domingo, 31 de enero de 2010

La Carmen del Villamarta, en Murcia

Cuando en 1996 el Villamarta reabrió sus puertas lo hizo con una producción de Carmen que, si la memoria no me falla, venía de Murcia. Vino estupendamente para un teatro que estaba arrancando y no tenía mucha oferta a su disposición. Es ahora Jerez la que le devuelve el favor a la ciudad del Segura enviando allí su propuesta del título de Bizet estrenada hace cuatro temporadas: en el Auditorio Víctor Villegas ha servido como segundo título de la primera temporada regular de ópera en Murcia. Ojalá que este sea el comienzo de una “hermosa amistad” entre los murcianos y el género lírico… y que la crisis no se lleve las buenas intenciones por delante.

La escena

La producción la recordaba mejor. A mí personalmente me gustan mucho sus imágenes de flamenco rancio y sombreros cordobeses, el sabor a aguardiente y a tabaco que desprende la propuesta de Francisco López. También me gusta la adición de elementos simbolistas a una acción en principio de corte naturalista, especialmente la aparición de una bailaora encarnando a la figura del destino (en su momento lo hizo la estupenda María del Mar Moreno, ahora la solo correcta Leonor Leal). Sigue sin gustarme el tono un tanto mustio de algunos momentos que necesitan mayor “luminosidad”. Y no me refiero solo a la más bien discreta luminotecnia: la llegada de Escamillo a la taberna y el desfile previo a la corrida de toros quedan verdaderamente pobres. ¿Esencialidad, falta de presupuesto o escasez de imaginación?

En la dirección de actores he encontrado una buena cantidad de detalles que no me han convencido. Detalles que no sé si eran nuevos o no. Un querido colega que estuvo conmigo en el estreno de 2006 me aseguraba ayer que “Paco López ha estropeado la producción con las novedades”. Yo no estoy seguro de si las novedades eran tales, o más bien la otra vez se me pasaron por alto cosas tan tópicas como los toqueteos de la protagonista en su primera aparición (¿cuánto tiempo habrá que seguir insistiendo en que Carmen no es una furcia?), momentos tan mal resueltos como el final del primer acto (en abierta contradicción con lo que se escucha en la partitura) o ridiculeces como el bailecito de Dancaire y Remendado con sus chicas, que como acertadamente me decía el referido colega parecía sacado del musical Oliver! La dirección de masas, una de las especialidades de López, estuvo bastante menos conseguida que en otras ocasiones.

Correcta sin más la escenografía de Jesús Ruiz, en la misma línea de siempre: muros de ladrillo medio desconchados. Su vestuario, también como siempre, fabuloso y espectacular, aunque el de las señoras en la plaza de toros pueden resultar chirriantes, por no decirlo de otra manera. En cualquier caso, y pese a los reparos apuntados, me parece una producción bastante digna para teatros que en cuanto a presupuesto juegan en segunda división.

El foso

A la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia me la esperaba mejor: la cuerda es algo ácida. Su empaste no es malo y las maderas funcionan bien. José Miguel Rodilla, su titular, dirigió con tanta corrección como grisura: todo estuvo en su sitio, hubo equilibrio de planos y atención a las voces (lo pasó mal cuando la Escolanía se echó a correr), evitó el efectismo y no cayó en el error de resaltar los elementos “pintorescos”, pero por desgracia falló el pulso y todo sonó bastante plano e indiferenciado, sin progresión dramática. Terminó aburriendo.

El Coro del Villamarta había fracasado en el estreno jerezano. Como conocían la producción (que hicieron también, al menos, en Cap Roig) fueron invitados a acudir a Murcia. La función comenzó mucho mejor que la otra vez, pero al llegar a la Habanera las esperanzas se vinieron abajo: algunas voces masculinas sonaban francamente mal. La salida de las cigarreras tras la pelea fue un verdadero desbarajuste. Mejoró la cosa bastante en los coros de los contrabandistas del tercer acto (lástima que sean de lo más flojo de la genial partitura) y en el cuarto acto al menos guardaron el tipo. Tienen todo el derecho del mundo a sentirse muy orgullosos por sacar las castañas del fuego a Murcia en su primer temporada (espero que así se lo reconozcan), pero artísticamente no creo que deba ser una noche para el recuerdo.

Los cantantes

María José Montiel, mezzo de origen murciano, debutaba el papel en España. Deberían habérselo pedido antes. Fue un enorme disfrute escucharla porque, sencillamente, tiene la voz de Carmen. Sobre todo por abajo: no hubo problema alguno en la crucial escena de las cartas ni en el dúo final. ¡Y qué voz! Tiene volumen, corre estupendamente, posee una crema deliciosa y se ve acompañada por un legato muy apreciable. Desde el punto de vista canoro estuvo estupenda, y solo se le pudo reprochar el chillido al final de la seguidilla.

Ahora bien, bajo mi punto de vista la Montiel aún puede darle otra vuelta de tuerca al personaje, matizando más y explorando todos sus recovecos psicológicos. Por eso mismo me gustó más quien estrenó la producción, Nancy Herrera, pese que a la grancanaria no posee una voz de semejante calibre ni tan adecuada al papel. Sea como fuere, a la Montiel habrá que verla con una dirección musical y escénica “de verdad” para ver hasta dónde puede dar de sí en el rol de la gitana.

Un chasco Jorge de León, buen tenor para otros repertorios aquí metido en camisa de once varas. Y eso que su voz, aunque de emisión extraña, más bien engolada, no es precisamente de mala calidad. Pero su técnica (la “técnica Leoz”, decían las malas lenguas en el entreacto) hace aguas y la línea de canto resulta estentórea y vulgar. Me dio mucha pena ver cómo se esforzaba por matizar en lo expresivo el aria de la flor y comprobar como sus problemas canoros se llevaban por delante el trabajo. Puso un gran entusiasmo en el dúo final, pero las cosas no terminaron de funcionar. Me gustaría que estudiase mucho, porque talento no le falta.

Sabina Puértolas estuvo en su línea habitual, sosita y con un agudo muy duro, pero al menos cantó con buena línea y supo no convertir a Micaela en una tonta de pueblo. Se le aplaudió con calor, que es lo que suele pasar con el personaje. José Julián Frontal también hizo lo que suele: exhibir su poderosa y buena voz sin preocuparse demasiado de matizar. Plausible pero mejorable. Cumplió la Mercedes de Marina Pardo, mientras Cecilia Lavilla Berganza volvió a demostrar como Frasquita que el canto no es lo suyo, por muy ilustres que sean sus genes: ¡qué manera de chillar! El resto, muy normalito.

