento el objetivo es -pese a que hay quien aún lo sigue haciendo así- reconstruir la vida de Jesús poniéndole a esta una banda sonora pop. ¿De qué va entonces la cosa? Pues miren ustedes, Pilatos, Caifás y compañía aparecen como muy siniestros cabecillas de un régimen más o menos totalitario, hay duras críticas al sistema capitalista, las masas son presentadas de manera más siniestra que aborregada, se apunta a los medios de comunicación como banalizadores de todo lo que se ponga por delante, y los seguidores de Cristo van haciendo pintadas por la calle que ponen cosas como “Libertad, igualdad y fraternidad” o “Democracia para todos”. ¿Les suena? Recordándoles que la producción original tiene ya unos años, les pongo abajo una fotografía que realicé delante de la mismita Catedral de St. Paul el pasado mes de febrero, significativamente por las fechas en que la policía española apaleaba estudiantes en Valencia acusándoles de ser “el enemigo”.

Indignados Londres

Todo esto y más lo lleva a escena Gale Edwards con enorme inteligencia teatral, irreprochable integración con lo que se está escuchando, poco interés por la provocación gratuita y un buen instinto para poner de relieve los aspectos más siniestros y demoníacos de la acción. Pero añade además un subtexto que no estaba en el original, pero que enriquece considerablemente la trama. Aquí Judas -que siempre ha sido el verdadero protagonista de la obra, mucho ojo- se muestra muy celoso de la presencia de María Magdalena. Muy, pero que muy celoso, tanto que eso le conduce a la traición más que su decepción por el devenir antes religioso que político de las predicaciones de Jesús. La manera en la que éste rechaza cualquier contacto físico con su discípulo es reveladora, como también lo es la manera en la que Judas, temblando, entrega a su Maestro con un beso en la boca que no llega finalmente a ser tal. Más claro, agua.


Claro que este concepto de la directora australiana no quedaría del todo claro si no fuera por la impresionante actuación de Jérôme Pradon, él mismo gay declarado, que con su “cara de bueno” llena de mil y un matices psicológicos ofrece un Judas de singular atractivo, inteligente e infantil al mismo tiempo, atormentado por todo tipo de dudas, sentimientos y contradicciones. Cantar, lo que se dice cantar, canta además con enorme solvencia, y -al contrario que la mayoría de sus compañeros- lo hace sin incurrir demasiado en “excesos veristas” (también en este repertorio es válida la expresión).


Está muy bien Glenn Carter como Jesús; algo impersonal, pero muy bien, sobre todo en esa maravilla que es “Getsemaní”. La bellísima Renée Castle convence mucho más como actriz -excelente- que como cantante, pues sus dos hermosísimas canciones pasan sin pena ni gloria (imposible aquí olvidar a Yvonne Elliman y a Ángela Carrasco). A Fred Johanson lo encuentro excesivamente violento y crispado como Pilatos. Rik Mayall -al parecer un comediante muy conocido en Reino Unido- hace un Herodes con mucha malicia (¡qué bien estaría en el rol Javier Gurruchaga!). A destacar que en esta producción los últimos personajes citados aparecen retratados de una manera mucho más siniestra que en el original.


Lo menos interesante, a mi modo de ver, es la coreografía de Anthony Van Laast. Sí que son muy atractivos el vestuario -nada setentero- y la iluminación. La filmación es correcta, no limitándose Nick Morris a reflejar lo que se ve en escena, sino aportando además puntos de vista que aclaran las motivaciones de los personajes, centrándose particularmente en Judas. Se recoge muy bien, por otra parte, el carácter siniestro y opresivo de la concepción de Edwards. La dirección musical de Simon Lee, quitando alguna ralentización innecesaria, es notable, aunque la mezcla de voces y orquesta no está siempre conseguida. La calidad de imagen es espléndida, los canales traseros están bien aprovechados y hay subtítulos en castellano. Cuando vi este DVD hace años, siendo ya fan de Jesus Christ Superstar, me gustó mucho. En este segundo visionado me ha llegado a entusiasmar. Por eso se lo recomiendo a ustedes. No todo va a ser Verdi y Wagner, oigan.

lunes, 2 de abril de 2012

Autoprogramarse

Imaginen ustedes que soy un historiador del arte con bastante más talento del que realmente tengo; y con cierta influencia, además. Imaginen que me nombran director de unas supuestas jornadas anuales de historia del arte organizadas por el ayuntamiento de Jerez. Vale. Imaginen ahora que el primer año en el que me responsabilizo del evento, me reservo para mí mismo la conferencia inaugural y una colaboración en una mesa redonda. Cobrando aparte, claro, como historiador que soy, al margen de mis responsabilidades como gestor. Hasta cierto punto es lógico y natural. Al fin y al cabo soy de la tierra y tengo (es un supuesto, insisto) mi ganado prestigio.

Imaginen ahora que al siguiente año me vuelvo a reservar una conferencia. Y al otro. Que cuando me preguntan por eso de autoprogramarme, respondo que no cobro tan caro. Imaginen también que la mayoría de los participantes son los mismos de un año para otro, que son todos de mi entorno y que, de nuevo interrogado por ello, replico que para eso lo organizamos aquí, que nuestros nuestros historiadores locales merecen un lugar importante, olvidando que los aficionados probablemente tienen interés (¡y derecho!) a escuchar otras voces que hay por ahí, aunque sean muy distintas a las de los que andamos semi-monopolizando el evento.