En resumidas cuentas, yo disfruté con la Montiel y me aburrí en general en la función. ¿Importa eso? No. Lo que importa es que Murcia tiene una temporada de ópera que parece aspirar cierta dignidad. Enhorabuena a ellos, y al Villamarta por haberlos ayudado.

jueves, 28 de enero de 2010

Romeo y Julieta de Gounod en Salzburgo: dos descubrimientos

En julio de 2008 se presentaba en el Festival de Salzburgo una nueva producción de Romeo y Julieta que pretendía repetir el éxito comercial de la célebre Traviata de 2005 -bastante sobrevalorada a mi modo de ver, dicho sea de paso- volviendo a presentar la pareja formada por Ana Netrebko y Rolando Villazón. Para decepción de quienes pensaban forrarse con el merchandising, la soprano rusa tuvo que cancelar la actuaciones por su embarazo. Aun así el éxito artístico fue monumental, merced en gran medida a dos descubrimientos.

El primero fue el de Nino Machaizde, que dio aquí el espaldarazo a una carrera internacional que ahora mismo continúa en Valencia con las funciones de Lucia di Lammermoor. Nacida en 1983, la cantante georgiana cuenta con una preciosa voz de lírico-ligera, unas aceptables dotes de actriz y un físico realmente impresionante: no se ve aquí si tiene un muslamen pata negra como el de su colega Netrebko, pero su rostro es más bello y fascinante aún.

Lo importante no es eso, claro, sino que canta bastante bien, con un legato muy hermoso y un fraseo sensual, resolviendo de manera más que plausible las agilidades y, aun siendo preferible un instrumento con más peso en el grave, sale airosa de la terrible aria de la poción. En el momento de escribir estas líneas no sé cómo le ha salido la Lucia valenciana, pero a tenor de lo escuchado en este DVD a la chica cabe augurarle una estupenda carrera.





El otro descubrimiento, de mayor calibre aún, es el director canadiense Yannick Nézet-Séguin (Montreal, 1975), que parece creer a pies juntillas que la más bien pastelosa e irregular partitura de Gounod es una obra maestra, recreándola con una sinceridad, una fuerza y una teatralidad pasmosas, sin menoscabo de la belleza sonora y de ese punto de indefinible elegancia que debe poseer el repertorio francés. Los resultados, a los que contribuye la excelencia de la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo y del Coro de la Ópera de Viena, son abiertamente geniales. Basta escuchar el preludio del acto segundo, o el coro del tercero, para calificarle de director de primerísima fila.

Por mi parte, he escuchado una gran cantidad de grabaciones radiofónicas de este chico y tengo claro que se trata del mejor de los directores jóvenes de la actualidad, por encima de los Dudamel, Petrenko e incluso Jurowski; su Bruckner es particularmente excepcional, a la altura de un Barenboim. Las orquestas se han dado cuenta de su talento y pronto debutará con la Filarmónica de Viena, mientras que la publicidad del festival salzburgués ya le presenta como una de las figuras estelares del próximo verano.

Volviendo al DVD que nos ocupa, Villazón se supera a sí mismo con respecto a la grabación realizada en Oviedo por RTVE (enlace). No solo la técnica resulta ahora mucho más depurada, sino que sabe administrar mejor el ardor que le caracteriza para definir correctamente la evolución de su personaje. Por descontado, su labor irritará a los puristas de la técnica vocal de tiempos pasados y a los guardianes de la presunta línea canora francesa. A mí, que no soy incondicional del artista (enlace), me ha gustado mucho, porque el mexicano canta con calidez, arrojo y sinceridad. Aun así, no voy a dejar de reprocharle su tendencia a cantar en mezzoforte, o de señalar que en el dúo del cuarto acto me parece algo destemplado y fuera de lugar. Como actor lo encuentro espléndido.

Hay mucho más en este Roméo et Juliette. Con la excepción de un meramente correcto Tybalt de Juan Francisco Gatell, todos los secundarios alcanzan un espléndido nivel: Mikhail Petrenko como Fray Lorenzo, Russel Braun como Mercutio, Susanne Resmar como Gertrude y la notable Cora Burggraaf como Stéphano. Gran sorpresa encontrarse al wagneriano Falk Struckmann como Capuleto; lo hace estupendamente, por cierto.

La producción, que traslada la acción al siglo XVIII sin por ello aportar o restar nada en particular, es obra de Bartlett Sher. La renuncia a la escenografía para dejar visibles las arcadas del célebre auditorio salzburgués resta vistosidad a la propuesta, que además se encuentra pobremente iluminada. Por fortuna la dirección de actores es buena, las situaciones están bien resueltas y no hay salidas de tono. Funciona bien.

En resumidas cuentas, y a mi modo de ver, una función notable en los escénico y sencillamente fabulosa en lo musical. El doble DVD, que por cierto suena y se ve maravillosamente (imagen en HD y sonido surround auténtico) se lo recomiendo a todo el mundo salvo a los que no soportan a Villazón. Si tuviera mucho dinero, y no es precisamente el caso, no dudaría en ir a Salzburgo este verano: se repone la producción con Nézet-Séguin y parecido elenco, con Beczala como Romeo y Machaizde y la Netrebko alternándose como Julieta.

miércoles, 27 de enero de 2010

La Lucia de la Caballé y Carreras

Donizetti: Lucia di Lammermoor.
Caballé, Carreras, Sardinero, Ramey.
New Philharmonia Orchestra. Jesús López Cobos, director.
Philips/Decca.
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Esta grabación de Lucia di Lammermoor realizada en 1976 es famosa por respetar la escritura original. Es decir, no ya por abrir los numerosos cortes que se solían practicar en escena, sino por la eliminación de sobreagudos y ornamentaciones espurias; lo más llamativo del resultado, una inusual escena de la locura.

Los fabulosos conjuntos orquestales y corales londinenses son dirigidos por un López Cobos intenso y dramático, incluso en exceso contundente, lo que no deja de sorprender en quien ha convertido ahora la flacidez y la cursilería en marca de la casa.

Lástima que Caballé no se encuentre cómoda ni en la tesitura ni en la personalidad de la atormentada protagonista, pues el Carreras de los buenos tiempos hace un convincente Edgardo, lírico y muy musical, y el Raimondo de Ramey satisface las más elevadas expectativas. Sardinero, por su parte, no pasa de lo discreto como Enrico.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de diciembre de 2003 de la revista Ritmo sobre el primer lanzamiento de la serie "The Compact Opera Collection", editada por Decca.

PS. Esta grabación ha dado y seguirá dando mucho que hablar. Para el interesado que no sepa de qué va el asunto, tiene buena información en el blog de de Maac (enlace).

martes, 26 de enero de 2010

Tugan Sokhiev con la Filarmónica de Berlín

Tugan Sokhiev (Vladikavzak, Osetia, 1979) pasa por ser una de las grandes batutas jóvenes del momento. Yo no lo tengo tan claro: su Amor de las tres naranjas en el Teatro Real -que luego he visto también en DVD- me pareció solvente sin más, y alguna que otra cosa que le he escuchado en transmisión radiofónica tampoco ha despertado mi entusiasmo. Verle al frente de la Filarmónica de Berlín, a través de la Digital Concert Hall, en un concierto de hace tan solo unos días, sirve para comprobar qué es capaz de hacer este señor al frente de una orquesta de primerísimo rango, o sea, de ver si al margen de cuestiones puramente técnicas tiene algo interesante que decir.


Las dos fascinantes Transcripciones de Liszt para gran orquesta (Nuages gris y Unstern) que abrían el programa del pasado domingo 10 de enero realizadas en 1986 por el gran Heinz Holliger parecían muy bien interpretadas, con mucho sentido de la atmósfera, pero como no hay mucha jurisprudencia al respecto, poco más se puede decir.

El Concierto en sol de Ravel es otro cantar. No le falta precisamente personalidad a su recreación, angulosa y aristada, muy vitalista pero también algo gruesa en lo sonoro, por momentos tendente al ruido y sin toda la poesía que debe destilar. Casualmente (o no tan casualmente) esta interpretación recuerda mucho a la que grabó en 2007 Seiji Ozawa al frente de la misma orquesta, solo que Sokhiev no comparte sus aires jazzísticos y tampoco posee el desarrolladísimo sentido del color y de las texturas del maestro oriental. En las dos interpretaciones los formidables solistas de la Filarmónica hacen gala de una tímbrica particularmente incisiva.

Si en el disco de Deutsche Grammopohn un virtuosístico Yundi Li se quedaba más bien corto en poesía, Hélène Grimaud sabe aquí desplegar un vuelo lírico admirable, exhibiendo además una pulsación de enorme belleza y sensibilidad, sobre todo en el hermosísimo Adagio assai. El problema es que se contagia quizá en exceso de la visión de Sokhiev y su fraseo en los movimientos extremos resulta por momentos algo nervioso, incluso crispado. A medio camino, pues, aun siempre dentro de un alto nivel.

La Segunda Sinfonía de Rachmaninov parece confirmar que con este director no hay para tanto. Y eso que el sonido de la orquesta es ideal para la obra, haciéndola sonar la batuta de modo escapado y rocoso sin menoscabo alguno de la claridad instrumental. Por desgracia Sokhiev, que carece de esa particular morbidez en el fraseo propia de Rachmaninov, no logra que el vuelo poético despegue, y la sensación de rutina se termina imponiendo en una recreación en la que faltan estilo, implicación emocional y creatividad. Encima hay más de un portamento fuera de tiesto. Eso sí, resulta admirable el cuarto movimiento, brillante y poderoso, dicho además con un entusiasmo que ya hubiéramos deseado para el resto de la interpretación.

Aquí dejamos el enlace para ver el concierto.

domingo, 24 de enero de 2010

Lucia en el Met, por partida doble: Sutherland frente a Netrebko

Como ayer se presentaba en el Palau de Les Arts Lucia di Lammermoor -aún me estoy pensando si acudir-, me he animado a ver en un mismo día dos filmaciones del célebre título donizettiano, ambas realizadas en el Metropolitan de Nueva York y editadas en DVD por Deutsche Grammophon: la de 1982 protagonizada por Joan Sutherland y Alfredo Kraus bajo la dirección de Bonynge, y la de 2099 con Netrebko y Beczala -sustituyendo a Villazón- bajo la batuta de Marco Armiliato.

La comparación es necesaria. Por ejemplo, en lo que a las protagonistas se refiere: dos sosas de mucho cuidado dotadas de instrumentos canoros de altísima calidad. ¿Diferencia? Sutherland, no voy precisamente a descubrir nada nuevo, posee un dominio de la técnica colosal. Está ya algo mayor, el sobreagudo le suena algo metálico por momentos, pero su agilidad sigue siendo pasmosa.

La diva, además, se muestra bastante sensata a la hora de ornamentar, y toda vez que en el bel canto (Verdi es cosa muy distinta, ojo) los personajes se construyen en buena medida a través de toda esta gama de recursos que la australiana maneja de manera inigualable, el resultado es espectacular. De ahí que siendo una señora bastante desagradable de ver, su Lucia sea muy superior a la de la bellísima Netrebko, cantante sólida que necesita trabajar mucho más este repertorio desde el punto de vista técnico -por cierto, cómo se la escucha tomar aliento- y, sobre todo, desde el creativo.

Kraus está inmenso. Se pueden preferir la comunicatividad de un Bergonzi o la luminosidad de un Pavarotti, pero su dominio de Edgardo (papel que le vi en el Maestranza cuando el tenor estaba ya en su ocaso) es indiscutible, siempre en su línea elegante y un punto distanciada, ajena a cualquier exceso. Qué maravilla, por decir algo, su dominio de los reguladores, siempre sutil pero en todo momento alejado del preciosismo narcisista. Qué agudos tan increíblemente bien colocados. Y la dicción, de libro.

Frente a la lección del maestro, quien es para muchos -entre los que me cuento- uno de los tenores líricos más interesantes del panorama actual no tiene gran cosa que hacer. Su estilo es correcto y Beczala acierta al equilibrar elegancia y comunicatividad, pero de nuevo el aspecto técnico no brilla como debiera. Incluso en el primer acto los agudos tienden a abrírsele y resulta un tanto vociferante. En “Tu che a Dio”, comprensiblemente, lo pasa canutas. Magnífico, por el contrario, en su enfrentamiento con Enrico, una escena que Kraus -como era de esperar- no tiene reparo alguno en suprimir.

Entre los secundarios hay de todo. Muy sólidos el Enrico de Pablo Elvira y el Raimondo de Paul Plishka: a este último por aquellos años todavía se le podía oír. En la producción más reciente me ha sorprendido de manera agradable Mariusz Kwiecien, notable Enrico, aunque junto a él resulta solo digno el Raimondo de ldar Abdrazakov y ni llega a eso el Normanno de Michael Myers. El coro, bastante peor en 2009 que en 1982.

Marco Armiliato ofrece una dirección solvente, aseada, sin excesos, a la que le faltan teatralidad, vigor, imaginación y más compromiso expresivo; incluso en el último cuadro hay cierta caída en la morosidad. El marido de la Sutherland, por su parte, realiza la mejor labor de foso que he escuchado en este título: vigor, teatralidad, frescura, brillantez, elegancia y vuelo lírico se dan de la mano en una realización de referencia. ¡Grandísimo Bonynge!