Imaginen además que en la prensa local recibo comentarios a cada una de las conferencias de esas jornadas realizados por personas de mi círculo, y que incluso una de esas personas ha participado –obviamente cobrando- en algunas de las mesas redondas a petición mía. Imaginen también que la mayor parte de los comentarios realizados por tales firmas son altamente positivos, hasta el punto de que se llega a decir que nunca han estado las jornadas mejor que bajo mi dirección, y que la última de las ediciones ha sido la más satisfactorias de todas las habidas.

¿Qué pensarían ustedes de mí, señoras y caballeros? Pues eso mismo. Yo también lo pensaría de quien hipotéticamente pudiera hacer cosas parecidas.

domingo, 1 de abril de 2012

La Lucia de Sevilla

Estuve en la última función, la del “Viernes de Dolores”, de la Lucia di Lammermoor que ha venido ofreciendo el Teatro de la Maestranza. Me pareció una función muy desequilibrada, con cosas extraordinarias y otras que lo fueron bastante menos. Difícil de calificar globalmente. Intentaré hacerlo por partes, no sin antes advertir que he escrito –y me han pagado, claro- una pequeña biografía de Donizetti en el libreto editado a tal efecto. Lo digo por lo que se comenta en mi post anterior. A ver si se nota, en estas u otras ocasiones, semejante vínculo, porque me consta por varias fuentes que algunos artistas del Maestranza piensan (hasta la misma protagonista de esta ópera me lo dijo, sin acritud alguna por su parte) que soy “malísimo” con ellos. ¿Será porque siempre escribo lo que me da la real gana y me importa un pito lo que piensen de mí?

Lo que más me gustó fue la batuta de Will Humburg: sincera, vitalista, teatral, electrizante, muy a flor de piel, pero no por ello descuidada ni precisamente escasa de claridad, pues el equilibrio de planos fue admirable y se escucharon bastantes cosas nuevas en el más bien convencional tejido sinfónico donizettiano. Solo le reprocharía que en varios pasajes el exceso de nervio le llevó a frasear sin la concentración, la cantabilidad y la hondura necesarias. La ROSS respondió con gran dignidad –pese a que los metales a ratos sonaron a banda de pueblo-, y el Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza realizó una muy buena labor bajo las atentísimas y minuciosas indicaciones del maestro alemán.

Lo peor, para mí, la puesta en escena de Giulio Ciabatti: muy fea –sobre todo al principio, luego mejora gracias a la iluminación-, sin una idea dramática detrás y lastrada por un penoso movimiento escénico de esos de función escolar. Encima, irrespetuosa con los cantantes al obligarlos a andar siempre sobre un pedregal. Los del Teatro Lírico “Giuseppe Verdi” de Trieste no han quedado nada bien al mandar esta producción a Sevilla.

Mariola Cantarero. ¿Qué quieren ustedes que les diga? Es de las pocas personas del mundo de la lírica –los otros son Ismael Jordi y Luis Cansino- a las que, por motivos distintos, les tengo un verdadero aprecio personal. Por eso mismo, porque le deseo a la granaína lo mejor de lo mejor, quiero ser duro con ella. Me gustó mucho su Lucia cuando se la escuché en Jerez hace años, solo dos semanas después de que estrenara el papel en Córdoba. Me ha vuelto a gustar ahora: aparte de la calidad del instrumento, su técnica –belcanto de verdad- y su clase son enormes. Pero para aspirar a lo más alto –va camino de ello-, necesita calcular mejor sus posibilidades. No es de recibo que para llegar bien a la escena de la locura, donde estuvo estupenda, se limitara tanto en el primer acto que el centro no llegara a escuchársele desde el patio de butacas. Y, sobre todo, debe limar las estridencias en el sobreagudo, que sigue siendo poderoso pero muy metálico. Su éxito personal fue grande y merecido en el Maestranza, pero para seguir hacia arriba tiene que poner manos a la obra y corregir esas insuficiencias. De verdad.

Muy cumplidor Stephen Costello, pero solo eso: el chico canta correctamente, con buena línea, amplio fiato y buen gusto, sacando buen partido de su voz no muy interesante, pero tiene que matizar mucho más si quiere terminar de convencer. En el último acto –un horror para los tenores- no hizo el ridículo en absoluto, lo cual ya es mucho. Muchísimo. A Kraus le recordamos bien en el Maestranza: su Edgardo estaba ya muy gastado de voz cuando llegó a Sevilla, pero las técnica era enorme. Sobran las comparaciones.

Juan Jesús Rodríguez me ha parecido lo de siempre: una voz de enorme calidad pero un intérprete muy aburrido. Quien sí me gustó, y bastante, fue Simón Orfila, pese a que tiene mucho menos seguidores que su colega onubense. Su Raimondo estuvo lleno de fuerza y comunicatividad. ¡Y qué voz! Lo que ocurre –supongo que él se irrita mucho cuando le repiten esto una y otra vez- es que no es un bajo, sino un pedazo de barítono. Tengo la impresión de que haría una enorme carrera si cambiara de repertorio. Notabilísimo el Arturo de Vicenç Esteve.

Ea, pues ya está. La gente se lo pasó bien. Yo a ratos, pero la culpa es no solo de la producción escénica, sino también mía. Qué quieren que les diga, si de esta ópera solo me entusiasman el dúo del primer acto y lo que va desde la escena de la locura en adelante…