Queda por decir algo de la escena. La de Sutherland es una rancia producción que preparó en los años sesenta Margherita Wallmann a mayor gloria de Dame Joan, del cartón-piedra y del vestuario hortera; en 1982 la recupera un Bruce Donnell que sencillamente no sabe dirigir a los cantantes, todos ellos pésimos actores. Bonita y bien resuelta, por el contrario, la producción de Mary Zimmermann, que traslada la acción al siglo XIX. Sobran, eso sí, algunos detalles más bien tontorrones, y llega a molestar la aparición de un fantasma que no solo atormenta a la protagonista en la escena de la fuente, sino que sale en el último cuadro para asesinar a Edgardo (!). Netrebko y Beczala son actores muy discretos.

La filmación más reciente posee una calidad de imagen extraordinaria -ocupa dos DVDs- y cuenta con sonido surround auténtico: las toses y ruidos de la sala, que son abundantes, se escuchan claramente por detrás en un equipo de música ad-hoc. La de Sutherland se ve con corrección y suena de manera solo aceptable para la época, pero da igual: se trata de un verdadero monumento al bel canto. La otra ofrece una chica que está como un tren y un digno nivel artístico, nada más.

sábado, 23 de enero de 2010

El burlador de Jerez, ossia, il dissoluto non punito

Mis denuncias en este blog (enlace), como era de esperar, no han servido de nada, y los jerezanos debemos otra vez sufrir la vergüenza de ver cómo las críticas de las funciones del Villamarta las sigue escribiendo -cuando le dejan- José Luis de la Rosa, bajo su habitual pseudónimo "R.D.", en Diario de Jerez (enlace). Qué quieren que les diga, no me parece de recibo que se implique de semejante manera, y menos aún para -como en él es habitual- elogiar indiscriminadamente, una persona que canta en el coro del teatro, aunque en esta ocasión concreta, la mediocre producción propia de Don Giovanni a cargo de Francisco López que se acaba de reponer, no suba al escenario.

Una persona que, en su por lo demás encomiable esfuerzo -como presidente de la asociación La Arcadia- por organizar actividades diversas en torno a las óperas representadas y por editar los correspondientes libretos bajo patrocinio de -no casualmente- Diario de Jerez, se codea continuamente con los artistas implicados en los diferentes títulos operísticos. Una persona que ve cómo en su casa entra con regularidad dinero del teatro jerezano, toda vez que su esposa fue escogida hace tiempo como regidora de las producciones líricas. Y una persona que va presentándose -lo hizo al menos, que yo sepa, en el Maestranza y en el Palau de Les Arts- como “relaciones públicas” y/o “responsable de comunicación” del tenor jerezano Ismael Jordi, que ha debutado como Don Ottavio en esta producción y que recibe en el texto, cómo no, unos cuantos elogios.

Si cosas tan graves ocurrieran en el vecino Maestranza más de una firma pondría en evidencia semejante desvergüenza. Si ocurriera en el Real, el escándalo sería mayúsculo. Pero nadie dice nada, porque ocurre en el Villamarta, un teatro pequeño, que está realizando un asombroso esfuerzo por salir adelante en medio de la crisis... y cuya conservadora programación lírica, dicho sea de paso, levanta muchas menos ampollas que la "germanófila" de Pedro Halffter o la "eslavófila" de Antonio Moral.

Y por favor, que no me venga la señora directora del teatro jerezano diciendo que ella no tiene nada que ver con lo que se escribe en la prensa, entre otras muchas cosas porque Diario de Jerez es patrocinador de su temporada. Mientras tanto, buena parte de las críticas que reciben sus espectáculos no son más que una bochornosa burla al aficionado. Una burla que parece no va a recibir su merecida punición.

jueves, 21 de enero de 2010

Zubin Mehta y su sensacional Sinfonía Doméstica

Zubin Mehta realizó allá por los años ochenta para CBS un registro -hoy descatalogadísimo- de la Sinfonía Doméstica de Richard Strauss verdaderamente portentoso, tanto por él como por la soberbia ejecución de la Berliner Philharmoniker. El director hindú volvió a ofrecer la partitura al frente de la orquesta berlinesa en enero de 2009, y a través de la Digital Concert Hall hemos podido conocer los resultados: a mi modo de ver, una de las mejores interpretaciones de Richard Strauss que uno puede escuchar por ahí.

Esta Doméstica lo tiene todo: solidísima arquitectura, pasmosa claridad, infinito colorido, ricas texturas, admirable sentido narrativo, inigualable variedad expresiva, desbordante frescura, sanísimo sentido del humor y, por descontado, una brillantez "made in Mehta" que -en esta ocasión- no conoce retórica vacua, ampulosidad o efectismo. Y es que esta soberbia, verdaderamente histórica recreación se encuentra trazada con una sinceridad, una emoción y una fuerza expresiva descomunales, desde luego muy superiores a las que el maestro suele evidenciar en muchas de sus interpretaciones de los últimos lustros. La Filarmónica de Berlín, por descontado, está imponente, y sus solistas hacen gala de una musicalidad fuera de lo común.



La velada (domingo 11 de enero) se había abierto con las breves Three Illusions de Elliott Carter, particular homenaje al compositor norteamericano que acababa de cumplir cien años. Música dura, interpretación sensacional. Por su parte, el Concierto para piano nº 4 del genial sordo de Bonn conocía una recreación muy notable, más lírica que dramática, muy bella en cualquier caso, en manos de un Mehta gran profesional (léase "gran artesano") y de un Murray Perahia de sonido rico, fraseo flexible y admirable cantabilidad, pero por momentos algo nervioso y no del todo sintonizado con la profundidad filosófica de la partitura. Disfrutable pero prescindible. La Doméstica, por el contrario, me parece de conocimiento obligado. Aquí dejo el link para ver -previo pago- el concierto completo. Les aseguro que merece la pena (enlace).

martes, 19 de enero de 2010

Barenboim y los conciertos de Chopin, en la red

No ha sido Chopin uno de los compositores en los que más ha brillado Daniel Barenboim. Lo ha tocado y grabado poco, y cuando lo ha hecho los resultados han sido desiguales. Geniales, sin duda, son algunos -no todos: los más dramáticos- de los Nocturnos que registró a principios de los ochenta para DG, pero en los vinilos realizados para EMI unos años atrás se percibía una excesiva "seriedad" en las interpretaciones, excesivamente adustas, fruto quizá del deseo de contribuir a despojar a esta genial música de ese barniz de frivolidad, blandura, amaneramiento y hasta cursilería con que los malos pianistas la embadurnaron durante lustros.

Tiene por ello mucho interés el retorno en esta temporada 2009/2010 del de Buenos Aires a la obra del polaco, con una gira en la que va a ofrecer dos programas diferentes y con la interpretación de los dos Conciertos para piano junto a diferentes formaciones. Por fortuna, el Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín del que hablé en una entrada anterior (enlace) nos permite conocer cómo aborda Barenboim estas dos obras -juveniles y no del todo inspiradas, hay que reconocerlo-, gracias a una filmación corespondiente al domingo 4 de octubre pasado en la que el para mí casi desconocido Asher Fisch (circula por ahí un Rigoletto en el Met con Villazón) dirige a la formidable orquesta berlinesa (enlace). Me permito colocar aquí la muestra que ha colgado ella misma en YouTube.


¿Ha cambiado el Chopin de Barenboim? Pues sí. O mejor dicho, se ha enriquecido. Su enfoque sigue siendo objetivo, serio y abiertamente dramático, y en todo momento continúa permaneciendo ajeno a cualquier asomo de preciosismo sonoro: como siempre ocurre con el maestro argentino-israelí-español-palestino, la belleza no tiene sentido en sí misma, sino como mero vehículo de expresión de las ideas que se encuentran detrás de las notas.

Ahora bien, encontramos ahora además un calidez, una comunicatividad y un sentido digamos "humanista" en el fraseo -de una naturalidad pasmosa- que nos alejan del rigor de antaño y convierten a estas ejecuciones en experiencias extraordinariamente emocionantes. Basta con escuchar los trinos de Barenboim, alejados de cualquier mecanicismo, para comprobar hasta qué punto el artista logra extraer de esta música toda la emoción que respira.

Matizando un poco, habría que señalar que el Concierto nº 2 (el primero en el tiempo) conoce una admirable interpretación que ofrece interesantes toques encrespados el segundo movimiento y un acertado sentido del humor rústico el tercero. Sin embargo, es en el Primero donde Barenboim ofrece lo mejor de sí mismo, sobre todo en un Larghetto verdaderamente sublime. Fisch le acompaña con enorme solvencia, aun sin aportaciones de relevancia, y haciendo sonar a la orquesta con la robustez y densidad que la caracterizan.

De propina Barenboim ofrece un Vals del minuto que no entusiasmará a los amantes del mero virtuosismo -su mecanismo no tiene la limpieza de los más grandes "técnicos"- pero que resulta muy rico en lo expresivo, superándose en este sentido a sí mismo con respecto a otras interpretaciones suyas de la página (enlace); y -ya sin la orquesta delante: el éxito personal de nuestro artista fue extraordinario- un Nocturno op. 27, nº 2 acongojante, aunque boicoteado por la llamada de un par de teléfonos móviles que la toma de sonido, por cierto excelente, no logra disimular.

Abriendo cada una de las dos partes del programa, el director israelí ofrecía sendas obras infrecuentes, la Obertura de concierto de Szymanowski y la breve Obertura para cuerdas de Lutoslawski. Buena elección y buenas interpretaciones redondeando un concierto que me parece imprescindible para todos los amantes de Chopin y, por descontado, para los admiradores de Barenboim, que pese a los odios que suele suscitar en ciertos círculos ideológicos, son -somos- legión. Para quien se anime, aquí está el enlace.

lunes, 18 de enero de 2010

El plagiador enmascarado

Me acaba de telefonear, sorprendido, un amigo que ha descubierto cómo un colega le ha "tomado prestadas" varias ideas de una de sus últimas reseñas: las únicas ideas propiamente musicales (elucubraciones sobre política cultural aparte) que el autor incluye en su texto. No debería sorprenderse, siendo este señor el plagiador por excelencia de la crítica musical de su ciudad. Un señor que no tiene idea sobre cómo enjuiciar estéticamente la interpretación de una obra; que rellena líneas y líneas haciendo un resumen de las notas al programa o copiando de cualquier enciclopedia datos diversos sobre las partituras en el atril; y que cuando llega la hora de la verdad, o sea, de decir cómo ha estado el concierto, se escabulle sigilosamente.

Por eso mismo, y a la vista del ridículo que hace ante sus lectores, en los últimos tiempos ha optado por robar ideas de quienes publican sus críticas antes que él, trátese de colegas amigos o de compañeros con los que no tiene buena relación. Los afectados lo saben muy bien. O lo sabemos, mejor dicho, porque hace pocas semanas parafraseó un comentario que había colgado -pocas horas después de celebrarse el concierto- en este blog. Y que nadie se confunda: una cosa es coincidir en las apreciaciones, y otra muy distinta copiar ideas en los pocos casos en los que alguien que jamás emite un juicio se atreve a opinar. Se nota demasiado, sobre todo cuando las frases son casi idénticas.


Lo más grave del asunto es que el referido individuo se enmascara ante la opinión pública intentando hacerse pasar como un verdadero experto; que su escritura resulta abstrusa y vacía; que las redacciones de los medios en que colabora, aun siendo conscientes de su mediocridad, le dan vía libre para escribir como quiera; que no tiene reparos en pisotear a los colegas cuando de cobrar protagonismo se trata; que los gerifaltes de determinadas instituciones no dejan de seguirle la corriente y ofrecerle todo tipo de prebendas porque saben que "les conviene", pues no en balde el personajillo es maestro en la adulación; y que nadie parece querer hacer nada, no sé si por miedo, por pasar del asunto o por aquello de que "quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija". Así están las cosas en el mundillo de la crítica musical en esa innominada, muy ilustre y muy leal ciudad.

sábado, 16 de enero de 2010

La Filarmónica de Berlín on line: una maravilla, pero no tanto

Después de pensármelo mucho, me he rascado el bolsillo y me he suscrito durante un mes al "Digital Concert Hall" de la Filarmónica de Berlín, o lo que es lo mismo, a la posibilidad de ver en la red, via streaming, todos los conciertos de esta temporada y de la anterior, más algún otro de la 2007/2008, pagando una suma cercana a los cuarenta euros (enlace); la suscripción se puede prorrogar hasta el final de la presente temporada, pero la suma sube de manera sustancial.


¿Resultados? Impresionantes, pero con algún reparo más o menos serio. Y es que la calidad de imagen es en principio portentosa, superior a la de un DVD normal en definición, tan elevada que no importa demasiado que en algún momento pueda percibirse cierta artificiosidad en el movimiento o alguna pixelación en el fondo de la pantalla.

El problema es que esa calidad, la máxima de las tres que se ofrecen, no puede ser disfrutada por mi conexión de Telefónica de 10 Megas: la imagen se bloquea cada dos por tres. La calidad intermedia sufre algun corte, lo que tampoco es de recibo, así que hay que irse a la calidad más baja, que es digna pero queda lejos del ideal.

Además, no es fácil conectar el sonido de un ordenador portátil viejo al receptor de un equipo de música. En mi caso probé a pasar el sonido primero a la TV y de allí al receptor, pero extrañamente suena solo por un canal. Lo suyo sería tener un ordenador con salida HDMI, lo que no es mi caso, aunque sí dispongo (me lo he regalado por Reyes) un televisor Full HD bien preparado para la revolución del Blu-Ray.

Así las cosas, la única solución es utilizar algún programa para capturar la imagen de la red, y luego, con el archivo ya completo en el PC y sin saltos de ninguna clase, disfrutar de la audición. Desde el disco duro, y echándole tiempo al asunto, se pueden pasar los archivos a DVD, pero lo cierto es que con la conversión se pierde algo de calidad. El sonido, por otra parte, es irreprochable, y no se ve afectado por la molestísima compresión dinámica que perjudica a la mayoría de las retransmisiones televisivas.

La cosa parece más o menos clara: el futuro de la música grabada pasa por la red, sea pagando o gratuitamente, pero la tecnología -en este caso, la velocidad de circulación de los datos- sigue suponiendo una rémora considerable. A la espera de que las ciencias continúen adelantando que es una barbaridad, yo iré disfrutando de algunos de estos conciertos e iré dejando por aquí mis impresiones.

jueves, 14 de enero de 2010

Otro Nabucco con Guleghina: Ópera de Viena, con dirección de Luisi

Arthaus acaba de reeditar -el DVD original lo lanzó en su momento TDK- este Nabucco filmado en la Ópera de Viena el 9 de junio de 2001, solo dos meses después que la producción del Met cuya reseña colgué en la entrada anterior (enlace), asimismo protagonizada por Maria Guleghina. Junto a la soprano ucraniana se encuentran en esta ocasión el barítono Leo Nucci y ese excelente director que es Fabio Luisi.



Aunque no tengo fresco el recuerdo de la función filmada en el Met, me da la impresión de que Guleghina está mejor en Viena que en Nueva York, porque aquí no pega chillidos en el sobreagudo -en el grave se queda corta, pero es que el papel se las trae-; por lo demás, sigue haciendo gala de un instrumento magnífico, poderoso y esmaltado, y una destreza más que suficiente en las agilidades. Desde luego debería mejorar su pronunciación del italiano, pero globalmente ofrece una Abigaille más que plausible para los tiempos que corren.

Leo Nucci defrauda en los dos primeros actos con un canto vulgar y monocorde que se ve acompañado por una actuación escénica de verdadera mediocridad. Pero a partir del enfrentamiento con Abigaille la cosa cambia y el veterano barítono boloñés destapa el tarro de las esencias para ofrecernos, ya que no un canto inmaculado, sí una línea admirablemente verdiana, de amplio fiato y buen legato, y una apreciable calidez expresiva que se hace más evidente aún -sin llegar en modo alguno a lo excepcional- en el cuarto acto.

Giacomo Prestia le pone voluntad al asunto pero no puede disimular su grisura expresiva ni la tendencia al trémolo de su voz. Magnífica la Fenena de Marina Domashenko, recordada Carmen con Lombard (TDK) y con Barenboim (aún no en DVD). Miroslav Dvorsky no sale mal parado como Ismaele. En cualquier caso el nivel musical sube como la espuma gracias a Luisi, que ofrece todo lo que tiene que tener el Verdi joven, es decir, teatralidad, vigor, frescura y una sana rusticidad, pero sin caer en la brocha gorda y el efectismo de gente como Levine y compañía. Admirable el tratamiento coral, y fabuloso el Va, Pensiero.

De la puesta en escena de Günter Krämer no molesta la traslación a la época actual, porque no hay provocación alguna y tanto situaciones como personajes siguen siendo los que Verdi tenía en mente. Sí molesta la fealdad visual de escenografía, vestuario e iluminación, aunque quizá sea esto preferible a la horterada orientalizante. La dirección de actores no resulta particularmente memorable.

Sea como fuere yo he disfrutado mucho este Nabucco, que en el plano musical me parece globalmente superior al del Met, si bien quienes le concedan más importancia a las voces que a la batuta pueden no estar de acuerdo. Como son soberbios la imagen y sonido (amplísima la gama dinámica, aunque el 5.1 no es "real"), me parece muy afortunada la reedición de este DVD, que por cierto no hace mucho se pudo pillar a un precio bajísimo en la colección de ópera del diario El Mundo. Así conseguí yo el mío, claro.

miércoles, 13 de enero de 2010

Nabucco con Pons, Guleghina y Levine en DVD

VERDI: Nabucco.
Pons, Hughes Jones, Ramey, Guleghina, White, Morscheck.
Metropolitan Opera Orchestra and Chorus. Dir: James Levine.
Deutsche Grammophon, 00440 073 0779
DVD. 142’
DDD
Universal
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image

Esta función neoyorquina de abril de 2001 transcurre bajo los previsibles parámetros marcados tanto por la convencional labor escénica del siempre correcto Elijah Moshinsky como por la batuta sin duda vistosa y teatral, pero también prosaica, efectista y vulgar de James Levine.

La velada se disfruta gracias fundamentalmente a la labor de un Juan Pons quizá no muy autoritario cuando las circunstancias lo requieren, pero sí cálido, emotivo y sincero. Todo lo contrario que Maria Guleghina, quien sale airosa -sobreagudos aparte- del temible rol de Fenena no precisamente por su capacidad para la introspección psicológica, sino por una exhibición de temperamento, ferocidad y poderío vocal de ese que despierta el frenesí entre tantos aficionados.

Samuel Ramey evidencia las limitaciones de la edad pero a ratos es capaz de hacer grandes cosas como Zaccaria, mientras que Wendi White es una digna Fenena y Gwyn Hughes Jones un Ismaele más bien discreto. El coro está mejor que en otras ocasiones.
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Artículo publicado en el número de julio-agosto de 2005 de la revista Ritmo.

PS. Guleghina tiene otros dos registros de Nabucco en DVD, en ambos junto a Leo Nucci: el que grabó en la Ópera de Viena en 2001 dirigiendo Fabio Luisi (TDK, recién reeditado por Arthaus), que espero comentar pronto en este blog, y el de la Arena de Verona de 2007 bajo la batuta de Daniel Oren (Decca).

lunes, 11 de enero de 2010

Reedición de un clásico: La flauta mágica por Jonathan Miller y Franz Welser-Möst

MOZART: La flauta mágica.
Beczala, Hartelius, Scharinger, Mosuc, Salminen, Vogel. Coro y Orquesta de la Ópera de Zurich. Dir: Franz Welser-Möst.
Arthaus, 107 067
2 DVDs - 151’
DDD
Ferysa
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En su paulatina reedición de los primeros DVDs que lanzó TDK, el sello Arthaus rescata un verdadero “clásico moderno” que ha sido repetidamente alabado y premiado por la crítica internacional: la Flauta Mágica que ofreció la Ópera de Zúrich en el año 2000 bajo la batuta de Franz Welser-Möst en una producción escénica de Jonathan Miller.

Es precisamente la propuesta del regista británico lo más interesante de la función. Sobre una bellísima escenografía única de Philip Prowse consistente en una enorme librería masónica en la que no faltan obeliscos y pirámides, Miller se aparta de cualquier óptica que subraye lo que de lúdico, ingenuo o popular hay en la obra de Mozart y Schikaneder para abordar la trama como un conflicto entre el Ancient Régime de la Reina de la Noche y las luces de la Ilustración representado por el mundo de Sarastro, todo ello en el marco de la mismísma revolución francesa, a la que se alude directamente en el final: recordemos que Mozart escribe solo dos años después de la Toma de la Bastilla.

Si en manos de un director sin talento el resultado podría terminar siendo un ladrillo monumental, Miller logra convencer merced a una dirección de actores espléndidamente planificada y a un saludable sentido teatral que no renuncia en absoluto a la frescura ni al sentido del humor, y que llega a permitirse -dentro de su en general apreciable respeto por los diálogos- alguna que otra morcilla.

Muy alto el nivel canoro. Piotr Beczala sufre serios estrangulamientos en el aria del retrato, pero ya anuncia con su fraseo cálido y elegante, tan heredero de un Wunderlich, que se iba a convertir en uno de los más interesantes tenores líricos de nuestros días. No hay reparos ante la bellísima Malin Hartelius, una Pamina de voz perfecta para el papel y admirable línea de canto. Anton Scharinger (¿veremos algún día en DVD su filmación con Solti en Salzburgo?) se muestra como un cantante más que correcto y como un actor de primera: su Papageno rebosa naturalidad y simpatía sin necesidad de hacer payasadas. La otras veces estupenda Elena Mosuc inyecta toda la fiereza necesaria a la Reina de la Noche, pero vocalmente lo pasa mal en sus dos arias. Ni que decir tiene que Salminen ofrece un Sarastro referencial.

Correctísima, por su parte, la dirección del irregular Welser-Möst, y sería aún mejor si el director austríaco hubiera controlado su tendencia a la levedad y hubiera ofrecido mayor variedad expresiva. Espléndida la calidad técnica de los dos DVDs, pero hay algún descuido en los subtítulos en castellano, que son los mismos que incluía la edición anterior de TDK.

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Artículo publicado en el número de enero de 2010 de la revista Ritmo.

sábado, 9 de enero de 2010

Los Brandemburgo por Gardiner: a correr se ha dicho

Desde que le escuché por pimera vez en directo, en la Catedral de Sevilla allá por 1992, con una fulgurante primera parte de Israel en Egipto y con el estreno mundial de La Muerte de Moisés de Alexander Goehr -espléndida partitura-, mantengo con John Eliot Gardiner una relación de amor-odio jalonada por cosas que me gustan muchísimo, como sus dos recreaciones del Oratorio de Navidad, cosas que me convencen solo a medias, como su sobrevalorado Mesías o la mayor parte de su Beethoven, y cosas que me parecen auténtica basura, como sus recientes sinfonías de Brahms (enlace). Estos Conciertos de Brandemburgo registrados hace pocos meses para su propio sello, Soli Deo Gloria, se enmarcan dentro del segundo grupo.


Hay en estas recreaciones dos enormes virtudes. La primera de ellas es su soberbio nivel técnico, y no solo en lo que al asombroso virtuosismo de los instrumentistas se refiere, sino también en lo que respecta al buen empaste que ofrecen (un aspecto realmente difícil de lograr dada su diversidad en cuanto a timbre y volumen) sin merma alguna de la imprescindible claridad polifónica. La segunda es el sensato alejamiento de la blandura y la afectación en que a veces caen otros intérpretes (pienso en la Polacca del Primero, o en los movimientos centrales del Segundo y del Sexto) para ofrecer lecturas siempre decididas, de trazo firme y dichas con un entusiasmo y una luminosidad admirables.

Lo malo, y aquí empezamos con los reparos, es que semejante entusiasmo significa para Gardiner y sus English Baroque Soloist velocidad, lo que con ellos también implica precipitación, rigidez y, por momentos, cierta machaconería, como también escasa atención a los matices expresivos. ¿Cuestión de tempi, pues? No, en absoluto, porque ya en 1986 Reinhard Goebel también se arriesgó en este sentido y los resultados fueron extraordinarios: al día de hoy, la en su momento "revolucionaria" lectura sigue siendo para muchos, entre los que me cuento, la mejor que han recibido estos seis diamantes bachianos.

Hay además en este registro que ahora comento una sonoridad seca, no siempre agradable, y una sensación de distanciamiento en los momentos de mayor vuelo lírico que no son infrecuentes en los modos de hacer del director británico (comparte la dirección con la concertino Kati Debretzeni, pero el estilo es puro Gardiner), características que nadie debería confundir con "contaminaciones románticas": escúchense las versiones del citado Goebel, o las globalmente magníficas de Koopman, o las más que notables de Alessandrini y Pinnock (las últimas al menos: las de Archiv no las conozco), o las recientes de Abbado (enlace), para confirmar que esta música pide un fraseo mucho más flexible, una acentuación más variada y una mayor poesía en la expresión que la que ofrece este grupo de virtuosos que por momentos parecen más interesados en batir records de velocidad que por dejar a la notas respirar como deben.

De todos los conciertos es el Primero el que más me convence, no sólo por la simbiosis entre entusiasmo y virtuosismo que lo preside, sino también por los acertados tintes dramáticos del Adagio. El Segundo no me interesa lo más mínimo: me parece precipitado, machacón y rutinario, por muy increíblemente bien tocado que esté y por mucho fuego que aparente desprender la velocidad. Me ha gustado el Tercero, que ofrece unas improvisaciones muy originales en el segundo movimiento, si bien de nuevo Gardiner parece estar más interesado en deslumbrar que en comunicar.

La del Cuarto me ha parecido una interpretación apresurada y seca, algo pimpante en el Allegro y más bien aséptica en el resto. Me ha aburrido el Quinto, distanciado e indolente, cuando no frívolo. En el Sexto hay que elogiar cómo los English Baroque Soloist han evitado la pesadez que a veces aqueja a la partitura y cómo han obtenido una luminosidad superior a lo habitual sin renunciar a la sonoridad aterciopelada que caracteriza a su instrumentación.

En cualquier caso, recomiendo leer el extenso análisis que se ofrece en la web de la distribuidora Diverdi (enlace) y la más breve reseña presentada en el blog de Pablo J. Vayón (enlace), y de este modo contrastar las muy positivas opiniones allí vertidas con la aquí expuesta.

domingo, 3 de enero de 2010

El nuevo Mesías de The Sixteen: expresividad, por fin

En diciembre de 1996 pude escuchar en el recién inaugurado Teatro Villamarta de Jerez una interpretación de El Mesías a cargo de Harry Christophers y su grupo de toda la vida, The Sixteen: me pareció muy hermosamente sonada pero un tanto plana, por no decir mortecina. En 2001 me zampé catorce interpretaciones del genial oratorio haendeliano para un pequeño estudio discográfico que preparé para la revista Ritmo (enlace): la que los mismos intérpretes habían grabado -en vivo- en diciembre de 1986 para el sello Hyperion quedó en último lugar de la clasificación junto con la de Parrot. Sinceramente, no creo que esta música se puede hacer más rematadamente aburrida. De ahí que no haya tenido yo mucho interés en escuchar la nueva recreación discográfica de la obra que el director británico y sus chicos grabaron en noviembre de 2007 para su propio sello, Coro, hasta que un amigo -Gonzalo Pérez Chamorro- entusiasta haendeliano y muy fiable en sus gustos me ha hecho escuchar el registro.

Pues bien, me quito el sombrero: esta lectura no solo supera con mucho a la registrada veinte años atrás, sino que me parece una de las más interesantes de las realizadas bajo parámetros historicistas. Y eso que sigue habiendo, bajo mi punto de vista, algunos reparos. El mismo arranque de la obra me parece algo lánguido y deslavazado. Hay de vez en cuando ciertas caídas de tensión y alguna que otra rigidez en el fraseo. Incluso en breves momentos -esto parece que es casi ineludible en el mundo de los instrumentos originales- se roza lo pimpante.

Pero hay que reconocer que aquí se nos ofrece una recreación animada, cálida, comunicativa, luminosa y muy matizada, perfecta en el estilo y, lo más importante, llena de esa expresividad que tanto se echaba de menos en sus anteriores acercamientos. Además, se trata de una recreación ajena a los amaneramientos que con algunos intérpretes aqueja a esta música, empezando por Harnoncourt (enlace): The Sixteen no intentan “descubrirnos” nada, sino hacer las cosas lo mejor que pueden.

Y bien que lo consiguen, sobre todo en la segunda y la tercera parte del oratorio, más que en la primera, y no tanto en las arias como en los coros, tratados estos últimos por Christophers con una sinceridad y una fuerza expresiva realmente admirables (¡magnífico al Aleluya!). Aspectos como la afinación, el empaste y la claridad de la parte coral se dan por supuestos. Más sorprendente ha sido la riqueza, imaginación y exquisito gusto del bajo continuo, seguramente el mejor que he escuchado nunca en esta obra.

Las voces solistas, todas ellas de línea marcadamente británica, rayan a menor nivel. Deliciosa, aunque con apurillos en las notas más agudas, la soprano Carolyn Sampson. Catherine Wyn-Rogers (le escuché la obra en Sevilla en 1995 con Menuhin) cumple en lo vocal y se muestra muy voluntariosa en lo expresivo, mostrando toda la unción que la partitura demanda, aunque creo que aún podría profundizar más en el texto. Un privilegio contar con el veterano Mark Padmore (que por cierto cantaba en la referida función del Villamarta, y que ya grabó la obra con Christie y con Colin Davis): aunque su voz empieza a resentirse con la edad, es un placer escuchar esta parte cantada con arrojo y virilidad. Bien a secas Christopher Purves, quien aun necesitando una voz aún más oscura y rotunda, sale más que airoso de la temible aria de la trompeta.

Buen nivel vocal, pues, que no llega a lo excepcional. Si este registro tuviera las voces con que contó Paul McCreesh, sería quizá mi favorito de entre los historicistas. Como no es el caso, sigo prefiriendo -no conozco la de Jacobs- la ya antigua de Pinnock. Claro que de quedarme con una sola grabación, escogería seguramente la última de Sir Colin Davis (enlace). Y ahora que Robert King ha vuelto al trabajo, a ver si se decide a grabar El Mesías.

viernes, 1 de enero de 2010

Año Nuevo 2010 por Prêtre: ¡toma rubato!

Un auténtico disfrute ver cómo con la misma música se pueden hacer cosas radicalmente diferentes pero igualmente admirables. Si Daniel Barenboim hace justo un año (enlace) intentó llevar las partituras de los Strauss a su terreno para ofrecer lecturas altamente sinfónicas, robustas de sonoridad y en todo momento alejadas de lo preciosista y lo decadente, y por tanto con resultados más bien heterodoxos, Georges Prêtre acaba de ofrecer un Concierto de Año Nuevo de absoluta propiedad estilística, lleno de rubatos y portamenti, de un decadentismo de la mejor ley, dotado de una ligereza bien entendida, ensoñado a más no poder, pero al mismo tiempo con toda la chispa, la gracia y la frescura que este universo musical demanda.

No solo eso: el veteranísimo directo francés -ochenta y cinco años, ahí es nada- ha superado su ya espléndida actuación de 2008 y ha ofrecido el que quizá sea el mejor Concierto de Año Nuevo desde los tiempos de Carlos Kleiber. Si en aquella ocasión su creatividad le hizo por momentos sacar los pies del plato, en este 1 de enero de 2010 sus aportaciones han estado siempre presididas por el más absoluto acierto estilístico y por la ausencia de narcisismo: todo sonó en su lugar, y además sonó maravillosamente bien.

A destacar en este sentido la increíble morbidez de su fraseo, la asombrosa plasticidad con que ha tratado las texturas orquestales (de un bellísimo colorido pastel: no puede haber mayor diferencia con Barenboim) y, sobre todo, la naturalidad de sus paradójicamente larguísimos -y por ende arriesgadísimos- rubatos, toda una lección de técnica de batuta solo alcanzable por unos pocos privilegiados. Que yo sepa, hoy día Lorin Maazel y nadie más.

Tendré que degustar a conciencia el DVD para puntualizar algo sobre cada una de las piezas. De momento quisiera destacar la sublime recreación del vals Vino, mujeres y canto y la acertadísima inclusión de Offenbach el el programa: el toque francés que en lo interpretativo imprimió Prêtre resultó de lo más adecuado. Y chapeau por la filmación de las coreografías en el Museo de Bellas Artes de Viena.

Por cierto, deficiente desde el punto de vista técnico la transmisión de Televisión Española: colores saturados, sonido con distorsión y formato 16:9 convertido por todo el morro en 4:3. En la segunda parte me pasé a la ORF2 y la diferencia fue brutal, aunque los breves cortes en el sonido del canal austríaco no fueron precisamente de recibo. Está claro que hay que hacerse con la edición comercial de este concierto sensacional.